Vascos en Argentina: Don Manuel Gurmendi

Cuando era pequeña siempre escuchaba hablar de él. Luego, cuando crecí un poco, empecé a entender quién era el señor Gurmendi.

Mi padre llegó a Buenos Aires en el año 1948, luego de luchar como miliciano en la Guerra Civil española, de caer herido, de ser deportado a Alemania y de vivir escapado en Francia. Aquella Argentina de riqueza y bienestar le pareció un paraíso y poder empezar a trabajar en los Talleres Vasco-Argentino de Sanchez y Gurmendi, el bien más preciado.

Su único bagaje era el oficio de tornero mecánico aprendido en Hamburgo, su capacidad de adaptación, sus ganas de trabajar y de forjarse un porvenir y su amor por la chavala que le había robado el corazón en Bayonne y a quien había seguido hasta esas tierras remotas.

Don Manuel Gurmendi había nacido el 19 de agosto de 1894 en San Sebastián/Donosti. Tenía sólo 11 años al fallecer su padre, y esa circunstancia hizo que dejara de lado su educación para no obligar a su familia a solventarla. Él recordaba que le gustaba estudiar, pero que prefirió trabajar ante la difícil situación que atravesaba su familia, humilde y trabajadora.

Así, Gurmendi fue ayudante de dentista y aprendiz de tapicero. Además ayudaba a su madre y a su hermana entregando a domicilio la ropa que ellas lavaban y planchaban. En esos años, sus coterráneos recibían o traían noticias de lo bien que se vivía en la Argentina, a la que muchos españoles veían como la tierra prometida. El 14 de noviembre de 1912, junto con su madre y su hermana, emprendieron en el vapor “Sao Paulo”, el viaje que antes habían realizado sus dos hermanos.

Llegaron a Buenos Aires el 18 de diciembre, trayendo consigo sólo las ganas de trabajar y de lograr un futuro mejor, y 6 días después ya estaba trabajando en la sección Facturas de la Casa Montemayor, grandes corredores de artículos para ferreterías. Poco a poco, mientras iba conociendo los secretos del rubro, ascendía de posición en su trabajo. Allí conoció a quien sería su socio durante muchos años, Faustino Sánchez. Nació así el 14 de enero de 1919, «Sánchez y Gurmendi”, que funcionaba en un local alquilado de Venezuela 711.

Contaba Gurmendi que ninguno de los socios tenía problemas en abrir el local y ponerse a barrer con aserrín húmedo esparcido en el piso, para no levantar tanto polvo. Al flamante emprendimiento no le resultó fácil posicionarse en un mercado signado por la posguerra, con muchos competidores y un escenario económicamente difícil. La mayoría de los insumos industriales y las herramientas provenían de Europa, donde muchos países se debatían contra una inflación creciente, con la que no estaban acostumbrados a lidiar.

Esta inflación europea hizo que los buenos negocios fueran escasos, ya que muchos proveedores no respetaban los precios previamente acordados. A pesar de ello, Sánchez y Gurmendi comenzaron a prosperar. No sólo ofrecían a sus clientes precios más competitivos, también le sumaban un “valor agregado” porque costeaban almacenaje y fletes. Una vez que alcanzaron una buena clientela, se lanzaron a ampliar los negocios. Había llegado el momento de dejar de ser simples vendedores de productos de terceros y dar el salto que los hiciera industriales.

En cuanto Don Manuel consiguió buenos precios para la materia prima necesaria para sogas y clavos, decidieron fabricarlos. Se tomó en serio el rol de industrial, comenzó a familiarizarse con el montaje de plantas industriales y la fabricación o adaptación de maquinaria que fuese apta para sus necesidades.

Pero después de ganado un nombre y una posición, la crisis del 30 pondría a prueba a los socios. Gurmendi estaba preocupado por garantizar el trabajo de sus empleados y trató de mantener a flote el negocio. Buscó, por todos los medios, que sus trabajadores no se vieran afectados por la crisis, los fue acomodando en las tareas que podía encontrar. Es que Don Manuel siempre tuvo en cuenta a los hombres que trabajaban con él. Le gustaba observar su carácter y evaluarlos de acuerdo a cómo cumplían con los encargos que les daba.

