Arderás en el infierno

Las luces del auditorio descendieron con esa parsimonia litúrgica con que descienden las luces cuando una institución cultural desea que parezca que va a suceder algo importante, aunque luego sólo suba un señor con gafas a hablar de metafísica.

Subió, efectivamente, un señor con gafas.

Traía una carpeta escuálida, tan delgada que inspiraba desconfianza. Las carpetas delgadas suelen contener o una genialidad o una estafa. A veces ambas.

Se situó detrás del atril, carraspeó con un esmero casi decimonónico, contempló al público como quien observa a un grupo de almas aún sin clasificar y dijo:

.- Señoras, señores, espíritus dubitativos, pecadores de fin de semana y santos a tiempo parcial, buenas tardes.

Risas.

.- Gracias por venir. No deja de conmoverme que, en una época saturada de estímulos, ustedes hayan decidido dedicar una hora de su vida a escuchar una conferencia sobre el infierno. Lo cual, bien pensado, ya constituye un prometedor ensayo general.

La sala respondió con esa primera risa prudente, la risa de tanteo, la risa que dice: de acuerdo, este hombre parece peligroso, pero no mortal.

El conferenciante juntó las manos.

.- Comencemos por una evidencia. “Arderás en el infierno”. “Vete al infierno”. “Esto es un infierno”. “Se desató el infierno”. Llevamos siglos pronunciando esa palabra con una soltura verdaderamente admirable. La usamos para hablar de una guerra, de un atasco, de una hipoteca variable, de una reunión de vecinos o de un vuelo con escala en Fráncfort. El infierno se ha democratizado. Ha dejado de ser una exclusividad escatológica para convertirse en una categoría inmobiliaria del alma.

Pausa.

.- Y sin embargo… hay algo sospechoso en todo esto. Una palabra tan usada, tan eficaz, tan rentable para predicadores, poetas, políticos y suegras… y, sin embargo, una palabra sobre la que no tenemos ni un triste plano arquitectónico.

Alzó una ceja.

.- No sabemos cómo son exactamente las instalaciones. Ignoramos si hay una distribución racional del espacio, si las llamas están bien sectorizadas, si existe una jerarquía del tormento o si, como en toda administración pública, el verdadero castigo consiste en esperar eternamente a que te atiendan.

Risas.

.- No sabemos si la comida es mala —aunque uno sospecha que sí—, ni si hay ventanas, ni si el aire acondicionado se considera herejía. Ni siquiera sabemos si el infierno existe como tal, o si al llegar descubres que lo han rebautizado con un nombre más moderno, algo como “Centro Integral de Reeducación Térmica y Convivencia con la Consecuencia”.

La risa creció.

.- Lo más extraordinario es esto: el infierno ha gobernado la imaginación de Occidente durante dos milenios… sin necesidad de presentar memoria de calidades.

Se apartó un poco del atril, como si el asunto mereciera más espacio.

.- Si uno se toma la molestia —y yo me la he tomado, porque tengo una vida social francamente decepcionante— de rastrear el origen histórico del infierno, descubre que no nació de golpe, como un resort infernal inaugurado por demonios con banda de música. No. El infierno, como tantas cosas memorables, es un mestizaje. Un gran collage de terrores sucesivos.

Levantó un dedo con satisfacción.

.- Los griegos tenían el Hades: una vasta región subterránea, gris, administrativa, más de funcionarios que diabólica. Allí no se ardía especialmente; más bien se languidecía. El Hades es el primer más allá que parece diseñado por un ministerio. Luego está el Sheol hebreo, sombra indiferenciada de los muertos, donde lo terrible no es el castigo, sino la desactivación. No es tanto un horno como una pérdida de intensidad. Después aparece la Gehenna, un valle asociado a la desolación, a la basura ardiendo, al juicio, al residuo: la intuición de que hay cosas que no sólo mueren, sino que se degradan.

Se inclinó hacia el público.

.- Y entonces llega el cristianismo, ese prodigioso laboratorio simbólico, y hace lo que mejor sabe hacer: recoger tradiciones, someterlas a una tensión moral formidable y convertirlas en una gramática de salvación y amenaza. Toma el abismo, toma el fuego, toma la oscuridad, toma la separación, toma el juicio… y fabrica una palabra definitiva: infierno.

El infierno de El jardín de las delicias – Hyeronimus Bosch

Breve silencio.

.- El cristianismo comprendió algo con una lucidez casi empresarial: el paraíso seduce, sí, pero el infierno organiza.

