Mamá estaba en la cocina, preparando café, cuando solté la bomba:
.- Quiero ir a la manifestación esta tarde.
No me miró. Sólo revolvió el azúcar con la cucharita. Silencio incómodo. Y entonces, con ese tono que usa cuando sabe que no me va a gustar la respuesta, dijo:
.- ¿Otra vez con esos chicos?
.- Mamá, no es como tú piensas.
.- ¿No? —respondió sin levantar la vista—. ¿Me vas a decir que es normal ir a una manifestación donde queman coches?
Respiré hondo. Nunca había conocido la violencia y tenía ganas de verla por fin de cerca, ¡joder! Tenía diecisiete años, pero me sentía atrapado en un cuerpo que no decidía nada. Colegio privado, polo de marca, misa los domingos, las meriendas en casa de la abuela.
Debería haber madurado en la calle, debería haber conocido ya la violencia y sus consecuencias, pero no fue así. En lugar de tocar el culo a una chavala en las fiestas del pueblo de mis abuelos y llevarme una hostia que me hiciera comprender que los actos tienen consecuencias y la violencia es cualquier cosa menos bella, maduré insultando a mujeres en las redes sociales y juzgando su body count con total impunidad.
Todo en mi vida era perfecto… perfectamente aburrido. Hasta que los conocí.
Había algo hipnótico en ellos: sus zapatillas caras, sus tatuajes que parecían cicatrices de símbolos que no entendía del todo, sudaderas negras, risas fuertes, su seguridad feroz cuando hablaban de “recuperar el país”. “Somos hermanos”, decían. Los miraba y sentía que yo estaba a mil kilómetros de ser como ellos. Ellos eran fuertes, decididos. Yo era un decorado. Me invitaron a entrenar con ellos. Por primera vez en mi vida, sentí que pertenecía a algo.
Al principio eran charlas en el vestuario:
“Los inmigrantes nos roban el futuro, hermano.”
“Los políticos nos venden.”
“Hay que hacer justicia por nuestra cuenta.”
Me reía, fingía entender. Pero en el fondo… me dejaba arrastrar. Cada frase corta sonaba como un estallido. Justicia. Orgullo. Hermanos. Palabras que me daban un sitio, un nombre, una bandera.
En mi colegio privado, todos seguíamos el mismo guion: estudiar, ir al club, hablar de los próximos viajes de esquí. A mí nunca me faltó nada: ni la Play, ni la ropa, ni los sermones del cura los domingos. Todo ordenado. Todo seguro. Todo… vacío.
Por eso me atraen ellos. Hablan distinto, se mueven distinto. Llevan banderas enormes y gritan frases cortas, contundentes, que suenan como tambores de guerra. Dicen que los inmigrantes “nos quitan el futuro”. Que hay que “limpiar el barrio”. Que “si no haces nada, eres parte del problema”.
Y yo quiero hacer algo. O, al menos, sentir que soy alguien.
.- Mira, mamá, —insistí— no entiendes. Estos tíos saben lo que pasa. Dicen las cosas como son.
Ella se giró despacio. No me gritó. Ni siquiera levantó la voz. Sólo me miró, como si intentara encontrar al niño que fui, escondido detrás de mi sudadera de marca.
.- ¿Sabes qué pasa, Iker? —dijo— Que confundes ruido con verdad.
No supe qué responder. Me fui a mi cuarto, cerré la puerta y me puse los cascos. Desde fuera, la ciudad rugía: sirenas, motos, cánticos. En mi móvil, los vídeos de los muchachos violentos brillaban con luces de bengala y puños en alto. Yo quería estar ahí. Quería ser parte de eso.
Los mensajes entraron uno tras otro: «Hoy se viene grande, hermano. O estás o no eres nada.»
Miré mis zapatillas limpias, mi cuarto ordenado, las fotos familiares en la pared. Tenía 17 años y sentía que debía elegir. Ser uno de ellos… o seguir siendo “nadie”.
