Los niños no son cortos de entendederas, sólo de edad

Una de las ventajas de tener niños cerca, es proporcionarnos pretextos para releer libros que teníamos ya archivados en nuestra memoria. Pero cuando nos embarcamos en una obra como “Les Malheurs de Sophie” (Las desgracias de Sophie) de la Comtesse de Ségur, con una niña a la que le encanta jugar a Roblox, Fortnite, Clash Royale, Minecraft o Pokémon Go, tenemos algunos temores: ¿va a funcionar? ¿Qué encontrará allí? ¿No voy a contaminarla con una moral donde el sexismo y la aristocracia compiten con las burlas y el racismo?

Primera constatación: ¡funciona! Es más, la pasión es tal, que es necesario dejar de lado otros juegos para seguir leyendo.

Y si esto es así, es porque la Comtesse de Ségur, como tantos otros autores de lo que hoy llamamos “literatura clásica” saben contar historias al nivel de los niños. Esto significa que cuentan episodios de la vida a través de acontecimientos que tienen interés. Y que no es necesario salvarlos de la contaminación de hechos y costumbres que, afortunadamente, ya hemos superado. Lo único que debemos hacer es hablar con ellos y, explicación mediante, darles acceso a todo lo que pueda interesarles.

La censura ha existido desde que la cultura es cultura y el arte es arte en cualquiera de sus acepciones: literatura, música, pintura, cine, etc… Pío IV ordenó “adecentar” los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Y, por supuesto, sigue existiendo hoy en día. Si utilizas habitualmente el servicio streaming de Disney+, debo contarte que, en muchos casos, el contenido se ha censurado. Una gran variedad de obras, tanto nuevas como clásicas, no están disponibles tal y como las recuerdas. Es que a pesar de que, en su día, el éxito de Walt Disney fue precisamente incluir en sus películas de animación escenas levemente terroríficas con brujas, ogros y lobos feroces, lo que entusiasmaba a los pequeños lectores y espectadores. Pues los ortodoxos de hoy prefieren evitar cualquier expresión que a ellos les parezca conflictiva, aunque a ningún niño sano le produzca el menor conflicto.

A ver, ¿qué niño no prefiere la bruja a Blancanieves?

Debo reconocer que no me atrevo a hojear algún ejemplar de Tintín. Prefiero no leer lo que esa pandilla de mojigatos habrá hecho con las divertidas y extravagantes interjecciones injuriosas que profiere a cada paso el capitán Haddock.

Las justificaciones a esa censura han sido tan variopintas como ir en contra de unos determinados valores, ser perjudicial para los niños o los ciudadanos en general (como si estos fueran tontos y no supieran distinguir el grano de la paja) y las versiones edulcoradas de “porque yo lo mando” que se os puedan ocurrir.

Ciertas historias se esconden bajo la alfombra: “No, ese cuento no se los cuento” o “yo le cambio la parte de…” o “es que no lo van a entender” o “es demasiado fuerte para ellos, ¡qué necesidad tienen, con lo pequeños que son!”. Así hasta el infinito, porque el uso de los eufemismos se multiplica.

Los que editan para un público infantil/juvenil, y los padres que quieren ser “buenos padres” y no perjudicar a sus infantes, suelen creer que los niños y adolescentes no son cortos de edad sino de entendederas. La doctrina de esos adoctrinadores es que a los menores hay que dárselo todo masticado y ahorrarles sobresaltos y tener que pensar.

La verdad es que se puede ejercer la censura de muchas maneras. Las personas adultas estamos censurando, continuamente, las lecturas de la infancia. Eligiendo unos y no otros títulos ya estamos ejerciendo una censura. Porque, como en casi todo cuando hablamos de infancia, partimos de una situación de poder y de desigualdad: la infancia no tiene generalmente, posibilidades económicas de elegir sus libros.

Blanqueada, limpia, despojada, sin fisuras ni esquirlas, sin recovecos ni zonas de sombras, sin palabras difíciles. Que sea, por supuesto, educativa y emocionalmente ejemplar. Y que, además, venda. Más que literatura parece que queramos un manual de lavadora que nos sirva para manejar a la infancia.

Los tipos de censura se multiplican en escuelas, casas y redes sociales. Y se argumentan con ridículas ideas que abarcan temas como la sexualidad, las emociones, el género, la religión, el… (añade tú mismo cualquier susceptibilidad).

“Alicia en el País de las Maravillas”, de Lewis Carroll, fue prohibido en 1931 en una provincia china porque se consideró que era inadmisible considerar a animales y humanos al mismo nivel, puesto que los primeros podían hablar y comportarse como personas (como si esto fuera positivo en sí mismo…)

Las obras de la saga Harry Potter, de J.K. Rowling, tuvieron problemas en distintos países como Arabia Saudí e incluso Estados Unidos y Canadá, con acusaciones como la promoción de la brujería o por considerar a Harry Potter como el mismísimo diablo.

