Tierra parda, poca vegetación, sol raquítico y viento, es la Patagonia

Hay viajes en los que uno sintoniza con la historia. Nuestras fotos muestran dónde la humanidad ha vivido escenas impactantes: allí han cortado cabezas con la guillotina, descansan los restos de un filósofo o un escritor que me ha influenciado, han muerto miles de personas por el bien de la humanidad o un tirano ha sucumbido a la derrota.

Pero hay otros destinos donde la naturaleza, el paisaje es el protagonista. A veces son los exultantes verdes tropicales, otras los dorados del desierto, o los azules del mar. Y esos colores nos llevan a un estado de ánimo que puede provocarnos euforia, como si necesitáramos bailar o cantar fuerte para expresar lo que estamos viendo.

La Patagonia argentina nos provoca otros estados. En el Parque Nacional Los Glaciares, el más grande del país, ubicado en la provincia de Santa Cruz, las fotos son para los glaciares, en plural porque son muchos los que se pueden visitar. Incluso se puede caminar sobre el más famoso de ellos, el Perito Moreno. 

Pero estos bellísimos gigantes colosales tienen un marco aún más imponente: la estepa patagónica. No es una llanura verde de cielos azules y soles abrasadores. Es una tierra parda, con vegetación escasa y el sol raquítico del fin del mundo. Y con una presencia constante: un viento poco compasivo.

Siento cómo este paisaje inmenso me envuelve y me pide una contemplación en silencio, como si estuviera en un lugar sagrado.

Dejo para otras entradas del blog, las atracciones más turísticas de la región: San Carlos de Bariloche, sus lagos y su entorno; Península Valdés y su fauna de ballenas, orcas, pingüinos, lobos marinos y delfines; y los azules glaciares del Parque Nacional Los Glaciares.

Esto es apenas una minúscula parte de las 53.446.000 hectáreas que van desde los Andes hasta el Atlántico y, de norte a sur, desde los campos volcánicos de la Reserva La Payunia, al sureste de la provincia de Mendoza, hasta los pastizales del norte de Tierra del Fuego.

Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego son las provincias que conforman dos regiones claramente distinguibles de las zonas adyacentes: “la ecorregión terrestre de la estepa patagónica” y la “de los pastizales patagónicos”.

Millones de hectáreas y una soledad sólo interrumpida por un casco de estancia, protegido por algunos árboles o una casita frágil donde sobrevive alguna familia que debe acercarse al pueblo más cercano para comprar lo más básico. Como Julia y Peirano, que viven a 5 kilómetros de Cushamen. Afuera, ocres incesantes y un cielo plomizo, hojas secas danzando en círculo alrededor del rancho. Adentro, la radio que permite mirar sin ver a través de la ventana, sin hablar, mientras el estofado con algo de carne, papas, alguna zanahoria y zapallo, se termina de hacer sobre la salamandra.

“Tuvimos que cortar los álamos así para tener algo de leña”, dice Peirano cabreado, señalando la hilera mutilada. Alza la voz para protestar que si no fuera por los árboles se habrían cagado de frío. Putea. Repite que estarían cagados de frío y apunta contra el Estado: “No nos están ayudando una mierda y encima nos tratan mal”.

En la radio hablan de “geopolítica”. Ellos no entienden qué es eso. Sólo saben de fronteras que reducen los espacios que antes supieron desandar, sin obstáculos, con sus animales. La Patagonia, con una superficie de 177.000.000 hectáreas, abarca la mitad de Argentina. Tiene potentes recursos energéticos y de subsuelo. Sin embargo, es la región con la menor densidad poblacional del país: poco más de dos personas por kilómetro cuadrado. ¿A quién le conviene que el campo se vacíe?

Julia antes no conocía el pan, de grande supo lo que era el pan, eran muy pobres. Dice que ahora también es difícil y asoman lágrimas en sus ojos tehuelches, pero no caen. Corta la mala emoción con un mate dulce que se sirve «para no decir». Espera dos, tres segundos, ceba otro poco y toma. El Petiso, un gato amarillento que no sabe pelear y renguea lastimado, maúlla pidiendo salir.

Las tierras al norte, al sur y al este del rancho de Julia y Peirano pertenecen a un solo dueño que se repite, a quien jamás conocieron pero oyen nombrar seguido: Benetton. A través de su Compañía Tierras Sud Argentino S.A., el Grupo Benetton es el mayor terrateniente de Argentina. Con las haciendas que poseen en el país, los Benetton suman más de 850.000 hectáreas. Las comunidades de la zona se debaten entre el apoyo a magnates o la restitución del territorio, y otros que no desean actos de violencia pero tampoco están conformes con el comportamiento del Estado.

“Acá Benetton ha hecho una arremetida ecológica con sus plantaciones de pino, que dejan la tierra improductiva y le dan acceso a las hidroeléctricas, a las petroleras y a la megaminería. Antes sobornaban a nuestros padres con alcohol y los explotaban pagándoles con vales; ahora pareciera que la única aspiración posible es que nos empleen en alguna estancia, nos regalen celular, tableta y una campera para que nos quedemos tranquilitos y callados, o nos vayamos”. El que así habla es Daniel Loncón, portavoz mapuche de la comunidad Pu Lof en Resistencia de Cushamen. “Siguen pasando muchas injusticias… Además, el Estado está al servicio de los empresarios”.

