Las otras guerras silenciadas

Nos despertamos y nos acostamos con las noticias de la terrible guerra de Ucrania. Pero ¿Por qué algunos de los conflictos que más sufrimiento causan en África están silenciados? República Centroafricana, Etiopía, Sudán del Sur, Mozambique… A menudo nos cuesta fijarnos en otras guerras que llevan ya años causando sufrimiento. Son conflictos que languidecen sin que la opinión pública occidental sepa exactamente cuándo empezaron, cómo se desarrollaron, quiénes son los principales actores. Son guerras cuya existencia se ignora o se silencia.

La República Centroafricana es un país cuyos cinco millones de habitantes han visto cómo el conflicto regresaba a sus vidas una y otra vez en la última década. Cambian los nombres de los bandos beligerantes, las siglas de las alianzas, los apoyos externos y, pese a las iniciativas de desarme y pacificación, la realidad vuelve cíclicamente a mostrar su peor cara. Cruces y medias lunas se enfrentaron, cuando siempre habían convivido en paz.

En el ombligo geográfico del continente, que chapotea sobre oro y uranio, que posee además una selva tupida que asegura un suministro de madera de la mejor calidad, animales de caza para la nobleza europea y suficientes diamantes para que todos sus habitantes fueran vestidos de Swarovski, la guerra se ha enquistado y las milicias luchan entre ellas. Las tropas centroafricanas han conseguido recuperar gran parte del territorio, pero los combates, asesinatos y violencia contra la población civil son algo rutinario. Las proporciones de esta carnicería son desconocidas, igual que el número de muertos. A nadie parece afectarle, más allá de sus víctimas. Es probable que poca gente en España haya leído algo al respecto recientemente en los medios de comunicación.

Conseguir un visado de periodista y la acreditación para ir a Cabo Delgado, una provincia en el norte de Mozambique, azotada desde 2017 por una insurgencia islamista, es un proceso tortuoso que puede llevar muchos meses. Y no hay garantía de obtener respuesta afirmativa. Por otra parte, moverse sin los documentos adecuados limita considerablemente el trabajo, e incrementa los riesgos a los que se expone el informador.

La guerra de Tigray, en el norte de Etiopía, que estalló en noviembre de 2020, es un auténtico agujero negro informativo. Al bloqueo de internet y las telecomunicaciones en la región por parte del Gobierno, se unió la casi total ausencia de periodistas internacionales durante meses. Entre marzo y junio de 2021, las autoridades etíopes accedieron a la entrada de algunos corresponsales extranjeros de grandes medios. Entonces se multiplicaron las detenciones y agresiones a periodistas locales y a guías, sin los cuales el trabajo del corresponsal no tendría la misma profundidad. Con el avance de los rebeldes y la retirada de las tropas etíopes y eritreas en junio, Tigray nuevamente cayó en un profundo silencio informativo, un caldo de cultivo idóneo para que la polarización habitual de este tipo de guerras, permita que la desinformación y las maquinarias de propaganda, campen a sus anchas.

La violencia en Birmania ha escalado rápidamente en el último año, tras el golpe de estado que el 1 de febrero de 2021 acabó con el frágil proceso democrático birmano y asentó a los militares de nuevo en el poder. Ahora el país se asoma al abismo de la guerra civil. Esta vez, tras el golpe, la población birmana respondió saliendo a las calles en protestas masivas que fueron brutalmente reprimidas. Desde el golpe, más de 2.000 personas han muerto a manos de las fuerzas de seguridad y más de 15.000 han sido detenidas.  

En Sudán del Sur, obtener el permiso de grabación para cubrir los estragos de la guerra civil, que en la última década ha segado la vida de unas 400.000 personas, no era excesivamente complicado, pero su precio era desorbitado y obtenerlo en la capital, Juba, no te ahorraba enredos burocráticos con otras autoridades regionales.