No sin esfuerzo, Don Manuel decidió convencer a su socio para agregar a sus operaciones, la fabricación de chapas galvanizadas. No era un paso sencillo: había que trasformar en una fábrica los 15.000 m2 que habían alquilado en Avellaneda, a orillas del Riachuelo. El alemán Schultz adaptó unas máquinas destinadas a otros usos, convirtiéndolas en una acanaladora de chapas, Gurmendi se encargó de hablar con los trabajadores para comprometerlos con el proyecto. Juntos trabajaron durante meses las 24 horas del día, los siete días de la semana. Hasta que finalmente, pudieron fabricar la primera partida de chapas.

La sombra de la guerra amenazaba con afectar los negocios de Argentina. Ante este escenario Gurmendi, como buen emprendedor, decidió tomar la iniciativa: montar una planta de laminación dentro de sus propios talleres. Estaba convencido de que en Argentina había capacidad para producir y no quería quedar sometido a la voluntad de los Estados Unidos, el principal proveedor de hierro, y verse obligado a vender bajo sus términos en medio de una guerra.

La Segunda Guerra Mundial fue un problema para la incipiente industria argentina. Se redujeron las importaciones, escaseaban los neumáticos, los repuestos de automotores, el papel de diario y hasta la película virgen para hacer cine, que los Estados Unidos solo vendía a sus aliados. Esta situación afectó al funcionamiento de su empresa y puso en riesgo a numerosos puestos de trabajo.

Gurmendi decidió buscar alternativas en España, devastada en ese tiempo por la Guerra Civil. Encontró una fábrica que, en su planta de laminación, elaboraba varillas de hierro redondo sobre la base de rieles de ferrocarril en desuso. Se le ocurrió que lo mismo podría hacerse en Argentina. Tras acordar la compra de los rieles en desuso que los ingleses acumulaban, construyó casi artesanalmente la maquinaria necesaria para transformarlos en materiales para la construcción, convirtiéndose en una empresa metalúrgica.

El 20 de marzo de 1949 falleció su socio Faustino Sánchez. Este hecho lo decidió a continuar con su empresa, que a partir de ese momento se llamaría “Gurmendi S.A.”, privilegiando la relación con sus trabajadores. La creación de la Fundación Manuel Gurmendi fue una muestra de su interés por el bienestar del personal. Y comenzaron a llegar las medidas sociales que Don Manuel empezó a implementar. Al principio fue el paquete con sidra y pan dulce, que los obreros y empleados empezaron a recibir por Navidad.

En tiempos en que los obreros de una fábrica normal eran tironeados entre el poder de los propietarios y el de los fuertes sindicatos, no era habitual lo que pasaba en esta fábrica. El dueño solía frecuentar el taller y conversar con los obreros y se interesaba por la familia de uno o por la madre de otro. Los obreros trabajaban contentos y el buen ambiente entre ellos se hacía sentir en la producción.

Un año se empezó a festejar la llegada de los Reyes Magos, y allí íbamos los hijos de obreros y empleados a recibir el juguete que, de acuerdo a la edad, habían seleccionado para nosotros y comíamos sándwiches de miga y tomábamos Coca Cola o chocolate, en una gran fiesta amenizada por magos y payasos.

Festejo de Reyes Magos en Gurmendi, enero de 1957 En primer término junto a la mesa, estoy con mi hermano

 A los seis años comencé mi primer año de escuela primaria (tú que eres jovencito no entenderás eso de que nosotros no hayamos conocido lo que es un jardín maternal ni una guardería). Yo estaba feliz. Iba a conocer nuevas amigas y había llegado el momento de aprender cosas maravillosas. Pero el primer recuerdo imborrable de la escuela, no está ubicado en el recinto de las aulas, sino en mi casa cuando papá llegó con un gran paquete que llevaba mi nombre.

La sorpresa fue mayúscula cuando al romper el papel con toda la emoción, me encontré con cuadernos, lápices, gomas de borrar, plasticola (pegamento infantil), una caja de colores con todos los colores del arco iris y hasta un sacapuntas. Y en medio de ese despliegue colorido: mi primer libro de lectura, el Upa impecable, limpito y flamante. Saltaba de alegría por el pequeño apartamento y no me alcanzaban las manos para estrenar todo.

