Amo mi viejo San Telmo porque sus calles, bares, casas y todo el barrio son diferentes a todos los demás lugares de Buenos Aires. San Telmo es uno de los barrios más antiguos de la ciudad. En sus inicios estuvo habitado por las familias más ricas de Buenos Aires, hasta que la epidemia de fiebre amarilla de 1871 hizo que decidieran trasladarse al norte.
Entonces comenzaron a alojarse los emigrantes. Alquilar una habitación era accesible. Las casonas señoriales se convirtieron en conventillos y cada una de las habitaciones se convirtieron en la vivienda de una familia diferente. Por lo general estos cuartos se disponían alrededor de un patio central, que funcionaba como distribuidor. Los baños, al igual que la cocina, el patio y los corredores, eran compartidos por todos los habitantes. El conventillo se convertía en hogar y sus inquilinos en una gran familia.
Con el paso del tiempo, la fisonomía de San Telmo fue cambiando y se convirtió en un lugar de visita turística obligada, donde se puede vivir y apreciar una valiosa arquitectura histórica. Entre los puntos de interés que encontrarás está, frente al Parque Lezama, la Iglesia Ortodoxa Rusa. El Callejón La Defensa es una típica casona del siglo XVIII que recrea el Buenos Aires Colonial, y en la Plaza Manuel Dorrego, se celebra todos los domingos de 10:00 AM a 5:00 PM, una feria de antigüedades donde se puede pasar un rato regateando o comprando. Hay clubes de baile de tango o jazz, buenos restaurantes de todo tipo y el famoso Mercado donde puedes comprar un kilo de fruta, un tarro de dulce de leche, libros, ropa o unos buenos discos de vinilo.

Feria Dorrego 
Feria Dorrego-Antigüedades 
Feria Dorrego-Antigüedades 
Música en la calle
San Telmo mezcla lo urbano y lo pueblerino, lo cosmopolita y lo local. Esto es particularmente evidente ahora que su economía se está repartiendo entre una industria turística y un consumo local. Si su actividad comercial históricamente era dominada por negocios barriales, pensados para una población residencial y de clase media, ahora está sostenida también por hotelería, gastronomía y locales de indumentaria orientados al extranjero o el visitante que viene los domingos de feria.
En 1970, gracias a la visión del Arquitecto José María Peña, el Museo de la Ciudad inauguró la feria de cosas viejas en la Plaza Dorrego, cambiando lo que históricamente había sido una feria de alimentos por otra que sería conocida mundialmente por sus antigüedades. En las siguientes décadas, San Telmo se instaló en el circuito de anticuarios, visitado por coleccionistas y compradores internacionales y conquistando las vidrieras de la arteria central de la calle Defensa.
En el Mercado de San Telmo, históricamente el punto de encuentro social y comercial más activo del barrio, las decenas de carnicerías se redujeron a dos, igual que las pescaderías, verdulerías y bazares que fueron lentamente reemplazados por puestos de antigüedades y souvenirs.
A partir de la devaluación de 2001 y el boom del turismo, los nuevos hostels y hoteles boutiques se llenaron de extranjeros buscando en San Telmo huellas de la ciudad vieja.

Mercado San Telmo-Fachada Bolivar y Carlos Calvo 
Mercado-Verdulería y frutería 
Mercado-Carnicería 
Mercado San Telmo 
Mercado-El Hornero 
Mercado-Venta de victrolas
Esta revalorización del patrimonio histórico tuvo sus impactos en el mercado inmobiliario y muchos residentes y negocios se encontraron desplazados por un nuevo San Telmo for export que claramente apuntaba a un público que no era el vecino común. La calle Defensa empezó a transformarse una vez más: los anticuarios dieron paso a locales de ropa, cueros, souvenirs y restaurantes elegantes y el vecindario observó, con asombro o entusiasmo, la llegada de grandes marcas.
Sin embargo, existe todavía una dinámica comercial barrial que resguarda las relaciones y las transacciones de su base residencial: el almacén de la esquina, que sigue sobreviviendo a pesar de autoservicios y supermercados de cadena, la compostura de calzados y la modista, que reviven la época de arreglar para conservar, en vez de tirar, la ferretería donde el dueño siempre está dispuesto a aconsejar sobre qué herramientas o materiales usar, la peluquería donde todavía se juntan las vecinas para charlar, el bar de amigos donde el dueño se sienta a mirar el partido de fútbol junto a sus clientes.
