A veces me pregunto qué es lo que me lleva a escribir estos textos acerca de asuntos tan dispares y tan imposibles de acotar. Y a pesar de que no tengo una respuesta definitiva y última, pienso que lo que me lleva ahí, es el intento de enterarme de lo que pienso.
Porque la mayor parte de las veces uno cree que sabe lo que piensa, lo cree hasta que se pone a hablar o a escribir. El psicoanalista es un lugar en el que uno se entera de lo que piensa, pero no suelo frecuentarlo. La escritura, para mí, es otro. Tengo la imagen de que tomo estas piedras muy calientes entre las manos y escribo para no quemarme, para apaciguar el ardor, la molestia de lo que quema.
Hace poco un amigo de Buenos Aires me dijo “Últimamente, en casa, hablamos mucho de “guita” (dinero) porque nos está siendo muy difícil la situación económica. La guita está presente como tema todo el tiempo”. Y me dejó pensando.
La inflación carcome no sólo los bolsillos, sino, sobre todo, el ánimo y las ganas de mirar el horizonte, carcome la posibilidad de fantasear y de imaginar.
La escritora argentina Florencia Angilletta encara el asunto: «La infancia es ese mapa de cuánto pueden comprar tus padres o madres y cuánto los padres o madres de los demás. Cuando ese mapa está armado del todo, quizás la infancia se termina. Pero antes, es el desfasaje entre trabajo, dinero y capacidad de compra».
En las noches de Buenos Aires hoy hay cada vez más gente durmiendo en las calles… y también más gente cenando en los restaurantes, incluso en los muy caros. La inflación argentina del 114% tiene dos caras. El consumo en recreación y cultura, incluida la gastronomía, sube un 7%, mientras hay un 34% más de gente “sin techo” que en 2022.
En Puerto Madero, uno de los barrios más jóvenes de la ciudad y un atractivo polo gastronómico, que por muchos años se usó como puerto natural de la ciudad, para entrada y salida de barcos tanto de carga como de pasajeros, los restaurantes agotan sus reservas por internet. En fines de semana, ir sin reserva a uno de esos restaurantes o a muchos otros de la ciudad, estén o no de moda, significa acabar en una pizzería haciendo cola para entrar.
El peso argentino se va devaluando día a día y ni tiene sentido guardarlo, ni hay muchas opciones de ahorro e inversión. El salario real no logra recuperar la pérdida sufrida durante los años del macrismo. Y hay mucha gente embarcada en el consumo permanente en gastronomía, recreación, turismo y vacaciones. “Ante la crisis que nos rodea a todos y nos golpea a todos, el salir a comer es el gusto que te podés dar. No te comprás ropa, no te comprás un amenity (producto de lujo), ni hablar de un electrodoméstico, no te compras nada, pero la gastás en comida. ¿Por qué? Porque sentís placer y te das el gusto, el lujo”, me explican.
Sí, el lujo actualmente, en Buenos Aires, es una cena en un restaurante. La falta de acceso a bienes duraderos y de ahorro generan una parte de este fenómeno. Una especie de consumo de revancha por los consumos postergados y el querer vivir hoy, porque mañana todo puede ser peor.
Los economistas dicen que hay una sociedad que, en su conjunto, se ha empobrecido y las personas que están más abajo en el nivel de ingresos y los sectores medios lo sufren especialmente. Por otro lado, las clases más altas de la sociedad encuentran más posibilidades de acuerdos y emprendimientos en el horizonte económico.
Otros analistas atribuyen el fenómeno a la llamada “economía barrani”, la de profesionales de altos ingresos que trabajan en la clandestinidad y ganan cada vez más. Un modelo de vida alimentado por los trabajos remotos con sueldos en dólares, a los cuales no cualquiera tiene acceso, evidentemente. La “economía barrani” es un término que se utiliza en general, para referirse a aquellos negocios o transacciones que se hacen de manera no registrada. No tributan a Hacienda, no cotizan a la Seguridad Social y no se cumplen las formalidades propias de quien desempeña una actividad empresarial con ánimo de lucro.