A la semana siguiente mamá me llevó a comprar los dos delantales blancos con tablitas que también me regalaba el señor Gurmendi. Dos delantales para mí solita, todos almidonados y atados atrás con un bonito lazo, que pasaron a ocupar el lugar de honor en la puerta del armario de mis padres hasta el día en que empezaran las clases.

Y los regalos no acababan. Luego tocó el turno a los zapatos Grimoldi que fuimos a buscar a la fábrica. Eran de tipo Guillermina, negros con una trabita y un botón que era tan difícil de atar que mis deditos se machacaban para lograrlo. Si hasta me regalaron las medias ¾ blancas que quedaban preciosas con mis zapatos nuevos.

Yo no paraba de preguntar cuánto faltaba hasta el día de estrenar mi conjunto completo y mis padres no paraban de comentar la suerte que tenían de que mi padre trabajara con el señor Gurmendi.

Los años fueron pasando y cada inicio de curso tenía el encanto asociado al paquete de Gurmendi. El primero superior trajo consigo mi primer lapicera (estilográfica), luego llegaron las carpetas, los manuales de estudio, los sobres de papel glacé, los marcadores de colores, los repuestos de hojas rayadas y cuadriculadas, las cajas de témperas, los Simulcop que salvaban la vida a quienes como yo son negados para el dibujo.

A lo largo de los siete años de escuela, primero como única privilegiada y luego compartiendo protagonismo con mi hermano, el inicio de las clases era una fiesta pensando en lo que vendría ese año en el paquete.

Pero luego llegó la escuela secundaria, con la carga de responsabilidad que eso suponía, un difícil examen de ingreso, nueve o diez materias con sus consiguientes profesores, prácticas en laboratorio, grupos de estudio y libros, muchos libros, como base uno por materia, además de los que teníamos que consultar en la biblioteca.

Y allí estaba nuevamente el señor Gurmendi. Mientras las otras chicas usaban los libros de las hermanas o de las primas, mis libros siempre eran nuevos y los forraba para cuidarlos, con el papel de forrar que venía en el paquete que seguíamos recibiendo cada año, siempre adaptado al curso que nos tocaba cursar. Un libro por materia, además de guardapolvos, estos ya de señorita, abiertos adelante y con solapas.

Mi vida de estudio continuó y cada año de universidad recibí por parte de Gurmendi S.A., un monto de dinero que me permitió seguir adelante en el camino de mi formación y aumentar el reconocimiento hacia una persona que no salía en los periódicos ni en los grandes libros, pero que se ocupó de que cada uno de sus obreros y empleados diera a sus hijos una vida mejor de la que ellos habían tenido.

Varias generaciones de jóvenes debemos nuestro porvenir a este vasco ejemplar.

Llegó el día de empezar a trabajar ganando dinero, y hago la aclaración porque mi primer trabajo fue ad-honorem, término que posiblemente hoy no se entienda porque ya no se usa. Ni se usa el término, ni se usa eso de empezar a trabajar sin cobrar para aprender el oficio. ¿Quién recuerda a los aprendices?

Y ese primer trabajo remunerado, ¿dónde iba a realizarlo mejor que en esa empresa que había facilitado mi, hasta ese momento, corta vida?

Si señor, empecé a trabajar en Gurmendi, en el Centro de Cómputos situado en las oficinas de la Avenida Belgrano. Mi padre seguía trabajando en los talleres de Avellaneda, en donde al cabo del tiempo se jubiló. La acería se había puesto en funcionamiento y la empresa era próspera y hasta cotizaba en bolsa como un valor fuerte.

En esa época conocí las fiestas de despedida de año en las que la empresa reunía a todo el personal. Eran buenos tiempos.

