40 años de la muerte de Julio Cortázar

Julio Cortázar fue uno de los mayores escritores de Argentina y un referente indiscutido del “Boom Latinoamericano”, que supo marcar un estilo propio y cuya obra aún sigue conmoviendo a millones de lectores en todo el mundo. Murió en París, Francia, un día como hoy, pero de 1984. Nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, Bélgica, ciudad en la que se encontraba su familia debido a que el padre trabajaba como funcionario en la embajada argentina.

Finalizada la Primera Guerra Mundial, los Cortázar volvieron a la Argentina y el pequeño Julio creció en la localidad bonaerense de Banfield, ciudad dormitorio de la clase media acomodada, tranquila y verde, aunque hoy un tanto deteriorada. Él no disfrutó su niñez. Una época de «una tristeza frecuente», en la que convivía con su madre, su abuela y su hermana pequeña. En un hogar desgraciado por el abandono del padre, los libros fueron su tabla de salvación.

Cortázar leía demasiado, como era de esperar de todo buen escritor, pero aparentemente esta genial virtud no fue bien vista por su director de Educación Primaria, que le hizo una petición exaltada a la madre del genio: “¡Que le racionen los libros!”. Ese día, Julio Cortázar empezó a saber que el mundo estaba, está, y estará repleto de idiotas.

El niño comenzaba a intuir la vida, palpitante, ansiosa por mezclarse en el cocimiento de la literatura, en sus visitas a la capital, donde le esperaba la Boca, tan italiana y portuaria, con sus casas de vivos colores, el bullicioso barrio judío y comercial del Once, los patios de sombra y pereza de San Telmo, la humanidad incesante de la Plaza de Mayo. Todo permanece hoy, con una cierta capa de herrumbre y el envoltorio turístico, pero con la magia aún disponible. Ahí se yergue irreductible, por ejemplo, el Luna Park, donde Cortázar vio sus primeros combates de boxeo.

Antes de los diez años ya había terminado una novela y varios cuentos. Su madre al leerlas le acusó de plagio, eran textos tan buenos que no pensó que fuesen de su hijo. Se formó como maestro y llegó a cursar estudios de Filosofía en laUniversidad de Buenos Aires (UBA). Su vocación era la marina y quiso ser músico, pero su destino era otro, ya que no tuvo aptitudes para el solfeo (según su tía) y en cambio los sonetos le salían redondos. A los 12 años proyectó un poema que “modestamente” abarcara la Historia de la Humanidad entera, y escribió las 20 páginas correspondientes a la edad de las cavernas.

“Descubrí la música en Buenos Aires a la edad de diez años, más o menos en 1924. Yo no podía entender las palabras, pero alguien cantaba en inglés y era algo mágico para mí. Tendría catorce años cuando oí a Jelly Roll Morton y luego a Red Nichols. Pero al oír a Louis Amstrong, noté la diferencia”. Así explicaba Julio Cortázar a Hermenegildo Sabat, en 1978, cómo la música había llegado a su vida y cómo el jazz, “un producto poético” para el escritor, se instaló en ella e influyó en su obra literaria.

Contaba Saúl Yurkievich, gran amigo de Julio Cortázar, que el autor de Rayuela escribía “como improvisando jazz”. Esperaba a sus musas y se dejaba transportar por ellas naturalmente, sin dolor, sin demasiadas correcciones. Una revelación sorprendente en relación a una prosa tan depurada y reflexiva. Yurkievich rememoraba además, en una entrevista concedida en París en 1999, que el juego ocupaba una parte esencial de su (anti) método de trabajo. En algún momento usaba el IChing para decidir qué camino debía seguir la trama de algún cuento.

“El jazz me enseñó cierta sensibilidad del “swing”, de ritmo en mi estilo de escribir. Para mí las frases tienen un “swing” como lo tienen los finales de mis cuentos…”, confesaba Julio en una entrevista. Esta conversación, así como la digitalización de la publicación “El jazz en la obra de Cortázar”, que reúne el pensamiento jazzístico en la vida y en la obra del escritor, se pueden escuchar en la Biblioteca digital Julio Cortázar, en Madrid, donde se encuentran los libros que tenía en su domicilio parisino en el momento de su muerte. Es el legado que desde hace veinte años custodia la Fundación Juan March y presenta un total de 3.588 títulos en 28 lenguas diferentes, de los que 884 libros contienen la firma de Cortázar y el resto son los libros de su biblioteca, muchos de ellos dedicados.