Risas, alguna más culpable que otra.

.- El cielo es una promesa. El infierno es un protocolo.

Dio unos pasos por el estrado.

.- Ahora bien, no conviene caricaturizar. El infierno bíblico no es, en su origen más hondo, una churrasquería cósmica para moralistas sádicos. La Biblia no ofrece un folleto turístico del averno. No hay mapas, ni horarios, ni reglamento de visitas. Lo que ofrece son imágenes: fuego eterno, oscuridad exterior, llanto y crujir de dientes, abismo, gusano que no muere. Y las imágenes, como siempre en los textos sagrados, no están para satisfacer la curiosidad del geógrafo, sino para herir la conciencia del vivo.

Bajó la voz.

.- Tal vez el infierno, en la perspectiva bíblica más profunda, no sea un lugar con coordenadas. Tal vez sea el nombre extremo de una posibilidad humana: la de apartarse radicalmente del Bien. La de convertirse, por acumulación de egoísmo, en alguien incapaz de recibir la luz sin sentirla como una agresión.

Miró alrededor con una serenidad casi incómoda.

.- Dicho brutalmente: quizás el fuego no venga de fuera. Quizás lo aportemos nosotros.

Silencio.

.- Claro que, por supuesto, esto no impidió que generaciones enteras imaginaran al demonio como una especie de jefe de mantenimiento con tridente, dedicado a regular temperaturas y a gestionar parrillas. La humanidad tiene un talento irreprimible para vulgarizar los símbolos sublimes.

La sala rió con gusto.

.- Y sin embargo, incluso en su versión más popular, el infierno conserva una idea potentísima: que hay actos que no son simples errores, sino deformaciones del alma. Que no todo da igual. Que la libertad no es una excursión sin consecuencias. Que uno puede pasar la vida entera entrenándose, con una disciplina digna de atleta olímpico, para la ruina interior.

Alzó la mano, teatral.

.- Y aquí es donde la teología se encuentra con la literatura, y la literatura, con el arte, y el arte, con esa vieja pasión humana por representar lo que teme con una exuberancia que, en el fondo, delata deseo.

Sonrió.

.- Porque si algo demuestra la historia del arte es que hemos pintado el infierno con un entusiasmo sospechosamente superior al que hemos dedicado al cielo.

Risas.

.- El paraíso, reconózcanlo, suele resultar aburrido. Mucha nube, mucha luz, demasiada armonía. Una estética de sala de espera premium. El infierno, en cambio… ¡ah, el infierno! El infierno tiene atracción visual. Tiene monstruos. Tiene arquitectura. Tiene movimiento. Tiene narrativa. Tiene esa voluptuosidad del espanto que vuelve loco al pincel.

Extendió el brazo, como si invocara una galería invisible.

.- En el románico, el infierno es una boca. Una gran boca devoradora. Una metáfora digestiva del pecado. Los condenados no caen: son ingeridos. Hay algo extraordinariamente medieval en imaginar la condena como un problema estomacal del cosmos. En el gótico, el dolor se estiliza. En El Bosco, el infierno se convierte en un delirio de precisión alucinada: instrumentos musicales convertidos en máquinas de suplicio, híbridos imposibles, una lógica onírica que haría palidecer a Freud y pedir un brandy a Dalí.

Pausa deliciosa.

.- Y luego Miguel Ángel, claro. El Juicio Final. Allí incluso los condenados parecen poseer unos bíceps envidiables. Uno contempla esos cuerpos descendiendo a la perdición y piensa: “Condenados, sí… pero estupendamente trabajados en el gimnasio”.

La carcajada fue rotunda.

.- El arte entendió una verdad que la teología a veces olvidó: para que el infierno sea creíble, no basta con que sea espantoso; debe ser también fascinante. Debe atraernos lo suficiente como para que entendamos por qué se cae en él.

Detalle de El juicio final (el infierno) de MiguelAngel

Entonces, con un giro de actor consumado, dejó caer el nombre:

.- Y luego vino Dante.

El auditorio cambió de respiración. Dante tiene esa virtud.

.- Con Dante Alighieri, el infierno deja de ser una amenaza nebulosa y se convierte en una catedral de la inteligencia moral. La Divina Comedia no describe un caos ardiente; construye un sistema. Círculos. Jerarquías. Simetrías. Correspondencias. Cada pecado encuentra su forma, cada forma su castigo, cada castigo su revelación. El infierno, en Dante, no es el triunfo del desorden. Es el orden sin misericordia.