En estos negocios todavía rige un código de comercio ligado al trato personal. Se recuerdan los nombres y las historias de cada uno de los clientes. Son parte del tejido social de una comunidad viva, no de un escenario vacío.
La virtud del barrio de San Telmo radica en esos lugares interesantes que se conocen caminando, siguiendo empedrados y calles angostas que se pasean frente a edificios coloniales que albergan negocios como anticuarios y talleres de artesanía. Si quieres experimentar algo diferente, vale la pena el viaje.
En particular, me encanta caminar o sentarme en una de las mesas de un bar y mirar a la gente pasar, fingiendo que soy una extraña en mi propia ciudad. Por las mañanas acudo a un bar que ha sido declarado bar histórico de la ciudad de Buenos Aires. El bar, por la característica mencionada, es ecléctico. Acuden allí una cantidad de turistas deseosos de embeberse, aunque sea por un instante, de algo de la ciudad, su cultura, sus costumbres, su gente.

Bar El Federal, Humberto I y Defensa 
Bar Mi Tío, Estados Unidos y Defensa 
Bar Plaza Dorrego 
Parrilla El Desnivel 
Bares Británico y El Hipopótamo Brasil y Defensa 
Café Rivas, Estados Unidos 302
Hay entonces japoneses vestidos como si fueran integrantes de una banda heavy-metal, una española de pelo muy corto con apariencia de no haber dormido en seis días, hermanos latinoamericanos dispuestos a tomar fotos a cualquier cosa que se mueva.
Me siento, entonces, cómo decirlo, una ciudadana del mundo, en armonía con gente tan diversa.
También me siento una idiota. Han subido el precio hasta del agua, ¡a mí que no me jodan!
Julio Cortázar escribió “Yo me quedo con las casas donde he sido feliz, donde he asistido a la belleza, a la bondad, donde he vivido plenamente. Guardo la fisonomía de las habitaciones como si fueran rostros; vuelvo a ellas con la imaginación, subo escaleras, toco puertas y contemplo cuadros. Yo no sé si los hombres son demasiado ingratos con las casas, o si en mi gratitud hacia ellas hay algo de neurosis. El hecho es que amo los recintos donde he encontrado un minuto de paz; no los olvido nunca, los llevo conmigo y conozco su esencia íntima, el misterio ansioso por revelarse que habita en toda pared, en todo mueble.
Me explico los fantasmas: ¿cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia..!”
Tal vez, mi alma es uno de esos fantasmas, que recorren calles, rincones y lugares de esa ciudad, que hoy, sólo acaricio en mis sueños o en mis viajes, esparcidos por el tiempo.
Es como una película, en donde me veo en recuerdos imborrables. Mi cuerpo, deambula por el viejo continente, mi alma y mi corazón, están en mi Buenos Aires querido.
Hoy, en este septiembre primaveral del hemisferio sur, vuelvo a Buenos Aires. Mis casas, mis calles, mi barrio, mi gente, la que aún está y la que ya no puedo ver.
Volver es un placer y una tortura. Un placer porque me transformo en esa niña que, de la mano de su papá, subía a las montañas de arena del puerto para ver más lejos, para seguir soñando con viajar. Que recorre con su mamá el mercado de San Telmo para hacer la compra de la semana. Pero el puerto ya no es puerto y, en lugar de montañas de blanca arena, nuevos y modernos edificios describen la silueta de Puerto Madero. El Mercado de San Telmo, asaltado por hordas de turistas que buscan lo original, lo típico que están pisoteando, se ha convertido en un shop center donde sobreviven algunos pocos puestos.
.- ¿Qué tal señora?, me pregunta el carnicero, ¿estuvo de vacaciones? Porque hace días que no la veíamos.
¡Y tantos días!, pienso haciendo la cuenta de estos últimos 5 años.
.- Sí, estuve de viaje, pero ya estoy en casa, digo sin pensarlo demasiado. ¿Tenés unas buenas tiras de asado y chorizos, que los estaba extrañando?
.- Para usted, lo mejorcito. Espere que se lo traigo de dentro.
Y no me da la carne que está a la vista, la va a buscar dentro, la que es sólo para los clientes especiales. Eso es lo que me ha contado más de una vez, charlando de su padre y su tío a quienes conocí cuando yo venía de la mano de mamá.

