“Nieve negra cayó sobre Sarajevo, oscureciendo el cielo del mediodía con cenizas del millón y medio de libros que ardían en lo que una vez fue la Biblioteca Nacional”. Phil Cousineau - "Memoricidio". De Night Train, 2004
El genio humano, luces y sombras de un espíritu fluctuante, es capaz de producir las obras más excelsas y las acciones más degradantes. Es tan capaz de crear como de destruir. El «memoricidio» no es sino un ejemplo perfecto de esto último.
Asesinar gente es el mayor crimen, por supuesto. Pero matar la memoria de un pueblo, preservada en sus registros, es el segundo peor crimen, una forma de genocidio. La destrucción de la memoria no siempre se enmarca en acciones de fuerzas mayoritarias o en conflictos bélicos. En muchas ocasiones, se trata de simples actos de odio.
Domingo, 25 de agosto de 1992. Durante toda la noche, los tiradores del líder ultranacionalista serbio Radovan Karadžić, emplazados en las colinas que circundan la ciudad de Sarajevo, apuntaron sus lanza-granadas, en forma totalmente intencionada, contra la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia y Herzegovina, que incluía, entre sus colecciones, los fondos del Archivo Nacional. El fuego que se inició quemó el edificio hasta los cimientos y con él, desaparecieron todos los documentos que contenía.
Se desvanecieron, convertidos en copos de ceniza, unos 700 manuscritos e incunables, más de 600 títulos de publicaciones periódicas bosnias (algunas de ellas mantenidas desde inicios del siglo XIX), además de los catálogos, valiosa información que permitía saber qué títulos estaban incluidos entre los fondos.
Sólo un 10 % de los documentos escapó a la destrucción. Los restos ennegrecidos de todo lo demás, de un valor cultural e histórico incalculable, flotaron sobre la ciudad durante los días siguientes.
Tres meses antes, el 17 de mayo, las granadas incendiarias habían sido dirigidas contra el Orijentalni Institut (Instituto Oriental), en la misma Sarajevo. La destrucción fue total. Se perdió una de las más grandes colecciones de manuscritos islámicos de Europa, incluyendo decenas de miles de documentos de la era de dominación Otomana y más de 5.200 manuscritos en árabe, persa, turco, hebreo y alhamijado (o adzamijski), la grafía arábiga empleada para escribir la lengua bosnia.
No fueron los dos únicos casos. Más de 195 bibliotecas fueron atacadas en territorio bosnio, incluyendo los Archivos de Herzegovina, la Biblioteca del Arzobispado Católico Romano de Mostar y la del Monasterio Ortodoxo de Zitomislic.
Los blancos atacados no eran militares. Eran objetivos claramente civiles, que fueron destruidos como parte de la campaña de “limpieza étnica” lanzada por el ejército serbio durante la Guerra de Yugoslavia (1992-1996). Ya desde sus inicios, la violencia de este conflicto bélico ocasionó severas pérdidas en edificios y colecciones de numerosas bibliotecas croatas en Zagreb.
La guerra no implica solamente apoderarse de bienes, personas y territorios: también necesita borrar la memoria del oponente, sus recuerdos, las razones que sustentan su identidad y lo empujan a resistir, a luchar, a vivir. En este sentido, la destrucción de bibliotecas, museos y archivos no sólo es un objetivo de guerra: es una estrategia de destrucción.
Tras el brutal ataque a la Biblioteca Nacional en Sarajevo, el médico e historiador croata Mirko D. Grmek acuñó el término «memoricidio» para definir la destrucción intencional de la memoria y el tesoro cultural del “otro”, del adversario.
“Sabemos que la pérdida de la memoria hipoteca el futuro. Quien no pueda aprender del pasado queda condenado a aceptar el futuro sin poder imaginarlo”. Eduardo Galeano (Escritor uruguayo)
Narraciones, documentos, archivos: la memoria es cultura compartida, arena de confrontación entre diversos puntos de vista y apreciaciones, y marco social que orienta y refuerza los recuerdos y posturas individuales, tal y como señala el italiano Paolo Montesperelli en su “Sociología de la memoria”.
Sin memoria, nada puede funcionar. En un relato clásico de Voltaire, los filósofos Descartes y Locke discuten, en acalorada controversia, acerca de la importancia de los recuerdos. Para dirimir la encendida contienda intervienen las Musas –hijas de Mnemósine, la diosa de la memoria- quienes realizan un experimento: cancelan, durante unos días, toda forma de recuerdo. La humanidad, como es de suponer, queda sumida en un impresionante caos. La gente olvida desde las nociones más elementales hasta sus inhibiciones, pero, sobre todo, pierde sus motivos para vivir y sus proyectos futuros, basados, evidentemente, en su historia y sus experiencias pasadas.
Destruir la memoria significa despojar a un individuo o a un grupo, de su principal herramienta para darle sentido a su presente, pues el ser humano necesita extraer de su pasado las respuestas necesarias para comprender su actualidad y actuar en la construcción de su porvenir.
