La primera vez que vi la Luna de cerca pensé que era una patata gigante flotando en el espacio. No una de esas patatas perfectas de anuncio, sino una vieja, llena de golpes, polvo y agujeros. Bastante decepcionante para el satélite más famoso de la historia humana.
Claro que eso fue antes de llegar a la Base Selene-9 y descubrir que la Luna tenía algo peor que cráteres: exámenes. Y no cualquier examen. “El examen”. El famoso Examen de Empatía de la NASA privatizada.
Aunque ya nadie la llamaba NASA. Oficialmente se llamaba North American Space Alliance Corporation, o NASA Corp. o “NasaCorp”, como decía todo el mundo mientras ponía cara de asco.
En 2089 las agencias espaciales ya no exploraban por curiosidad científica. Exploraban por dinero. Habían encontrado minerales rarísimos en lunas lejanas, hielo valioso en Marte y gases carísimos en Júpiter. El espacio se había convertido en una mezcla entre una mina y un centro comercial gigantesco.
Y necesitaban colonos jóvenes. Más baratos. Más resistentes. Más fáciles de entrenar. Así que empezaron a reclutar adolescentes. “Las nuevas generaciones poseen mayor adaptación neurológica y emocional para entornos extraterrestres”.
Eso decía el anuncio. Mi padre lo tradujo de forma más sencilla: “Quieren mandaros al espacio porque los adultos normales ya no aceptan estas locuras”.
Yo tenía quince años y me apunté igual. Porque, sinceramente, ¿quién no quiere escapar un tiempo de los deberes de matemáticas para vivir en la Luna?
El viaje duró cuatro días. Cuatro días metidos en una nave donde la comida sabía a cartón húmedo y donde los baños parecían diseñados por un enemigo de la humanidad.
Éramos treinta y dos adolescentes seleccionados de distintos países. Todos muy listos. Todos muy competitivos. Todos intentando parecer héroes espaciales, aunque algunos todavía roncaban abrazados a peluches.
Mi compañero de cabina era Leo Fernández, campeón juvenil de simuladores de vuelo y poseedor del peor peinado de la historia lunar.
Parecía que un erizo había explotado sobre su cabeza.
.- ¿Tú por qué te apuntaste? —me preguntó durante el segundo día.
.- Porque en la Tierra suspendía química.
.- Gran plan.
.- ¿Y tú?
Leo sonrió.
.- Porque quiero llegar a Titán.
Titán. La luna de Saturno. La colonia más lejana del sistema solar. El sitio donde NasaCorp estaba construyendo ciudades bajo cúpulas gigantes.
Solo elegían a unos pocos. Los mejores. O eso creíamos entonces.
Cuando aterrizamos en Selene-9 nos recibió la directora de la base: la comandante Ishikawa.
Tenía cara de no haber dormido desde 2061.
.- Bienvenidos —dijo—. Durante esta semana serán evaluados para el Programa de Colonización Exterior.
Todos nos pusimos rectos. Aquello sonaba importante.
.- Fuerza, inteligencia, capacidad de adaptación y empatía.
Algunos se miraron confundidos.
Empatía. No parecía precisamente una habilidad esencial para sobrevivir en el espacio.
.- ¿Qué ocurre si suspendemos? —preguntó una chica pelirroja llamada Noor.
La comandante respondió sin pestañear:
.- Entonces probablemente sean aptos.
Aquello provocó varias risas nerviosas. Pensamos que era una broma. No lo era.
La base lunar parecía una ciudad enterrada dentro de una lavadora metálica. Pasillos blancos. Puertas redondas. Luces azules. Ventanas diminutas mostrando un paisaje gris infinito.
Y robots. Robots por todas partes. Limpiando. Transportando cajas. Reparando paneles.
Uno de ellos se llamaba TEO-7. Pequeño, redondo y con brazos demasiado cortos para su cuerpo. Parecía una tostadora con ansiedad.
TEO-7 nos acompañaba durante las pruebas.
.- Buenos días, jóvenes candidatos —decía con una voz alegre—. Hoy evaluaremos sus capacidades cognitivas.
Leo empezó a llamarlo “microondas con ruedas”. El robot fingía no escucharlo.
Las pruebas fueron rarísimas. Nos hacían resolver problemas imposibles mientras sonaban alarmas. Nos dejaban encerrados en simulaciones donde teníamos que elegir entre salvar recursos o salvar personas.
En otra prueba debíamos decidir qué colonos recibirían oxígeno limitado tras una tormenta solar.
Todos intentábamos parecer fríos. Prácticos. Eficientes.
Porque entendimos enseguida lo que buscaban. Personas capaces de sacrificar cualquier cosa. Incluso a otros humanos.
Una noche, mientras cenábamos pasta lunar con sabor sospechosamente parecido al pegamento, Noor dijo:
.- Creo que esto es un truco psicológico.
.- Claro que lo es —respondió Leo—. Quieren gente dura para colonias lejanas. Gente que no se derrumbe.
.- ¿Y la empatía?
