Caminaba por Paris y llegué con el funicular de Montmartre hasta la Place du Tertre, permitiéndome la flânerie sin noción del tiempo, disfrutando del maravilloso día de sol, raro en esta ciudad y esta época del año. Los artistas tenían desplegadas sus obras en los chevalets a cielo abierto.
Me detuve curiosa ante un artista de aspecto bohemio, de unos atléticos 70 años muy bien llevados, ropa casual, alpargatas coloridas, pelo de un sedoso blanco/gris bajo un sombrero con más años que su dueño.
Sobre el puesto, en cuidada disposición, una serie de lienzos en blanco mostrando sus precios a la vista del futuro comprador. ¡Y no eran baratas las obras de arte! Ninguna bajaba de 1500€.
Extrañada y curiosa, decidí conocer la explicación de Patxiku y comencé a conocer a este personaje singular, a este investigador de la existencia, experto en filosofía y el goce de la verdadera vida. La conversación, palabra más, palabra menos, os la transcribo en castellano, aunque en francés sonaba muchísimo más fascinante y provocativa.
La Place du Tertre hervía de color como una paleta derramada sobre el empedrado: toldos amarillos, bufandas rojas, risas en italiano, pinceles al viento, turistas buscando el mejor ángulo para la foto, un acordeón sonando no se sabe dónde —seguro que detrás de algún árbol inventado por los poetas—, y el Sacré-Cœur blanco-blanquísimo contemplándolo todo como una tarta de bodas caída del cielo.

Pero lo más extraordinario, lo que detenía la vista como un chispazo, era ese hombre de sonrisa fácil y mirada de travesura eterna: Patxiku.
Sentado en su silla como un rey republicano, tenía frente a él seis lienzos completamente blancos, inmaculados, luminosos. Sus cartelitos anunciaban su título:
Automne à Paris – 1600 €
La Place à midi – 1900 €
Paris est une brume – 1600 €
La femme et son petit chien – 2500 €
Rouge et noir – 2500 €
Rouge et noir (édition spéciale) – 2900 €
Todos blancos.
Todos carísimos.
Todos con aire de estar esperando el momento exacto en que una buena historia los salvara.
Me acerqué, incapaz de disimular la sonrisa.
.- ¿Son… nuevos? —pregunté, señalando la colección más inmaculada de toda la colina.
.- Son perfectos, mademoiselle —dijo él con ese acento francés que se peleaba con algo vasco y ganaba la mezcla—. Y lo perfecto siempre cuesta un poco más.
.- Pero, están… vacíos.
Patxiku se echó hacia atrás, cruzó los brazos y me dedicó una mirada entre socarrona y paternal, como si yo fuera la alumna que había dado la respuesta correcta sin saberlo.
.- Vacíos, sí. Pero no muertos. ¿Usted sabe la de universos que caben en un blanco bien plantado?
Me senté en un banquito a su lado, como si fuese lo más natural del mundo. A nuestro alrededor, el sol reverberaba sobre los adoquines y los árboles filtraban un verde dorado que parecía pintado por Renoir después de un desayuno generoso.
.- Explíqueme —insistí—. No quiero perderme esta filosofía.
Él acomodó su sombrero, que amenazaba con caerle sobre una ceja.
.- Mire, la gente viene aquí buscando París. Y yo podría pintársela, claro: tejados rojos, faroles antiguos, gatos que cruzan las terrazas… Pero París ya está lleno de París. ¡No necesita otro más! En cambio, el lienzo en blanco… ¡ah, mon amie, eso es otra cosa! —Hizo un gesto amplio, como si el aire fuera un telón que debía abrirse—. El blanco permite todo. Es la promesa.
Me reí bajito.
.- La promesa de pagar 2.500 euros por algo que puedo comprar en un bazar por diez.
.- Non, non, non… —dijo agitando un dedo como un director de orquesta frustrado—. En el bazar venden rectángulos aburridos. Yo vendo posibilidades.
Le brillaban los ojos como quien habla de un amante antiguo.
.- Piense en “Automne à Paris” —continuó—. ¿Qué le evoca a usted? Hojas rojas, castañas, luz melancólica. A otro le evocará un beso, a otra un adiós. A mí, por ejemplo, me recuerda a la primera vez que perdí un tren por seguir a una chica que olía a mandarinas.