Aquella tarde quedamos en una plaza. Bengalas, tambores, banderas. Gritos que hacían temblar el suelo. La adrenalina me quemaba por dentro… hasta que vi la primera botella volar. Estalló contra la persiana de una tienda. Otro chico encapuchado arrancó un banco de la calle. Todo era fuego, humo y odio.
Y yo estaba en medio.
Una mujer con un pañuelo en la cabeza pasó corriendo con un carrito de bebé. No miraba a nadie, sólo huía. Alguien la empujó al suelo. Uno de “los míos”. Yo no hice nada. No dije nada. En ese silencio, algo dentro de mí se rompió.
Cuando la policía llegó, todo fue caos: carreras, sirenas, golpes. Esa noche supe que tres de mis “hermanos” habían sido detenidos. Uno acabó con la nariz rota. Otro tenía 17 años, como yo, y ahora cargaba con una denuncia por agresión.
Mientras tanto, ellos seguían mandando mensajes: «Mañana, más duro. O estás, o no eres nada.»
Cerré el grupo. Los bloqueé. Apagué el móvil.
Pero las imágenes seguían ahí: la botella volando, la mujer en el suelo, el llanto del bebé.
No podía dormir. Sentía miedo, vergüenza… y sobre todo, rabia. Rabia por haber estado tan cerca de convertirme en lo que ellos querían: un soldado sumiso, sin preguntas.
Mamá entró en mi cuarto sin hacer ruido. Se sentó a mi lado y no dijo nada. No hacía falta. Su silencio fue más fuerte que todos los gritos de la plaza.
Y entendí algo que ellos jamás me dirán: cuando alguien te da una bandera para odiar, lo que quiere es robarte la voz. La violencia no es heroísmo.
“Hay veces que los problemas exigen medidas extremas para evitar un mal mayor. Hay situaciones de emergencia en las que se debe actuar antes de que sea demasiado tarde. A veces, esto exige hacer cosas que pueden resultar crueles e innecesarias a ojos de la mayoría, pero que, en el fondo, están salvándonos a todos.” Es lo que dijo hace ya 14 años Anders Breivik durante su juicio, tras haber asesinado a 77 personas, 69 de ellas adolescentes del partido socialista noruego.
Las ejecutó una a una, en la isla de Utoya, donde se celebraba su encuentro anual. Nunca se arrepintió. Al contrario, se consideraba un mártir, un héroe, que se había sacrificado por la causa: la de salvar a Europa ante la invasión migratoria, la multiculturalidad impuesta, la islamización, la delincuencia y la complicidad de las izquierdas.
Las ideas de Breivik son las mismas que defienden hoy con tanta vehemencia ciertos partidos políticos. Esos que tratan de mostrar la imagen de una Europa siendo invadida, saqueada y violada por bárbaros, que exige una defensa por todos los medios. La imagen de unos países gobernados por traidores que permiten la entrada de millones de migrantes que van a convertirnos a todos al islam, traidores que están al servicio de un plan de sustitución demográfica, que pretende diluir la cultura europea en una mezcla apátrida sin identidad, acabar con nuestras raíces cristianas y reescribir la historia. Un sistema que impone una dictadura progre (habrás oído hablar del “marxismo cultural”), que criminaliza a los verdaderos patriotas que luchan por garantizar la supervivencia de su pueblo, de la familia, de Occidente.
El atentado de Breivik no fue una anécdota, ni él era un enfermo. Él estaba cuerdo, tal y como sentenciaron los forenses que lo examinaron. Simplemente, era un fanático. Un tipo que pensaba lo que hoy piensan millones de personas que votan a quienes llevan esas ideas plasmadas en sus programas políticos, aunque no se atrevan a coger un fusil o poner cuatro bombas.
El mismo motivo que usó Breivik para masacrar a decenas de adolescentes es el que se ha usado en Torre Pacheco, Alcalá de Henares y tantos otros escenarios para justificar los ataques racistas. El mismo discurso de odio. Aunque lo de Utoya te parezca demasiado, estas actuaciones no dejan de sembrar las semillas que hicieron aquello posible.
