La noticia falsa propagada por el presidente electo, Donald Trump, que acusó a los haitianos de Springfield de comerse a las mascotas, dio la vuelta al mundo. Sin embargo, el nuevo éxodo entre los haitianos provocado por la victoria electoral del magnate neoyorquino ha pasado sin pena ni gloria por las redacciones. Es una triste constatación de que, a la hora de informar, la mentira tiene más gancho que la realidad, e incluso más que el dolor físico y mental que causa.
Las amenazas contra ellos y sus negocios continúan y se han expandido. El plan de deportaciones masivas anunciado por Trump es una guillotina racial cuya cuchilla, si cae, primero lo hará sobre los grupos de recién llegados. Los haitianos de Springfield saben que están en lo alto de su lista negra. El próximo inquilino de la Casa Blanca ha declarado en varias ocasiones que cuando tome el cargo pondrá fin al estatus de protección temporal que les permite vivir y trabajar en el país y los deportará. Una declaración abierta de persecución que no penalizó la campaña republicana, sino todo lo contrario.

La falsa narrativa que defiende Trump y acusa a migrantes haitianos de comer mascotas 
Trump en debate pre-electoral 
Por eso siguen huyendo, ya sea a la vecina y más tolerante Dayton, a otro estado o incluso más allá. La victoria de Trump, sellada con más de 76 millones de votos, ha solidificado el miedo antes de que empiece su mandato. Con un prólogo así, el futuro de los 14 millones de inmigrantes en situación irregular no parece muy prometedor. No obstante, la responsabilidad no solo será del presidente. Cada uno de sus votos ha abierto una puerta a esta nueva realidad y espada de Damocles sobre los destinos de los que no tienen derechos, o no se pueden defender, por no ser ciudadanos.
La estratagema para conseguir votos a base de odiar al diferente ni empezó ni terminará con Trump. De hecho, es tan estadounidense como Elvis Presley. En la costa oeste, durante la fiebre del oro del siglo XIX, la Ley de Exclusión China de 1882 prohibió una mayor inmigración procedente de Asia, e hizo que los residentes no pudieran obtener la ciudadanía y fueran expulsados de 40 ciudades. La inmigración procedente de Europa también fue perseguida. Desde 1880 hasta la Primera Guerra Mundial, más de 20 millones abandonaron el Viejo Continente para perseguir su sueño americano.
Se enfrentaron a humillaciones como el internamiento en la isla Ellis de Nueva York, así como a la constante discriminación del grupo de poder protestante que recelaba de la llegada masiva de católicos, judíos y cristianos ortodoxos. De ahí surgieron los barrios étnicos como el neoyorkino Lower East Side judío, el sur italiano de Filadelfia, o la pequeña Varsovia polaca de Cleveland, entre otros. El caso de los 20.000 haitianos en Springfield no es algo nuevo en el país; su persecución va camino de compartir el mismo tipo de olvido, solo que no disponen del tiempo, la fuerza de trabajo o el contexto histórico que acabó favoreciendo la integración de los inmigrantes europeos.
¿La falacia racista ayudó a que Trump y su vicepresidente, el radical cristiano J.D. Vance, vencieran en la ciudad? Muchos de los republicanos con los que hablé en Springfield admitían saber que la acusación era falsa; más aún, la apabullante victoria de su partido en el condado, con el 64,2% de los votos, sugiere que muchos ya habían decidido el voto antes de que la ciudad saltara a la fama mundial. La mentira no era necesaria para ganar, pero sí para deshumanizar al tipo de inmigrante inaceptable para muchas democracias occidentales: el que llega con los bolsillos vacíos.
Esta noticia fue escrita por el periodista Amador Guallar y salió publicada en 5W. Me pareció importante recordar que “A la hora de informar, la mentira tiene más gancho que la realidad, e incluso más que el dolor físico y mental que causa”
Y recordar también que odiar al inmigrante no ha sido una idea inventada por Trump, sino que ha sido utilizada por muchos gobernantes antes que él. Pero que, lamentablemente, se sigue utilizando porque da resultado.
A lo largo de la historia, ciertos gobernantes y partidos políticos han recurrido con frecuencia a la estrategia de avivar el odio hacia los inmigrantes para consolidar poder, desviar la atención de problemas internos o ganar apoyo popular. Este enfoque, basado en la creación de un «otro» percibido como una amenaza, ha servido como una herramienta eficaz para generar cohesión dentro de ciertos sectores de la población, apelando a miedos e inseguridades.
En épocas de crisis económica o social, los inmigrantes suelen ser señalados como responsables de problemas como el desempleo, el aumento de la criminalidad o el deterioro de los servicios públicos. Este discurso, simplista pero poderoso, permite a los líderes políticos evitar la rendición de cuentas sobre sus propias políticas y trasladar la culpa a un grupo que, por su condición de «extranjero», tiene menos capacidad de defenderse.

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Desde Australia que a fines del siglo XIX implementó la política conocida como la “White Australia Policy”, que limitaba la inmigración de personas no europeas; las leyes antisemitas para excluir a los judíos de la ciudadanía en la Alemania nazi; o los procedimientos de la década de 1970 contra los «guest workers» en Alemania y otros países europeos que habían acogido trabajadores extranjeros tras la Segunda Guerra Mundial, y comenzaron campañas para repatriarlos, alegando problemas económicos y sociales; hasta las retóricas actuales de ciertos movimientos nacionalistas en Europa y América, esta táctica ha sido reiteradamente utilizada.
Además, el odio hacia los inmigrantes se presenta como un medio para movilizar emocionalmente a las bases electorales, explotando sentimientos como el miedo al cambio cultural, la pérdida de identidad nacional o la disminución de “privilegios” como por ejemplo el acceso a una forma de vida a la que debiéramos poder optar todos.
Este enfoque no sólo estigmatiza a comunidades vulnerables, sino que también perpetúa divisiones que dificultan la construcción de sociedades más justas y solidarias.
La historia muestra que este tipo de estrategias tiende a ser a corto plazo, ya que a menudo enfrenta resistencias tanto desde el activismo como desde los sectores que valoran la diversidad y los derechos humanos. Sin embargo, el mensaje es poderoso y se infiltra en la sociedad. Por eso, me parece que no está de más reflexionar sobre estos temas.