Calle Estados Unidos 
Calle Defensa 831, edificio Art Nouveau 
Calle Defensa y Avenida Independencia 
Calle Humberto I, cúpulas iglesia San Telmo 
Iglesia ortodoxa rusa 
Parque Lezama
La ciudad, la situación social han cambiado desde la última vez. Y siento, veo aunque no quiero ver, que el cambio es a peor. Hablo con los amigos, con los vecinos. Y no me cuentan de sus hijos, de sus nietos, me cuentan de lo que ya no… Una punzada triste que mezcla años que se van pasando con situaciones económicas que se van deteriorando.
¡Cómo duele! Duele la tristeza en la palabra de la vecina que a mi lado, pide al verdulero: .- Dame sólo un tomate, y una zanahoria. Duele la expresión de derrota instalada. Duele la familia que vaga por las calles, pidiendo. .- Deme algo señora, lo que pueda, cualquier cosa. Duele la carita del niño que ya no juega, que no ríe, que mira sin mirar porque el mirar también duele, sentado sin hablar en un banco del Parque Lezama. ¡Ay mi Buenos Aires! ¡qué te han hecho?
Él sí que habla, o no habla sino que llora palabras sin lágrimas, se queja, grita, se calla aprensivo cuando le llaman la atención, el grito también es una necesidad. No está loco, no, no está loco pero siente que la locura lo acosa porque es imposible no volverse loco cuando ya no queda ninguna salida.
Mientras, la voz del presidente me retumba por dentro: “Estamos ante el fin del modelo de la casta, basado en esa atrocidad de que donde hay una necesidad nace un derecho, pero se olvidan que alguien lo tiene que pagar. Cuya máxima aberración es la justicia social, pero se olvidan que es injusto que la paguen sólo algunos”. ¿La justicia social es una aberración, una atrocidad? Creo que me equivoqué, no puedo estar en donde creo que estoy. ¡Paren el mundo, me quiero bajar!
Corro a encerrarme en mi casa, en mi pasado.
Los tiempos cambian, la vida cambia. Vuelvo a entrar en la casa donde nací y viví hasta los 18 años.
.- ¿Quiere entrar al departamento?
.- No, gracias. Prefiero verlo de afuera.
Y me alejo, estrujada por dentro, sin mirar atrás, buscando una alegría que me es esquiva. Recuerdo cuando mis compañeritas de la escuela me preguntaban: .- ¿Vos dónde naciste?
Y yo contestaba, riendo por dentro: .- En Estados Unidos (broma en la que obviaba completar la dirección. Porque es cierto que nací en Estados Unidos, en la calle Estados Unidos 696 2º piso). Pleno barrio de San Telmo, el más viejo, el más lindo, donde podía jugar al fútbol en la calle, por lo menos hasta que la pelota iba a parar a la calle Chacabuco y entonces, el tranvía amenazaba con destrozarla.
Un barrio donde los chicos éramos hijos de todos, porque mantenía el alma de pueblo pequeño, donde antes de llegar a casa, tomaba una limonada en casa de mi amigo Juancho o comía un panqueque en casa de Matilde, la encargada. Los mejores panqueques del mundo mundial, tal vez porque, como decía mamá, los hacía con agua en vez de leche.
Amo ser turista en mi viejo barrio San Telmo.
Precioso semblante y preciosas fotografías 😀 😀
Hola Alma Leonor.
Gracias por tu comentario. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo.
Marlen
Maravilloso. Me ha parecido recorrer contigo esas calles y he sentido nostalgia de mi viejo barrio de San Diego, en Sevilla. Gracias, Marlen.
Hola Enrique.
Recorrer calles amigas cargando con el paso del tiempo, produce alegría y una nostalgia que bien merece un tango.
Aprovecha, si tienes la posibilidad de hacerlo. No sé si vives cerca de tu barrio de San Diego (Sevilla es una hermosa ciudad para recorrer, lo he hecho hace muuuucho tiempo). Pero si la tienes, no te la pierdas. Y mejor hoy que mañana.
Un abrazo.
Marlen
Esperemos que aquellas calles vuelvan a ser las mismas que defines al principio. Un día, cuando la bronca no me domine, hablaremos (si te parece) del daño, esperemos que no irreparable, que el presidente más soez y arrogante está provocando a la cultura de un país. Un abrazo
Hola Daniel.
Te entiendo perfectamente. Yo llego a este viaje con sensaciones encontradas, ya veremos cómo vuelvo. Pero cuando lo haga y tú estés dispuesto, me encantará charlar un rato contigo. Desde lejos, las cosas se sufren mucho y las palabras ayudan.
Un abrazo grande.
Marlen