¿Hemos olvidado la calle?

La práctica de lo público en las ciudades, cosa curiosa, no se da tanto en las formales instituciones donde convergen trajes y corbatas, sino en el más cotidiano de los espacios: la calle. Sobre el asfalto caliente no transitan con velocidad tan sólo los coches, sino también los chismes, las habladurías, los pequeños rumores. De boca en boca, la calle es teléfono roto por el que la información fluye, deformándose, volviendo a ser, una y mil veces.

La calle es el espacio público por excelencia, donde la ciudad se da su propia forma, donde nos encontramos con el otro. Pero cuando se habla de espacio público, de encuentro, la categoría nos lleva de inmediato a lugares como parques, plazas, bares y centros recreativos. Sin embargo, no hay una mención, aunque sea mínima, a la calle.

La pregunta, entonces, es si la calle tiene una capacidad de encuentro tan insignificante que no tiene lugar en ese sistema. ¿La calle es un espacio público de encuentro? ¿Cuál ha sido el papel de la calle en los planes de ordenamiento territorial de la ciudad? En definitiva, ¿Puede vivirse la calle como un espacio público de encuentro?

Empecemos por aclarar qué es un espacio público de encuentro. Es tanto un territorio de comunicación, como un espacio para la acción. Es allí donde el ciudadano actúa y se encuentra con los otros en una interacción que no se basa tanto en las identidades como en la pura presencia, en el simple hecho de estar allí, en un entorno de visibilidades donde cuenta ver y ser visto. Por eso es un escenario de interacción simbólica en donde las palabras a veces son silencios y miradas. Encuentro y comunicación, pero también desencuentros y oposiciones. Nos lleva menos a lo físico que a lo relacional.

Estas características nos hacen pensar en plazas, parques, centros recreativos o deportivos y bares. Desde luego, y estoy pensando en la ciudad que más conozco: Buenos Aires, ¡estos lugares han cumplido con ese rol a la perfección! Pero no nombraría a la calle en esta lista. La ubicaría dentro de un sistema de movilidad, pero no de encuentro y esparcimiento. Es decir, no se desconoce su papel en el espacio público, pero se desvincula de esta categoría, donde lo que prima son las relaciones de interacción social más que las de movilidad y tráfico.

¿Y siempre fue así? Recuerdo cuando iba con mi madre o mi abuela al mercado, normalmente los sábados por la mañana. Era una tarea que nos llevaba toda la mañana, y no precisamente porque fuéramos lentas para movernos, sino porque el trayecto hasta el mercado suponía encontrarse con vecinos, conocidos, con los que se interactuaba. Las charlas eran interminables y podían versar desde el precio de la carne, hasta el último novio de Fulanita o el discurso del Jefe de Gobierno. Momentos interminables que me permitían interactuar, a mí también, con otros niños del barrio y comentar, por ejemplo, la película que veríamos esa tarde en el cine o el último libro que me habían regalado.

Sí, ya sé, me dirás que la vida moderna, la expansión de la población, las prisas… 

Permíteme recordarte dos grandes debates dentro del urbanismo y el uso de la calle. Por un lado tenemos a los “Modernistas” para quienes la calle es, simple y llanamente, un espacio desde el cual se va de un lugar A a un lugar B, no un lugar para hacer vida. Por lo que se arrebata a la calle del “mundo de la vida” y se instala en el del puro sistema funcional.

Por otro lado, están los “Posmodernistas” que asumen que la calle es mucho más que eso: un lugar diseñado para promover, acoger y complementar nuevos estilos de vida urbanos, rescatando así a las calles del puro sistema, para devolverlas al “mundo de la vida”.

Uno de los más conocidos defensores de la primera de estas tesis fue Le Corbusier, quien argumentó que las necesidades del hombre moderno imponían el surgimiento de un nuevo modelo de calle que posibilitara el tráfico brutal y rápido de miles y miles de vehículos, ensalzando la velocidad y el automóvil y desplazando al peatón.

El corolario de esta idea fue la conocida expresión “La mort de la rue” (la muerte de la calle). Dicen que la fobia de Le Corbusier obedecía a su consideración de la calle-corredor como foco de infecciones, y, sobre todo, a su creencia de que esta era un obstáculo para el progreso, al no acomodarse a las necesidades de la Era de la Máquina. En otras palabras, se había vuelto un órgano muerto incapaz de cumplir con sus funciones.

Tal plan llegó a concretarse en Brasilia. Allí, se han perdido importantes formas de interacción como las llamadas “sociedades de esquina” y las “sociabilidades de acera”. De hecho, los inmigrantes que llegan a la ciudad se quejan de la ausencia de vida social en las calles, dado que no se hace allí ningún tipo de vida.

