Cuando era pequeña la gran ilusión de la Navidad era esperar a los Reyes Magos que llegaban hacia el 20 de diciembre al centro de la capital argentina, y se instalaban en un gran salón de la famosa tienda Gath y Chaves.
Lo normal era que llegaran a un lugar céntrico como el Obelisco o la Plaza de Mayo, y bajaran del helicóptero bien vestidos y con su bolsa de juguetes repleta.
Unos días después, no demasiado porque la impaciencia era grande, mis padres nos llevaban con mi hermano a saludarles y a entregarles la bendita carta escrita con la mejor letra y sin faltas ni borrones, a ser posible con un hermoso dibujo y con sobre escrito también prolijamente.
Aún no existían las cartas prediseñadas tan iguales y anónimas como las que usan hoy en día los chavales españoles.
Gath y Chaves era un gran almacén (digo era, porque ya no existe) del estilo de El Corte Inglés en España, que se adornaba con sus mejores galas y sus clásicos motivos en verde y rojo.
Las escaleras mecánicas se llenaban del bullicio infantil, la fila para esperar el turno de visitar a los Reyes era inagotable (lo que sí se solía agotar era la paciencia de los mayores con la espera y los gritos de excitación de los niños) hasta que se llegaba a estar delante de los tres personajes que imponían respeto con su sola presencia.
Ante ellos uno se sentía mucho más pequeño de lo que era. Se imponían la seriedad y el silencio. Al fin y al cabo, de sus preguntas y de nuestras respuestas dependía el regalo que luego trajeran.
En el comedor de nuestro pequeño departamento armábamos el belén y el árbol de Navidad. El Nacimiento tenía el pesebre con todas sus figuras, incluyendo los Reyes Magos quienes día a día avanzaban un poco su camino hacia el niño Jesús y hasta tenía un bonito lago con dos cisnes.
El árbol al principio tenía unas pequeñas velas que se encendían la noche de Nochebuena, hasta que un año se nos quemó el árbol y las velitas pasaron a mejor vida, y dejaron lugar a las tradicionales bolas de vivos y brillantes colores.

La noche de Nochebuena era para pasar en familia, o sea en casa de mis abuelos.
La cena se solía iniciar con un plato de Melón con jamón (recuerden que en diciembre hace bastante calor en Buenos Aires), o con un Pionono salado (un bizcocho relleno y arrollado), o el famoso lechón adobado, asado desde la mañana en el horno de la panadería y servido frío a la noche con un acompañamiento de ensaladilla rusa.
Luego la tradicional Merluza en salsa verde preparada por Memé (mi abuela materna), quien por haber nacido en Donosti y haberse criado en Hernani, recordaba y preparaba muy bien los platos vascos. El segundo plato solía ser una carne asada con salsa que preparaba mamá y que se servía con puré y ensalada.
Entre los postres, porque eran más de uno, en general se contaba el ananá con crema (piña con nata montada), helados, algún bizcocho hecho por Memé y un postre compuesto por una capa de vainillas rociadas con cognac, nata montada y mitades de duraznos (melocotones) en almíbar, al que llamábamos «Huevos fritos» desde un día en que Mikela, una prima de mi abuela, al verlos llegar a la mesa dijo: «¡Ay no!, yo huevos fritos ahora no quiero».
Por supuesto luego venía el café para los grandes, la copa, el puro de mi abuelo Venancio a quien, precursores de la lucha antitabaco, siempre protestábamos porque atufaba a todo el mundo.
Y como broche, los turrones que habían mandado el tío Paco y mi madrina Elena desde un lugar muy muy lejano que se llamaba San Sebastián, y debía ser muy bonito por todo lo que hablaban de él.
Entre charlas, juegos, risas y canciones de mi abuelo coreadas por todos, pasaba el tiempo y la feliz noche llegaba a su fin.
Cansados regresábamos a nuestra casa para encontrar que Papá Noel ya había pasado por ella y nos había dejado los regalos bajo el árbol. El sueño dejaba paso a la excitación y a la alegría, los ojos volvían a abrirse y los juegos llenaban la casa.
Un año pasó algo especial.
Cuando volvíamos hacia casa, papá, mi hermano y yo nos quedamos viendo una vidriera (escaparate) muy bonita, mientras mamá se adelantó en llegar a casa.
¡Cual no sería nuestra sorpresa al llegar y descubrir a Papá Noel que justo estaba dejando los regalos en nuestro árbol!
A nuestros gritos llegaron todos los vecinos de la casa, grandes y chicos.
La emoción fue enorme. Todos recibimos nuestros regalos y le dimos grandes besos, menos mamá que no apareció y se perdió toda la fiesta.

¡Precioso, Marlen!
La nostalgia de estos días de Reyes, con sus variaciones, nos trae al recuerdo días que se perdieron en el tiempo y que solo dejó retazos en la memoria.
De lo poco que consigo recordar, lo mejor era esa ilusión infantil que teníamos por la llegada de la Noche de Reyes; en mis tiempos, aquí todavía renegábamos del gordo barbudo de rojo. También de las reuniones familiares que solo se conseguían por fechas señaladas como esta. O en la comida especial que tampoco se podía degustar a diario.
Es verdad que la memoria deforma los recuerdos y que, probablemente, no todo fuera tan idílico y maravilloso como pensamos. Pero es mejor recordar lo bueno.
A esta edad, la nostalgia me trae también a todos los que se quedaron en el camino; la gran cantidad de sillas vacías que hay ahora alrededor de la mesa. Pero también siento alegría por todos los que llegaron.
Muchas gracias por este precioso relato que nos hizo revivir esos días.
Abrazo Grande. ¡¡¡FELIZ 2026!!!
Hola Jose, recuerdos de tiempos pasados… Los años van pasando, la vida va cambiando. Veía anteayer la cabalgata de Reyes de Madrid por la tele, con caballos, más de 30 carrozas, todos los personajes de la televisión y el cine, el precioso Nautilus del Capitán Nemo y hasta un elefante mecánico que impactaba. Pero la ilusión y los gritos de los niños no eran muy diferentes de los de nuestra época. ¡Eso no cambia y es lo que importa!
Las sillas que se fueron quedando vacías se fueron llenando con quienes fueron llegando a casa y siempre invariablemente, vuelven a estar a la mesa en las anécdotas de quienes nos empeñamos en revivirlos para los que no lograron disfrutarlos de cerca. La nostalgia está presente, ¡por supuesto!, pero no empaña los nuevos buenos momentos que vamos generando.
Muchas gracias a ti por acercarte a mi txoko y revivir instantes pasados. Un abrazo muy fuerte y un deseo especial para ti y los tuyos: ¡¡Muy buenas lecturas y mucha inspiración para los nuevos relatos que vayan surgiendo en este nuevo 2026 que estrenamos!