Estamos polarizados

En 2023, la RAE eligió “polarización” como la palabra del año. Lo hizo por su gran presencia en los medios de comunicación. Y es cierto que en los últimos años no hemos dejado de escuchar hablar de la polarización de la sociedad, de la política o de la opinión pública: dos ideas, dos opiniones enfrentadas sin punto común.

Y la verdad es que yo creo que sí, que estamos polarizados. Pero con una aclaración: la polarización es lo que buscan quienes se han salido del tablero del juego democrático. Porque defender ideas y derechos que hasta hace poco formaban parte de un consenso general, no debería convertirse en un acto de resistencia.

Esta palabra se ha instalado en nuestras conversaciones con una insistencia casi sospechosa: “polarización”. La escuchamos en los periódicos, en los parlamentos, en las tertulias, en las redes sociales y hasta en las conversaciones familiares. Se habla de sociedades polarizadas, de políticos enfrentados, de ciudadanos incapaces de ponerse de acuerdo. 

Pero quizás deberíamos detenernos un instante y preguntarnos qué significa realmente “estar polarizados”.

Porque no es lo mismo tener opiniones diferentes que vivir enfrentados. No es lo mismo discrepar que odiar al que discrepa. No es lo mismo defender una idea con pasión que convertir al adversario en un enemigo al que hay que destruir.

Y quizás ahí esté uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Nos están convenciendo de que todo tiene dos lados. Derecha o izquierda. Campo o ciudad. Nacionalista o antinacionalista. Inmigración sí o inmigración no. Feminismo o antifeminismo. Ecología o economía. Seguridad o libertad. Israel o Palestina. Rusia o Ucrania. Estados Unidos o sus enemigos.

Como si entre el blanco y el negro hubiéramos decidido borrar todos los grises.

Y, sin embargo, la vida está hecha precisamente de grises.

Una democracia saludable no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos capaces de pensar de manera diferente sin dejar de reconocerse como parte de la misma comunidad.

El problema aparece cuando empezamos a considerar que quien piensa distinto no solamente está equivocado, sino que es malo. Entonces la discrepancia deja de ser una herramienta democrática y se convierte en una guerra moral.

Ya no discutimos una propuesta. Juzgamos a la persona que la defiende.

Ya no preguntamos “¿por qué piensas eso?”. Preguntamos “¿cómo puedes ser de esos?”.

Y esa pequeña expresión, “de esos”, contiene una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.

Porque convierte a millones de personas distintas entre sí en bloques compactos. Les atribuye las mismas ideas, las mismas intenciones y hasta los mismos defectos. Y cuando dejamos de ver individuos y empezamos a ver etiquetas, resulta mucho más sencillo despreciar.

Las redes sociales han hecho el resto.

Vivimos en una época en la que una opinión cuidadosamente razonada puede recibir veinte “me gusta”, mientras que una frase incendiaria puede recibir veinte mil. El algoritmo no sabe si una idea es sensata, justa o absurda. Sólo sabe que la indignación mantiene nuestros ojos pegados a la pantalla.

Y la indignación es un combustible extraordinario.

Cuanto más enfadados estamos, más comentamos. Cuanto más comentamos, más circula el mensaje. Cuanto más circula, más dinero genera.

Así hemos construido una especie de plaza pública planetaria en la que muchas veces grita más quien consigue enfadar a más gente.

El resultado es paradójico: tenemos más posibilidades que nunca de comunicarnos con personas diferentes y, sin embargo, cada vez resulta más fácil vivir encerrados entre quienes piensan como nosotros.

Nos rodeamos de opiniones que confirman las nuestras y terminamos creyendo que todo el mundo piensa igual.

Hasta que aparece alguien que no. Entonces llega el sobresalto.

En el mundo ocurre algo parecido.

Estamos contemplando guerras que parecen interminables, sociedades profundamente divididas y gobiernos que convierten el miedo en una herramienta política. Vemos cómo crecen los discursos que prometen soluciones sencillas para problemas extraordinariamente complejos. Cómo se señala al extranjero, al pobre, al diferente, al adversario político o al vecino que vota distinto como responsable de nuestras frustraciones.

Siempre resulta tentador encontrar un culpable.

Mucho más difícil es comprender. Comprender no significa justificar. Esta diferencia es fundamental.

Podemos comprender por qué una persona tiene miedo de la inmigración sin aceptar el racismo. Podemos comprender el dolor de una sociedad atacada sin justificar la venganza indiscriminada. Podemos comprender el miedo de quien reclama más seguridad sin aceptar que para conseguirla haya que renunciar a libertades. Podemos comprender las razones de quien piensa políticamente en las antípodas de nosotros sin tener que cambiar nuestras propias convicciones.

Comprender al otro no nos debilita. Nos hace adultos.

Y aquí llegamos a España.

Porque también nosotros hemos convertido demasiadas veces la política en una especie de campeonato permanente. Cada elección parece una batalla definitiva. Cada gobierno, una amenaza existencial para la mitad del país. Cada oposición, una conspiración. Cada medida política, una prueba de que España se salva o se hunde.