El papel que Buenos Aires le ha dado a las calles en sus planes de ordenamiento, se ubica en una zona intermedia, entre la visión modernista y la posmodernista. Esto se debe a que no hay una intención expresa y manifiesta de asignarle al vehículo y a la velocidad la preferencia en el desarrollo urbano. Hay pasos de cebra, carriles bici, la intención de consolidar un modelo de movilidad que priorice al peatón y los medios no motorizados.

Sin embargo, estamos hablando de una capital nacional. La Ciudad de Buenos Aires (CABA) tiene una población de 3.200.000 habitantes. En la estructuración de los planes, las calles forman parte del sistema de espacio público relacionado con el transporte y la movilidad, evitando en principio cualquier consideración suya en el ámbito del esparcimiento y el encuentro. En otras palabras, en Buenos Aires no hemos asesinado la calle a la manera de Le Corbusier, simplemente, hemos olvidado una de sus potencialidades.

¡Conclusiones!, que me estoy liando. Ya lo decía Henri Lefebvre en “El derecho a la ciudad”: “La sociedad urbana se refleja en espacios como las plazas, los cafés, los parques y ¡las calles!”

Es en ellas donde nos encontramos con el otro, con aquel que concebimos como distinto. Hagamos una comparación entre la calle y los tradicionales “espacios públicos de encuentro” como plazas, parques, bares. La existencia de un parque público posibilita, por supuesto, la interacción fuera del espacio privado de la casa o del trabajo. Sin embargo, esto no implica necesariamente una interacción con los otros, aquellos que no pertenecen a nuestro círculo cercano.

A los parques, plazas y bares, generalmente somos convocados por algún evento o una invitación: un amigo, un familiar, nuestra pareja, nos invita a disfrutar de un rato en su compañía o la compañía compartida de algún grupo. Por esta razón, quienes se encuentran en estos espacios son ya conocidos y los desconocidos se acercan porque tienen una relación previa con alguno de los miembros del círculo. Si bien es cierto que no se niega la posibilidad (no del todo extraña) del contacto con el otro, por completo ajeno.

En la calle, esto último, por el contrario, es casi siempre la regla. Al detenernos en un cruce de calles a la espera de que el rojo se haga verde y podamos seguir nuestro trayecto, nos vemos en la obligación de pararnos junto a quien no conocemos y a compartir un mismo espacio con quien es nada más que un rostro.

Las calles son producto de la vivencia de los caminantes-ciudadanos, se construyen a través de quienes diariamente allí confluyen. Pero que la calle sea formada por quienes la utilizan no debe hacernos olvidar que ella, al mismo tiempo, también nos da forma. Los espacios por los que caminamos, las calles que cruzamos, influyen sobre nuestra propia visión de la ciudad y sus habitantes y sobre la manera en que nos comportamos frente a ellos, asumiendo actitudes unas veces de confianza y apertura y otras de miedo y cerrazón.

Las calles son parte de nuestro conocimiento de la ciudad porque vinculan sitios de actividad o práctica cultural, hacen posible el escape y son un paso hacia otro lugar y hacia alguien más. Espacio público de encuentros, de contactos, donde convergen y participan toda clase de personas, por lo que se vuelve también un espacio de comunicación entre multiplicidad de actores. La concepción que se tenga sobre la calle no tiene consecuencias sólo en el ámbito de la movilidad, sino en nuestras estructuras sociales.

Conectan todo tipo de sitios de la vida laboral y cultural cotidiana, tanto espectaculares como humildes. La gente se encuentra en la calle y puede evitar el encuentro en la calle. La calle es vida. No lo olvidemos.

Sostener que la calle es un espacio público de encuentro, de entretenimiento, de diversión, no es una idea demasiado arriesgada ni demasiado original. En las calles de Buenos Aires encontramos quioscos de venta de periódicos y revistas, música callejera, ferias dominicales… Tengo que comentaros iniciativas que empezaron a cambiar la cara de la ciudad en los últimos años.

En 2012 nació el “Paseo de la Historieta”, un recorrido por diversas calles de los barrios de San Telmo y Montserrat, que cuenta con más de 20 personajes de la historieta argentina. Reproducciones a tamaño natural de Mafalda, Susanita y Manolito; Larguirucho y Superhijitus; Patoruzú e Isidoro Cañones; Matías; Don Fulgencio; Clemente; Las Chicas Divito; Inodoro Pereyra y Mendieta; Patoruzú; El Loco Chávez; Tía Vicenta; Negrazón y Chaveta; Diógenes y el Linyera; Langostino y Corina; El Eternauta y Gaturro, invitan a recordar costumbres y valores que nos identifican, y que supieron reflejar los grandes humoristas gráficos.

En Avenida Corrientes y Uruguay dos grandes del humor porteño: Alberto Olmedo y Javier Portales charlan animadamente en un sillón escultura.

Ídolos del deporte son homenajeados en más de 30 obras que fueron emplazadas durante los últimos años y ganaron espacios en distintos puntos céntricos de la Ciudad: Lionel Messi, Gabriela Sabatini, Guillermo Vilas o Manu Ginóbili.