La cuestión es que la situación económica de su familia lo llevó a dedicarse de lleno a su trabajo como docente. Cortázar vivió y dio clases en varias ciudades: Bolívar, Saladillo, Chivilcoy y Mendoza. En paralelo, se graduó como traductor público de inglés y francés, y también comenzó a escribir las primeras páginas de lo que se convertiría en una extensa y fascinante obra literaria.

Los dos grandes géneros en los que se destacó fueron el cuento y la novela. Dentro de ese primer universo, publicó libros como “Bestiario”(1951), “Final del juego”(1956-1964), “Las armas secretas” (1959), “Historias de cronopios y de famas”(1962) y “Todos los fuegos el fuego” (1966).

En cuanto a las novelas, “Los Premios” (1960) fue la primera que editó y, también, el resultado de la prueba que se autoimpuso para ver si podía abordar este género. Con el desafío superado, siguió adelante y así fue como escribió una de las mayores obras del siglo XX: “Rayuela” (1963).

La publicación de Rayuela supuso una verdadera revolución en la narrativa en lengua castellana: por primera vez, un escritor llevaba hasta las últimas consecuencias la voluntad de transgredir el orden tradicional de una historia y el lenguaje para contarla.

“Rayuela convirtió a Cortázar en algo que nunca hubiera querido ni soñado ser, una persona pública, a lo que se puede añadir el detalle de su falta de vanidad”, contó Aurora Bernárdez, su primera esposa y albacea literaria, que se reunió en 2013 con el escritor Mario Vargas Llosa en el marco de una conferencia enmarcada dentro del ciclo “Cortázar y el boom latinoamericano”, que desveló la influencia de esta novela en la vida del autor argentino. “Le cayó como una bomba. Además, le salieron muchos adversarios que seguían atentos al otro Cortázar, al de los cuentos, que no es ni mejor ni peor, sino otra visión”.

El autor siguió escribiendo prácticamente hasta el final de sus días. Hacia los años 70, su obra se vio atravesada por su creciente interés político, cuestión que se observa con facilidad en novelas como “Libro de Manuel” (1973) y en libros de cuentos como “Octaedro” (1974) y “Alguien que anda por ahí “(1977). Decidió ir a vivir a Paris, con Carol Dunlop, su segunda mujer.

Sus últimos años estuvieron marcados por la salida al mercado de los cuentos de “Deshoras” (1982), la prosa de viajes “Los autonautas de la cosmopista”, que escribió con Carol Dunlop (1983) y “Salvo el crepúsculo” (1984), su único libro de poesía.

A bolígrafo o con un lápiz, Cortázar anotaba en los libros que leía y le interesaban. A veces eran frases. La autobiografía póstuma de Pablo Neruda fue editada por su viuda, Matilde Urrutia y por el escritor Miguel Otero Silva. Sulfurado por las erratas, anota Cortázar: “Che, Otero Silva, ¡qué manera de revisar el manuscrito, carajo!”. En otra hoja: “Pinochet se los venderá a los yanquis, es lo más seguro”.

En otras ocasiones, apostaba por la simple palabra o exclamación a pie de página: “Bello como Hölderlin”, en un poemario de Salinas. En “La realidad y el deseo”, de Cernuda, Cortázar acuchilla sin piedad a Emilio Prados. Donde se lee “Bajo el cuidado tipográfico del poeta Emilio Prados”, Cortázar enmienda: bajo “el descuido”… En “Silence des yeux”, de Juan Gelman , Cortázar se horroriza. El prólogo, escrito en francés por él, ha sido acribillado: faltan palabras, bailan las letras… Debajo de la firma “Julio Cortázar” incorpora de su puño y letra: “Massacré” (masacrado).

El hecho de que era un autor prolífico, hizo que su muerte no significara el final de su obra. Aurora Bernárdez dedicó buena parte de su vida a dar a conocer material inédito del autor. Así fue como vieron la luz novelas como “Divertimento” (escrita en 1949 y publicada en 1986) y “El examen” (1950/1986), el libro de cuentos “La otra orilla” (1945/1994) y la recopilación de textos “Papeles inesperados” (2009).