La existencia de esta realidad, de esta “informalidad próspera”, como la definen, permitiría entender cierta inconsistencia entre las cifras del mercado de trabajo. Pero si bien existe un sector de mano de obra calificada con altos ingresos que evade la regulación estatal (impositiva, laboral, etc.), no constituye un segmento significativo del mundo laboral.
La idea originaria se ha ido modificando con el paso del tiempo, y en la actualidad también se incluye a trabajadores del sector formal que operan en condiciones de “no registro”. Se supone que es el trabajador quien decide emplearse o no bajo la informalidad y la gran mayoría de los trabajadores que integran el sector informal, no tienen la capacidad o el poder suficiente para decidir si quieren trabajar o no en condiciones de “no registro”. Hablemos claro, esto de “en condiciones de no registro”, toda la vida para mí, ha sido “en negro”.
Al analizar las cifras de la economía, se capta un aumento en la actividad, en la cantidad de empleo. Un caso semejante de crecimiento con aumento de la pobreza y enriquecimiento del capital vía incrementos de productividad, se vivió durante el denominado “milagro brasileño” de las décadas del 60’ y 70’ y durante buena parte del crecimiento chino que entre 1980 y 2010 se caracterizó por un empeoramiento de la distribución del ingreso.
Profundizando un poco más, vemos que en la economía informal hay dos grupos de gente: unos completamente fuera del sistema que reciben todos sus ingresos por vía informal y otros formales que no reciben todos sus ingresos en blanco sino que se esconde una parte, cobran una parte en blanco y otra en negro. Esos no son trabajadores de bajos ingresos y la pobreza no es un tema entre ellos. O sea, que una mejor captación de estos casos no implicaría menor pobreza, sino mayor desigualdad. Como dato corroborativo, hay una desaceleración del consumo en supermercados, que es representativo del gasto de las clases bajas y medias, y que sí acompaña la caída de los salarios reales.
La hipótesis optimista de que “Estamos mejor de lo que pensamos, porque no lo estamos captando bien” debería modificarse: “Estamos mucho peor de lo que pensamos, porque no somos capaces de entender lo que está pasando y seguimos a merced de quien nos roba y nos engaña, arruinando a muchos, por el bien de unos pocos”. ¡Vaya! ¿De qué me suena esto?

Restaurantes llenos en plena crisis 
Viviendo en la calle-Aeroparque 
Silvina vive con sus cuatro hijos en la calle, a pocas cuadras del Congreso 
Restaurante Miramar 
Precios de alimentos en supermercado 14/3/23
P.D. Una anécdota curiosa. Como, cuando empecé a investigar, no entendía el término “economía barrani”, y a muchos os pasará lo mismo, os ahorro la googleada. Durante la pandemia Twitter Argentina se vio tomada por asalto por una frase críptica, pero que caló hondo en los sectores más liberales de esa red social y ya se usa como lema: «100% barrani». El encargado de popularizar la expresión fue el abogado Carlos Maslatón, una figura polarizante dentro de la tuitósfera local, ya que es amado y odiado a partes iguales. Todo comenzó cuando empezó a publicar las cuentas de las comidas que realizaba en restaurantes que deberían estar cerrados por la cuarentena, pero que funcionaban de manera ilegal. «100% clandestino y 100% barrani», escribió en su cuenta de Twitter. Según explicaron otros usuarios, es común que la expresión sea utilizada en el comercio de telas, cuando ofrecen vender ese producto «en negro», es decir, sin pagar impuestos. ¿A que no lo sabíais?
Hola Marlen, es una pena lo que está pasando en Argentina. No es normal que haya gente viviendo en la calle y con niños. Una pena en verdad. Tengo amigas argentinas que me cuentan también la situación y es preocupante. Espero todo mejore porque no es justo. Interesante el término que mencionas «barrani» no lo había escuchado. Saludos.
