El Birkin de Hermès

Estudié en una de las mejores escuelas de Buenos Aires. No porque fuera privada —porque no lo era—, sino porque tenía fama de reunir a los mejores profesores de la ciudad, y porque asistían a ella las hijas de las familias más ricas y de más rancio abolengo.

A mí, hija de un obrero metalúrgico y de una costurera, no me correspondía semejante lujo. Pero la fortuna, siempre dada a sus caprichos, me concedió el privilegio de una excelente educación gracias a un pariente postizo, un almirante cuya mera existencia aún hoy me parece una invención literaria de mi madre.

Por supuesto, todo privilegio tiene su contrapartida. En mi caso, consistió en el poco discreto desprecio que mis compañeritas —católicas o judías, porque la representación de ambos grupos sociales era allí igualmente sólida y poderosa— ejercían sobre la niña pobre.

No creo haber conservado de aquella época un rencor o una envidia de clase. Y digo no creo porque, muchos años después, descubrí algo inquietante: amaba las carteras más caras del planeta.

Podría decir que me gustaban por estética. Que admiraba las líneas, la proporción, la nobleza de los materiales, la armonía del diseño. Pero si ése hubiera sido el caso, no me habría dedicado con fervor casi científico a comparar precios y a elegir, casualmente, siempre la más cara.

Así empezó mi educación paralela.

Mientras en la escuela me enseñaban historia, gramática y geografía, yo me doctoraba en pieles exóticas, herrajes, cierres, costuras invisibles, pespuntes perfectos y, sobre todo, marcas. Aprendí a distinguir un cuero Togo de un Box Calf con el mismo entusiasmo con que otros niños distinguían dinosaurios. Mi vocación, por desgracia, no servía para aprobar matemáticas.

Uno de mis placeres favoritos era escaparme a la salida de la escuela para recorrer Barrio Norte —el más caro de la ciudad, al menos en aquella época— y dedicarme a contemplar las vidrieras de las grandes firmas: Hermès, Louis Vuitton, Gucci, Chanel, Dior…

Recuerdo aquellas tardes como si estuvieran pintadas con una luz de invierno porteño: las veredas amplias, el rumor elegante de los autos, el brillo de los cristales impecables, el aire ligeramente perfumado de las tiendas, y yo, con mis zapatos estilo Guillermina y mi uniforme impecablemente modesto, mirando bolsos como quien contempla reliquias sagradas.

Louis Vuitton fue de los primeros en convertir la cartera en otra cosa: ya no un simple accesorio, sino un objeto de deseo, un blasón portátil, una pequeña arquitectura del prestigio. Pero el Birkin de Hermès era otra categoría. No un bolso: una epifanía con asas.

Y si era de cocodrilo o avestruz, directamente me producía una emoción casi religiosa.

Evidentemente, nunca conseguí comprar —ni que me regalaran— uno de aquellos tesoros perfectos. Ni siquiera uno que fingiera un parentesco lejano. Los más baratos y sencillos no bajan actualmente de 250.000 €, y los más caros, con elementos de oro y diamantes, ascienden a más de 1.500.000 €. Una auténtica obra de arte… o un departamento en un buen barrio.

Pero la vida, que a veces se demora, suele cobrar sus deudas con intereses y sentido del espectáculo.

La niña creció, estudió, empezó a trabajar, se casó, cambió de rumbo y de país, fue progresando… y un día, como si el destino hubiese revisado mi expediente con una ceja levantada, puso en mi camino una de aquellas carteras maravillosas.

Una tarde estaba investigando una web de subastas de artículos de todo tipo: empezaba, como toda persona razonable, por objetos tecnológicos —que eran los que yo necesitaba para mi empleo— y terminaba, como toda persona peligrosa, en carteras y bijouterie de alta gama.

Fue entonces cuando redescubrí el mundo prohibido de mis sueños infantiles.

Y me convertí en esclava.

Esclava refinada, discreta y muy bien peinada, pero esclava al fin.

Era curioso: a medida que mis autorreproches se volvían más frecuentes, mis justificaciones crecían con admirable robustez.

.- Pero si no voy a poder pagar el alquiler durante dos meses…

.- Como se entere mi familia, me muero de vergüenza.

.- ¡Pero si yo soy de lo más antimaterialista que existe!

.- Voy a estrenar este de avestruz verde, que es una locura total, para asistir a la première de la temporada del Colón.

.- Si atraso un poco el pago del alquiler, no pasa nada. Total, el casero tampoco parece una persona especialmente puntual con la humanidad.

Cada frase era un disparate. Pero un disparate muy bien argumentado.

Recuerdo la noche en que gané la subasta como se recuerdan ciertas declaraciones de amor, ciertos diagnósticos médicos y ciertos accidentes domésticos con aceite hirviendo: con una mezcla de incredulidad, adrenalina y culpa.

En mi pequeño departamento sólo estábamos esa cartera y yo.

La apoyé sobre la mesa como quien deposita un animal fabuloso. La miré desde todos los ángulos. La abrí con una solemnidad que, de haberme visto alguien, habría requerido intervención profesional. Metí la cabeza en su interior y todavía hoy recuerdo el olor del cuero: denso, noble, profundo, con esa mezcla de bosque, taller y secreto que tienen los objetos hechos para durar más que sus dueños.

Yo amaba esa cartera.

Yo quería, por sobre todas las cosas, esa cartera.

La acariciaba con un respeto casi supersticioso. La sacaba de su funda, la volvía a guardar, comprobaba el brillo de los herrajes, ensayaba conjuntos ridículos frente al espejo, la colocaba en la silla de al lado como si fuera una invitada distinguida, y una vez —lo confieso aquí, porque ya no tengo edad para fingir dignidad— dormí con ella a mi lado.