Tanto en el país más joven del mundo como en el noreste de Nigeria, moverse por carretera no es una opción, ya sea por la falta total de infraestructuras o por la extrema inseguridad. La alternativa puede ser trabajar con un bando del conflicto, cuando eso resulta posible, o volar en avionetas y helicópteros gestionados por la ONU u ONG´s que desarrollan labores humanitarias. Para estos organismos no resulta sencillo respaldar a un corresponsal extranjero, para que haga periodismo de manera independiente, ante el riesgo de despertar las suspicacias del gobierno autoritario de turno.

Para el pequeño grupo de corresponsales extranjeros que trabajan en esos países, documentar la situación requiere sortear muchas trabas administrativas. Pero además, la logística y la seguridad son otros dos problemas muy complejos de solucionar. Y, lo más importante, los medios de comunicación no acostumbran a apostar por este tipo de coberturas, porque no esperan que tengan mucha audiencia.

Esto es lo que se repite en una decena de países golpeados por guerras repentinas y conflictos cronificados, principalmente en África, un continente con 54 estados reconocidos y unos 1.300 millones de habitantes, donde es común ver cómo algunos corresponsales cubren decenas de países, muchas veces sin posibilidad alguna de visitarlos.

Esto hace que la visión que nos transmiten de algunas zonas del mundo sea extremadamente superficial, sin fondo, sin humanismo, vinculada lamentablemente a la desgracia del momento. No es que no ocurran noticias en ese lugar, es que no hay periodistas para contárselas al mundo. Sin foco, no hay luz. Y sin luz somos mucho más vulnerables a la manipulación y a la desinformación.

¿Y qué pasa entonces en la guerra de Ucrania? ¿Por qué el foco sobre Ucrania es tan grande, más allá de la obviedad de que para los periodistas resulta más sencillo (por burocracia, gasto económico y logística) y más rentable desplazarse a este lugar que a otros?

Son varios los motivos. Es una guerra en el corazón de Europa y, por tanto, hay una proximidad evidente para la audiencia. Está clara la magnitud de los hechos, ya que en pocas semanas se ha desatado el mayor éxodo de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. La dimensión que ha adquirido esta guerra, pues hay una implicación directa de las superpotencias mundiales y un riesgo de escalada nuclear o de expansión bélica a otros países, si la OTAN interviene. Por otro lado, también aparecen las finanzas, con la geopolítica de los hidrocarburos rusos y el impacto directo en la economía europea y mundial.

Finalmente, aunque no menos importante, no debemos olvidar que los medios de comunicación son también empresas que ofrecen un producto que las audiencias compran y consumen. La competitividad retroalimenta la necesidad de seguir ofreciendo ese producto. Pero entonces, ¿interesa un acontecimiento porque realmente es importante o porque decidimos mostrarlo?

Cada año crece el número de personas que huyen de sus hogares por guerras y conflictos, la gran mayoría son del África subsahariana, Oriente Medio y otras regiones como Afganistán Myanmar o Birmania. A muchos de estos lugares les une algo importante. No tienen, nunca han tenido, un foco tan grande como el que se ha puesto en Ucrania. Y cuesta convencer a un editor para dedicar atención, recursos y esfuerzo a algo que puede que no ofrezca unos niveles de audiencia muy altos. A menudo son conflictos cronificados, que se dilatan en el tiempo y cuya explicación se vuelve compleja. Casi siempre son lugares donde el acceso es también una odisea. Cuando el foco se apaga se hace la oscuridad. Pero muchas veces, casi siempre, los problemas siguen. Siguen igual o incluso peor.

Vivimos en un mundo que tiene muchas heridas abiertas. Tal vez sería hora de hacer algo para dejar de silenciar las voces de esos conflictos armados.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