Todo esto son síntomas de los tiempos que nos ha tocado vivir. Avisos de hacia dónde nos precipitamos, aunque la algarada en Torre Pacheco haya durado cuatro días. Son avisos, ensayos, mientras las brasas siguen candentes y la fórmula se repite una y otra vez.
Este año se cumplieron 14 años de los atentados de Breivik, y debería aterrarnos a todos que los argumentos que esgrimió para su masacre sean hoy aceptados con tanta banalidad. Quizás no vuelva un Breivik, ni siquiera vuelvan las cacerías. Pero quizás, quienes las defienden, gobiernen algún día no tan lejano. Entonces, dejaremos de creer que Breivik era un loco, porque estaremos rodeados de personas como él. Que habrán llevado sus ideas hasta el poder. Le habrán dado la razón.


¿Qué puedo decir que no hayas dicho tú, Marlen, o que no hayamos hablado y en lo que siempre hemos coincidido?
Me ha gustado el cuento, en especial, por dos razones.
La madre no grita, no prohíbe, no sanciona. De alguna forma, deja que sea el propio chico el que descubra la verdad. ¿Es un peligro con altísimo riesgo? Desde luego, pero, hoy en día (aunque tal vez siempre lo ha sido) es complicado que un hijo asuma las cosas por la experiencia de los padres. Como siempre digo, les gusta aprender de sus propios chocazos.
En segundo lugar, nos dejas, como casi siempre, un hilo de esperanza con el final. Para desenlaces trágicos ya está el telediario. Es triste y lleva al pánico tener que dejar que un hijo se enfrente a la violencia, la viva en primera persona, para que reaccione. No todos lo harán igual. Muchos, se verán envueltos por esa parafernalia tan contagiosa y atractiva. Dicen que está en nuestros genes. Puede ser. Pero la violencia, la sangre, la guerra, la supremacía ante los diferentes, parece tan atractiva para tantos que da mucho que pensar si no es cierto.
Vivimos momentos difíciles, porque, además, tenemos líderes (iba a decir payasos, pero respeto mucho esta profesión y no voy a insultarlos con la comparación) $%&*@# [sustituir por la que más apetezca], que llevan el odio y la violencia como banderas. Son muchos, demasiados, los que lo siguen y encima los defienden. Veremos qué nos depara el futuro. Sufro mucho por nuestros niños.
Muchas gracias por tocar un tema complicado, actual y trágico como solo tú sabes hacerlo, con un cuento precioso y con moraleja, y con la necesaria aportación documental.
Abrazo Grande.
Hola Jose
Es reconfortante hablar con alguien a quien aprecias y coincidir en que nos importen y tratemos de luchar contra los mismos demonios y ensalzar las mismas virtudes universales. Esta mañana mismo me puse a escribir un cuento y me preguntaba: ¿Otra vez con la misma cantinela? ¿A quién le importa? ¿De qué sirve? Y una hora después me entero que unas amigas de mi sobrina de 14 años leen el blog. Y luego leo tu comentario y siento que nada es en balde, que llega a quien debe llegar, que por algún motivo la inspiración me acerca cosas en sueños. En mi página de inicio, hace ya bastante tiempo, escribí: «En este blog personal comparto sentimientos, pensamientos y reflexiones. En él vuelco mi mente y mi corazón mientras avanzo hacia una vida un poco mejor.» Sigue siendo mi idea, al reflexionar, al escribir, al comentar, al intentar dejar ese hilo de esperanza. Así que gracias por compartir tus comentarios porque me ayudan.