La imposición de amnesias colectivas se ha logrado, a lo largo de la historia, mediante la eliminación de los documentos escritos conservados en bibliotecas y archivos. Estas instituciones han sido, desde el amanecer de los tiempos, las principales administradoras de la memoria humana, y los profesionales que las administran, verdaderos gestores de recuerdos.
Pero debe tenerse presente que este acervo invaluable –fuente de identidad, garantía de diversidad cultural- es sólo una pequeña parte de toda la información mantenida por las distintas culturas a lo largo del planeta. Lo escrito es, como señalara Sócrates, sólo un pálido reflejo del principal conjunto de conocimientos del ser humano. El principal reservorio de historias y saberes es la propia mente del hombre. Y debe tenerse presente que tal acervo intangible –del cual bibliotecas y archivos se ocupan escasamente- también es atacado, borrado y destruido: presiones, aculturación, ejecuciones étnicas masivas, prohibición de lenguas e imposición de rasgos extraños, asesinatos de libros vivientes y referentes culturales, discriminación…
De una forma u otra, el atacante, el vencedor o el dominador busca eliminar la identidad del vencido, el minoritario o el dominado. Cuando las fuerzas del Khmer Rojo tomaron el poder en Camboya (1976-1979) asumieron una política de destrucción sistemática de toda la antigua cultura “corrupta”. Fruto de tal decisión fue la destrucción de la Biblioteca Nacional en Phnom Penh, cuyos fondos fueron esparcidos en la calle y quemados públicamente. Se estima que sólo un 20 % de las existencias escaparon a la incineración (incluyendo los famosos manuscritos de hojas de palma) y que tales sobrevivientes probablemente sufrieron severos daños posteriores debido a las malas condiciones de conservación y manejo.
Desde las destrucciones masivas de la dinastía china Qin al célebre caso de la biblioteca de Alejandría y desde los manuscritos mayas quemados por el obispo español Diego de Landa a los textos clásicos perdidos en el África subsahariana, la historia está tristemente plagada de este tipo de acciones. Podría pensarse que el siglo XX, tiempo de evolución y desarrollo, no sería testigo de tales barbaries.
Nada más lejos de la realidad.
“El vencido no es aplastado del todo si conserva el recuerdo trágico de su lucha” Juan Goytisolo Escritor español. Diario El País (España) 14/04/2002

La Biblioteca de Sarajevo fue incendiada el 26/8/1992 

Desaparición de la ornamentación tras el incendio 
El Violoncelista Vedran Smailović tocando en medio de las ruinas
La aniquilación cultural, el memoricidio, pretende borrar cualquier vestigio de un pueblo o nación. Por eso resulta tan devastadora. Buena entrada! Un abrazo!
Hola lady_p.
Sí, el memoricidio pretende borrar los recuerdos de un pueblo. Y al hacerlo, borrar a un pueblo completo, porque un pueblo al perder su memoria, pierde todo su pasado.
Un abrazo.
Buenos días, Marlen.
Evidentemente, los actos más degradantes son los que actúan directamente sobre otros seres humanos. Por eso nos impactan, entristecen y horrorizan todas las imágenes de las guerras. O al menos deberían, porque hoy en día todo se vuelve costumbre y hasta estos crímenes políticos, sociales, ideológicos, religiosos…, tienen caducidad. Muchos ya no se acuerdan de lo que sigue pasando en Ucrania.
Pero ver quemar un libro es uno de los actos más tristes que se pueden contemplar. Al menos, para los que los amamos.
Por eso me parece tan importante la novela «Fahrenheit 451». Porque narra maravillosamente dos puntos importantes: La agresiva destrucción de la cultura, la memoria, la libertad escrita (además, por un colectivo que invierte terriblemente su forma de actuación); y la pasiva, pero inconformista rebeldía de los amantes de los libros, los que los memorizan para un futuro esperanzador (parece una dulce metáfora de la digitalización que se quiere hacer hoy en día).
La memoria es importantísima porque nos muestra lo vivido, tanto por nosotros como por los que nos precedieron. Por eso los amantes del odio se empeñan en destruirla, para que no seamos capaces de reconocer nuestros errores reiterados.
Sin embargo, mucho me temo que, con libros o sin libros, la memoria de la Sociedad dejó de ser un instrumento de aprendizaje para convertirse en una ficción despreciada, para poder seguir cometiendo los mismos desmanes una y otra y otra y otra vez.
Nos estamos convirtiendo en una especia sin memoria; además de sin empatía. Nos da igual lo que pase lejos de nuestro entorno, si creemos que no nos afectará.
Siempre me viene a la memoria el poema de Martin Niemöller «Primero vinieron…» (Aquí un enlace para los que no lo conozcan: https://es.wikipedia.org/wiki/Primero_vinieron%E2%80%A6); aunque yo lo recuerdo de una película en dónde se hacía referencia a las distintas profesiones.
