Me da la sensación de que cada vez nos cuesta más hablar de amor que de sexo. El sexo se ha convertido en una banalidad, puede salir en una conversación fácilmente. Las plataformas pornográficas están al alcance de cualquiera, pero el amor no está al alcance de cualquiera. El amor tiene mala prensa hoy en día.
El querer a otro, en un mundo tan hedonista, como el que nos están inculcando, un mundo de estímulos tan inmediatos, de pantallas, de todo ¡¡ya!!… cambia la realidad en la que vivimos.
Una declaración de amor parece extemporánea. Nos han educado, sobre todo a los hombres, en una cultura de no expresar nuestras emociones. Yo no suelo decir a mis amigos que los quiero, me da pudor, vergüenza.
He estado toda mi vida sin exteriorizar con palabras mis sentimientos. Suelo tener detalles, gestos con los que manifiesto lo que siento, pero las palabras “te quiero”, “te echo de menos” se me resisten. Y últimamente me estoy educando para cambiar esto.
Se acabó eso de que el sentimiento profundo e íntimo se demuestra sólo con gestos. Tenemos que poder hacerlo en voz alta y bien claro. Decírserlo a quien queremos, a un amigo, una amiga, hacerlo públicamente.
Cuesta muy poco, si sos sincero y consciente. Podés querer, incluso a quien no te quiere. No necesariamente debe tener una contraprestación.
El otro día estaba pensando en todo esto aquí mismo, en el bar de Andrés. El de siempre. El bar donde las servilletas tienen más filosofía que algunas universidades y donde los hombres de mi generación hemos aprendido a decir “estoy bien” incluso cuando parecíamos una lavadora centrifugando ladrillos.
Era jueves. O martes. A cierta edad los días se distinguen únicamente porque cambia el plato del menú. Estábamos los de siempre alrededor de la mesa: Rafa el electricista, que habla poco pero cuando bebe dos vinos se convierte en poeta industrial; Luisito, que lleva treinta años diciendo que va a dejar de fumar “la semana que viene” y Pablito, que tiene la capacidad emocional de una persiana bajada, aunque luego llora viendo anuncios de perros abandonados.
Y en medio de una conversación absurda sobre prótesis dentales y la subida del precio de la nafta, me salió decir algo que llevaba años atascado aquí dentro, entre el pecho y la garganta, como una aceituna atravesada.
Les dije: “Os quiero mucho, cabrones.”
Y se hizo el silencio.
Pero un silencio de esos grandes, profundos. De los que hacen eco.
El camarero dejó de secar vasos. Un señor del fondo levantó la cabeza como si hubiera oído un disparo. Rafa empezó a toser. Luisito miró el vino con la concentración de un científico nuclear. Y Pablito, que jamás sabe dónde poner las emociones, respondió: “Bueno… tampoco hay que exagerar.”
Nos reímos todos. Claro. Porque los hombres hacemos eso. Cuando algo nos toca el corazón, inmediatamente le ponemos una nariz roja y zapatos de payaso para que no se note.
Pero yo hablaba en serio.
Porque llega un momento en la vida en que empezás a contar ausencias más que cumpleaños. Te enterás de que uno tiene problemas de salud. Otro perdió el trabajo y no lo contó. Otro duerme en habitaciones separadas con su mujer desde hace años y sigue haciendo chistes en las comidas como el violinista del Titanic.
Y entonces comprendés algo terrible: hemos aprendido a acompañarnos sin hablarnos de verdad.
Nos prestamos herramientas. Ayudamos en mudanzas. Vamos a la comunión del pibe. Empujamos coches averiados bajo la lluvia. Nos sentamos seis horas en urgencias sin protestar. Somos capaces de cruzar media provincia a las tres de la mañana si un amigo llama diciendo “necesito ayuda”.
Pero decir “te quiero…” Madre mía. Eso ya de por sí, parece una escena peligrosa.

A nosotros nos educaron en un idioma rarísimo. Un idioma masculino lleno de gruñidos emocionales. Si un amigo estaba triste, le dábamos una palmada en la espalda y decíamos:
“Venga, no pienses.”
Que traducido significaba: “Me importa muchísimo lo que te pasa, pero no tengo herramientas para sentarme ahí con vos sin sentir que estoy invadiendo un territorio prohibido.”
