El más salvaje no está tan lejos

Hay niños que se convierten en blanco de todos los golpes que el destino logra inventar. Justi era una de esas niñas. Hoy te contaré su historia. Su pequeño cuerpo esmirriado sufrió durante la infancia y la adolescencia las agresiones de una madre que constantemente la menospreciaba y la hacía sentir insignificante. Golpes, patadas, tirones del pelo, quedarse sin comer, sin salir, todo era poco para castigar cualquier reacción o una lágrima como grito silencioso que se escurría por la mejilla de la cría.

Justi soportó un infierno mientras crecía. El momento de irse a la cama era el peor del día. En lugar de arroparla, hacerle una caricia o leerle un libro, su madre le contaba cuentos de terror, con seres salvajes que despedazaban a sus víctimas. Y los fantasmas aterrorizaban a la niña que, en esas noches, ya no dormía.

Nunca supo quién era su padre porque cada vez que le preguntaba a su madre, esta le daba una paliza. Aprendió el latigazo del cinturón en la espalda, antes de enterarse que se usaba en los pantalones. 

Se escapaba de su casa para ir a la escuela, aunque sabía que, a la vuelta, tendría que soportar los golpes o algo peor, todo dependía del grado de alcohol que tuviera su madre encima o del hijo de puta de turno que invadía sus días y sus noches.

Porque Soledad abusaba de su hija física y psicológicamente y permitía que cualquier hombre con el que se acostara, abusara de la niña también.

Intentaba no hacer nada que enfadara a su madre, pero siempre había algo que justificaba los golpes. Y la pequeña no entendía cuál era su culpa. Hasta que, por casualidad, como pasan todas las cosas importantes, se enteró de cuál era el pecado que debía purgar.

Soledad había quedado preñada de su propio padre. Un sábado no logró correr la distancia suficiente para escapar de la borrachera del fin de semana. Y aunque sus amigas le aseguraron que no pasaba nada, porque la primera vez nunca te quedas, ella sí se quedó.

La penitencia por no haber sido rápida fue una panza que empezó a crecer sin que se diera cuenta. Fue su propia madre la primera en ver los síntomas y la primera en soltarle un golpe por ser una hija sucia.

Ella quería abortar y no la dejaron. Su madre le contó al cura el problema que tenía su hija y este la amenazó de excomunión. Cada domingo, en la misa a la que le obligaban a asistir, Soledad escuchaba al cura desde el púlpito acusarla de asesina. Nadie pronunciaba su nombre, pero todos sabían a quién se estaba crucificando.

Así nació Justi, entre gritos y llantos. Al día siguiente un hermano de su abuela las llevó a un pueblo cercano para no volver. Nunca regresaron a su casa, nunca fueron perdonadas, la madre por ser prostituta, la niña por el hecho de nacer. Las vecinas comentaban que Soledad siempre había sido demasiado orgullosa, que si por lo menos, hubiera rezado sinceramente por su redención, si hubiera pedido perdón con humildad, el arrepentimiento la habría salvado. La soberbia es el pecado fundamental y la madre de todos los vicios.

Justi aún era pequeña, nunca había pisado una iglesia, no sabía de pecados ni de soberbia, pero fue la primera vez que entendió que ella había provocado la desgracia de su madre, la primera vez que se arrepintió de haber nacido. Comprendió por qué la odiaba tanto y justificó sus violencias.

Ese fue el día en que decidió ser más fuerte y más rápida que los demás, para que nadie pudiera alcanzarla, ni su madre ni ningún hombre, para que a ella no le pasara lo mismo, para poder defenderse del mundo y sus pecados.

Un campeón de lucha la vio en la calle, peleándose contra una banda de chicos callejeros, y no llevaba la peor parte. Comenzó a entrenarla, aprendía rápido, se fue fortaleciendo (no sólo físicamente). Le facilitó ir a la escuela y en pocos años, contra viento y marea, logró su primer título, participar en torneos regionales, independizarse de su madre y de un futuro preanunciado.

Actualmente es una reconocida luchadora que participa en torneos nacionales, la primera mujer en ganar un título en su momento. 

 Cuando nació su hermano, se tomó un descanso de la lucha para hacerse cargo de él. Y descubrió que tenía cuatro hermanos más, que su madre había ido dejando en Centros de protección de menores y que nada sabían de su existencia. Su vida dio nuevamente un vuelco. Decidió llevarse a su hermano pequeño, obtener su custodia y acoger a los otros. Nunca se casó, pero creó una gran familia a quienes ayudó en todo momento. Purgó su pecado inexistente.

Este cuento no está inspirado en una historia real. Con toda probabilidad.

