Gritando nuestro dolor

La mejor metáfora visual de la guerra de Gaza es un niño palestino enterrado en los escombros de un edificio atacado por Israel. La mejor metáfora visual de la guerra de Ucrania es una señora mayor esperando la muerte en una zona ocupada por Rusia.

Uno se da cuenta de lo que significa envejecer cuando empieza a desconfiar de la capacidad del ser humano para hacer del mundo un lugar más digno, más deseable, más bello. Desde hace unos años, cada vez resulta más difícil no sentirse muertos en vida ante tanta ostentación de infamia e impunidad. 

Para muchos de nosotros, estos meses asistiendo impotentes a la guerra en Ucrania y al genocidio en directo de Gaza han terminado de dinamitar cualquier resquicio de esperanza que pudiéramos conservar en nuestra capacidad para poner límites a la autodestructiva naturaleza humana, para reflexionar sobre la oscura deriva de los estados en su responsabilidad por crear un mundo más justo y sobre la utilidad de organismos como las Naciones Unidas.

Algunas personas de edad sienten que no vale la pena huir y se entregan a su destino. Las hay, también, que se sienten abandonadas. Otras tienen tanto apego a su ciudad que se niegan a aceptar que deben marcharse, o, directamente, no tienen fuerzas para hacerlo: físicamente les es imposible. Lo que está pasando en Ucrania con este grupo de edad es raro, o al menos poco común si miramos al resto del mundo.

De fondo hay una realidad demográfica que no es habitual en países en guerra. Ucrania es el país con una más alta proporción de personas mayores afectadas por un conflicto armado. Las personas mayores no son una prioridad humanitaria en los conflictos. Ucrania, con una de cada 4 personas con más de 60 años, invita a cambiar esa mirada. Sufren más y mueren más, los problemas a los que se enfrentan las personas mayores en Ucrania, van más allá de la mera violencia causada por el conflicto.

No todos mueren por las bombas, sino también por quedarse atrapados en sótanos o por no tener acceso a medicamentos. Se enfrentan a la violencia, pero también a un problema de vivienda, pobreza e incluso abandono. Un informe de Amnistía Internacional constató que las personas mayores que se quedaban en sus casas pese a que las bombas seguían cayendo, lo hacían por las dificultades obvias que presenta una evacuación, pero también porque se quedaron sin alternativas. Muchas acaban viviendo en casas parcial o totalmente destruidas, con ventanas reventadas, sin techos ni agua o electricidad. Hacer la compra se convierte en una odisea y, si consiguen huir de lugares como Mariúpol, Avdivka o en su momento Járkiv, malviven en refugios que no son accesibles ni están adaptados a sus necesidades. La separación o incluso la pérdida de sus seres queridos se convierte en un golpe imposible de encajar. Sobre todo, en soledad.

No mirar a las personas mayores en Ucrania es no mirar a la guerra. Pero mirarlas con condescendencia es no mirarlas.

Un refugio en Ndamyanka, en el centro de Ucrania. Hay 73 personas, la mayoría huidas de Donetsk, Jersón y Járkiv. Inessa Bondarenko, de 70 años, con su moño canoso alto, es una de ellas. Vive con sus gatas Marta y Lisa en este edificio que ha llevado meses acondicionar para acoger a personas desplazadas por la guerra.

Inessa vive en un refugio del centro de Ucrania con sus dos gatas

Los martes viene una trabajadora comunitaria de salud mental de Médicos Sin Fronteras, y se encarga de organizar sesiones grupales: juegos de matemáticas y lógica, dibujos, terapia artística… Inessa no se pierde ni una de esas actividades psicoeducativas.

.- Así nos juntamos, hacemos algo y nos olvidamos de nuestras casas destruidas y de nuestros muertos.

Olena Chupak, de 65 años cuenta que su casa fue atacada y a los pocos días su marido murió por la ansiedad sufrida. .- Cuando hay guerra, la gente es fuerte. Pero cuando la guerra se aleja, la gente se derrumba. En la puerta, como dando la bienvenida, yace volcado en uno de sus laterales un coche blanco con el maletero abierto y sin capó. Está destruido. Dice Olena que el frente de batalla estaba cerca de aquí y que el Ejército ruso disparó hacia esta zona morteros y también un misil.

Ahora Olena duerme en uno de los pocos lugares que ha quedado intacto, lo que antes era la cuadra, donde guarda, entre otros recuerdos, una foto en blanco y negro de un soldado soviético: su marido.

Cuarenta y cuatro personas jubiladas viven en un campus universitario, cuarenta y cuatro sombras de la guerra, cuarenta y cuatro almas refugiadas que viven como si volvieran a estudiar. Se hace raro verlas deambular entre jóvenes con sus carpetas y sus sueños que buscan su aula. 

Es la Universidad Estatal Agraria de Poltava, en el este de Ucrania, cerca de la castigada Járkiv. Una universidad que ha cedido una de las seis residencias estudiantiles a las personas desplazadas por la guerra. Una universidad reconvertida en refugio: la decisión fue del alumnado, que se organizó para dar respuesta humanitaria al conflicto.

.- Por aquí han pasado más de 17.000 personas desplazadas desde que empezó la guerra, dice Shabelnyk, el director del grupo de alumnos, orgullosísimo de que los datos se apunten en una hoja de cálculo. Ahora hay 277, entre ellas cuarenta y cuatro personas jubiladas y trece con discapacidad.