En cuanto a tus palabras, para mí es muy importante que la madre tenga esa actitud de escuchar mordiéndose la lengua para no reaccionar, para que sea su hijo quien descubra lo que está pasando en realidad. Tal vez ya ha tenido la experiencia de que forzando una reacción, no ha conseguido nada. Tal vez es inteligente y cuenta hasta 10 antes de reaccionar. Lo cierto es que es muy difícil frenar el impulso de gritar, prohibir, castigar. Además del miedo a que le pase algo. Dejar que un ser a quien amas viva en primera persona la violencia para que aprenda su lección y no la repita, debe ser de las más difíciles que un padre, una madre, debe aprender a hacer. Nunca sabes si está preparado. Yo no creo que la violencia, la sangre, la guerra, la supremacía ante los diferentes (como bien dices) esté en nuestros genes. Creo, más bien que hay un sentimiento de no quedar atrás, no quedar fuera del grupo, no ser menos que…Y eso lleva a intentar hacer lo mismo, sino peor. Por supuesto las banderas, los slogans, los términos de confraternidad, los discursos ayudan y mucho. Y por supuesto, están demasiado envalentonados para dedicar unos minutos a la reflexión. Por eso la importancia de la actitud de la madre, porque lo contrario, le daría mucha más rabia y sacaría su fanfarronería de dentro. Generaría el «no me entienden».
Sí, sé que el tema es complicado, sobre todo en este momento. Por eso necesitaba tratarlo. ¡Corren tiempos difíciles para ser padre o maestro! Un abrazo grandote.
¡Marlen, qué guion tan potente! Me ha encantado la mezcla de crónica social con drama adolescente. La madre que no grita es una estrella, ¡qué modernidad en 2025! Y la comparación con Breivik, ¡qué brío! Es gracioso cómo hoy los mártires parecen más un tópico electoral que un drama real, pero bueno, al menos nos evita tener que buscar fusiles. La parte de marxismo cultural me recuerda a esas explicaciones que oímos cuando alguien se pone a hablar de sustitución demográfica. ¡Qué sustitución tan necesaria sería la de unos influencers tan odiosos! En fin, que la caja de recuerdos se abre siempre con un drama, pero bueno, al menos es más interesante que leer sobre alguien que, supuestamente, no escribió sobre su vida. ¡Un abrazo y que sigas contando historias que nos hacen pensar (y reír)!
Sí, es muy difícil para una madre, un padre, no gritar, no ceder al miedo de que a tu niño le pase algo o haga algo de lo que se tenga que arrepentir, que se deje llevar por el odio y la violencia. Pero es lo que, a mi entender, da más resultado, intentar reflexionar con ellos. En cuanto a lo de Anders Breivik, pasó hace 14 años, pero uno se olvida rápido y pensaba que no estaría mal recordarlo en estos tiempos en los que las manifestaciones de odio y violencia contra los inmigrantes se reproducen en España. No, no escribí sobre mi vida (en este caso) pero vivo en este tiempo que nos ha tocado vivir y que nos preocupa (por lo menos a mí). Gracias por su comentario.
Qué bueno que alguien más se da cuenta de que escribir ficción es imposible sin meterse uno mismo en la historia. Este artículo lo demuestra de forma brillante, mezclando el drama adolescente con la profundidad de un análisis sociopolítico que, por supuesto, también se basa en la experiencia personal del autor. Es como si el chico de 17 años que no sabía si unirse a la violencia o no hubiera escrito este texto años después. El humor está en ver cómo la caja de los recuerdos se abre solita y nos lanza al debate con imágenes de botellas volando y madres silenciosas. ¡Y lo mejor es que, al final, todos somos personajes en esta gran novela que parece sacada de la propia vida de Marlen!
Sí, es difícil escribir ficción sin incluir partes de la propia historia. Pero aunque no lo crea, acabo de hacerlo. La imaginación sirve para eso, la imaginación y tratar de vivir en la época actual, ayuda. De todas formas, me alegra que le haya parecido brillante la mezcla de drama adolescente con realidad actual. Estoy de acuerdo en que todos somos personajes de esta novela que es la vida y a algunos nos da miedo la escalada de odio y violencia que se vive en algunos lugares. Mi reacción a eso es escribir. Gracias por leer y comentar.