Attention les banlieues!

Desde la Revolución Francesa, cada tanto, en el país vecino, se producen “émeutes” (revueltas) que llegan a ser noticia de los medios internacionales. Bastillas, guillotinas, barricadas, libertades o falta de ellas, que revolucionan al Pueblo. Si la inseguridad, “noción esquiva, mezcla de realidades e imaginarios”, es una noción politizada desde hace mucho tiempo, la nueva dimensión que adquiere desde la década de 1980 y 1990 se centra principalmente en las “banlieues” (suburbios) de París.

Varios eventos han llevado a la escena político-mediática a redefinir los suburbios como un problema sociológico y no como un tema puramente urbano. Podríamos citar el caso del pañuelo islámico en 1989, el surgimiento de Al-Qaida y otras organizaciones terroristas en la escena internacional, así como los atentados de Charli Hebdo y Bataclan, sin olvidar los disturbios del 2005.

Casi todos estos eventos tienen como punto de unión el Islam. La figura del peligro “anti-republicano”, es ahora la del joven de la ciudad arabo-musulmán, de los jóvenes desempleados actores del narcotráfico, la de “los suburbios donde se fomentan nuevos atentados” o la de los barrios cada vez más “inaccesible para los policías”. La tendencia es que estos discursos provienen particularmente de la extrema derecha, que no ha dejado de centrar el problema de la inseguridad, en el problema de la inmigración “masiva”, que se sitúa geográficamente en las fronteras de la gran ciudad, en los suburbios.

Las banlieues se representan como “un espacio en guerra, salvaje, que hay que pacificar”. Una vez que un medio aborda el tema, se emite la foto del coche que arde… El imaginario de la “guerra civil” o esas “zonas de no derecho” donde la policía ya no se atrevería a aventurarse supone un desorden general, insistiendo en la falta de derecho que constituirían estos espacios, y en la amenaza que conlleva, la prensa incita a “instalar” el derecho y la ley republicana. Impulsado por la ideología colonialista y civilizadora, se trataría entonces de recordar estos comportamientos “primitivos” al orden, en particular mediante el despliegue y el aumento de los dispositivos policiales. Si contribuyen a la estigmatización de los suburbios, este vocabulario participa al mismo tiempo en la representación de la inmigración magrebí en los barrios populares.

Así se vieron las protestas de este año contra la nueva ley previsional de Emmanuel Macron. La norma establecía un aumento de dos años para obtener la jubilación, y prolongaba hasta 64 el requisito de años trabajados para jubilarse. 

Similares fueron las protestas que siguieron a la muerte de un joven de origen inmigrante víctima del gatillo fácil policial, racista y xenófobo. La muerte de Nahel incendió el país y desencadenó varias noches de violencia, saqueos de edificios públicos y saqueos en muchas ciudades de Francia.

Los «30 años gloriosos» de la posguerra europea, los de crecimiento y empleo plenos y constantes ulteriores a 1945, escamotean en su exaltación una mucho menos gloriosa explicación de sus causas: la reconstrucción fue hecha posible por el petróleo barato de los países árabes y el trabajo barato de la inmigración extracomunitaria.

El relato del homicidio policial en la banlieue, en la localidad de Nanterre (que en el siglo pasado había ascendido a una fama global por su modernidad, y por la de su Universidad, y de descollante rebeldía cuando el levantamiento estudiantil del 68). La narración de los hechos y la causalidad en la muerte el 27 de junio pasado, de Nahel Merzouk, un adolescente franco-argelino de 17 años, automovilista que habría omitido detenerse al instante cuando la policía se lo habría ordenado a viva voz, reconocía, explícitamente, un precedente gemelar.

El que encontraba en la crónica de la muerte del afroamericano George Floyd, por asfixia, a manos de una patrulla policial racista, el 25 de mayo de 2020, durante la presidencia de Trump en EEUU. “Crímenes de odio” que movilizaron manifestaciones multitudinarias de jóvenes, multiplicadas en varias ciudades.

La narración de la muerte francesa como castigo extremo a una vida sometida a la discriminación etno-cultural invisibilizó otras realidades que salían a la luz. En los barrios de monoblocks que el estado llama las banlieues, viven 4,8 millones de franceses (el 7% de la población). El 76% de los vecinos del barrio vive en viviendas sociales, hay el doble de familias monoparentales, el doble de inmigrantes, el doble de población joven (la población adulta se va) y el 45% vive en la pobreza frente al 16% del conjunto de la población del país.

Antes en esos barrios estaban presentes el Partido Comunista, la Iglesia Católica, el resto de religiones o asociaciones religiosas. Hoy se han retirado. Las escuelas coránicas no han reemplazado a la instrucción pública laica y republicana (el fundamentalismo vive en las redes), los imanes han llamado a la calma, pero fueron poco oídos. 

Al norte de París, el departamento de Seine-Saint Denis es el más pobre de Francia, y el que cuenta con mayor población migrante. Pero es también el tercero en crear más IVA en todo el país, el octavo por sus aportes a la protección social. ¿Por qué estos números de punta? Porque el desempleo es muy bajo.

Por otra parte, Seine-Saint Denis es el departamento que recibe menor financiación social. Uno de los que más contribuye, porque el sistema de seguridad social y previsional se financia fundamentalmente con el trabajo, es el que menos recibe. La explicación se basa en que la población de este departamento es también, la más joven de Francia. Dos tercios de todos los fondos nacionales franceses de la previsión social, la abrumadora mayoría del presupuesto social, se destinan al pago de jubilaciones y pensiones y a la salud de las personas de más de 60 años: 500 mil millones de euros por año de redistribución.

Medio siglo después del fin de “los Treinta Gloriosos Años” (periodo de 30 años transcurridos entre 1945 y 1975 aproximadamente, desde el final de la II Guerra Mundial hasta el comienzo de la crisis económica, en los que los países de Europa Occidental experimentaron un enorme desarrollo económico y social), este es el precio de la reconstrucción francesa.

¿Y cómo intentar modificar la vida de estas personas que son muchas pero que no son excepcionales?: franceses de una inmigración más o menos reciente, de diversas procedencias, de diversas generaciones, en diferentes situaciones, junto a una minoría de franceses de más larga data.

Podríamos intentar entender lo que les sucede: los problemas de acceso a la vida laboral, la precariedad, la orientación escolar de los niños, las aspiraciones, la inseguridad ciudadana, la formación de lazos comunitarios (cuanto más pobres económicamente son los individuos, más aislados socialmente están, más se cierra el universo de la sociabilidad al lugar de residencia, el desempleo y la precariedad reducen la diversidad de las relaciones sociales, pero dan lugar a diversas formas de ayuda mutua, especialmente en lo que se refiere a la vida cotidiana y a la economía doméstica.), la discriminación racial, “los pies en la precariedad económica y la cabeza en el universo cultural de las clases medias”. Eso no significa que sean de clase media. No lo son ni en términos de estatus profesional, ni en términos de comportamiento.

Entenderíamos un poco mejor por qué algunos lo hacen mejor que otros, por qué algunos están tan enojados y otros menos. Esa sería la apuesta al menos. Y si al final no entendiéramos mejor, al menos habríamos vivido este tiempo con ellos, lo habríamos intentado, y habríamos demostrado que estas banlieues están habitados por personas con vidas complejas que se parecen a muchas otras vidas. Y cuando los suburbios resurgieran con motivo de disturbios, no tendríamos la impresión de desembarcar en tierra desconocida.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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