Dejó que la frase cayera.

.- Y eso, si me permiten, es mucho más aterrador.

Asintió lentamente.

.- Los lujuriosos son arrastrados por vientos sin fin, porque fueron arrastrados por sus pasiones. Los glotones yacen en el fango, porque se revolcaron en el exceso. Los avaros empujan pesos inútiles, porque no supieron más que acumular. Los violentos hierven en sangre. Los fraudulentos se hunden en la sofisticación de su propia astucia. Y los traidores…

Sonrió con una ironía afilada.

.- …los traidores no arden. Se congelan.

Hubo un murmullo.

.- ¡Qué genialidad! ¡Qué intuición formidable! En el fondo del infierno, Lucifer no está entre llamas, sino inmóvil en el hielo. Porque el mal supremo no es la pasión desatada, sino la absoluta ausencia de amor. La incapacidad glacial de vibrar con otro. La traición no quema: enfría.

Pausa breve.

.- Dante, además, inventa algo muy moderno: el castigo como autobiografía. No se trata de que a uno le ocurra algo arbitrario. Se trata de que, por fin, queda expuesto lo que uno ya era.

Golpeó suavemente la carpeta con los nudillos.

.- Eso es de una modernidad feroz. Porque hoy ya casi nadie cree en demonios con cuernos, pero seguimos temiendo exactamente eso: convertirnos en aquello que repetimos.

Se acercó un poco más al borde del escenario.

.- Y aquí entramos en el terreno que más me interesa: el infierno moderno. El infierno sin azufre. El infierno secular. El infierno portátil.

Risas.

.- El infierno, hoy, ya no necesita escenografía medieval. Se ha refinado. Se ha hecho psicológico, tecnológico, burocrático, urbano, digital. Ha abandonado el dramatismo barroco y se ha instalado en la ergonomía.

Risa más fuerte.

.- El infierno moderno puede ser, desde luego, una guerra, una tortura, un campo de exterminio, una cárcel. Pero también puede ser una vida perfectamente amueblada en la que no ocurre nada verdadero. Puede ser una existencia administrada por notificaciones. Puede ser el algoritmo que convierte tu atención en combustible y tu ansiedad en modelo de negocio.

Se oyó algún “mmm” de reconocimiento.

.- Durante siglos hablamos de “máquinas infernales” para referirnos a artefactos explosivos o misteriosos. La expresión no era casual. La técnica siempre ha tenido algo infernal: promete dominio y produce dependencia; ofrece velocidad y genera vértigo; promete conexión y multiplica el ruido. El fuego fue la primera gran tecnología, y ya contenía todas las ambivalencias del futuro: calienta la casa, pero también la incendia. Cocina el pan, pero arrasa ciudades. Ilumina el rostro y carboniza el bosque.

Alzó el índice.

El infierno de Dante y Lucifer (Giovanni da Modena)

.- De Prometeo a la inteligencia artificial, la humanidad no ha hecho otra cosa que jugar con brasas cada vez más sofisticadas y luego preguntar, con gesto de sorpresa moral, cómo es posible que algo se nos haya ido un poco de las manos. ¿He sido yo? de Steve Urkel, ¿se acuerdan?

La sala rió, con ese matiz de risa culpable del que tiene varios dispositivos encendidos en el bolsillo.

.- Y así, en nuestros días, el infierno ya no necesita teología para ser inteligible. Se presenta como un agotamiento mental, emocional, como saturación, como aislamiento, como compulsión, como bucle. Un filósofo dirá alienación. Un psicólogo dirá trauma. Un sociólogo dirá sistema. Un consultor dirá “área de mejora”.

Carcajada.

.- Sartre escribió aquello de “el infierno son los otros”, una frase brillantísima y bastante exagerada. Porque, seamos justos, a veces el infierno no son los otros. A veces el infierno es uno mismo intentando parecer fascinante ante los otros durante demasiados años.

El público aplaudió esa línea.

.- Kafka lo intuyó de otro modo: el infierno no siempre ruge; a veces archiva. Beckett lo llevó más lejos: el infierno puede consistir en seguir hablando cuando ya no queda nada que decir. Y Cioran, el filósofo rumano que desayunaba pesimismo con tostadas de lucidez, probablemente habría sostenido que el infierno es tener razón demasiado pronto.

Risas cultas, las mejores.

El conferenciante se detuvo. La voz cambió. Más baja. Más íntima.