Hoy en día las cosas han cambiado. La empresa Gurmendi ha desaparecido absorbida por Acindar para quitarse la competencia de encima, también quebró la empresa “San Sebastián”, que daba trabajo a 10.000 personas y ofrecía pollos limpios y eviscerados, en lugar de los que hasta ese momento se comercializaban, Don Manuel Gurmendi falleció y nadie continuó con la obra que había realizado, Argentina ha pasado de ser uno de los países más ricos del mundo a recibir aviones de ayuda humanitaria para su población empobrecida.

Pero la silenciosa labor de un hombre quedó como un ejemplo de vida dedicada a sus semejantes, en los corazones de miles de agradecidos argentinos. Curiosamente, el caserío Gurmendi, del siglo XVII, está ubicado muy cerca de donde actualmente vivo, en Zarautz (Gipuzkoa).

Caserio Gurmendi

La historia de la industria está compuesta por múltiples protagonistas, algunos más destacados que otros. Hay quienes sólo se ocuparon de aparecer en la prensa, mientras que otros se destacaron por su apego al trabajo y al esfuerzo. Dentro de este último grupo se encuentra este industrial que hizo crecer su empresa con una fórmula en la que combinaba el trabajo duro, con la creación de condiciones laborales dignas para sus obreros. Se llamaba Don Manuel Gurmendi, una persona que se preocupaba tanto por su empresa como por el bienestar de los hombres y mujeres que trabajaban en ella.

Vaya en estas simples líneas mi agradecimiento y mi homenaje, a usted Don Manuel que dio las oportunidades y a quienes, como mi padre, cumplieron con las expectativas, viviendo una vida de trabajo honrado y de satisfacción por el esfuerzo recompensado.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Vascos en Argentina: Don Manuel Gurmendi

  1. Buenos días, Marlen.
    Una historia maravillosa y ejemplar.
    Qué grato es leer cómo un hombre que empezó siendo un simple aprendiz y consiguió llegar a montar su propia empresa, luego no se olvidó de sus orígenes. Mimó, cuidó y nunca se olvidó del bienestar de sus trabajadores y de sus familias. Hoy en día esto es baladí, priman los beneficios y la expansión, reducir costes y exprimir a los trabajadores. Hay un mercado laborar tan grande que si estás descontento, puerta y que venga otro.
    Siempre he pensado que si estás contento, satisfecho y feliz en un puesto de trabajo rendirás muchísimo más. Si llegas a final de mes complacido con lo que te pagan y te permite tener una vida digna, respetarás y te entregarás a la empresa. Creo que no es tan difícil de entender.
    Esos regalos que hacían las empresas, aunque fueran pequeños detalles, eran significativos. Porque, como bien dices, mostraban el aprecio y la atención por sus trabajadores. Si encima te ayudaban con materiales e incluso económicamente, no me extraña que la tuvierais en tan alta estima. Por aquí no era demasiado habitual.
    Comparto esa emoción que narras al recibir el material escolar. En nuestros tiempos, un cuaderno, un lápiz o bolígrafo chulo, una goma o una caja de colores, eran un regalazo. No era fácil llegar el primer día de clase con todo el material escolar. Nuestros padres hacían auténticas virguerías para conseguirlo.
    Hoy en día no se piden, se exigen estos materiales y, lo peor, no se valoran.
    Otros tiempos, otras gentes, otro modo de entender la vida, el trabajo y la relación entre las personas. Hoy parecemos operarios de usar y tirar.
    Las empresas familiares eran otra cosa.
    Y eso de Maestro-Aprendiz, ¿es prehistoria? XD
    Recuerdos y nostalgia por unos tiempos que posiblemente no fueron mejores, pero al menos nos hacían sentir mejor.
    Gracias por la historia, amiga. Un abrazo.

