Carnaval de Lantz (Navarra)

Lantz es un pueblo navarro que está entre Pamplona y Francia. Su configuración en torno a la carretera, al contrario de otros muchos municipios de alrededor, deja claro que se creó a la vera de esta ruta. Pero está claro también que los caminos, a veces, traen malos paseantes, y la cercanía con la frontera hacía que bastantes bandidos se movieran por allí, aprovechando para realizar fechorías en el pueblo. Este es el argumento del carnaval de Lantz, una fiesta cuyo origen no deja de tener una historia peculiar.

La fiesta fue suspendida en plena Guerra Civil, prohibida en el año 1940 y resucitada en parte gracias al etnógrafo y escritor José Maria Iribarre, que en 1944 pidió recrearla para poder documentarla, y gracias a los hermanos Caro Baroja, y a su estudio de la tradición oral (trasmisión oral de conocimientos de las personas con más edad de la localidad). Fue así como en 1966 se declaró Fiesta de Interés Turístico, siendo una de las primeras en obtener este título en España.

El origen es una vieja fiesta europea adaptada: el triunfo, juicio y muerte del carnaval. Las celebraciones tienen lugar el lunes y martes de carnaval y cuentan con divertidos desfiles y un sinfín de personajes de lo más variopinto.

Son protagonistas los mozos del pueblo y las escenas giran alrededor de la figura de Miel Otxin, su búsqueda y captura. Este singular personaje, un gigante de al menos tres metros que encarna el mal, es el bandolero más temido y buscado del lugar. Para representarlo, se crea un gran muñeco en una estructura de madera rellena de hierba seca que llega a pesar hasta 35 kg. con sombrero de segador y una careta de cartón, y al cuello lleva un pañuelo. 

Zaldiko, el centauro y compinche de Miel Otxin, personifica la fuerza salvaje y la lealtad al bandido. Es mitad hombre y mitad caballo, y lo representa un vecino con un sombrero de paja, que se cubre con un saco en una estructura rectangular de madera, con una tabla en forma de “U” como cabeza y una cola auténtica de caballo.

Su trabajo es proteger al bandido de Ziripot, el personaje que representa al pueblo y es el encargado de atrapar a Miel Otxin, aunque constantemente es derribado por Zaldiko. Suele estar representado por el más fuerte de los vecinos, recubierto por completo de tela de esparto rellena de helechos para dar un aspecto de grandeza y respeto. En su difícil y torpe andadura se sirve de una makilla (bastón).

Mientras tanto, una docena de personajes encarna a los herradores, encargados de herrar a Zaldiko, a quien tratan de engañar y molestar con sus calderos humeantes y xardes de madera (una herramienta agrícola tradicional, usada para aventar la mies, o sea separar el grano de la paja). Van cubiertos con sábanas de arpillera y tienen un aspecto siniestro.

Por otro lado, los txatxus son el resto de vecinos del pueblo que tratan de apresar a Miel Otxin. Sus ropas son vistosas, con estampados y colores llamativos, ataviados con pieles, gorros en forma de cucurucho y escobas que blanden a diestro y siniestro entre los asistentes. La leyenda, en un verosímil relato, cuenta que los vecinos cubrieron sus rostros cuando fueron a capturar al ladrón por miedo a fallar en su intento y sufrir después posibles represalias.

La comparsa llega hasta el frontón y finalmente, los txatxus logran detener a Miel Otxin, y es juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera. A continuación, frente a la posada, la gente baila el tradicional Zortziko alrededor de la hoguera con los restos del bandido en llamas. Un baile circular contrario a las agujas del reloj, al que se suma todo el pueblo. Al danzar de forma colectiva, tras el ajusticiamiento del bandido, los vecinos celebran la purificación de la comunidad y el inicio de un nuevo ciclo de vida.

Entre el colorido de los txatxus, llama la atención en el baile un grupo de hombres mayores, vestidos de negro. Tradicionalmente, los hombres mayores que visten de negro simbolizan la autoridad y el orden civil o el luto por los pecados que se van a purgar. Su función ritual es la de ser los encargados de escoltar al prisionero y ejecutar la sentencia. Su vestimenta oscura contrasta con el caos cromático de los txatxus, subrayando la seriedad del juicio y la muerte del personaje central.

Es una fiesta que involucra al pueblo entero. Como con el auzolan (trabajo de barrio) de víspera para dejar las calles impolutas. O el trabajo de los mayordomos, que meses antes recogen el helecho con el que engordará Ziripot. En casa Sindornia se enciende el fuego de los herreros, en Arozenea y Karakotxea colocan yunques para el herraje del Zaldiko, la alcaldesa Isabel Baleztena cose la blusa y el pantalón de Miel Otxin… todos los del pueblo tienen tarea y la tradición salta de una a otra generación.

El carnaval de Lantz tiene todos los ingredientes de una buena celebración: la diversión de las peleas entre los personajes, los trajes a base de sacos, muchos colores, herramientas agrícolas, la emoción de seguir una comparsa, el baile y el fuego, una historia rural, un lugar remoto y bello en un valle navarro y el encanto de la tradición.


En 1972, los hermanos Pío y Julio Caro Baroja recogen en «Navarra, las cuatro estaciones» las costumbres, celebraciones, fiestas.., en definitiva, la cultura a punto de perderse en una tierra que, desde hacía más de una década, estaba dejando de ser agrícola y ganadera, y que abandonaba los pueblos para vivir en las ciudades. Y en ese empeño recogen usos, costumbres y fiestas de muchos lugares de Navarra. En estos dos vídeos (Parte 1 y 2) podemos disfrutar del Carnaval de Lantz.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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