.- Pero hay una imagen, una sola, que me parece más devastadora que todas las llamas de Fra Angelico, más incómoda que los demonios de El Bosco, más implacable incluso que las geometrías morales de Dante.

Miró al público como si lo escogiera uno por uno.

.- El crítico Cyril Connolly escribió: “Mi idea del infierno es un lugar en el que te hacen escuchar todo lo que has dicho en tu vida”.

Y entonces ocurrió lo mejor: una explosión de risa, seguida de un gemido colectivo, casi una confesión.

.- Exactamente —dijo, disfrutando del escalofrío—. Exactamente.

Se apoyó apenas en el atril.

.- Piénsenlo. Nada de calderas. No tridentes. No azufre. No una brigada demoníaca con excelente logística. Sólo una sala infinita. Acústica perfecta. Una butaca incómoda pero no demasiado, para que no puedan usar el dolor físico como distracción. Y, durante la eternidad, su voz.

Pausa.

.- Su voz repitiendo aquella anécdota que contaron cuarenta y siete veces como si fuera una reliquia familiar. Su voz usando esa muletilla insoportable. Su voz pontificando en cenas donde nadie lo pidió. Su voz diciendo “yo no soy racista, pero…”, “sin ánimo de ofender…”, “esto te lo digo por tu bien…”, “es una crítica constructiva…”.

La sala rugió.

.- Su voz intentando parecer brillante, su voz siendo cruel para ser graciosa, su voz siendo cobarde para evitar problemas, su voz adulando al poderoso, su voz callando cuando había que hablar, su voz hablando cuando habría sido elegante callar.

Ahora ya no reían tanto. Ahora se removían.

.- ¿Comprenden la monstruosa genialidad de Connolly? Traslada el infierno del castigo externo a la evidencia íntima. El verdugo ya no es un demonio. Es la suma acústica de tus propias banalidades.

Se enderezó.

.- Y, de pronto, toda la tradición bíblica adquiere una claridad aterradora. “De toda palabra ociosa daréis cuenta”. Durante siglos creímos que eso significaba un registro moral. Pero quizás el Juicio Final no consista en la apertura de un libro.

Pausa.

.- Quizás consista en pulsar play.

El auditorio estalló.

El conferenciante dejó que el eco de la risa se consumiera hasta transformarse en otra cosa. Luego, con una lentitud casi ceremonial, dijo:

.- Y aquí llegamos al punto decisivo. Si el infierno existe —teológicamente, simbólicamente, psicológicamente, políticamente, tecnológicamente—, entonces la pregunta no es dónde está.

La voz descendió.

.- La pregunta es: ¿cuándo empieza?

Silencio.

.- ¿Empieza después de la muerte? Tal vez. ¿Empieza en la historia, cuando una sociedad normaliza la crueldad? Sin duda. ¿Empieza en una relación envenenada? Sí. ¿Empieza en una mente sitiada por el rencor? También. ¿Empieza en una vida entera dedicada a evitar la verdad? Ahí, sospecho, con una precisión casi matemática.

Respiró hondo.

.- Porque el infierno, en su versión más moderna y más antigua a la vez, no es una geografía. Es una dinámica, es el modo como se desarrolla un hecho. No es una caverna. Es un hábito. No es un subsuelo. Es una manera de deteriorarse.

Levantó una mano, casi en gesto sacerdotal.

.- Cada vez que convertimos al otro en caricatura, abrimos una rendija. Cada vez que elegimos el cinismo para no comprometernos, alimentamos el fuego. Cada vez que repetimos una mentira útil, aunque sepamos que lo es, usamos el fuelle en las brasas. Cada vez que preferimos la superioridad a la compasión, añadimos leña. Cada vez que hacemos daño con talento y lo llamamos ingenio, atizamos la lumbre.

La sala estaba inmóvil.

.- Y, sin embargo, aquí está la paradoja sublime: el infierno sólo obsesiona a quien aún no se ha resignado a él.

El público lo miró, sorprendido.

.- Sólo teme el infierno quien conserva alguna idea de la dignidad. Sólo nombra el abismo quien sospecha que existe una altura. Sólo se inquieta ante la condena quien intuye, aunque sea vagamente, la posibilidad de la salvación.

Se irguió del todo. Ya no parecía un conferenciante. Parecía un actor al final del tercer acto.