Mi padre, por ejemplo, jamás me dijo “te quiero”. Ni una vez.
Y cuidado, que me quiso muchísimo. Lo sé perfectamente. Lo demostraba arreglándome la bicicleta a las once de la noche. Pelándome fruta cuando estaba enfermo. Esperándome despierto, aunque fingiera leer el periódico. Pero palabras, ninguna.
Mi padre pertenecía a esa generación de hombres que habrían cruzado un incendio para salvarte… pero se morían de vergüenza abrazándote.
Recuerdo una vez, hace años, que llevé a mi amigo Silvio al hospital. Le habían detectado algo serio. No sabíamos todavía cuánto de serio. Él intentaba bromear todo el tiempo.
“Como me muera, quiero que borres el historial del ordenador.”
Y yo me reía.
Pero en el aparcamiento, cuando terminó la consulta, se quedó quieto mirando al suelo y me dijo muy bajito: “Tengo miedo.” Aquello me dejó desarmado.
Porque nadie nos enseña qué hacer cuando un amigo te entrega el miedo con las manos desnudas.
Y yo, que debería haberle abrazado y decirle “aquí estoy”, respondí la frase más estúpida de la historia universal masculina: “Bah, seguro que no es nada.”
¡Qué inútiles podemos llegar a ser para querer!
Luego, con el tiempo, uno aprende un poco. A golpes, claro. La vida enseña como enseñan las sartenes: dejando marca.
Hace dos años murió Jorge. Infarto. Así, de repente. El hombre más bruto del barrio. Un animal noble. Un tipo que parecía construido con piezas sobrantes de un tractor soviético.
En el funeral nos abrazábamos todos como si estuviéramos aprendiendo a hacerlo cinco minutos antes del examen final.
Y allí pasó algo que no olvidaré nunca.
Se acercó su hijo, un chico de veinte años, y nos dijo: “Mi padre hablaba muchísimo de ustedes.”
Aquello nos dejó mudos. Porque ninguno lo sabía.
Nosotros pensábamos que sólo compartíamos cañas y partidos de fútbol y bromas idiotas sobre colesterol y calvicie.
Pero no. Éramos su refugio. Y probablemente él también era el nuestro.
Desde entonces intento decir más las cosas. Me cuesta. Muchísimo. Las palabras siguen saliendo como muebles pesados por una escalera estrecha.
El otro día llamé a Carlos simplemente para preguntarle cómo estaba. Sin motivo. Sólo porque sí. Hacía días que no nos veíamos.
Hubo un silencio sospechoso y luego me dijo: “¿Pasó algo?”
Porque claro, entre hombres, llamar para expresar afecto, parece siempre el prólogo de una tragedia.
Le dije: “No. Es que te echo de menos, tío.”
Y el muy idiota respondió: “¿Por qué no empezaste por ahí, que pensaba que te morías?”
Nos reímos diez minutos.
Pero noté algo. Una pequeña grieta en la armadura. Y creo que de eso va todo esto. No de convertirnos en poetas sensibles que abrazan árboles, ni de hacer discursos lacrimógenos en cada sobremesa. No hace falta eso. Hace falta coraje.
Porque expresar cariño da más miedo que agarrarse a trompadas. Decir “te necesito” deja más desnudo que quitarse la ropa.
Y reconocer que un amigo es importante para vos, te coloca en un lugar vulnerable donde ya no podés esconderte detrás del chiste, del fútbol, del trabajo o del “todo bien”.
La amistad verdadera no hace ruido. No sale en las películas con música épica. Suele parecerse más a un hombre esperándote en silencio cuando el mundo se te cayó encima. A uno que no pregunta demasiado, pero se queda. A uno que recuerda cómo tomas el café desde hace veinte años. A uno que te llama “imbécil” mientras te salva la vida sin hacer propaganda.
Y quizás por eso deberíamos decir más las cosas mientras todavía estamos acá. Mientras aún queda tiempo para sentarse en un bar, levantar una copa y pronunciar esas palabras chiquititas que parecen tan sencillas y sin embargo pesan como catedrales.
Te quiero, amigo.
Y no pasa nada.
No se hunde el universo.
No se desploman las montañas.
Sólo ocurre algo extraño y hermoso.
Que, durante unos segundos, el corazón deja de hablar en voz baja.