Creo que a muchos les asusta más un libro que una pistola.
Y aquí paro, que me posee el espíritu contador argentino de la anfitriona. 😜😂
Muchas gracias por recordarnos estas cosas, amiga. Nos creemos que avanzamos cuando estamos andando de espaldas.
Un Abrazo calido, pero sin fuego. 🤗😊👍🏻
Hola Jose.
Gracias por tu comentario. Tienes razón, nos horrorizan los actos más degradantes, los que actúan directamente sobre otros seres humanos. (Aunque también es cierto que nuestra memoria está en relación directa con los km que nos separan de la tragedia). Pero ver quemar un libro te estruja el corazón. Lo sé porque era una práctica común en tiempos de las dictaduras argentinas. Y volvía a casa angustiada, forrando y cambiando tapas, intentando encontrar el mejor escondite para no perder ninguno.
También tienes razón en que nos estamos convirtiendo en una especia sin memoria, además de sin empatía. A las tiranías, a los extremismos, no les conviene que el pueblo piense, que saque sus conclusiones. Y decir «libro» significa decir «memoria», decir «reflexión» y «libertad». «Un libro asusta más que una pistola» y tienen razón en creerlo: tiene mucho más poder.
Ojalá la digitalización que se está haciendo en muchos países (los fondos de la maravillosa Biblioteca Nacional de Buenos Aires se comenzarán a digitalizar muy pronto) resulte una forma de preservarlos. Aunque uno se pregunta si será un método fiable para no ser destruídos.
Gracias por recordar a «Fahrenheit 451» y al poema que yo aprendí con la autoría de Bertolt Brecht y que luego Cipe Lincovsky nos repetía infinitas veces. Eran épocas significativas para apelar a los indiferentes.
Me alegro que ese espíritu contador y rebelde siga tan vivo como para viajar hasta Cádiz, y Buenos Aires, Ucrania, Gaza, Siria, Senegal, Afganistán y tantos lugares como me gustaría que llegara.
Un abrazo combativo, sin armas pero llenos los brazos de libros.
Estimado Marlen.
Hoy he escrito sobre la importancia de escuchar a nuestro corazón.
https://noscetipsum.wordpress.com/2023/11/30/corazon/
Espero tu lectura y comentario, si lo consideras oportuno.
Feliz día consciente 🙂
¡Hola, Trujamán! Y lo terrible es que no hay cultura, pueblo o ideología política que se libré de esta infamia. Podemos pensar en regímenes autoritarios, pero la llamada cultura de la cancelación, que parte de ideas progresistas y bien intencionadas, significa lo mismo. Borrar nuestro pasado es borrarnos a nosotros mismos. Nada me revuelve el estómago como esas escenas de quema de libros, de museos, de derribo de monumentos… es repugnante.
Y esto es ahora, no quiero imaginar cuando la vida sea digital. Ahora tienes un libro físico y es inmodificable, un tesoro y testimonio de una época. Cuando todos los libros sean digitales y baste con un clic para cambiar el contenido, es posible que ni siquiera nos demos cuenta. Me viene a la mente ese 1984 donde el protagonista se dedica a modificar noticias al modo tradicional, imagina todos con nuestra biblioteca digital y el tipo que ofrezca el servicio decida cambiar párrafos de su contenido.
En fin, una de las mayores infamias, por si no lo he dicho ya… Un abrazo!
Hola David.
Mientras leía tu comentario, recordaba una noticia que leí hace un tiempo y me dejó con pesadillas recurrentes que aún me atacan. De acuerdo a esta noticia, en una escuela española se habían reunido los maestros y profesores y habían decidido retirar de la biblioteca una parte importante de los libros (aproximadamente un 30%). ¿Por qué? Porque, según ellos, esos libros son tóxicos. Y ¿por qué son tóxicos? Porque reproducen patrones sexistas. O sea que una parte importante del volumen total de libros de la biblioteca dejaron de estar disponibles para la lectura infantil. No se les ocurrió explicar a los niños que toda obra es testimonio de una época y puede ser que ya no corresponda con un modo de ver la realidad en la época actual. Simplemente, los desterraron de la biblioteca.
No hace falta que lleguemos a una época totalmente digital, para cambiar el contenido de un libro o para directamente hacerlo desaparecer. ¡Ya lo estamos haciendo ahora! Lo que en esta época hace falta, no es quejarnos del avance de la tecnología. Hace falta hacer entender a todos, especialmente a maestros y profesores y responsables de educar a las nuevas generaciones, que no debemos tratar a los seres pensantes (niños o adultos) como idiotas, porque son capaces de entender lo que se les explica, sin necesidad de quemar los libros para que no sean leídos.
Estoy de acuerdo contigo, una de las mayores infamias es la quema de libros, de museos, de derribo de monumentos… el memoricidio. Luchemos todos por evitarlo.
Gracias por tu comentario. Un gran abrazo. Marlen.