El casco mágico

,- A mí no puede pasarme nada con mi casco mágico, me dijo mientras se ponía en la cabeza un escurridor de verduras viejo oxidado.

.- ¿Y para qué sirve el casco mágico?

.- Para no dejar pasar las palabras feas.

Como apenas un rato antes, lo había escuchado llorar amargamente en su habitación, quise indagar un poco más en lo que había sucedido.

.- Es que los chicos me dicen cosas.

.- ¿Y qué cosas te dicen los chicos?

.- Me dicen cabecita negra. Y que no puedo jugar con ellos. Pero mi abuela me regaló mi casco mágico, para protegerme.

Se supone que los niños siempre dicen la verdad, pero a veces son muy crueles y discriminan a otros por prejuicios ajenos.

Lo cierto es que eso de “cabecita negra” es una denominación nacida en los años cuarenta en Buenos Aires, para nombrar a los migrantes internos de origen mestizo o indígena, provenientes de las zonas rurales de las provincias del noroeste del país, con el fin de trabajar como obreros en las fábricas de la capital, a causa del proceso de industrialización que estaba en fuerte expansión.

Una expresión peyorativa con connotaciones racistas, despectivas, clasistas y políticas, que se suele utilizar para las clases sociales más bajas. El término tiene su origen en la migración de varias subespecies de un ave típica de América del Sur, el “Jilguero Encapuchado” que tiene la cabeza más oscura que el cuerpo y suele migrar desde Perú hacia el sur, hacia Argentina.

La familia de Juancito había llegado al barrio hacía poco tiempo. Eran del interior, del norte argentino.

Buscando trabajo, como tantos otros, habían viajado a la capital. Alquilaban una habitación en la casa grande, al lado de la nuestra. Su padre hacía changas y su madre vendía verdura con un canasto, en la entrada del mercado.

Su abuela, sabia inventora del casco mágico, cuidaba a los tres niños y pocas veces salía a la calle.

Era una de esas viejitas de edad indefinida y sapiencias ocultas, que vestía con polleras de colores y un sombrero de fieltro gris.

Sospecho que no salía a la calle, porque a ella también iban dirigidas palabras feas. Tal vez su sombrero tenía el mismo efecto que el casco mágico de su nieto. Porque las pocas veces que la vi, iba con la cabeza muy erguida y con un halo de nobleza que la envolvía.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “El casco mágico

    1. Hola Alma Leonor,
      Es cierto, a veces estamos tan en lo nuestro, que no nos damos cuenta del daño que puede hacer una actitud, una palabra. Sobre todo a los niños. Por suerte, hay seres sabios que andan a nuestro alrededor, a quienes deberíamos escuchar un poco más.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.
      Marlen.

  1. A veces, con una sencilla idea como la que narras en tu relato, se le puede dar una felicidad adicional o un sosiego tranquilizador a alguien que lo necesite; tan solo basta dedicar un poco de tiempo para pensarlo. Vale la pena.
    Felicidades Marlen, porque me ha encantado la ternura de esta narración.
    Un abrazo.

    1. Hola Daniel.
      Tienes razón. A veces las cosas son más sencillas de lo que pensamos. Un ratito imaginando una solución a cambio de una cara de felicidad que no se paga con nada.
      Me alegro que te haya gustado el cuento. Gracias por comentar. Un abrazo.
      Marlen

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