¿Qué pasó con su madre? Eso lo decides tú.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

7 comentarios sobre “El más salvaje no está tan lejos

  1. Es un cuento terrible. Tengo los pelos como escarpias y no es del frío. Lamentablemente seguro que esta historia existe en el mundo. Con du madre lo mejor que le pudo pasar es que nunca más se supiera de ella y la perdonara en silencio por no haber sabido hacerlo mejor. Pero eso son años de terapia y no sé si se puede perdonar semejante bestialidad. Un abrazo.

    1. Hola Montserrat.
      Lamentablemente, historias de niños que sufren maltratos desde que nacen, siempre ha habido y hay. Por eso mi frase final: «Este cuento no está inspirado en una historia real. Con toda probabilidad.» Aunque no me extrañaría que fuera la historia de un niño o niña real. La especie humana tiene individuos que generan a su paso desgracias infinitas. Pero también quise contar la historia de una redención, de la salvación a través de la voluntad. El perdón es otro de los temas esenciales en casos así. ¿Se puede perdonar el comportamiento de una madre así?
      Un abrazo y gracias por tu comentario.

      1. Ah! Sí! Existen historias terribles y ciertas, he conocido testimonios estremecedores. Personas que no sé cómo han salido adelante con un pasado tan sobrecogedor. No sé si se pueden perdonar ciertas vejaciones, lo que es seguro es que si no se llega al perdón la ira nos envenena a nosotros mismos por eso el perdón es también hacia nosotros mismos. Nadie tiene que saber si hemos o no perdonado, pero sí que comprender que permitimos humillaciones porque no sabíamos hacerlo de otro modo es algo que alivia y que permite vaciar la mochila de mierda. Un abrazo y un placer compartir.

  2. ¡Hola, Marlen! Puff, vaya historia. Un infierno de esos que se te quedan en el estómago. Lo terrible es que no sea algo puramente de ficción y que tras la puerta de tantas casas o pisos «normales» ocurran monstruosidades así. Siendo una historia dura, me encantó la manera en que la cría supo reaccionar. No permitió que ser víctima la definiera y la marcara de por vida. Se rebeló y se hizo más fuerte y más rápida y, por supuesto, se convirtió en una luchadora. Ojalá nuestros políticos tuvieran esa determinación en lugar de «cronificar» los problemas para sacarles rédito electoral. Creo que les pasa como a las farmacéuticas, un cliente sano es un cliente perdido; un problema resuelto, es un voto menos.
    Pero esto ya es solo mi opinión. ¿El destino de la madre? Puff, lo que hizo es algo tan horrible que solo veo dos opciones: arrepentimiento u olvido. En el mundo de la ficción quizá sería lo primero, se arrepentiría y aceptaría penitencia. En el mundo real, lo más seguro que es que se olvidaría de la niña y se habrá perdido en su perversión. Un abrazo!

    1. Es cierto, David, lo espantoso de este relato es que forma parte de la realidad de muchos infortunados seres que, desde niños, sufren las vejaciones de otros. Y cuando esos «otros» son los más cercanos, cuando una madre o un padre, que se supone deben ser los mayores defensores de sus hijos, es el más salvaje, ¿de dónde saca un niño la fuerza para romper ese mundo atroz? Por eso elegí la forma de reacción de Justi. Porque siempre hay salida, y me parece muy importante recalcarlo. Uno nunca sabe adónde van a parar nuestras palabras. Y si un sólo niño …
      En cuanto a nuestros políticos, ese mundo (que nos afecta, pero no es el nuestro, no el de la mayoría de nosotros), está tan corrupto que ya no concebimos políticos honestos que miren por el bienestar de los ciudadanos y no por el suyo propio. Aunque, por supuesto, quedan raras avis, ni son noticia, ni nos enteramos. Estoy convencida de que esta realidad actual cambiará. El ser humano, viva donde viva, finalmente se harta de tanta violencia de todo tipo, de tanta mentira, de tanto egoísmo. ¿Lo veremos nosotros? ¿Será para mejor? Eso ya no depende exclusivamente de nosotros.
      En cuanto al destino de la madre, el mundo de la ficción es sólo eso «una ficción» y aunque puede llegar a modificar el destino de algún lector, la realidad es otra cosa. Y ahí entran dos conceptos esenciales: el perdón y todo lo que eso engloba, desde el arrepentimiento hasta la voluntad de cambio y enmienda. Y la necesidad de que todo, lo bueno y lo malo, tenga consecuencias. Porque si cualquier cosa se arregla con un «Lo siento mucho» para darse vuelta y seguir cuanto antes en el mismo camino, ¿qué estamos enseñando a las nuevas generaciones?
      Enfin, que como verás, no logro escribir corto. O no quiero, no sé. Gracias por tu comentario, siempre interesante. Un abrazo grande. Marlen.

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