.- La empatía estorba.
Yo asentí. Tenía sentido. En el espacio no había lugar para sentimentalismos. O eso pensábamos.
El último examen ocurrió tres días después. Nos llevaron al hangar exterior de mantenimiento. Un lugar enorme lleno de vehículos lunares y maquinaria minera.
TEO-7 estaba allí revisando unas herramientas.
La comandante Ishikawa apareció en las pantallas.
.- Última prueba. Deben atravesar el sector y activar manualmente el generador secundario en menos de ocho minutos.
Fácil. Entonces sonó la explosión.
Una lluvia de chispas cayó desde el techo. Tuberías rotas. Humo blanco. Alarmas.
Y TEO-7 quedó atrapado bajo una estructura metálica.
Su pierna mecánica se dobló con un ruido horrible.
.- Error crítico —dijo el robot—. Error crítico.
El generador estaba al fondo. Si no llegábamos a tiempo, suspendíamos.
Todos corrimos. Todos. Bueno. Casi todos. Yo también corrí.
Porque pensé exactamente lo mismo que los demás: “Es sólo un robot”.
Recuerdo mirar atrás durante un segundo.
TEO-7 agitaba uno de sus pequeños brazos.
.- Solicitando ayuda.
Nadie se detuvo. Nadie quería perder. Entonces ocurrió algo extraño. Uno de nosotros regresó. Era Tomás Vega. El chico más fuerte del grupo. Capitán de atletismo. El típico que parecía protagonista de película espacial.
Corrió hacia el robot mientras nosotros seguíamos adelante.
.- ¡¿Qué haces?! —gritó Leo.
Tomás intentó levantar la estructura metálica. No pudo. Volvió a intentarlo. TEO-7 emitía sonidos cada vez más débiles.
Y entonces Tomás hizo algo todavía más raro. Empezó a llorar. No un llanto elegante de película. Llorar de verdad. Con mocos espaciales y todo.
.- No quiero dejarlo aquí —decía—. Está asustado.
Aquello nos dejó congelados. Porque era ridículo. Era una máquina. Una tostadora con ruedas.
Pero Tomás seguía intentando salvarlo como si fuera una persona real. Al final el tiempo terminó. Nosotros activamos el generador. Tomás no llegó. Suspendió.
La comandante Ishikawa apareció otra vez.
.- La evaluación ha concluido.
Todos sonreíamos. Habíamos ganado.
Entonces ella dijo:
.- El único seleccionado para Titán es Tomás Vega.
Silencio absoluto. Leo casi se atraganta.
.- ¿Qué?
La comandante caminó lentamente frente a nosotros.
.- Las colonias exteriores han descubierto un problema durante décadas. Los humanos capaces de sacrificarlo todo sobreviven… pero destruyen las colonias desde dentro.
Nadie habló.
.- Las bases lejanas no necesitan soldados perfectos. Necesitan personas capaces de seguir siendo humanas cuando todo se vuelve horrible.
Miró a Tomás.
.- Él fue el único que vio sufrimiento donde los demás vimos una herramienta.
Tomás todavía tenía lágrimas flotando en gravedad lunar reducida. Parecía un anuncio muy triste de champú espacial.
.- Los demás quedan descartados.
Y así terminó el gran examen de la Luna. Suspendimos por ser exactamente lo que ellos esperaban.
Aquella noche empaqué mis cosas sintiéndome idiota.
Leo estaba tumbado en su litera mirando el techo.
.- Odio admitirlo —dijo—, pero creo que éramos unos monstruos.
.- Un poco.
.- Bastante.
Nos quedamos callados.
A través de la ventana podía verse la Tierra brillando sobre el horizonte lunar. Azul. Pequeña. Lejana.
TEO-7 apareció entonces en la puerta, ya reparado. Cojeaba ligeramente.
.- Buenas noches —dijo—. Gracias por participar.
Leo bajó la mirada.
.- Perdona por llamarte microondas.
.- Disculpa aceptada.
El robot avanzó hacia mí.
.- Uhaitz.
.- ¿Sí?
.- Usted miró atrás.
Parpadeé.
.- Sólo un segundo.
.- Otros no lo hicieron.
Y entonces entendí lo peor del examen. No medían quién era perfecto. Medían quién todavía podía detenerse.
Aunque fuera sólo un instante.
TEO-7 levantó un pequeño brazo metálico.
.- Eso significa que aún puede mejorar.
Y, sinceramente, viniendo de una tostadora lunar filosófica, fue el mejor suspenso de toda mi vida.


He participado en el reto de escritura de junio 2026 a iniciativa de “Reto 5 Líneas” de Adella Brac. La idea es escribir cada mes, un microrrelato de 5 líneas, que incluya las tres palabras propuestas. Este mes: puede, bastante y semana. Pero además, os traigo un Apéndice con la historia completa.
Si quieres ver el resto de aportes al reto: https://adellabrac.es/reto-de-escritura-5-lineas-junio-2026/
Hola, Marlen.