Vivimos pendientes de quién gana.

Quizás deberíamos preocuparnos un poco más de por qué perdemos.

Perdemos cuando un Parlamento deja de ser el lugar donde se confrontan ideas para convertirse en un escenario donde se intercambian insultos.

Perdemos cuando un ciudadano deja de votar a favor de una propuesta porque le convence y empieza a votar únicamente para impedir que gane el otro.

Perdemos cuando una persona tiene miedo de expresar una opinión razonable porque teme ser inmediatamente colocada en una casilla.

Perdemos cuando llamamos “radical” a quien simplemente defiende una posición que no coincide con la nuestra.

Y perdemos, sobre todo, cuando olvidamos que ningún partido político posee el monopolio de la verdad.

La democracia no consiste en que los nuestros ganen siempre.

Consiste en aceptar que alguna vez ganarán los otros.

Y que, cuando eso ocurra, seguiremos teniendo que compartir con ellos las calles, las escuelas, los hospitales, los parques, los impuestos, las preocupaciones, las alegrías y este pequeño pedazo de mundo que llamamos país.

Hay algo todavía más inquietante.

Algunos de los valores que hoy parecen presentarse como patrimonio exclusivo de una ideología, no pertenecen realmente a ninguna.

Dar de comer al hambriento. Acoger a quien huye. No hacer la guerra. Respetar al que piensa diferente. Defender la dignidad humana. Señalar la mentira. Proteger al débil.

No son ideas propiedad de la izquierda ni de la derecha.

Son parte de una tradición humanista muchísimo más antigua que nuestros partidos políticos. El propio texto que inspira esta reflexión recuerda cómo esos principios aparecen en tradiciones de pensamiento anteriores incluso al cristianismo.

El Papa ha venido a España y ha dicho lo que dijo Jesucristo hace 2.000 años: que hay que dar de comer al hambriento y de beber al sediento, que no hay que hacer la guerra, que hay que acoger al que huye, señalar al que miente, respetar a quien piensa distinto. Nada nuevo bajo el sol. Omitiendo sus previsibles declaraciones sobre el aborto y la eutanasia, León XIV ha recordado los consensos humanistas que han guiado el progreso desde Grecia, Buda y Confucio, es decir, desde antes de Jesucristo.

Y quizás tengamos que recuperar precisamente eso: un territorio común.

Porque hay asuntos sobre los que podemos discrepar y debemos hacerlo. Sobre los impuestos. Sobre el modelo económico. Sobre la organización territorial. Sobre inmigración. Sobre educación. Sobre vivienda. Sobre energía. Sobre cómo gestionar los recursos públicos.

Pero hay otros asuntos que no deberían necesitar una etiqueta política.

Que nadie sea torturado.

Que nadie sea discriminado por su origen.

Que todos los seres, sean niños o adultos, tengan comida, salud y un lugar donde vivir.

Que una mujer pueda vivir sin violencia.

Que un ser humano no necesite elegir entre calentarse o comer.

Que una persona pueda expresar sus ideas sin miedo.

Que la mentira no sea convertida en verdad, por repetición.

Que la democracia no sea utilizada para destruir la propia democracia.

Podemos discutir cómo alcanzar esos objetivos.

Lo que resulta peligroso es discutir si merecen la pena.

Tal vez, por eso, deberíamos dejar de hablar tanto de polarización y empezar a hablar de convivencia.

Porque una sociedad no se rompe únicamente cuando sus ciudadanos piensan diferente.

Se rompe cuando dejan de reconocerse mutuamente como ciudadanos.

Y quizás esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes de compartir la próxima noticia, escribir el próximo comentario o votar en las próximas elecciones:

¿Estoy defendiendo una idea o estoy atacando a una persona?

La diferencia parece pequeña.

Pero puede ser la distancia entre una democracia viva y una sociedad convertida en trincheras.

No necesitamos pensar todos igual.

Necesitamos algo bastante más difícil: aprender a seguir siendo vecinos cuando pensamos de manera diferente.

Porque al final, después de cada elección, cada discusión y cada batalla política, seguimos teniendo que vivir juntos.

Y ningún algoritmo, ningún partido y ningún líder debería conseguir que olvidemos algo tan elemental.

El adversario político no es el enemigo.

Es, simplemente, alguien que también tendrá que vivir mañana con las consecuencias de nuestras decisiones.

No debemos confundir la legítima discrepancia política con una polarización fabricada, en la que determinados principios democráticos y humanistas pasan a presentarse como si fueran posiciones de un bando. ¡No debemos permitir que el mundo se convierta en una trinchera!

Deberíamos preguntarnos qué hemos perdido cuando dejamos de discutir sobre ideas, para empezar a discutir sobre identidades.


El IFIT (Institute for integrated transitions) ha elaborado un archivo con “10 ideas sobre cómo superar la polarización”. Lo comparto con la idea de que pueda ayudar a tomar conciencia y acabar con este problema que obstaculiza la capacidad de una sociedad o sistema político de resolver casi cualquier otro tipo de problema.

https://ifit-transitions.org/publications/diez-ideas-para-superar-la-polarizacion

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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