Aún nos falta dar cabida en la ciudad y aceptar los graffitis, que surgen como hongos y son parte de la cultura popular y las expresiones de festejo como los corsos de carnaval o las Llamadas de Candombes de San Telmo que recorren el barrio los domingos haciendo llegar la música de los negros que poblaron un día el barrio.

Ante la escasa oferta de escenarios recreativos gratuitos, la calle puede brindar a la ciudadanía un espacio de esparcimiento y de encuentro. He querido hablaros de las calles de nuestras ciudades, de la potencialidad para ser un verdadero espacio público de encuentro, un concepto que se había venido olvidando. Lo que se busca es una reflexión entre todos, a la que se le aparejen medidas de política pública. Es que, si bien la ciudad ha planteado regulaciones para que la calle no se muera, debemos entender que, más que un lugar por el que transitan peatones, es el ágora cotidiana en la que nos relacionamos e interactuamos los ciudadanos.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “¿Hemos olvidado la calle?

  1. Hola, Marlen.

    Bonita entrada, aunque me suena nostálgica. Pero como dicen por allí, no sos vos, soy yo. XD

    Ya te he contado alguna vez cómo han cambiado los «paseos» por mi tierra. A la ya terrible bulla que nos lleva a ir corriendo siempre de un lado para otro, se ha unido ahora la masificación turística. Pasear por aquí es un infierno, a cualquier hora. La calle ha sido tomada y deformada.

    No, ya no se puede uno dilatar charlando con el quiosquero (no quedan), el frutero, el carnicero, el florista… Enseguida el/los que están detrás se impacientan y te muestran sus morros; todos tienen bulla, todos tienen cosas que hacer antes que guardar pacientemente fila para comprar algo. Eso sí, para pamplinas varias sí que se pueden llevar en una cola todo el día.

    Aquí, siempre nos quedará la playa; el mejor sitio para pasear con el sonido del mar e incluso encontrarse con conocidos. Siempre que no sea temporada alta, que entonces no hay sitio ni para el que vende los refrescos en lata.

    Echo de menos la calle como escenario cultural, ahora se encierran en salas de exposiciones que están demasiado vacías. Algunos músicos se atreven a deleitarnos con su arte, otros desisten porque nadie les hace caso. A los más atractivos, los miran a través de la pantalla de sus móviles. Hasta las preciosísimas Puestas de Sol de mi Caleta se ven tras la falsa ventana de cristal; como si los ojos no tuvieran suficiente memoria para dejar recordar su belleza.

    Será cuestión de los tiempos que solo valoramos los que ya tenemos canas.

    Me encantaron la historia y las fotografías. Muchas gracias, amiga.

    Abrazo grande y callejero.

    1. Hola Jose.

      Sí, en parte es nostálgico lo que escribo. Es inevitable no recordar una época en la que no todo era prisa, sino también comunicación, charla placentera, «VIDA» en las calles de nuestros pueblos y ciudades. La gente mira esas fotos de gente mayor sentada en la puerta de su casa, charlando con el vecino. Y se ríen con burla, ironía. Pero no hace tanto tiempo de esto. Yo lo conocí y no soy Matusalén. Y si lo que provoca la burla son esos comentarios sobre los demás , los cuchicheos, los «chusmeríos», ¿has encendido últimamente la televisión? (y no me refiero sólo a programas de sacar el cuero a los demás). No ha desaparecido, sólo ha convertido al que comenta en un supuesto periodista y al que escucha lo relega a su sillón y al papel de espectador de la vida.

      Pero no quería quedarme con eso. Como siempre, busco la otra cara de la moneda. Y las iniciativas que empezaron a cambiar la cara de las ciudades (por lo menos de la de Buenos Aires) en los últimos años, me parecen interesantes.

      Espacios en la calle para socializar, para compartir vida y experiencias. Creo que es un modo de olvidar por un rato «la falsa ventana de cristal», de levantar los ojos y asombrarse. Yo acabo de dar el visto bueno para que un artista callejero pinte un mural en la fachada de mi casa de San Telmo. Ya te contaré mi experiencia. Lo que sí estoy segura es que dará que hablar. 🤣😂🤣

      Un abrazo grandote desde mi casa porque está lloviendo. De lo contrario, estaría sentada en mi plaza, charlando con cualquier vecino. ¡Tema siempre hay!

  2. Son muchos hermosos ejemplos de espacios para convivir. Ahora nos imponen «plazas frías» para un rápido tránsito que dificulta la comunicación cuando puedas no se hace a través del celular.

    1. Debemos reclamar esos espacios para convivir. La calle no es sólo para los de 4 ruedas. A través de las pantallas no se sienten las emociones, ni los temblores, ni las sonrisas como esta que te dedico. Gracias por comentar.

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