Había una isla en medio de un mar

Había una isla en medio de un mar tan azul que parecía pintado cada mañana por un maravilloso Paul Gauguin. Desde lejos, era una explosión de verdes. Palmeras altas que se mecían como gigantes adormilados, flores rojas y naranjas que brotaban entre los helechos, lianas que colgaban de los árboles como cuerdas olvidadas por los pájaros. El agua era tan transparente que los peces parecían volar sobre la arena blanca del fondo.

Allí vivía Felipe.

Tenía setenta y cinco años. El cabello, que en otro tiempo había sido negro y abundante, era ahora una nube blanca que el viento despeinaba con entusiasmo. Su barba crecía libre, como las plantas de la isla. Sus manos estaban curtidas por el sol y llenas de pequeñas cicatrices que contaban historias que nadie escuchaba.

Porque Felipe estaba solo. Completamente solo.

Llevaba tantos años viviendo en la isla que ya había olvidado la fecha exacta de su llegada. Los días se habían convertido en estaciones de lluvia y de sol, en floraciones y mareas. Había aprendido a reconocer el sonido de cada ave, el lugar donde crecían los mejores frutos y el momento exacto en que los cangrejos abandonaban sus escondites.

Su casa era una cabaña construida junto a una laguna rodeada de manglares. Cada mañana despertaba antes del amanecer. Le gustaba observar cómo la oscuridad se retiraba lentamente.

Sentado en una roca frente al mar, contemplaba el horizonte mientras el cielo pasaba del negro al violeta, del violeta al rosa y del rosa a un dorado brillante.

.- Buenos días —decía.

No porque hubiera alguien allí. Simplemente porque le parecía descortés no saludar al mundo.

Después recogía cocos, revisaba sus redes de pesca y caminaba por senderos que él mismo había abierto entre la vegetación. Conocía cada rincón de la isla como quien conoce las habitaciones de una casa familiar.

Sin embargo, había momentos en que toda aquella belleza le pesaba.

Porque la belleza compartida crece. La belleza solitaria, en cambio, a veces se encoge.

A menudo encontraba una flor extraordinaria. Pétalos azules con manchas amarillas que parecían pequeñas estrellas.

Entonces pensaba: «Mi nieta Clarita habría querido dibujar esta flor.»

Y durante unos segundos sonreía. Pero enseguida recordaba que Clarita estaba lejos. Muy lejos.

Tan lejos que ni siquiera sabía si seguía viviendo en la misma ciudad donde la había visto por última vez.

Por las tardes, cuando el calor disminuía, caminaba por la playa. Sus huellas eran las únicas huellas humanas que aparecían sobre la arena.

Aquello le producía una sensación extraña. A veces le parecía un privilegio. A veces una condena.

.- Setenta y cinco años —murmuraba mientras avanzaba junto a las olas—. He hablado con miles de personas en mi vida y ahora converso con los pelícanos.

Los pelícanos, por supuesto, nunca respondían. Aunque Felipe fingía que sí.

.- ¿Qué opinas del tiempo?

El ave inclinaba la cabeza.

.- Estoy de acuerdo. Demasiado viento del este.

Aquellos diálogos imaginarios lograban arrancarle alguna carcajada. Pero las risas duraban poco.

Al caer la noche era cuando la soledad se hacía más grande.

El mar seguía siendo hermoso. Las estrellas seguían siendo infinitas. Las luciérnagas seguían encendiendo pequeños farolillos entre los árboles.

Sin embargo, la oscuridad traía consigo los recuerdos. Y los recuerdos siempre venían acompañados de voces: la voz de su esposa, la de sus hijos cuando eran pequeños, la de Clarita, la de sus amigos durante largas sobremesas.

Recordaba cumpleaños llenos de ruido. Recordaba discusiones absurdas sobre fútbol. Recordaba abrazos. Recordaba silencios compartidos.

Y comprendía que existían muchas clases de silencio. El de la isla era inmenso.

Pero el silencio de una habitación donde duerme alguien a quien quieres, era completamente distinto. Ese silencio era compañía.

Una noche especialmente despejada observó la luna reflejada sobre el océano. Parecía un camino de plata extendido sobre el agua. Y pensó algo que lo hizo permanecer despierto durante horas.

«Los seres humanos somos criaturas curiosas. Pasamos media vida deseando tranquilidad. Después, cuando la encontramos, descubrimos que también echamos de menos el ruido.»

La reflexión lo hizo sonreír.

Había pasado años soñando con escapar de las ciudades, de las prisas, de las obligaciones.

Y ahora que vivía rodeado de pájaros exóticos, cascadas cristalinas y playas perfectas, habría dado cualquier cosa por escuchar durante diez minutos a sus dos hijos discutiendo sobre quién se comería el último trozo de la tarta de manzanas que hacía su mujer.

Porque el problema nunca había sido el ruido.

El problema era no haber comprendido que el ruido estaba hecho de personas. Y las personas eran puentes. Incluso las molestas. Incluso las aburridas. Incluso las que hablaban demasiado.

Con el paso del tiempo comenzó a desarrollar una costumbre peculiar. Cada noche encendía una lámpara de aceite y se sentaba frente a una mesa de madera. Entonces hablaba. Hablaba como si tuviera invitados. Contaba anécdotas. Relataba recuerdos.

Describía los cambios de la isla.

.- Hoy han florecido las orquídeas cerca de la cascada.

.- Esta mañana vi una tortuga enorme.

.- He encontrado un árbol nuevo al norte.

Lo decía en voz alta. Para nadie. O quizás para sí mismo.

Porque había descubierto algo importante. Las palabras no sólo sirven para comunicarse con otros. También sirven para no perderse a uno mismo.

Aquella noche, mientras terminaba una de sus conversaciones imaginarias, levantó la vista. Miles de estrellas cubrían el cielo. Miles. Tal vez millones.

Sintió entonces una mezcla extraña de tristeza y gratitud.

Estaba solo. Profundamente solo. Pero también estaba vivo.

Podía oler la sal del mar. Podía sentir la brisa tibia sobre la piel. Podía escuchar las olas rompiendo contra la costa. Podía recordar.

Y mientras una persona recuerda, nunca está completamente sola.

Felipe cerró los ojos. Pensó en todos aquellos rostros que había amado. Pensó en las manos que había estrechado. Pensó en las conversaciones que había tenido durante setenta y cinco años.

Y comprendió que la soledad no era la ausencia de personas. Era el eco de todas las personas que habían pasado por su vida. El eco seguía allí. Habitando su memoria. Acompañándolo mientras el mar respiraba en la oscuridad.

Entonces sonrió. Una sonrisa pequeña y serena. Y le dio las buenas noches a la isla.

La isla, como siempre, no respondió.

Pero en el silencio de la noche, escuchó el ruido sordo del camión de las basuras que entraba por la ventana abierta al invierno, tan cercano ya.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Había una isla en medio de un mar”

  1. Hola.. que bueno que tu protagonista, al final, se dio cuenta de que no estaba realmente solo. El mundo no se cansaba de repetírselo, en el idioma de los pájaros, de los peces, de los amaneceres… hasta que por fin entendió… me gusta mucho tu relato.. ¡Saludos!

    1. Hola Octavio. Me alegra que te haya gustado el relato.
      Nadie está absolutamente solo en este mundo. A veces, sólo hace falta reflexionar un poco.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo de Marlen

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