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  2. Buenas tardes Jose.
    Creo haberte comentado que tenemos aquí en Zarautz una empresa de electrónica industrial, que empezó como empresa familiar: mi hermano, mi sobrino y yo, y ha llegado a ser una de las empresas de robótica más importante en el sector. Trabajan en ella más de 30 personas, que son casi de la familia, mucho trabajo pero con un ambiente muy agradable: edificio propio en medio del monte con árboles y buenas vistas, sala de relax con futbolín, billar, máquinas de fitness, asador en medio del campo, festejo de cumpleaños y de Navidad con árbol, familia y regalos para grandes y chicos, cursos de actualización permanente aquí y en el extranjero. Y, a fin de año, participación en los beneficios de la empresa.
    Además de vender productos propios y de otros fabricantes, como Kawasaki, hacemos instalaciones, vendemos repuestos, hacemos mantenimiento y damos cursos gratuitos a niños y adolescentes (de aquí y de Argentina, chicos que siguen la carrera industrial). Creemos en la necesidad de formar para el futuro.
    Nosotros, como Don Manuel, estamos pendientes del bienestar de nuestros trabajadores y de sus familias. Y ellos se entregan a la empresa y nos hacen ver que están satisfechos en sus puestos de trabajo. Enfin, esta sería una empresa en la que, si estuviera recibiéndome de ingeniero industrial, me gustaría trabajar.
    Pues nuestro problema, desde hace un tiempo, es conseguir personal para firmar contrato y formarlo. Nos quejamos de que las empresas sólo quieren operarios de usar y tirar, que no les interesa el bienestar de los trabajadores y que, si no les gusta, a la calle y tomamos otro. Eso es una realidad, pero la realidad de grandes empresas que funcionan con licitaciones arregladas, sobres bajo la mesa y jefes de grandes cochazos que sólo aparecen para llevarse el sobre.
    Y hay otras empresas, pequeñas pero con gran capacidad de actuar, con buena fama, que cuidan su principal capital: sus trabajadores, que van por la vida de blanco, cuyos jefes con coche normalito, llegan todos los días antes que todos, se van después que todos y están para escuchar a todos y solucionar problemas. Empresas con «otras gentes, otro modo de entender la vida, el trabajo y la relación entre las personas.» Y, como hemos «evolucionado» y vivimos en un mundo de usar y tirar, no se entiende lo que pretenden estas empresas.
    ¿Para qué organizas cursos de robótica para chicos, si eso es trabajo de la escuela? Porque la escuela (aunque sea industrial) no está preparada y sus profesores tampoco. Bueno, ese es su problema.
    ¿Por qué organizas cursos para niños, si no te dan ninguna subvención? Porque, el día de mañana habremos despertado vocaciones y estarán preparados para elegir.
    ¿Por qué les das cursos, alojamiento y movilidad gratis a chicos de institutos técnicos que traes de Buenos Aires? Porque ellos allí, no tienen la posibilidad de acceso a estas nuevas tecnologías y es un deber para nosotros, el devolver algo a ese país que acogió a nuestra familia cuando lo necesitaban. Y porque, además, es nuestro orgullo dejar este mundo un poco mejor.
    «Otros tiempos, otras gentes, otro modo de entender la vida, el trabajo y la relación entre las personas.» Aquí, en este maravilloso rincón del mundo donde, aunque no seamos conscientes, somos privilegiados y no se valora nada, tampoco lo que otros te ofrecen, permíteme que te cuente (como si no te hubiera contado bastante ya) una anécdota de hace unos meses.
    Teníamos un chico jovencito, recién recibido, 0 experiencia, al que contratamos y le dimos una formación importante para que empezara a desempeñar un papel en la empresa. Después se le asignó un tutor para que lo guiara y lo ayudara en la evolución. El tutor estaba encantado, viaje a Alemania, parecía que se adaptaba bien y aprendía rápido. Pero llegó el verano. Un día vino a comunicar que renunciaba, nadie entendíamos si tenía algún problema, si tenía una oferta mejor. No, simplemente prefería disfrutar el verano, el surf y pasarlo bien con los amigos. Después ya vería.
    ¿Nos tocó el bicho raro? Pues no, es bastante común.
    Nostalgias por un tiempo en que se valoraba el esfuerzo, el trabajo, lo que otros hacían por ti.
    Perdón por el largo comentario, hoy era el «Día del Desahogo Laboral». Me tocaba. Creo que Don Manuel Gurmendi no entendería estos tiempos. A lo mejor, nosotros nacimos en un tiempo que no es el nuestro. Quijotes de los montes vascos.
    Saludos, amigo Jose.

