Primavera en los bosques de Navarra II

Hablábamos ayer de la primavera en los bosques navarros y hoy seguimos nuestro recorrido. Los hayedos más conocidos posiblemente sean los de Irati, pero desde luego no son los únicos en Navarra. Kintoa o Quinto Real es uno de los secretos mejor guardados de Navarra. Secreto a voces, ya que su gran extensión no permite esconderlo. Pero la cercanía con la Selva de Irati hace que permanezca a su sombra, aunque nada tenga que envidiarle.

En el frondoso bosque de Quinto Real la luz también se cuela en primavera de una manera mágica. Y, para aumentar esa magia, te recomiendo visitar las ruinas de la antigua fábrica de armas de Eugi que existió en este lugar, durante la segunda mitad del siglo XVIII y que el bosque ha ido reclamando, ocupando sus arcos y sus edificios con un manto verde y dándole a todo el entorno ese aspecto misterioso que atrapa.

Si las hayas son mágicas, ¿qué te puedo decir de los robles milenarios de Jaunsarats? Los encontrarás en Basaburua, en un sendero muy fácil que puede hacerse en familia sin problemas. Podrás descubrir estos antiguos árboles que han sido testigos del paso del tiempo, disfrutar del despertar de la naturaleza y maravillarte con sus curiosas formas.

El Señorío de Bertiz es mucho más que un bosque o, quizá, son varios en uno. Es el primer Parque Natural declarado en Navarra y, por su biodiversidad, es una maravilla con diferentes aspectos en cada lugar: hayedos de ensueño, un bosque de sequoias, un jardín botánico y kilómetros de senderos para pasear y disfrutar de la naturaleza.

Entre los antiguos parajes vascones, hay un gran macizo calcáreo que surge de lo más profundo de Amalur, la Madre Tierra, no de su piel ni de su carne, ni siquiera de sus entrañas, sino de su alma. Es la Sierra de Aralar. Con una pequeña parte de su occidente en Gipuzkoa, es en Navarra donde alcanza su plenitud, donde se manifiesta como cofre sagrado que guarda el poder simbólico del pasado hecho naturaleza.

Montañas y simas, extensas praderas, dolinas (que son esas depresiones profundas y de paredes muy inclinadas, típicas de los terrenos calizos), cuevas, arroyos, valles ciegos y sumideros, configuran un extraño relieve donde decenas de monumentos megalíticos se confunden con el entorno.

Poblado de dragones, héroes rotos y arcángeles, de seres mágicos y doncellas perdidas, la presencia de Mari, la diosa suprema, se deja sentir entre los tejos que vigilan su cueva en las laderas de Putterri.

En esta ecléctica y concentrada sinfonía, surge, eterno, el bosque.

Primavera en el Raso de Albi, Aralar

Bosque de espesura tenue y matices que se desdoblan en harmonías misteriosas, que lo mismo escriben relatos románticos que pintan lienzos impresionistas al estilo de Monet. Bosque de posesión real, cuando Navarra tuvo monarcas, y que hoy es patrimonio público. Bosque de hayas sin lindes complementadas aquí y allá con mostajos, robles, castaños, tilos, abedules, avellanos…

 De Lizarrusti a Hirupagoeta, de Irumugarrieta a Ezelzietagaña, el bosque no puede contenerse. Así, el millar de hectáreas de Bosque de Realengo se desborda y extiende sus tentáculos más allá del santuario de San Miguel, perdiéndose en los confines orientales de la sierra, o descendiendo sus laderas hacia el valle de la Sakana. El conjunto, un espectáculo visual difícil de superar.

Y si bien es cierto que Aralar es difícil de superar, no es imposible de igualar. Y basta para ello con mirar al sur inmediato, al otro lado del valle, y descubrir el horizonte que recorta en el cielo la Sierra de Urbasa/Andia.

Su altiplanicie, una meseta por encima de los mil metros que se extiende de oeste a este, es defensa del clima atlántico donde respirar los últimos aires alpinos. A sus pies meridionales se abre ya la Navarra mediterránea. Consecuente con estas condiciones, el haya se adueña sin pudor ni conmiseración del terreno y forma un bosque magnífico, no sólo por su extensión, casi 13.000 ha, sino también por su extraordinaria belleza salvaje y mística.