¡Menos mal que lo tuyo no son los relatos de Ciencia Ficción! 😉
La historia que cuentas es preciosa y ojalá que fuera verdad, porque si la empatía se está acabando en la Tierra, que al menos sobreviva en el espacio.
Yo soy de los que le da los buenos días y las gracias a la IA cuando me resuelve un problema. No es protocolario, es involuntario y debido a la educación que me dieron. También hubo un tiempo, cuando conducía, que le respondía «De Nada» a la máquina de la gasolina después de repostar y darme las gracias. Evidentemente, luego me reía por el chiste. Pero teniendo en cuenta que hoy en día te atienden humanos sin siquiera mirarte…
Me ha gustado mucho la recreación que has hecho, porque parece lo que se llama Ciencia Ficción de Anticipación, esa que está a la vuelta de la esquina. Porque, dejémonos de sentimentalismos, si se coloniza Marte, como quiere el señor Melonio, o las lunas de Júpiter, o intentamos adentrarnos en el espacio exterior… será en un 99% por intereses económicos. La curiosidad quedará en segundo plano, aunque activa. Los que pueden hacer posible esto son los que tienen dinero, y no van a desperdiciar la oportunidad de multiplicarlo.
De todas formas, mientras dejemos todos nuestros vicios aquí en la Tierra y marchemos al espacio vírgenes de odios, estúpidas prepotencias y otras singularidades humanas… Sí, vale, vale. Me gusta soñar. ¡Qué otro remedio me queda!
Muy bonita también la moraleja. Es una lección preciosa para inculcar a nuestros niños.
Felicidades por el relato de «5 líneas» (ironía gaditana sana) y gracias por adentrarte en estos géneros que tanto me gustan.
Abrazo Grande.
Hola Jose
¿¿¿Ciencia-ficción??? Al final me vais a convencer, por lo menos lo intento.
Creo que tengo una obsesión con el tema de la «empatía». Me aparece cuando empiezo a pensar en casi cualquier tema que voy a desarrollar. Tal vez es porque noto que cada vez siento más su ausencia, y me duele porque la considero una de las virtudes esenciales para la convivencia. Tienes razón: si se está acabando en la Tierra, ¡que al menos sobreviva en el espacio!
Me has hecho reír mucho mucho con tus buenos días, tus gracias y tus de nada. ¿Y todavía te preguntas por qué? ¿Aún no sabes que cada vez descubrimos más parecidos entre tu mundo y el mío? Yo no llego a tanto TANTO, pero sí que le pido por favor y le doy las gracias a la IA por sus informaciones. Y el otro día descubrí a mi sobrina tirada en el sillón, muerta de risa. Sí, de mí, se reía de mí!!! Y sí, hay 2 cosas que me repatean el hígado: que me atienda una máquina en lugar de un ser humano y que mi requerimiento no coincida NUNCA con ninguna de las opciones que tiene programadas, y la segunda es que te atienda un humano con vocación de robot: no te saluda, no te mira, no te da las gracias… ¡Elemental mi querido Watson!
Yo también creo que «CUANDO» se colonice Marte o las lunas de Júpiter o nos adentremos en el espacio exterior, será en un 99% por intereses económicos. La curiosidad quedará en segundo plano. Tú sigue soñando, que, por el momento, sigue siendo gratis. ¡Ya llegará el momento!
La moraleja tenía que venir incluida, no podía no aprovechar este cuento, que puede atrapar a los niños.
En cuanto a las «5 líneas», que conste en actas que pongo bien clarita la explicación: «La idea es escribir cada mes, un microrrelato de 5 líneas, que incluya las tres palabras propuestas. Este mes: puede, bastante y semana. Pero además, os traigo un Apéndice con la historia completa.»
Eso de un “Apéndice con la historia completa” ¿quedó bonito no?
Un abrazo grandote, Gaditano.
Marlen, me encantó. Primero, porque soy fan de la ciencia ficción. Si me pones una peli de sci-fi vs. cualquier otra, siempre ganará la primera. Me pasa también con los libros. Así que leí tu relato con mucho interés y me pareció genial la forma en la que lo escribiste, con su humor juvenil, pero sobre todo, el mensaje en el fondo, que es poderoso. No podemos deshumanizarnos porque cuando eso ocurre, también nos debilitamos. Gracias por un gran relato. Te felicito.
Sí, Ana, sé que te gusta la ciencia ficción. Me acordaba de ti y de Jose JascNet cuando escribía el reto. Sois los «incentivadores de mi vena sci-fi. Y lo vais logrando porque creo que voy mejorando. Pero además, si hace un año me hubieras dicho que ante un reto de tema totalmente libre, iba a elegir sci-fi, me hubiera reído de ti. ¡Y mira! Por supuesto, no puedo con mi genio, y tenía que meter una moraleja. Siendo un cuento infantil, no lo podía ni quería evitar. Y «la empatía» la tengo cada vez más presente, la considero esencial.
Gracias a ti por tus palabras. Un abrazo fuerte.