Hola Ana.
Sí, me da una profunda tristeza. Pero también una rabia muy grande, por eso escribí esta entrada, para gritar que no es justo que, en un país que tiene tanta riqueza natural, haya gente que se ve obligada a vivir en la calle, mientras otros tienen total impunidad para robar.
Yo también espero que todo mejore, pero lamentablemente, mis esperanzas tienen un límite. ¡¡Y no soy la única!!
La expresión «barrani» me sorprendió a mí también. Y forma parte de las injusticias que provocaron esta entrada. Gracias por entrar y comentar.
Un abrazo.
Una duda: ¿tú vives en Argentina o en España?
Hola Ana.
Nací en Argentina, fruto del exilio republicano y viví muchos años allí. Pero en 1989 me vine a vivir a Euskal Herria, para reunirme con mi familia que había ido regresando. Actualmente vivo en Zarautz, un pequeño pueblo de la costa cantábrica, cerca de Donostia-San Sebastián.
Un abrazo.
Esa palabra es el retrato de una tremenda situación económica inmersa en una fase constante de degradación. Espero que no sirva además de antesala para otra asonada militar. Parece que los pobres acostumbran a aumentar en los países ricos. Un abrazo.
Hola Carlos.
La expresión «barrani» es, como tú bien dices, el retrato fiel de la degradación de los valores. Pero en Argentina están acostumbrados a esos vaivenes económicos que presagian lo peor y luego, salen adelante. Yo también espero que los militares se queden guardando los cuarteles, sin salir de ellos. Y que los argentinos, una vez más, salgan del atolladero.
Un abrazo.
Lo que dices es para pararse a reflexionar. Yo también me doy cuenta que, por la tele hablan de crisis y de que aumentan las familias que no llegan a fin de mes y sin embargo como bien dices los bares y restaurantes están llenos. También te encuentras personas «sin techo» pidiendo limosna.
La situación que cuentas de Argentina es preocupante. Me ha parecido curiosa la expresión «Barrini».
Estos temas y otros de los que escribes no hacen parar y mirar a nuestro alrededor. Son entradas interesantes.
Saludos
Hola Jose.
Gracias por tu comentario. Sí, las diferencias sociales, en lugar de ir disminuyendo, van aumentando. Y eso me parece terrible. Es como si no aprendiéramos nada y no nos importara lo más mínimo las personas con las que compartimos este maravilloso planeta.
De temas como este, que me dan ganas de gritar de rabia, y de todo lo que me gusta o me angustia, de mis cuentos y recuerdos, de personas famosas y de simples mortales, de eso escribo y me alegro que encuentres en mi txoko cosas interesantes.
Un abrazo. Marlen
En «Historia de dos ciudades» de Charles Dickens leo: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. Imagen que describe la Buenos Aires actual.
El día 13 de este mes se celebraron las elecciones primarias en Argentina. Javier Milei se ha convertido en el dolor de cabeza de una clase política que asegura no haber visto venir al fenómeno que hoy, a poco menos de dos meses para las presidenciales, es el favorito del electorado.
Parafraseando a Kafka podría decirse que «nada de esto aconteció de repente, pero de repente nos dimos cuenta”. ¿De qué? De que, a poco de cumplirse el 40º aniversario del retorno de la democracia, los derechos y conquistas que significaron sangre, sudor y lágrimas, están en grave riesgo de desaparecer. El propio Milei, ante la estupefacción de quienes no olvidamos lo que costaron esas conquistas, se mofa de ellas en la exposición mediática de su programa de gobierno.
Las ultra-derechas saben sacarle rédito al descontento generalizado, presentándose como la “única solución” para ponerle fin al caos mediante un supuesto orden que no es sino la aplicación de una doctrina que resalta los antivalores y promueve lo peor de la condición humana.
Sopla un viento gélido y siniestro en la escena política Argentina.