Aquí los desplazados pueden recibir la ayuda que necesitan. Se pueden registrar, reciben alojamiento, apoyo social y legal… La mayoría viene de la cercana Járkiv, uno de los símbolos de esta guerra que pronto cumplirá dos años, o de las provincias de Lugansk y Donetsk, que conforman la región más oriental de Ucrania, el Donbás, buena parte del cual aún está ocupado por Rusia pese a la contraofensiva ucraniana, que sigue estancada.

Lidia Karpenko

Una luz turbia se cuela por las ventanas en la tercera planta del edificio. Una mujer corta remolacha en la cocina a la que tienen acceso los residentes de las ocho habitaciones de la planta. En una de ellas vive Lidia Karpenko, de 71 años, mujer áspera incluso en su voluntariosa hospitalidad: pasad, pasad, dice, y enseguida nos muestra, casi con desesperación, su pasaporte. Ella es de Mariúpol, ciudad oriental bajo ocupación rusa. Y enseña fotografías en su móvil de un edificio destruido que se halla cerca de la famosa planta de Azovstal en Mariúpol, escenario de uno de los asedios más recordados de esta guerra. 

.- Ese es mi piso —dice señalando el teléfono.

Enfundada en un jersey azul y unos pantalones livianos, Lidia está sentada en su cama. Enfrente hay otra doble, donde duermen su hija y su nieto, que ahora no están.

.- Las explosiones eran continuas, recuerda. Intentamos reunir botellas de plástico y chatarra para revenderla y comer. Teníamos a una persona muy justa que era la encargada de repartir la comida de forma equitativa. Esa era la situación en Mariúpol los días y las semanas después de que empezara la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero de 2022. Lidia, con ojos verdes punzantes, habla de esos vecinos como la comunidad que la salvó, como la única red de solidaridad en la que podía confiar. Pasaron mucho tiempo en el refugio subterráneo. Estaban aislados, sin conexión con el mundo exterior. Para no perder el hilo de la realidad, uno de los vecinos escribía en la pared del sótano la cronología de las cosas que el grupo presenciaba.

.- La gente joven se fue enseguida. En el edificio nos quedamos cinco niños, varias personas con discapacidad y, sobre todo, gente mayor.

Una frase para definir la guerra de Ucrania, que no es como las demás. O al menos no lo es para las personas mayores. Lidia describe su experiencia de la ocupación de Mariúpol con naturalidad. No se queja, sólo constata lo que pasaba.

La creación en 1945 de las Naciones Unidas, una asamblea con vocación de dar voz y voto a todos los pueblos, supuso la culminación del sueño de los utópicos, esa gente a la que desde los albores de los tiempos han desacreditado tachándola de ingenua, de idealista, de soñadora.

La aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue uno de los mayores consensos alcanzados en la historia de la humanidad. Pese a su eurocentrismo, nos invitaba a perseverar en la búsqueda de unos principios universales que superasen la idea del Estado-nación y volvía a ser una victoria para quienes consideramos que la ley legítima es la que convierte la decencia en norma. Sobre ese espíritu fraternal, se levantó el armazón legislativo de tratados y tribunales, con el que esperábamos avanzar hacia la idea de una humanidad común.

A sabiendas de que eran imperfectas, racistas, cobardes, papel mojado casi siempre, pero también el único dique internacional frente a quienes promulgan la vuelta a la ley del ojo por ojo y diente por diente.

La Primera Guerra Mundial llevó a los supervivientes a preocuparse por las generaciones futuras. Creer en el progreso supone un principio ético, pero es también un acto de fe que requiere un “optimismo en la voluntad” incompatible con el fracaso de la humanidad que vivimos estos días.

La mano alzada del representante de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, vetando un alto el fuego en la Franja de Gaza no sólo ha revalidado la carta blanca a Israel para seguir exterminando al pueblo palestino, sino que ha herido de muerte a la ya carcomida ONU y ha dado la puntilla definitiva a los valores sobre los que construimos nuestra identidad a partir de 1948 para evitar volver a devorarnos como salvajes.

En la década de 1930, el filósofo, traductor y ensayista alemán de origen judío Walter Benjamin se preguntaba en una carta a un amigo: “¿De verdad alguien puede dormir tranquilo?”. En Occidente llevamos décadas en vela, quebrados por la incoherencia de seguir envolviéndonos en banderas de buenas intenciones, mientras nos sentimos cómplices de invasiones, guerras y expolios.

Para muchos de nosotros, la guerra en Ucrania iniciada el 24/02/2022 y estos casi tres meses asistiendo impotentes al genocidio en directo de Gaza, han terminado de dinamitar cualquier resquicio de esperanza que pudiéramos conservar en nuestra capacidad para poner coto a la autodestructiva naturaleza humana.

Desorientados, sin un rumbo hacia el que dirigir nuestro pensamiento, nuestra emoción, nuestra creatividad. Y tras ese pesimismo nihilista que nos acorrala, siempre está el riesgo de atrincherarse en el cinismo, la peor reacción, la de quienes creen que la salvación está en que nada les afecte porque lo único importante es que no les perjudique personalmente.

Así que, por imperativo ético para con nuestros predecesores y con las próximas generaciones, “organicemos el pesimismo”, dotémoslo de significado político, convirtámoslo en “pesimismo constructivo” que genere conciencia y acción. 

Pero también, mientras reunimos las fuerzas, gritemos todo este dolor acumulado porque, como advirtió Saramago, “si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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