.- Por eso todas las tradiciones serias, religiosas o no, coinciden en lo esencial: la salida del infierno no empieza negándolo, ni ridiculizándolo, ni maquillándolo con eufemismos terapéuticos. Empieza reconociéndolo. Nombrándolo. Asumiendo que hay una parte de incendio en nosotros: la vanidad, la crueldad, la pereza moral, la adicción a tener razón, el placer secreto de humillar, la fascinación por la propia herida.

La voz se volvió casi susurro.

.- El demonio, sospecho, no siempre tienta diciendo “haz el mal”. A veces simplemente susurra: “repítete”.

Hubo un estremecimiento visible en la sala.

.- Repítete. Vuelve a contar la misma mentira. Vuelve a justificar la misma cobardía. Vuelve a decirte que no pasa nada. Vuelve a ser el mismo, un poco peor, con la coartada de que todo el mundo lo hace.

Se hizo un silencio total.

El conferenciante miró la carpeta. La cerró. Ya no la necesitaba.

.- He pasado años leyendo teólogos, poetas, místicos, herejes, artistas, filósofos, neuróticos y columnistas. He descendido por los círculos de Dante, he paseado por el Hades, he mirado a El Bosco hasta sentir que me observaba él a mí, he soportado a moralistas de todas las épocas y a futuristas de Silicon Valley que prometen la inmortalidad como si fuera una app de pago.

Una risa breve alivió la tensión.

.- Y al final, después de todo ese viaje, he llegado a una conclusión modestísima, casi doméstica, sobre el infierno.

Se inclinó hacia el público. Ya no hablaba: conjuraba.

.- No creo que el infierno consista en arder.

Silencio absoluto.

.- Creo que el infierno consiste en comprender.

Nadie respiró.

.- Comprender, de golpe y sin escapatoria, todo lo que hicimos con nuestras palabras. Comprender a quién humilló aquella broma. A quién rompió aquel silencio. A quién dejó solo aquella ironía. Qué verdad mató aquella frase elegante. Qué amor desperdiciamos por orgullo. Qué tiempo quemamos fingiendo que aún había tiempo.

Ahora la voz era casi una música.

.- Imaginen una sala infinita. Sin llamas. Sin demonios. Sin escenografía. Sólo una claridad insoportable. Un altavoz impecable. Y la grabación completa de su vida: lo que dijeron, lo que callaron, lo que prometieron, lo que negaron, lo que repitieron por cobardía, lo que dijeron por vanidad, lo que no dijeron por miedo.

Pausa.

.- Y entonces, no el castigo …sino la revelación.

El silencio se volvió casi físico.

.- Descubrir que el infierno no era un sitio al que te enviaban. Era un mundo que ibas fabricando, sílaba a sílaba, gesto a gesto, renuncia a renuncia.

La sala estaba suspendida.

Y entonces, con una sonrisa casi infernal, añadió, en tono súbitamente ligero:

.- Y, por supuesto, para hacerlo más insoportable, una voz amable irá interrumpiendo cada cierto tiempo para informarles de que “su experiencia es muy importante para nosotros”.

La risa estalló con una fuerza liberadora, inmensa.

Esperó. Dejó que subiera. Dejó que cayera. Y entonces lanzó el golpe final, el definitivo, el de ovación:

.- Así que, señoras y señores… si de verdad quieren evitar el infierno, no empiecen por temerle al fuego.

Golpeó el atril una vez. Seca. Exacta.

.- Teman la costumbre.

Otra vez.

.- Teman la frase que repiten sin pensar.

Otra vez.

.- Teman la ironía que usan para no amar.

Otra vez.

.- Teman el cinismo que les permite dormir mientras otros arden.

Se irguió, entero, magnífico.

.- Porque tal vez el Juicio Final no llegue con trompetas. Tal vez llegue una noche cualquiera, en el silencio de su cuarto, cuando por fin se escuchen de verdad.

Un segundo de eternidad.

.- Y si ese día, al oírse, no soportan su propia voz…

Alzó la vista. Sonrió con una mezcla de compasión, inteligencia y crueldad luminosa.

.- …entonces no hará falta que nadie los mande al infierno.

Pausa. La sala era una cuerda tensada.

.- Ya habrán llegado.

Se escuchó un aplauso. Primero uno. Luego diez. Luego todos.

Un aplauso de esos que no celebran sólo una conferencia, sino el placer antiguo de haber sido heridos con elegancia.

Un aplauso largo. Casi litúrgico. Casi feroz. Un aplauso, en fin…como salido del cielo después de haber mirado, sin pestañear, al infierno.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Arderás en el infierno

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