Escuchar el silencio

En la Patagonia argentina, apenas a 15 kilómetros de la turística ciudad de Bariloche, en la provincia de Neuquén, existe un cerro formado con los restos de un antiguo volcán, con cavernas que fueron hogar, taller y cementerio de comunidades de indios tehuelches hace más de 8.000 años. El lugar se llama Cerro Leones y fue redescubierto por el Perito Moreno en un legendario viaje en 1888.

Desde la planicie al pie del cerro, de tierra y piedras color rojizo por el hierro que contienen, la panorámica es impresionante. El inmenso lago Nahuel Huapi se ve rodeado por los altos cerros que inician la Cordillera de los Andes. Sobre la nieve que los engalana, las nubes bailan con el fuerte viento. 

El pueblo de los tehuelches vivía en armonía con esa tierra, aprendiendo de los susurros del eco que resonaba en las cuevas como una voz sabia que devolvía consejos a quienes sabían escuchar.

Visto desde abajo, el Cerro Leones parece una fortaleza medieval con escarpadas paredes de piedra sobresaliendo en la planicie esteparia.

El negro promontorio volcánico de Tequel-Malal era su refugio. Junto a él, los árboles y arbustos les ofrecían lo necesario para hacer fuego, choiques (el ñandú petiso de la Patagonia) y guanacos, la comida necesaria y los cueros de estos el abrigo. La naturaleza hacía el resto. Con buenas vistas y protegidos de intrusos por estar a buena altura, allí fabricaban las puntas de las flechas y los raspadores con los que le quitaban la grasa a los cueros y daban forma a las piedras para las boleadoras.

Sólo debían defenderse de los poderosos pumas, los “leones” que posteriormente dieron nombre al cerro. Y para eso, cubrían la entrada de la primer cueva con ramas y follaje. Los pumas se cuidaban de entrar en un sitio cerrado, que no les daba seguridad.

Esa primer cueva, de techos bajos, tenía una temperatura estable de entre 10 y 12 grados por más que afuera estuviese todo nevado, ideal para establecer en ella la toldería, el lugar donde vivían, cocinaban, dormían. Entrando en sus profundidades aún se puede observar el ambiente original que habitaron los aborígenes.

Los hombres salían a cazar mientras las mujeres mantenían el lugar y hacían el fuego. Un fuego que encendían en la pared izquierda y del cual se han podido extraer trozos de carbón que han sido datados de unos 8.000 años.

Y si bien esta primer cueva era el lugar de vida de los tehuelches, también lo era de su muerte. En una zona estaban los chenques (tumbas indígenas precolombinas) y en ellos se han encontrado, rodeados por sus pertenencias, cuerpos envueltos en quillangos y cueros de puma. Sobre las paredes aún se pueden ver unas pinturas rupestres bastante borrosas con guardas geométricas.

La segunda caverna es más grande, mide unos 130 metros de largo y de ella sale un túnel de unos 3 metros, muy estrecho y bajo, sobre el que hay que reptar para llegar a la tercera caverna. De una oscuridad sepulcral, silenciosa. En ella se encuentra una laguna de agua potable que se filtra de los acuíferos, de las napas inferiores del cerro. Un lugar mágico donde el agua llega desde abajo en lugar de hacerlo desde arriba en forma de cascada.

Desde aquel lugar, perdido en el centro de la tierra, oyendo los latidos de mi corazón acelerado, os traigo este cuento sobre los “Aonikenk”, los «Hombres de la tierra», ya que este era el nombre que los tehuelches se daban a sí mismos.

El jefe Kénuk, un anciano de manos callosas y mirada serena, llevaba años guiando a la tribu. A su lado, su nieta Sayen, una joven de mente ágil pero impaciente, cuestionaba las viejas tradiciones. 

.- Abuelo, no necesitamos escuchar a las cuevas para saber qué hacer. Podríamos cazar más, construir más, sin perder tiempo hablando con las rocas -decía, mientras Kénuk sonreía con paciencia.

.- Las cuevas no sólo devuelven lo que dices, niña, -respondió Kénuk.- Reflejan lo que llevas dentro. Sus ecos son un espejo, no para oír, sino para entender.

Cada luna llena, la tribu celebraba el «Antü Yelén» (“El día del eco” o “El día del canto repetido” en una traducción más poética), donde jóvenes y ancianos acudían a la tercer cueva para hacer preguntas a “Yelén” y escuchar sus respuestas. Pero Yelén  no hablaba con palabras claras. Devolvía sonidos que, con calma y reflexión, revelaban verdades profundas.

En esta ocasión, Sayen decidió participar.

.- Haré una pregunta simple, abuelo. Si la cueva es tan sabia, debería responder claramente -dijo con un aire desafiante.

Kénuk asintió diciendo:

.- Pero recuerda, lo que des a la cueva, volverá a ti multiplicado.

Sayen cruzó el pasadizo arrastrándose y entró en la cueva de la oscuridad silenciosa. Su corazón se aceleró mientras el aire fresco y húmedo la envolvía. El pequeño lago parecía brillar muy tenuemente como con diminutos cristales incrustados, como si las estrellas se hubieran refugiado allí. 

.- ¿Qué debo hacer para ser la mejor líder para mi tribu? -gritó, su voz rebotando en las paredes.