Las ingeniosidades las apuntaba en un papel y lo guardaba. Además de los poemas, entre esas ingeniosidades había frases, proyectos para cuentos, o el carnet que usaba para entrar gratis al Pompidou de París e, incluso, anotaciones que el autor hacía cuando se despertaba en mitad de un sueño. La vida onírica de Cortázar era apasionante. Era una persona que soñaba mucho. Aurora también, y por la mañana se contaban los sueños y él lo anotaba. De hecho, una de las últimas frases escrita por él en el hospital, poco antes de morir, fue: “Voy a bajar a la ciudad”. La ciudad a la que Cortázar se refería, era la que tantas veces había soñado y ya era capaz hasta de dibujar.

La literatura que Cortázar defendía y encarnaba era enemiga de la retórica. Quería que la escritura y la vida fueran utópicas e intensas, pero sobre todo, que tuvieran autenticidad, y las cartas fueron el gimnasio perfecto de su expresión. Estas cartas se recopilaron en un libro del mismo nombre. No andaba lejos de ser un romántico resurgido, y quizá por ello leemos su correspondencia con el temblor que experimentan los lectores que desean encontrar en ella las bondadosas excentricidades de un cronopio.

Su viuda se encargó de recopilar toda la correspondencia que Cortázar envió durante buena parte de su vida. La edición más actual de las “Cartas” se editó en 2012 y está compuesta por cinco tomos que abarcan el período que va de 1937 a 1984. 

“Odio las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar. Yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y los afectos”, escribió Julio en 1942.

Además de funcionar como una de las mayores biografías de Cortázar, esta correspondencia reunida permite ser testigo de algunas de sus tantas pasiones y apreciar cómo este escritor fue construyendo uno de los estilos más singulares de la literatura del siglo XX.

La frase “Un argentino nacido en Europa, pero con nacionalidad francesa” podría describir su vida, pero sería una explicación pobre y con poca fuerza para mostrar lo que el hombre que se esconde tras este nombre aportó al mundo de la literatura. Sería mucho más justa la frase: “Un escritor que rompió los moldes de la literatura hispanoamericana.

El texto “Cuento sin Moraleja” en la voz de su creador, el escritor Julio Cortázar

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

12 comentarios sobre “40 años de la muerte de Julio Cortázar

  1. Un autor que causa un profundo impacto. Creo que disfrutamos con una manera original de narrar lo que pudo ser la vida de cualquier artista. Gracias por recordarlo. Un abrazo.

  2. Hola, Marlen.
    Por supuesto, me encanta Cortázar. Sin embargo, soy más de sus cuentos que de sus novelas. Estoy liado con Rayuela y me cuesta. También es problema mío que llego demasiado cansado a la noche, mi hora de lectura.
    Su amor por el Jazz, la forma tan particular que tiene de contar las cosas y esa atmósfera que le da a todo sus cuentos lo hacen especial para mí. Si además, los «lees» escuchando su voz se convierten en sublimes.
    Tengo que ponerme las pilas y dedicarle más tiempo, pero es que no sé dónde se compra.
    Abrazo grande y encantado de compartir gustos.

    1. Hola Jose.
      Me alegro que te guste Cortázar y compartir también este placer. Yo estoy releyendo «Historias de cronopios y famas», uno de sus libros legendarios. Sorprendente, divertido, surrealista, creo que el libro más loco que he leído. Y me estoy riendo mucho, que siempre es de agradecer. La parte de las instrucciones, me parece genial y me hace recordar a esas instrucciones de cualquier artilugio donde empiezan con: En primer lugar, abra la caja y desenvuelva el armatoste con cuidado… 🤣😂🤣
      Reconozco que en algunos relatos me pasa como con Borges, que hace tanto uso de la abstracción que no se entiende. Pero eso se pasa leyéndolo más (me refiero a Cortázar) o más espabilado (me refiero a uno mismo).
      Cuando lo escuchas leyendo alguno de sus cuentos, me llama la atención la forma de pronunciar las «r», como si estuviera hablando en francés.
      ¡Buen jueves, Amigo Cronopio!

    1. Este artículo fue escrito el 12/2/2024 por mí y fue publicado en «El blog del Trujamán».
      No tengo ningún problema en que se rebloguee, pero siempre haciendo mención a su origen.
      Por favor, corrígelo.
      Gracias.
      María Elena Larrayoz Aristeguieta
      El blog del Trujamán

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