“El arte no tiene relación con la fealdad o la tristeza. La luz es la vida de todo lo que toca; así que cuanta más luz haya en la pintura, más vida, más verdad, más belleza tendrá”. Son palabras de Joaquín Sorolla y Bastida, el pintor valenciano del que hoy precisamente 10 de agosto de 2023, se cumple el centenario de su muerte. La necesidad de expresión artística constante (pintaba todos los días y sólo paraba para comer y dormir la siesta hasta que llegaba la noche), también en constante evolución que, a pesar de ser conocido universalmente por sus obras sobre el mar, le hizo inclasificable.
Artista prolífico, dejó más de 2.200 obras catalogadas. Aunque fueron más de 5.000, incluyendo sus bocetos. El niño artista de las marinas valencianas o el adolescente impresionado por los impresionistas que siguió siendo en su vida adulta, fue, a pesar de ser un pintor famoso, paradójicamente desconocido por su magnitud artística y numérica.
Pero empecemos por el principio. Cuando apenas contaba dos años de edad, fallecieron sus padres Joaquín Sorolla Gascón y María Concepción Bastida Prat, muertos por una epidemia de cólera. Al quedar huérfanos fueron acogidos, su hermana Concha y él, por su tía Isabel, hermana de su madre, y su marido, de profesión cerrajero.
Cuando la Diputación Provincial convocó un concurso para conceder una beca de estudios en Roma, tenía 21 años. Presentó su obra “El Grito del Palleter” (El Palleter fue el sobrenombre de Vicente Doménech, que según la leyenda fue el primer español en levantarse contra Napoleón) y ganó el premio. Ya conocía a Velázquez, se rebelaba como estudiante frente al corsé de la escuela y ahondaba en el realismo que terminó aderezando, alimentándolo (incluso con el fauvismo o el guache de sus posteriores impresiones neoyorquinas) hasta hacerlo propio.
Después de casarse, de vivir en Italia, de algunos reveses de los críticos y de quedar definitivamente atrapado por el impresionismo, se instaló con su familia en Madrid, donde a los pocos años alcanzó la fama como el pintor que hizo de la luz uno de los instrumentos imprescindibles en sus obras, auténticas ventanas abiertas a la vida a orillas del Mediterráneo y el Cantábrico.
Fue rico, famoso y feliz al lado de su mujer, Clotilde, hasta su triste final. Clotilde García del Castillo, la hija del fotógrafo a cuyo servicio entró a trabajar y con la que acabó casándose y a la que enviaba un ramo de flores y escribía una carta todos los días cuando estaban separados (y ella a él).
Viajó por toda Europa y realizó retratos, que le hicieron millonario, a los más relevantes personajes de su época (desde el rey Alfonso XIII, hasta Galdós o Louis Comfort Tiffany, fundador de la famosa casa). Los veranos en Jávea produjeron las pinturas que él mismo consideró como las mejores de su carrera, con la luz ya como absoluta protagonista, como “El Sol de la Tarde” o “El Bote Blanco”.
La obra de su vida, según confesión propia, fueron los paneles que le encargó para su biblioteca la Hispanic Society de Nueva York en los últimos años, una suerte de techo de una Capilla Sixtina sorollista. Fueron los años en que compró el solar y construyó su casa en la calle del General Martínez Campos de Madrid con el dinero que recibió de la institución estadounidense y con la intención de que a su muerte fuera el museo que actualmente es, y cuando ya hacía décadas que era considerado una estrella absoluta en toda Europa y Estados Unidos. Poco después de terminar los paneles, sufrió un derrame cerebral que le impidió volver a pintar hasta su muerte.
He visitado el Museo Sorolla de Madrid varias veces y, cada vez, me maravilla la luz que emana de esos cuadros, pareciendo que en cualquier momento saldrá el pintor con su paleta a retocar alguna de sus obras. Los luminosos blancos estallan contra la espuma de las olas del Mediterráneo, en los vestidos de tul y en las velas de un barco velero. Y, al sentarme en el jardín, siento su presencia y la de su Clotilde.
Es curioso que en Argentina hay muchísimos «sorollas», inclusive en museos modestos del interior de la Pampa. Retratos que hizo por encargo (rara vez conocía a sus retratados, los hacía con múltiples fotos y se hacía enviar la ROPA con la que deberían ser pintados) a la alta burguesía argentina (familias Errázuriz, Alvear, Santamarina, Unzué…).

Playa de Valencia por la mañana (1908) 
La vuelta de la pesca (1894) 
El bote blanco (1905) 
Instantanea (Biarritz, 1906) 
Autoretrato (1909)

El rompeolas San Sebastián (1918) 
El baño del caballo (1909) 
Paseo a orillas del mar (1909) 
Señoras en un banco del paseo de la Concha-San Sebastián (1912) 
Ayamonte – Pesca del atún (1919)