Julia nos explica cómo riegan, qué fruto cura la gripe, qué planta ayuda a la vista: “Ahora estamos esperando que la luna haga el menguante para sembrar”. Nos describe su mayor deseo: “Yo lo que quiero más es poder andar las chivitas, trabajar mi tierra y sembrar, porque nosotros sueldo no tenemos, así que tenemos que trabajar la tierra; eso es lo que quiero más yo: comer tranquila”.

Los pobladores mayores de la estepa patagónica sobreviven a su dureza, pero muchos jóvenes (como el hijo de Julia y Peirano) deciden irse. El proceso de despoblación que atraviesa el campo es preocupante.

Don Máximo, padre de Peirano, cuenta: “Es bueno que los demás sepan de nuestra situación, porque acá no nos ve nadie, se olvidan fácil del poblador rural. ¿Usted sabe? Nosotros llegamos a enfardar 70.000 kilos de lana; pero no vuelve más eso, no vuelve más. Solo nos queda el cuento, ¿y para qué nos sirve?”.

“Escasea la leña. Además, tampoco se pueden buscar palos como antes porque está todo privado, así que quemamos ramas de plantas de charcao, calafate, molle. Y bosta de vaca, ¡si no hay otra!”. La temperatura del prolongado invierno sureño desciende ahora a los veinte grados bajo cero. Ramitas de calafate y bosta de vaca contra veinte grados bajo cero.

¿Podrán resistir al olvido los pobladores de la Patagonia?

Todos los cerros guardan, bajo su nombre castellano y un manto de nieve y roca, historias de origen tehuelche y puelche, los primeros habitantes de la región, cuya identidad quedó diluida tras la llegada de los mapuches. El Cerro Fitz Roy, de 3.405 metros, es el emblema de los Andes más agrestes y salvajes. Esta cumbre ofrece un espectáculo imponente al asomar sus crestas y aristas entre glaciares y nubes. A pesar de tener una altura media (no llega a la mitad de la de los gigantes de los Andes) la montaña tiene la reputación de ser de «dificultad extrema». Presenta enormes extensiones de lajas casi verticales, pulidas y resbaladizas sobre las que baten constantemente vientos de enorme fuerza, requiriendo máxima pericia técnica por parte del escalador.

La mítica ruta nacional 40 recorre, al igual que una columna vertebral, la Argentina de norte a sur, desde la Puna jujeña hasta la provincia de Santa Cruz, donde en el Cabo Vírgenes de Río Gallegos está el km.0 y conecta los principales parques nacionales de los Andes.

El Parque Nacional Los Glaciares está junto a la Cordillera de los Andes, donde nace esta inmensidad pardo amarillenta. En estos suelos pobres, de escasas precipitaciones y bajas temperaturas, acosados por heladas durante casi todo el año y con vientos que superan los 100 kilómetros por hora, crecen tenaces algunos arbustos achaparrados y espinosos y pastos duros y ralos.

Vistos así, dejando mucho suelo desnudo alrededor, son una muestra del empecinamiento de la vida que insiste, a pesar de todo, en seguir adelante. Estoy segura que tú también sentirás la fuerza que despliega la naturaleza en condiciones adversas, una buena lección a tener en cuenta.

La Patagonia argentina va muriendo en la indiferencia.

Esta entrada contiene información del artículo “Viento en contra” escrito por Migue Roth, para la revista 5W

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Tierra parda, poca vegetación, sol raquítico y viento, es la Patagonia

  1. Buenos días, Marlen.
    Un impresionante paraíso desconocido para muchos.
    Hablan del olvido y desatención de la zona, pero yo me pregunto ¿No sobrevive como paraíso por eso? En el momento que captara toda la atención del mundo, se lanzarían como vándalos a diezmar sus recursos. Tal vez el hecho de estar tan poco habitado permita que la naturaleza se mantenga tan virgen y pura. Porque, claro, es tan difícil para nuestra «especie» establecer un equilibrio entre uso y abuso.
    Un sitio que me merecería mucho la pena ver in situ, si viajara, claro.
    De momento, me limito a disfrutar con tus notas sobre él y las fotografías.
    Gracias, amiga. Un Abrazo.

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  2. Buenos días Jose (ando tarde para comer, como siempre).
    Sí, tienes razón, tal vez el paraíso sigue siendo «paraíso» porque no llama mucho la atención, porque pasa desapercibido.El tema es cómo se acepta eso cuando vives en un lugar así y te das cuenta que no existes para el gobierno, para tener acceso a ciertas cosas elementales como la salud, la educación o un simple almacén donde comprar lo más básico. Y que, además, los únicos que se han dado cuenta de que ese lugar existe son los espabilados que llegan arrasando todo lo que tiene de especial y maravilloso y nadie «NADIE» se entera, hasta que es tarde y desaparece sin hacer ruido alguno. Enfin, que es muy difícil lograr el equilibrio entre «uso» y «abuso», como bien dices. Y entre propiciar ciertos avances, llevar algunas comodidades y perder el encanto de lo salvaje. Entre intentar que la gente viva un poco mejor u otorgar importantes beneficios económicos a grandes compañías petroleras, mineras… En definitiva, vivir en una tierra como esta ¿es una bendición o una maldición?
    Lo ideal es ir a conocerla, a experimentar la sensación de moverte por una tierra virgen, viajar libremente por sus paisajes, disfrutar las montañas, las costas desiertas, el viento, la noche y hablar con su gente lentamente, a su ritmo. ¡Es un privilegio maravilloso! que no dejaré nunca de apreciar y agradecer por haber tenido la inmensa suerte de haber podido saborear. Pero luego vuelvo a la comodidad de mi casa…
    Gracias por escuchar mis dudas, amigo. Un abrazo grande grande.

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