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    1. Buenos días, Marlen.
      En primer lugar, felicidades por la empresa y esa forma tan bonita de entender la relación laboral. Qué pena no haberte conocido hace 30 años, o más. Mi titulación es precisamente Ingeniero Industrial, especializado en electrónica. Nunca pude ejercer como tal. Primero porque la preparación fue nefasta, salí como un toro en San Fermín, con mucho ímpetu, ilusiones y más perdío que el menda en el Jikea. Segundo, porque ninguna empresa aceptaba a nadie sin preparación e incluso alguna me ofreció el puesto a cambio de renunciar a mi título, ¡con lo que me había costado! Más tarde, de casualidad, rebote o suerte, me dediqué a la enseñanza y ahora el título es mera anécdota.
      Supongo que si yo hubiera tenido la ocasión, la valentía o la imprudencia (😅) hubiera hecho algo parecido a vosotros, mi padre en cierta forma lo hizo, aunque tenía una cooperativa. No, nunca me atreví a montar nada, siempre preferí trabajar para otros. Eran otros tiempos y tenía otro carácter.
      A lo mejor es cuestión de suerte, pero no conocí por aquí ninguna empresa como la tuya. De hecho, trabajé muchos años en una que parecía realmente «familiar», pero el ca… jefe terminó explotando hasta a su hermana, y no es una expresión dicha. Aunque el ambiente, al inicio, era muy bueno y los empleados sí terminamos siendo una gran familia.
      Y lo de ese chico que despreció su preparación, la dedicación que le dísteis y el trabajo que se le ofrecía, pues sí es bastante común hoy en día. Que me perdonen los afectados, pero yo digo mucho que estas son las generaciones del mínimo esfuerzo. Lo sé por todos los alumnos que han pasado por mis clases, por lo que veo, por lo que oigo y por lo que vivo. Afortunadamente, mi hijo es de otro costal y algo habrá «mamado» de sus padres.
      En fin, veremos de qué color será el futuro.
      Felicidades por ser como eres, por ver las cosas desde ese otro punto de vista tan humano, tan racional y tan emocional. Vuelvo a repetir lo que dije en otro comentario: Necesitamos más Marlenes en nuestra vida y también en nuestros trabajos. Me hubieras gustado mucho como jefa. Serías exigente, pero a mí me gustaba trabajar.
      Un abrazazo.

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      1. Buenos días Jose.
        Pues si, ¡Qué pena no habernos conocido hace 30 años! Estábamos en los inicios, trabajando en la bajera de la casa de mi hermano y mis padres, luchando por abrirnos camino, aprendiendo muchísimo de mi hermano, el visionario genio de la electrónica. Habíamos llegado con mi marido en 1989 para reunirnos con la familia y participar de este sueño. Te hubiera enganchado el entusiasmo y las ganas de trabajar. Y habrías formado parte del equipo con los primeros integrantes.
        Tienes razón en que «estas son las generaciones del mínimo esfuerzo» y cuando hablas de tu hijo que «algo habrá «mamado» de sus padres», creo que ahí está el tema. La cuestión no es hacerles la vida tan fácil que terminen por no valorar esfuerzo ni nada.
        En cuanto a que te habría gustado como jefa, creo que tienes razón, nos habríamos llevado bien y nos hubiéramos divertido mucho, además de trabajar mucho también.
        Cuando vengas por aquí, te mostraremos Larraioz Elektronika. Además de comer y beber, siendo Ingeniero Industrial, te gustará ver lo que hacemos.
        Un abrazote grandote, amigo.

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  3. Estupenda y modélica historia, Marlen.
    Empresas familiares donde te hacen sentir que tu trabajo también es importante. La relación entre las personas que tanto enriquecen y nos hacen aprender y sobre todo que se alejan de una ambición permanente que pisotea sin miramientos.
    Me ha encantado.
    Un abrazo

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  4. Hola Lola. Me alegra que te haya gustado.
    Creo que, precisamente las empresas que funcionamos así, no promocionamos nuestra forma de ser.
    Pero que ¡haberlas, haylas! No todo es igual de impersonal y miserable en el mundo empresarial.
    Por eso, venciendo el pudor, me permití escribir el comentario.
    Gracias por tus palabras. Un abrazo a ti también.

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