En 2015 el alcalde de Venecia, prohibía unos 50 libros infantiles usados en guarderías y escuelas infantiles con la excusa de ser obras que trataban temas que no deben ser tratados en la escuela, sino en la familia.

Algunos de esos libros eran los de Leo Lionni, un importante diseñador gráfico, pintor, ilustrador y creador de libros infantiles como Piccolo Blu e Piccolo Giallo, entre otros. Lionni, fallecido en 1999, lanzó ambos libros en 1959, siendo considerados como unos de los primeros libros de arte para niños. Mediante personajes creados con manchas de color o collages, trató temas un tanto controvertidos en aquel momento, tales como el racismo.

Irónicamente, ese mismo alcalde organizó talleres para niños en 2009 con motivo del cincuenta aniversario del lanzamiento de ambos libros, por lo que cabe preguntarse por el verdadero motivo de la censura.

Pero estos no son ni probablemente serán los únicos casos de censura en obras infantiles y juveniles (y en la literatura en general), por lo que conviene recordar otros casos de prohibiciones. Los “Cuentos de los hermanos Grimm” fueron prohibidos en algunos colegios por contener excesiva violencia o por sus connotaciones antisemíticas, entre otras cuestiones.

Obras como “Charlie y la fábrica de chocolate”, o “James y el melocotón gigante”, de Roald Dahl, fueron prohibidas por alentar el consumo de drogas y la violencia. ¡Ja, casi nada!

Hace un año, la empresa dueña de los derechos de autor de Roald Dahl en su versión original, anunciaba su intención de modificar parcialmente las obras del autor. ¡Sí, lo estás leyendo bien, la intención era adaptar su redacción a la sensibilidad contemporánea, hacerlas más inclusivas, a efectos de asegurar que pudieran continuar siendo disfrutadas por todos!

Matilda ya no navega junto a Joseph Conrad, no viaja a África con Hemingway o a California con Steinbeck. En la edición moderna, comparte vivencias con Jane Austen y con Emily Brontë.

¿Pero se puede reescribir cualquier obra por personas ajenas al autor, sin su consentimiento, incluso tras su fallecimiento? Finalmente se llegó a un acuerdo para mantener las dos versiones: la original y la “limpia y apta para ser leída por los niños”.

Cientos de estadounidenses mostraron su rechazo contra el álbum ilustrado “Con Tango son tres” (del sello Kalandraka) por retratar a una familia no tradicional. En el zoo de Central Park de Nueva York, Tango fue el primer pingüino que tuvo dos papás. Una familia diferente que nada, salta, juega en el estanque y es feliz.

Existen montones de ejemplos más, algunos como hemos visto en épocas muy cercanas, por lo que yo no caería en la tentación de pensar que estas cosas sólo pasaban en otros tiempos con menor amplitud de miras o con menos tolerancia hacia la libre circulación del conocimiento.

La interpretación literal y superficial, la falta de comprensión lectora, la falta de profundidad en los análisis… todo eso es lo que sucede en estos casos. Pero, sobre todo, la poca confianza en la infancia y un menosprecio constante a su inteligencia.

También se veta la lectura de ciertos libros porque generan pensamientos y estereotipos machistas. Entonces, dejándose llevar por la moda y por corrientes falsamente feministas, se crean colecciones de “libros para niñas rebeldes”, “para niñas que saben volar”, para “niñas que son aventureras”, “princesas que se tiran pedos o que se aburren”, “niñas que”…  ¿de verdad eso no perpetúa el estereotipo?, ¿no volvemos a victimizar a la niña-mujer como responsable de no “ser capaz de…” o “no ser suficientemente rebelde”? ¿No es, acaso, la misma cosa que acusar a la víctima por “no haberse alejado”, “por ir vestida de una determinada manera”?

Sólo queda esperar a que aquellos con tentaciones censoras comprendan que normalmente, esas connotaciones negativas e incluso peligrosas de los libros, sólo existen en sus mentes, puesto que los niños han demostrado en múltiples ocasiones que tienen una visión de las cosas mucho menos distorsionada y enrevesada que los adultos.

Cada uno de nosotros debe tener una actitud consciente, que se aleje de la mediación conductivista que hace que hoy, todos los libros tengan que servir para un fin políticamente correcto y ser pedagógicamente blancos, evitar que se conviertan en instrumentos para hacer que la infancia piense, se comporte o llegue a unas conclusiones previamente establecidas, pactadas y conducidas por los adultos.

La literatura, estoy convencida, debe ser libre, hermosa, fuerte, y, por supuesto, con sus pasajes incómodos, que nos hagan crecer como humanos y reconocernos, también, en nuestros propios rincones oscuros.