Parque Natural de Urbasa-Andía

En Urbasa, la inmersión en el bosque es total. Se bucea literalmente entre árboles y hojarasca. Únicamente salimos a la luz en pequeños rasos aislados o cuando la arboleda, convertida en legión, se frena ante precipicios vertiginosos como el Balcón de Pilatos. Es total y es integral, porque en cada paseo, en cada recorrido, nos atrapa la cultura de la sierra, cultura pastoril y ancestral, recorrida por antiguas creencias y leyendas forjadas por la mitología vasca, al calor de las hogueras de las bordas y de los vientos que susurran bajo las sombras de las ramas.

En un territorio como la Navarra septentrional, que sigue haciendo honor al nombre con que lo bautizó Plinio el Viejo, “Saltus Vasconum” (Bosque de los Vascos), hay también lugar para pequeñas manchas boscosas destacadas por su singularidad. Es el caso del Bosque de Orgi, que con sus 80 ha es una joyita engarzada en un collar de biotopos escasos de alto valor ecológico.

En este caso se trata de un robledal, el venerado “haritza” de la cultura vasca, pero con una característica que lo hace especial, crece en espacios húmedos de llanura, reliquia de aquellos que poblaron valles y vegas. Es, además, un bosque maduro en buena parte trasmocho, con árboles que sobrepasan los dos siglos de edad acompañados de ejemplares más jóvenes.

Puede verse también el alóctono roble americano, pero, sobre todo, disfruta de un variado sotobosque donde reconoceremos majuelo, rosa silvestre, espino albar, cerezo, madari-makatza (peral salvaje, no injertado)… aromatizados en esta época de floración por el dulzor delicado y suave de la madreselva.

Es muy bello, sobre todo en primavera. Es casi un bosque de juguete. Pero no nos confundamos, en absoluto es una afirmación peyorativa. Al contrario, es un espacio protegido cuya gestión lo ha convertido en un hábitat visitable con un gran poder divulgativo. Diría más: educativo. Sus recorridos son llanos, sencillos y accesibles, perfectos para gozarlos en familia. Basta con acercarse a Lizaso en el valle de Ultzama.

En cuanto a Leitzalarrea, no hay secreto sobre su ubicación, el mismo nombre lo delata: “prado de Leitza. Estamos en Leitza, donde el bosque ocupa la mitad de todo el término municipal. Leitzalarrea y su masa vegetal se ubica al norte de la localidad, bajo el macizo de Adarra-Mandoegi y rodeada de picos que superan los mil metros como el Urepel, el Aaltzegi y el Eguzkiko Muinoa, y otros que los rozan como el Arramia y el Barrengo Munoa.

Aquí se esconde el Abetal de Izaieta, donde no sólo encuentras abetos, también especímenes como el Aritzaundi (roble grande). Es un abetal protegido como Monumento Natural. ¡En Navarra no sólo tenemos monumentos de piedra!, aunque los monumentos megalíticos diseminados por todo el terreno nos demuestran la antigüedad de la presencia del ser humano en esta zona.

Este bosque es un entorno poco modificado, apartado y precioso en el que podrás informarte con paneles que te ayudarán a comprender mejor el entorno natural y la explotación sostenible de esta zona, para la ganadería y el aprovechamiento forestal. Pero también para la minería o las antiguas ferrerías de las que también encontrarás vestigios.

Es una arboleda mixta de hayedo y robledal, un conjuro prodigioso que, de nuevo, nos pone en contacto con el olor, el sabor y el tacto de la tierra originaria, con la visión de una energía arraigada y los sonidos de un universo botánico que late y tiembla. 

Es además historia, historia de modos de vida perdidos pero que persisten tozudos en el imaginario colectivo. Son historias de pastores y ferrones, de carboneros y mineros, que se entrecruzan con leyendas sobre Tartalo y Basajaun, con relatos de amor entre mozos y lamiak en las vívidas corrientes de los ríos Sarrasain y Leitzalarrea. Nuestro caminar nos llevará desde la antigua estación del tren de Plazaola pasando por el merendero de Ixkibar, hasta los tricentenarios especímenes de haya y roble de Aitzumurdi. Llegaremos al cercado de Izaieta, donde se alza un abetal de más de 40m de altura. En Aritzaundi nos sorprenderá el esqueleto del viejo roble caído en 1888 y en Iruso nos espera un pasado aún más remoto entre dólmenes, menhires y túmulos.

¿Te animas? Vete preparando el bolso.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

10 comentarios sobre “Primavera en los bosques de Navarra II

    1. Hola Daniel.

      Me alegra que te hayan gustado las fotos. No es difícil sacarlas. Lo difícil es elegir hacia dónde enfocar.

      Gracias por comentar. Te deseo a ti también un día genial.

      Marlen

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