Declaración Universal de los Derechos Humanos

Si los derechos que yo tengo, no son reconocidos a los demás, entonces no son derechos, son privilegios. Seguro que ha pasado en otras épocas, pero en los últimos años, una vez más, resulta cada vez más difícil no sentirse tristes, agobiados, frente a tanta demostración de injusticia, desvergüenza e impunidad. ¡Y que conste que no soy pesimista!

Hay momentos en los que el alma de la humanidad parece tambalearse. Y hoy, aquí, quiero hablarles no sólo desde la razón, sino desde el corazón, desde ese lugar en el que las ideas y los sentimientos se entrelazan para movernos a la acción. Porque la historia no es sólo un relato de hechos, es un recordatorio de que cada paso hacia la justicia y la dignidad ha sido dado por aquellos que no renunciaron a soñar, a luchar, a creer.

Situémonos en 1945. Imaginemos un mundo roto, donde la devastación de la Segunda Guerra Mundial dejó cicatrices en todos los rincones del planeta. Y sin embargo, en medio de esa ruina, nació un sueño. La Organización de las Naciones Unidas surgió como un acto de fe colectiva, una asamblea que, por primera vez, quiso dar voz a todos los pueblos. 

Naciones Unidas 10/12/1948

Hace 76 años, tal día como hoy 10 de diciembre de 1948, fue aprobada la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Fue uno de los consensos más grandiosos que jamás haya alcanzado la humanidad. Por supuesto, era imperfecta, teñida de las limitaciones de su tiempo, pero no sólo simbolizaba la esperanza de un futuro más justo, sino que también establecía un marco común de valores y derechos para todos los seres humanos, independientemente de su origen o condición.

Estableció, por primera vez, los derechos humanos fundamentales que deben protegerse en el mundo entero. Y recordemos que las delegadas de varios países desempeñaron un papel clave para que los derechos de la mujer se incluyeran en la Declaración. Hansa Mehta de India es recordada y reconocida por cambiar la frase «Todos los hombres nacen libres e iguales» por «Todos los seres humanos nacen libres e iguales» en el Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Eleanor Roosevelt (delegada de EEUU) y Hansa Mehta (delegada de India)

En un mundo marcado por la guerra y la división, la Declaración representó una luz de esperanza y un llamado a la dignidad y el respeto que deben acompañar a cada individuo, una promesa de que podíamos construir un marco común, de que podíamos convertir la decencia en norma.

Los utópicos, los idealistas, aquellos que muchos desprecian como ingenuos, lograron levantar una estructura de leyes, tratados y tribunales internacionales que aspiraban a algo casi milagroso: superar la sentencia del “ojo por ojo, diente por diente” y avanzar hacia una humanidad común. Pero hoy, ¿dónde estamos? Esa estructura que fue levantada con tanto esfuerzo parece tambalearse.

El veto reciente de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU a un alto el fuego en Gaza ha sido percibido como un respaldo directo a las operaciones militares israelíes, lo que ha generado una reacción negativa tanto a nivel global como dentro de Estados Unidos. Este veto ha reforzado la percepción de una «carta blanca» a Israel para continuar con sus acciones en la Franja de Gaza, exacerbando las tensiones en la comunidad internacional.

No es sólo una decisión política, es una herida profunda a la esencia misma de la ONU y a los valores que intentamos construir desde 1948. ¿Cómo no sentir que, con cada día que pasa, esos ideales de justicia, paz y dignidad se desmoronan ante nuestros ojos? ¿Cómo no sentir el peso de nuestra propia complicidad como ciudadanos de un mundo que sigue permitiendo guerras, genocidios y expolios?

El destacado filósofo, crítico literario, traductor y ensayista alemán de origen judío Walter Benjamin, en una carta escrita en la década de 1930, se preguntaba: “¿De verdad alguien puede dormir tranquilo?”. Y yo me pregunto: ¿cómo podemos mirar hacia otro lado cuando la impunidad se pasea ante nosotros como un monstruo invencible? ¿Cómo no sentirnos heridos, como si la esperanza fuera un eco lejano?

Sin embargo, no estoy aquí para resignarme al pesimismo. Estoy aquí para pedirles que transformemos ese dolor, esa rabia, en algo constructivo. La expresión “organizar el pesimismo” es de Walter Benjamin y constituye una fórmula decisiva si lo que se pretende es darle sentido, convertirlo en acción, en conciencia. Es la única manera de abrir la esperanza. Porque la historia nos enseña algo poderoso: no hay crisis eterna. Siempre hay quienes, a pesar del desprecio, a pesar de ser llamados ilusos o locos, son capaces de alumbrar nuevos avances, nuevos horizontes.

Sí, nos sentimos impotentes. Sí, el cinismo parece tentador, ese cinismo que dice que nada cambiará, que nada importa. Pero el cinismo es la peor forma de envejecer. No nos convirtamos en esos seres que creen que la salvación está en que nada les afecte. La salvación está en sentir, en gritar, en escribir, en reflexionar, en actuar.

Hoy más que nunca necesitamos la fuerza de los jóvenes, de aquellos que todavía creen que el mundo puede ser mejor. Su energía, su fe en el progreso, es lo que puede arrancar a la humanidad de esta pesadilla de indiferencia y destrucción. Como decía nuestro querido José Saramago, “Si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos.” Pero yo creo que no nos merecemos esto. Nadie lo merece.

Así que levántense, piensen, cuestionen. Conviertan su pesimismo en un motor de cambio. Porque el mundo todavía necesita soñadores, todavía necesita luchadores, todavía necesita quienes tengan el coraje de convertir el dolor en esperanza y la esperanza en acción.

Muchas gracias por escucharme.


Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Declaración Universal de los Derechos Humanos

  1. Hola, Marlen.

    Hago grito ese último párrafo y ojalá que llega a muchos oídos.

    Dejemos a un lado el pesimismo, al menos mientras duren estas fiestas, y creamos con esperanza en que todo cambio es posible.

    Abrazo Grande, Amiga.

    1. Hola Jose
      ¡Si fuera tan fácil llegar a muchos lugares!, pero uno nunca sabe adónde viajan nuestras palabras.
      Y como bien dices, «dejemos a un lado el pesimismo y creamos con esperanza en que todo cambio es posible».
      En un mundo como el que estamos viviendo, en el que nos duele la violencia, la guerra y el sálvese el que pueda, la Declaración Universal de los Derechos Humanos representó una luz de esperanza y un llamado a la dignidad y el respeto por todo ser humano. Deberíamos hablar de estas cosas, recordarlo más a menudo. Bueno, por lo menos, un día al año.
      Gracias por comentar. Un abrazo grande y esperanzado.

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