.- ¿Qué pasó con ella? —pregunté, intrigada.
.- Nada —sonrió—. Pero fue un muy buen tren perdido.
No pude evitar unas carcajadas. Varias turistas nos miraron, dudando si éramos parte de alguna performance.
.- ¿Y “La femme et son petit chien”? —pregunté señalando otro lienzo blanco, que parecía emitir una luz propia—. ¿Qué hay ahí?
.- ¡Ah, ese…! —suspiró con nostalgia—. Ese cuadro está lleno de ternura. Lo compró hace poco un señor japonés. Nunca tuvo perro, pero quería la emoción reflejada en el cuadro. Yo le dije: “Monsieur, por ese precio puedo incluirle también el ladrido imaginario.” Le encantó. Pagó sin regatear.
.- ¿Y el perro?
.- ¡Ah! —rio Patxiku—. Lo inventó él. Debe ser precioso.
Un niño se detuvo a mirar los cuadros con expresión de sospecha. Su madre tiró de él mientras murmuraba: “No mires eso, cariño, que es arte conceptual y te puede confundir”.
Patxiku le guiñó un ojo al niño, que sonrió como quien entiende un secreto del universo.
.- Dígame la verdad —le dije, ya entregada a la charla—. ¿De dónde salió esta idea? ¿De la necesidad, de la pereza, del genio o del descaro?
El artista se inclinó hacia mí y, con voz confidente, respondió:
.- Del espíritu. —Hizo una pausa teatral—. Un día descubrí que el lienzo en blanco es la forma más pura de libertad. Es como la vida: mientras está vacía, puede ser cualquier cosa. Un trazo la condiciona. Dos trazos la limitan. Al tercero ya se parece demasiado a algo. Pero así… —tocó con cariño la superficie inmóvil—. Así es infinita.
Me quedé callada. Había algo profundamente cierto, y profundamente bello, en esa explicación tan sencilla.
.- Esto lo explica muy bien Hub of Brands —añadió él con un gesto sabio—. La perfección del lienzo en blanco es la oportunidad ilimitada de crear. ¿Ve? Yo ofrezco esa oportunidad. Lo demás… lo ponen ustedes.
.- Me está tentando a comprar uno —confesé, divertida.
.- Y con razón. —Se inclinó hacia adelante—. Piense que estos cuadros no envejecen. No se descascaran. No se pasan de moda. Y sobre todo… nunca decepcionan. ¿A cuántas cosas les puede usted atribuir todo eso?

Patxiku respiró hondo, como si estuviera oliendo un pensamiento antiguo, y añadió con una calma luminosa:
.- La gente cree que la belleza está en lo que ya está hecho, en lo terminado. Pero la verdad, la verdad verdadera, es que la belleza vive en lo que todavía puede ser. El lienzo en blanco es la única obra que nunca miente. No promete perfección, promete posibilidad. Y la posibilidad, mademoiselle, es el último refugio del ser humano. El mundo intenta fijarnos, etiquetarnos, decirnos quiénes somos… pero mientras tengamos un espacio de blancura dentro, seguimos pudiendo reinventarnos. El blanco es el territorio secreto donde ninguna herida duele todavía, donde ningún error existe, donde cada trazo es futuro. Por eso mis cuadros no necesitan colores: porque el color lo pone quien se atreve a imaginar.
Nos quedamos en silencio, mirándonos con complicidad.
A nuestro alrededor, la vida de Montmartre seguía vibrando: pasos, risas, pinceles, conversaciones en cien idiomas distintos. El Sacré-Cœur brillaba como una corona sobre el tumulto. París entera parecía pintada sobre un aire que temblaba de luz.
Y allí, entre colores, voces y sombras, un hombre vendía la nada más perfecta del mundo.
La nada que lo contiene todo.
.- Venga —dijo Patxiku al fin, sacudiendo el polvo inexistente de un caballete—. Tóquelo.
Extendí la mano y pasé la yema de los dedos sobre el lienzo más blanco de la colección.
Y sentí —aunque me avergüence confesarlo— el vértigo delicioso de un mundo entero a punto de nacer.
La vida es un lienzo en blanco esperando ser pintado con tus sueños y vivencias. Lo descubrí en Paris. ¿Y tú, ya te has enterado?