Bajo el sol de Baldorba

Me llamo Iratxe y tengo dieciocho años. A veces me parece increíble decirlo en voz alta: dieciocho. Porque hubo un momento en que pensé que no llegaría hasta aquí. La vida me arrebató demasiado pronto a mis padres y a mis dos hermanas. Un accidente en la carretera a Pamplona lo cambió todo en un segundo. Y desde entonces vivo sola, en el viejo caserío familiar, aquí en Artariain, un pueblito navarro diminuto del Valle de Baldorba, con apenas diecinueve habitantes que se conocen de memoria.

Desde fuera el caserío parece un bloque viejo de piedra, pero para mí respira. Cruje con cada viento del monte, pero yo lo siento vivo. “Eguzki eta haize idor” (sol y viento seco) como dice Benito Lertxundi. Las vigas ennegrecidas, la piedra fría en invierno, las ventanas pequeñas que dejan pasar un sol que parece oro líquido, guarda olores de leña y leche caliente y su silencio me abraza como un pariente que no se fue del todo.

Conmigo viven mis animales: una vaca tranquila llamada Neska, un par de gatos que aparecen y desaparecen como fantasmas, y sobre todo Maitagarri, mi perra inseparable, de mirada noble y silenciosa compañía.

Mis días son rutinarios y, sin embargo, me reconcilian con el mundo. Comienzan con Maitagarri, subiendo cada mañana al colmenar, en las laderas del monte, con las cajas blancas que albergan mi tesoro: las abejas. El zumbido es mi despertador y mi consuelo, es un idioma que aprendí de niña. Cierro los ojos y puedo distinguir cuándo están furiosas por el viento o satisfechas porque la floración es generosa. Cuido de ellas con respeto. De su trabajo vivo, y de su miel dependen mis cuentas. La miel es mi sustento. La envaso en frascos con etiquetas que dibujo yo misma, y la vendo en Pamplona, en mercados y a vecinos que me visitan en bicicleta y que, a veces, se la llevan más por charlar conmigo que por necesidad.

La vida es tranquila, sí, pero en mi interior habita un vacío. 

Artariain – Casa de Iratxe

La gente del valle me aprecia. “Iratxe es guapa, aunque no se lo crea”, escuché un día en la tienda de ultramarinos. Yo nunca lo he sentido así. El espejo me devuelve la imagen de una muchacha robusta, con curvas que me pesan, demasiado grande, demasiado pesada, como si el cuerpo cargara penas que no me corresponden, con una piel clara que se enciende al menor esfuerzo.

Siempre pienso que, si supiera cuidarme, sería diferente. Pero hasta ahora, la pena y la soledad habían ganado la partida.

Todo cambió con un sueño.

Una noche, agotada de tanto darle vueltas a mis cuentas y de leer hasta tarde un libro de Unamuno que encontré en la biblioteca del pueblo, caí en un sueño profundo.

Vi un jardín interminable, iluminado por una luz rojiza, como si el atardecer se hubiera detenido para siempre. Entre los rosales apareció una figura vestida de blanco, con una flor en el pecho, que llevaba en las manos un cuenco humeante. El aroma era extraño: dulce y ácido al mismo tiempo, como si la tierra y el sol se hubieran cocinado juntos. Y la voz —una voz que parecía salir de dentro de mí misma— me dijo:

.- Tu camino empieza aquí: miel y tomate, en sopa. La vida se compone de mezclas.

Me desperté jadeando, con el corazón latiendo fuerte. A mi lado, Maitagarri me miraba como si también hubiera escuchado la voz.

El eco de esa frase me acompañó todo el día siguiente, mientras recogía miel y revisaba las colmenas.

No había seguido nunca dietas, no tenía recetas milagrosas, pero algo en mí me empujaba a obedecer ese sueño. 

Bajo el sol de Baldorba

Empecé a tomarla cada día, variando especias, jugando con texturas. Cambié meriendas pesadas por cuencos tibios de esa sopa. Y poco a poco, sin darme cuenta, mi cuerpo comenzó a cambiar. Al principio fue la ligereza al caminar hasta el monte. Luego, la ropa empezó a quedarme más holgada. Más tarde, los comentarios:

.- Estás distinta, Iratxe —me dijo la carnicera.

.- Más luminosa —añadió un chico de Sangüesa que vino a comprar miel y me pidió un frasco pequeño “para volver a verte pronto”.

Yo no me lo creía del todo, pero el espejo empezaba a contarme otra historia. La tristeza seguía ahí, como una cicatriz, pero sobre ella había brotado algo nuevo: la confianza.

La transformación no era sólo física: reía más, leía con menos ansiedad, escribía en mi cuaderno azul cuentos que ya no hablaban de pérdidas, sino de comienzos. 

Ahora las tardes las dedico a leer y a escribir cuentos, mientras Maitagarri duerme a mis pies y las abejas zumban afuera como un coro invisible. A veces bajo al río con los niños del pueblo, que me piden historias de mis colmenas, y me descubro riendo con ellos, como hacía años no lo hacía, ligera como las abejas que tanto admiro.

No creo que la sopa de miel y tomate sea un milagro. El verdadero milagro fue atreverme a creer en mí. Cada sorbo era un recordatorio de que podía cuidarme, de que el dolor no me definía.

Camino por las calles estrechas de Artariain y la gente me sonríe. Algunos me dicen que me ven más luminosa, pero yo ya no busco su aprobación. Sé que en mis ojos hay un brillo nuevo, y que ese brillo no depende del tamaño de mi cuerpo, sino de lo que me permito sentir.

No sé qué me espera. Tal vez conozca a alguien, tal vez no. Tal vez algún día me enamore. Tal vez mi vida siga siendo este valle pequeño y callado. Seguir aquí, entre abejas, Neska, Maitagarri y mi cuaderno azul. O se abra a horizontes más grandes, como la voz misteriosa que me habló en sueños.

No lo sé. Lo único que sé es que, por primera vez en años, tengo ganas de averiguarlo.

La sopa de miel y tomate no sólo cambió mi cuerpo. Cambió mi mirada. Y aunque todavía no entiendo las reglas de este nuevo juego, por primera vez tengo ganas de aprenderlas.

«Hitaz oroit» (Recordándote) es una canción de Benito Lertxundi, poética y melancólica, que evoca la belleza de la naturaleza como reflejo del recuerdo de una persona ausente, destacando la sencillez y la falta de despedida en su partida.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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