3 comentarios sobre “Las otras guerras silenciadas

  1. Hola, Marlen.
    Dicen los expertos que la guerra la llevamos en nuestro ADN, que ya desde los orígenes nos peleábamos por un hueso, una cueva o una pieza de caza. En realidad, somos más salvajes que los propios animales.
    De todas formas, el problema se agrava cuando las rencillas no surgen por encontronazos, dominios vecinales o discusiones más o menos estúpidas, sino cuando otros las manipulan para obtener sus propios beneficios sin salpicarse de sangre ajena.
    Eso dicen que pasa en el África, terreno sabroso para estos depredadores donde prueban el material y salivan con el tráfico de armas. Supongo que por ser pueblos muy pasionales, viscerales y también manipulables, es un terreno propicio para coger a dos pueblos que antes convivían en armonías, hacerles falsas promesas, meterles odios en sus cabezas y hacerlos dependientes de las armas occidentales, que matan mejor. Luego, cuando están drogados, y seducidos por ellas y endeudados, es fácil cambiarles estas armas por sus tesoros.
    Con respecto a la guerra de Ucrania y esa supuesta cercanía que nos quieren hacer creer los medios, creo haber escuchado un comentario de una reportera europea que decía, «En esta guerra sí están implicados nuestros hermanos». Como si ser Ucraniano (europeo) nos acercara más en sangre que un etíope, un camboyano o un vietnamiza. Para ciertas cosas no somos tan globales.
    A ver quiénes son más manipulables. 🤦🏻‍♂️
    Lo más repugnante, ilusorio e indignante es que nos hagan creer que en una guerra hay un ganador y un perdedor, como si no perdieran todos un poco de sí mismos solo por combatir.
    Yo las guerras modernas las sustituía por las tribales que hemos leído o visto en pelis, que los dos jefazos se metan en un ring y se den guantazos para nuestro disfrute. Pero cuando acabe un jefe suba el siguiente y así hasta que se les quiten las ganas de pelear. Aunque lo mismo, ni de esa forma.
    En fin. Lloremos y sintamos un poco de empatía por los que se ven metidos en estos fregaos y esperemos no vivirlas en nuestras propias carnes por culpa de los $%&»#@ que nos gobiernan.
    Un abrazo, amiga. Crucemos los deos. 🤞🏼🤗😘

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  2. Hola Jose, buenos días.
    ¿Será cierto lo que dicen los expertos? ¿De verdad llevamos en nuestro ADN el deseo de pelear por todo? ¿Somos salvajes por naturaleza? ¿O es algo que nos cuentan para justificar la violencia? En estos casos, yo suelo mirar a los niños y creo que un niño no nace violento, sino que aprende a serlo. La violencia no es innata, es una reacción ante muchas razones. El problema, como tú bien dices, se agrava cuando otros manipulan los conflictos, para obtener sus propios beneficios sin salpicarse de sangre ajena. Y de eso sabemos mucho, a través de la historia. Pasa en Africa y pasa en cualquier parte del mundo. La diferencia es la proporción de seres pensantes que tiene esa comunidad. Si prevalece lo de primero pegar y luego, si es caso, pensar… vamos fritos. Y los únicos que ganan esas guerras y esos conflictos inventados, son los traficantes de drogas, de armas y de vidas. Aunque en general, hay quien no los distingue. Ya sabes, los traficantes van de traje y corbata, son amigos de los influyentes de turno. Y los que están inmersos en los odios y guerras son los propios infelices que pelean por odios ajenos o sufren consecuencias de lo que ni siquiera entienden, eternos perdedores.
    En cuanto a la guerra de Ucrania, creo que la cercanía es cierta, por los motivos que comento en la entrada. Otra cosa es que nos la pretendan vender con la cercanía de etnia, color de piel o religión. Hasta ahí no estoy dispuesta a llegar. Siento que un etíope, un centroafricano, un birmano, son mis hermanos. He hablado con gente con quien no compartimos lenguaje, pero hemos compartido el placer y el dolor de la vida diaria. Y no estaba precisamente en Europa. ¡Los ojos, las manos, los gestos, acercan tanto a dos humanos!
    ¡Qué te voy a contar, amigo! Que me uno a tus deseos de no tener que vivir ni nosotros, ni nuestros seres queridos, situaciones de angustia y dolor tan inmensos. Y que, juntando la empatía que llevamos distribuyendo por aquí y por allí, no olvidemos lo que es aún una terrible realidad. Que la niebla no nos impida ver los otros campos de batalla.
    Un abrazo grande, Jose. Me voy a sentar a tomar mi tecito con limón, necesito aflojar el nudo de la corbata.

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