Desde este pequeño txoko, reivindico la libertad de creación en cualquier faceta artística, por muy políticamente incorrecta que pueda resultarles a quienes (sean poderes políticos, económicos o grupos de presión) han asumido esa visión simplista que se nos vende.

Quiero educar a niños y adolescentes enseñándoles a sentir, a gozar y padecer, a criticar y a admirar, no anestesiándolos para que no levanten la voz y parezcan bien domesticados.

Quiero buscar la manera de que los niños tengan al alcance esos libros “prohibidos” en su versión original. Los leería con ellos…

Contra la barbarie, resistencia y lucha.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Los niños no son cortos de entendederas, sólo de edad

  1. Estoy muy de acuerdo contigo. Y no solo en cuanto a libros infantiles, también estamos asistiendo hoy a censuras (y autocensuras) en obras de arte, tanto por sus imágenes como por sus títulos, incluso adaptaciones de obras clásicas con una intención actual que no era la original. Aunque se suele decir que eso ha pasado siempre sin que nos hayamos molestado en criticarlo (los cuentos infantiles que todos conocemos no se parecen en nada a los originales de los hermanos Grimm), también es cierto que pecamos hoy de un exceso de «verosimilitud», y estoy pensando en las críticas feroces que se suelen verter contra películas (Troya, Gladiator, la más reciente de Napoleón), por su supuesta falta de rigor histórico. Ni esas películas, ni los cuentos, ni ninguna otra expresión artística es otra cosa que una forma idealizada de la realidad vista por los ojos de un artista. El problema es de los ojos que la contemplan, o la leen.

    AlmaLeonor_LP

    1. Hola Alma Leonor,
      como diría Jose (JascNet), los «ofendiditos de siempre» nos joroban la vida, o por lo menos, lo intentan. Porque la censura pulula en todos los ámbitos. Y, si bien siempre ha habido censura, pareciera que al tener más facilidades para informarse e informar al mundo lo que uno piensa, aprovechan para tratar de imponer su modo de ver la vida, y lo que está «bien» o lo que está «mal».
      Y, como bien dices, el problema no está en los ojos que contemplan la obra artística, el problema está en las mentes que juzgan por nosotros, seamos niños o adultos, lo que nos conviene o no.
      Gracias por tu comentario. Saludos.
      Marlen

  2. Hola, Marlen.

    Añadiendo lo que le has comentado a AlmaLeonor, diré que los censores están agilipollando a los niños.

    Las estúpidas y cada vez más estrechas mentes de algunos adultos, con poder para decidir, harán de las futuras generaciones unos tontos asustadizos de cualquier cosa que quiera mostrarles la realidad. Se les está intentando meter en un tarro aislante, como un simple insecto, del que muchos no querrán salir.

    Luego, se quejarán de que los niños no son capaces de afrontar los problemas. De que se rinden a las primeras de cambio. De que cada vez sean más débiles. Teniendo en cuenta que a esto de la censura se une el darles de todo, desde bebés, sin que necesiten pedirlo o trabajar para conseguirlo, el combo es horroroso y muy peligroso.

    ¿Tan difícil es entender que no hay que evitarles las escenas «duras», sino estar con ellos, acompañarles y explicarles lo que está bien y mal? Conocer para entender y valorar.

    Y, bueno, la censura para adolescentes y adultos ya ni la comento. Nunca sabrán lo que se pierde.

    Dando un pasito para adelante y cuatro para atrás. Lo mismo le damos la vuelta al contador del mundo.

    Muy buen artículo, amiga. Ojalá sirva para abrir las mentes. FIRMO LOS ÚLTIMOS PÁRRAFOS.

    Abrazo grande.

  3. Hola Jose.

    Tienes razón, los censores están agilipollando a los niños. A veces, esos censores tienen las mejores intenciones, a veces los padres, los maestros, sólo quieren lo mejor para los niños y, creyendo que son incapaces de pensar, comparar, decidir qué les gusta y qué no, elegir con qué se quedan, pues hacen lo más fácil, deciden por ellos. Así los «protegen», sin darse cuenta del error que están cometiendo. A veces, y no digo que siempre, actúan por ignorancia y no por interés. Es que, a ser padres no se enseña. Se supone capacidad reflexiva y sentido común a todos los humanos. Y en esto, nos equivocamos.

    Y por supuesto, también estoy de acuerdo en que «Teniendo en cuenta que a esto de la censura se une el darles de todo, desde bebés, sin que necesiten pedirlo o trabajar para conseguirlo, el combo es horroroso y muy peligroso.» ¡Muy peligroso! ¿Sabes algo últimamente de tus amigos extraterrestres? Cualquier cosa, me avisas, no ocupo demasiado espacio y me conformo con poca comida. 🤣😂🤣

    Gracias, como siempre, por tu comentario. Un abrazo grande y desinformado (recetado por salud mental).

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