¿Cuándo acabó aquel delirio?

Cuando la tuve.

Cuando logré que fuera mía.

Cuando pude tocarla, abrirla, olerla, pesarla, contemplarla… y comprobar que, en efecto, no emitía luz propia ni resolvía conflictos existenciales.

Y entendí entonces que a veces hay que atravesar el hechizo para curarse. Que ciertos deseos sólo se desactivan cuando se cumplen. Que la fantasía, una vez domesticada, deja de ser un tigre y se convierte en un gato caro.

Durante años la conservé como un tesoro. La guardaba en su bolsa protectora, lejos del sol, de la humedad, del polvo y de las visitas. La sacaba en ocasiones contadas, como si no fuera una cartera sino una condesa venida a menos. La disfrutaba, sí, pero también la observaba con una serenidad nueva.

Hasta que un día viajé con ella.

No era un gran viaje. No París, no Milán, no Nueva York. Ni siquiera un destino remotamente coherente con semejante bolso. Era un trayecto en tren, con una combinación absurda, una estación ventosa, dos andenes, tres valijas y un té que parecía haber sido recolectado durante la guerra de Crimea.

Yo llevaba el Birkin conmigo porque, después de todo, ¿para qué tener un objeto tan perfecto si no iba a acompañarme al menos una vez al mundo real?

El universo, naturalmente, detectó esa soberbia en el acto.

En medio del transbordo, entre el silbato del tren, el abrigo que se me enredaba, una señora con sombrero imposible, un niño que corría con un globo y un altavoz que anunciaba retrasos en un idioma diseñado para humillar extranjeros, dejé la cartera en un banco.

La dejé.

La olvidé.

La abandoné como si fuera una bufanda de mercadillo.

Me di cuenta tres minutos después.

Tres minutos exactos, que fueron suficientes para que mi alma se desprendiera del cuerpo, me mirara con desprecio y se negara a regresar.

Corrí de vuelta por el andén con una velocidad que no me había concedido ni la juventud. Recé a todos los santos disponibles, incluidos varios de otras religiones por si alguno estaba de guardia. Prometí donaciones, ayunos, reformas morales y hasta orden en los cajones de la cocina.

Y allí, en el banco, no estaba.

Sentí un frío glacial, mucho peor que el del andén. Un vacío en el estómago. La visión instantánea de mi infancia, mi obsesión, mis justificaciones, mi sueldo, mis delirios, todo reducido a una moraleja de mal gusto.

Entonces lo vi.

Un hombre mayor, delgado, con un abrigo gris demasiado grande y unos zapatos gastados, venía hacia mí sosteniendo la cartera con ambas manos. Caminaba despacio, con una tranquilidad casi irritante, como si transportara un pan o una carta, no el equivalente al PIB de un pequeño principado.

.- ¿Es suya? —me preguntó.

Yo emití un sonido que debió de parecer el ladrido emocionado de una foca.

.- La dejó en el banco —añadió—. No conviene viajar distraída. Los dioses castigan eso.

Le di las gracias con una efusión casi teatral. Quise recompensarlo, invitarle a un café, ofrecerle dinero, mi gratitud eterna, la mitad de mis bienes presentes y futuros. Él sonrió.

.- No, no. Yo sólo acompaño a los viajeros.

Y entonces me fijé en un detalle absurdo.

Colgando de su cuello, sujeto con un cordón de cuero, llevaba un pequeño colgante de plata: unas sandalias aladas.

Me reí, nerviosa.

.- ¿Hermes? —dije, señalándolo.

Él inclinó la cabeza, con una sonrisa que no sabría explicar.

.- A veces —respondió—. Aunque hoy sólo hago transbordos.

Y siguió caminando hasta perderse entre la niebla del andén y la multitud.

No sé si fue un loco encantador, un jubilado con sentido del humor o el mismísimo dios Hermes, protector de los viajeros, disfrazado de empleado informal de estación. Pero desde aquel día comprendí dos cosas.

La primera: que ningún objeto, por perfecto que sea, merece el tamaño del pánico que yo sentí aquella mañana.

La segunda: que si alguna vez un dios decide manifestarse, lo más probable es que no lo haga con rayos, trompetas ni coros celestiales, sino con zapatos gastados, un tren demorado y una cartera de lujo devuelta a tiempo.

Desde entonces sigo queriendo mi Birkin. Claro que sí. Lo miro, lo cuido, a veces lo uso, y todavía me parece bellísimo. Pero ya no lo amo del mismo modo.

Ahora sé que no era una cartera lo que yo perseguía desde niña. Era otra cosa.

Era el desquite.

Era la pertenencia.

Era el brillo prestado de un mundo al que creí que no me dejaban entrar.

Era la ilusión de que, llevando un objeto perfecto del brazo, una también podía volverse un poco invulnerable.

¡Menuda tontería!

La invulnerabilidad no venía en cuero de avestruz.

Venía, si acaso, en forma de piernas que corren por un andén, de un corazón que aprende a perder y a recuperar, y de un desconocido que te devuelve lo que olvidaste sin pedir nada a cambio.

Así que sí: sigo guardando mi bellísimo tesoro en su preciosa bolsa, y cada vez que lo saco, una sonrisa se dibuja en mi cara.

Pero ya no porque sea un Hermès.

Sino porque, desde aquel viaje, cada vez que lo abro, espero encontrar dentro —entre el olor a cuero y el forro impecable— un billete de tren, una pluma dorada… o una diminuta sandalia alada.

Y juro que, algunas mañanas, casi la veo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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