¿Estás estresado?, ¿te sentís que ya no podés más con el trajín diario? No te preocupés, tengo lo que te hace falta. Y está al alcance de cualquiera.
Te vas a un velatorio. ¿Cómo a qué velatorio?
Pero querido, ¿cómo me hacés esa pregunta? ¿cómo me preguntas eso? ¿Qué carajo importa a qué velatorio? A cualquier velatorio, a cualquiera.
Los domingos, mejor que sea un domingo.
El domingo todo el mundo presta atención a su alma, la propia, la ínfima pequeñez de la propia vida. Por otra parte, el lunes está ahí nomás.
Tomás aire. Y te das cuenta que tenés toda una semana entera por delante. Es normal que los domingos la gente se ponga mal, que la gente se deprima. ¡Te espera toda una semana de laburo!
Agarrás el domingo, cuando oscurece, y te vas a una casa de velatorios. La que te quede más cómodo, la que te quede más cerca. O la podés elegir por el barrio. Podés querer ir a un velatorio en Palermo o por el barrio de Belgrano.
Los velatorios por La Paternal son muy buenos y los de Montserrat también. Ambiente de familia, de buenos amigos con sentimientos no fingidos.
Entrás y te fijas en el cartelito, por las dudas. ¿Cómo se llama el muerto? Y te mandás.
Entrás con cara de preocupación, con cara de estupor, de cansancio… ¡Bah, con tu cara de siempre, para qué nos vamos a engañar!
Pasás la recepción, el pasillo con bancos largos que suele haber al principio, la primer salita y te vas para el sector donde está el cajón.
Cuando entrás, te vas a percatar enseguida quiénes son los familiares directos: la esposa, los hijos, algún hermano. Y abrazás a cualquiera. Habrá alguna duda. Siempre hay alguno que duda. Aturdido por el dolor, no consigue recordarte. No te conoce.
Pero habrá otro que sí. Una mujer de bastón que se incorpora mientras vos le besás la mejilla o le pasás una mano por el canoso cabello. Una chica que estalla en un sollozo. Otro que gimotea entre tus brazos. Un gordo que se suena los mocos contra uno de tus hombros y asiente mientras vos lo palmeás con una indudable muestra de afecto y congoja.
Podés decir algo, cualquier cosa, de acuerdo al sexo y a la edad del difunto, a su cara.
Podés decir “siempre nos ayudaba a todos en el trabajo” o “era la mujer a la que todos le pedíamos consejo, la queríamos escuchar” o “tan joven, Dios mío, tan llena de vida”.
Algo así, cualquier cosa. Y después de haber saludado a alguien, a uno o dos, después de haberte acercado al cajón y murmurado un lamento, vas y te sentás a un costado.
Buscás un punto de la sala donde sentarte un rato. Alejado de los sufrientes, pero no tanto.
Estar ahí unos 15 minutos, en contacto con la muerte, por decirlo de algún modo, con el dolor en uno de los estados más puros, bien equivale a unas cuantas sesiones de psicoanálisis.
Te das cuenta que lo que te atormenta, lo que te pasa, no tiene prácticamente ninguna importancia. Además, a veces, hay bandejas con sandwiches. Algo para tomar, que nunca viene mal.
Y te volvés a tu casa con la felicidad de estar vivo, eso que te hace bailar por dentro, eso que te hace sentir que no necesitás mucho más.
Tal cual…Buen post. Un abrazo!
Hola lady_p
Una sonrisa en la mañana. Gracias por comentar.
Un abrazo.
En calma y con el hambre satisfecha es una manera de pillar el sueño bien rápido. Genial Marlen.
Con la conciencia tranquila y la panza llena, que diría mi abuelo.
Un abrazo.