El eco regresó, pero no con palabras. Era un sonido extraño, un rugido profundo que la hizo estremecerse. Confundida, Sayen salió de la cueva.

.- ¡Esto no tiene sentido! Es sólo ruido, -dijo, frustrada.

.- ¿Qué escuchaste dentro de ti? -preguntó Kénuk, pero Sayen, avergonzada, guardó silencio.

Esa noche, un joven cazador llamado Chonke, conocido por su temperamento feroz, regresó a la toldería enfurecido.

.- ¡La cueva es inútil! -gritó, agitando su lanza.- Pregunté por qué fallé en cazar al ciervo y Yelén sólo me devolvió burlas. ¡No necesitamos sus ecos para sobrevivir!

Sin escuchar las advertencias de Kénuk, Chonke lanzó un grito colérico hacia la cueva, lleno de frustración y desprecio. Yelén le respondió con un rugido más fuerte, que sacudió las piedras y envió un viento helado a través de la cueva principal. Entonces, de la oscuridad, emergió una criatura formada por sombras y piedra, sus ojos como pozos vacíos. Era Yelén, una figura que la tribu sólo conocía en leyendas.

.- Me han llamado con ira y falta de respeto, -resonó su voz, profunda y atronadora- Si no pueden escucharme con sabiduría, yo les devolveré el caos que sembraron.

La criatura comenzó a moverse y los tehuelches, aterrados, se refugiaron en sus tolderías. Sayen, viendo el desastre que se avecinaba, corrió hacia Kénuk. 

.- Abuelo, ¿cómo detenemos esto?

.- No podemos detenerlo solos, -respondió Kénuk- Debemos escuchar juntos, escuchar el silencio.

Sayen lideró un grupo hacia la tercer cueva, llevando consigo a Kénuk, Chonke y otros miembros de la tribu. Entraron y se reunieron en círculo frente al lago que parecía ahora más vivo, resonando con fuerza y caos. 

.- ¿Qué hacemos? -preguntó Chonke, desesperado.

.- Primero, callar, -dijo Kénuk- El eco no puede hablar si no dejamos espacio para su voz.

Por primera vez, Sayen entendió lo que su abuelo quería decir. Cerró los ojos y respiró profundamente. Luego, con voz suave, dijo: 

.- Perdón por la ira y la impaciencia que trajimos a este lugar.

Yelén respondió, no con rugidos, sino con un susurro de agua fluyendo, un sonido calmante que hizo que todos se relajaran. Chonke bajó su lanza. 

.- Lo siento por mi furia, -dijo, y el eco devolvió un murmullo suave como hojas moviéndose en el viento.

Entonces, Kénuk habló:

.- No venimos con respuestas. Sólo con preguntas y corazones abiertos.

Yelén respondió con un canto armonioso que llenó la cueva, y desapareció en el aire, como si nunca hubiera estado allí.

De regreso en la toldería, mientras admiraban las estrellas que brillaban como nunca en ese maravilloso cielo patagónico, Sayen se sentó junto a su abuelo frente al fuego.

.- Creo que entiendo, abuelo. Yelén no está ahí para darnos soluciones, sino para mostrarnos lo que llevamos dentro, quiénes somos.

Kénuk asintió. 

.- El eco es una guía, pero somos nosotros quienes debemos dar el primer paso. No podemos enfrentar desafíos con ira o impaciencia. Necesitamos humildad, empatía, y la creatividad para ver las cosas desde otro ángulo. Esa es la enseñanza del eco.

Sayen sonrió. 

.- Y también necesitamos a los demás. Aprendí que no somos nada sin los demás,- dijo, su voz resonando con sinceridad.- La fuerza no está en el cuerpo, sino en la empatía y la paciencia. Si no hubiéramos escuchado juntos, el eco nunca habría respondido.

Desde ese día, la tribu adoptó una nueva tradición: cada noche, antes de dormir, entonaban canciones de gratitud y esperanza en la cueva. Los ecos les recordaban que sus palabras tenían poder, que los desafíos sólo podían superarse juntos, con humildad y creatividad. Que nuestras acciones y palabras regresan a nosotros multiplicadas. Y para quienes escuchaban con atención, Yelén ofrecía siempre una respuesta cargada de sabiduría.

Sayen lideró la tribu no como alguien que daba órdenes, sino como alguien que escuchaba. Aprendió a interpretar los ecos no sólo de la cueva, sino también de las personas a su alrededor, comprendiendo que todos, incluso los más silenciosos, tienen algo importante que decir.

Yelén siguió resonando en la cueva, recordando a la tribu que lo que das al mundo siempre regresa, y que sólo con un corazón abierto se puede vivir en armonía con los ecos de la vida.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Escuchar el silencio

  1. Buenos días. Lo de sembrar caos y tempestades se ajusta mucho a lo que vivimos hoy, no sólo en la Patagonia…, sería casi milagroso que quienes siembran caos en este mucho actual escucharan a su propia conciencia. Un abrazo.

    1. Hola Daniel
      Algunos de mis cuentos son escritos pensando en los niños, otros pensando en los grandes, todos con el deseo de invitar a reflexionar sobre diferentes temas. Sería milagroso que quienes siembran caos en este maravilloso mundo actual, leyeran alguno de estos cuentos, reflexionaran y escucharan a su propia conciencia. Pero, ya sabes, la esperanza es lo último que se pierde.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.
      Marlen

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