La playa de Argèles-sur-mer

Actualmente nos solidarizamos con las historias de refugiados sirios, ruandeses y palestinos, pero en España sucedió exactamente lo mismo y el olvido aún lastra esa parte de nuestra historia. Parece que, avergonzados, no queremos reconocer que cientos de miles de compatriotas fueron encerrados durante meses, en condiciones infrahumanas, en improvisados campos de concentración en las playas del sur de Francia, sin que la mayoría de nosotros sepa lo que allí sucedió y sin que los poderes públicos hayan decidido tomar alguna iniciativa de resarcimiento y reconocimiento.

Los españoles también escaparon formando columnas interminables de personas que se arrastraban por las carreteras llevando consigo las pocas pertenencias que habían podido salvar. Un colchón, una manta o una maleta que contenía una vida entera.

La II República española comenzaba a extinguirse bajo el fuego de aviones que perseguían a sus supervivientes para atacarles en la retirada hacia los pasos fronterizos y campos de refugiados en los que morían como moscas, ante la pasividad de quienes debían ayudarles.

29/12/1938 Refugiados en la frontera

Frío, nieve, miedo, derrota, incertidumbre, recuerdo de todo lo vivido a lo largo de tres años de guerra y el adiós definitivo a su país, de tantos hombres, mujeres, ancianos y niños. Duras sensaciones las de aquellos republicanos que terminaron encarcelados, de los que tan poca gente se acuerda y que murieron en silencio, llevándose consigo una parte vital de la historia de España.

Entre febrero de 1939, fecha de apertura del primer campo de internamiento, y mayo de 1946 fecha del cierre del último, unas 600.000 personas fueron encerradas, no por sus delitos o los crímenes que hubieran cometido, sino por el peligro potencial que representaban para la sociedad.

Argelès-sur-mer es hoy un pueblo que se dedica al turismo de calidad. Un turismo de gentes que pueden permitirse pagar grandes sumas de dinero por escapar del bullicio de la gran ciudad y descansar en la naturaleza, de las rutinas de la vida diaria. Se ha convertido en un gran centro turístico del sur de Francia, en torno a su inmensa playa mediterránea. Varios kilómetros de finas arenas blancas y vientos permanentes donde se practica el windsurf, sin que nada delate lo que allí sucedió.

El campo de refugiados de Argelès-sur-mer funcionó del 30 de enero de 1939 al 19 de noviembre de 1941.

El paso de la frontera empezó el 5 de febrero de 1939 y se realizó principalmente a través de los pasos fronterizos de La Junquera y Portbou, por donde salieron cientos de miles de refugiados, además de los restos del gobierno republicano y de la 130ª Brigada Mixta del Ejército Popular Español.

Hasta el 15 de febrero ingresaron oficialmente en el departamento francés de Pirineos Orientales (que entonces contaba con unos 230.000 habitantes), un total de 353.107 personas, sobre todo a pie, familias enteras con todas sus pertenencias, que no habían tenido la posibilidad de escapar de otro modo, soldados que habían combatido en el Frente del Ebro y miembros de las Brigadas Internacionales que, por motivos políticos, no podían volver a su país de origen.

Cuando las autoridades francesas comprobaron la magnitud del éxodo, la catástrofe humanitaria era ya inevitable. Una larguísima fila de soldados harapientos con las armas al hombro y la ira reflejada en la mirada, de mujeres desoladas, de ancianos taciturnos, de niños abatidos por la fatiga, avanzaban siguiendo la cinta de la carretera hacia la frontera francesa. 

Caminaban lentamente, llevando consigo en modestas maletas y en sacos, lo que habían podido salvar precipitadamente de sus hogares abandonados. Numerosas mujeres llevaban en brazos o arrastraban tras de sí a sus hijos.

Entre La Junquera y Le Perthus los cientos de coches, camiones, carretas, tartanas, bicicletas, ambulancias, caballos, que se abrían paso dificultosamente entre la muchedumbre extenuada, provocaban un descomunal embotellamiento. La fila de refugiados cubría kilómetros y kilómetros.

Reinaba un grave silencio, roto únicamente por el ruido de los aviones nacionales que se acercaban, y por la alborotada búsqueda de un refugio protector. Los aviones bombardeaban y ametrallaban a la muchedumbre de refugiados hasta la misma frontera, bajando a veces a poca altura para ajustar mejor la puntería.

En la línea divisoria, con un nudo de rabia e impotencia en la garganta, entregaban a los gendarmes las armas que se amontonaban en pilas al costado de la carretera.

05/02/1939 Desarme por los gendarmes franceses en la frontera

Aturdidos, desconocedores de la situación política que atravesaba Francia, los refugiados españoles cruzaban la frontera con la esperanza de encontrar en el país vecino una tierra de asilo, paz, seguridad y ayuda. Pronto quedarían brutalmente desengañados.

El gobierno francés, impotente ante la situación, decidió conducir a los exiliados de la zona este hacia las playas de Argelès, a 35 km de la frontera. Fueron situados sobre la misma playa, y la zona se cercó con alambre de espino para que no escaparan. Les custodiaban tropas coloniales: marroquíes, senegaleses, y algunos gendarmes.

Bayoneta calada y gesto feroz, gritándoles: ¡allez… allez… allez!

En la frontera separaron a los dos hermanos. Víctor fue conducido al campo de internamiento de Argelès-sur-mer y Juan, a pesar de las protestas, a un hospital en el que estuvo bastante tiempo, antes de volver a España y comenzar otro calvario.

En cuanto a Víctor, la situación que encontraron en el campo de Argelès era caótica: no había barracas, letrinas, cocina, enfermería, ni electricidad, y comenzaron a multiplicarse los casos de disentería. Los enfermos y heridos colapsaron los hospitales de la región.

Miles de extraños albergues brotaron de la arena, chozas construidas con cualquier cosa, cañas, mantas, chapas, paracaídas, toldos, papel. Todo era bueno para procurarse un aparente refugio.

Las chozas eran más o menos grandes según el número de personas que las ocupaban. En el campo no faltaban los refugios individuales: eran unas zanjas donde la persona se deslizaba como un gusano. Esas zanjas recibieron el nombre de «conejeras» y su construcción era simple y barata: con algunas cañas, cuerdas y una manta, cada uno podía construir su “casita propia”.

Por supuesto, estos refugios resistían muy mal a las inclemencias del tiempo. La lluvia entraba por todas partes y la violencia de la tramontana derribaba las chabolas.

Las alambradas entraban en el mar más de dos metros, hasta donde ya no se hacía pie, para impedir las fugas.

Era una playa, pero no había nadie tomando el sol, ni bañándose.

Los retretes, cuando se hicieron, eran pequeñas casetas y por un tubo salían los excrementos hacia el mar. Luego bebían esa misma agua y venían las diarreas, sobre todo en los niños.

Con las lluvias, todo se convirtió en un barrizal. Llegaron los piojos, las pulgas, las ratas. Se extendió la sarna. Y el estreñimiento o las diarreas, porque la comida no ayudaba. Hubo casos de escorbuto por falta de vitaminas, tuberculosis por la humedad y el frío, anemias, paludismo, sífilis, reúmas. No había ningún cuidado médico.

Había una mujer enferma de diabetes a quien no le daban ninguna medicación, pero ella tenía un tesoro: unas tijeras con las que abría a los niños las llagas de la sarna. La sarna empieza con unos granitos exteriores y luego los ácaros se meten por debajo de la piel y forman ampollas y esas ampollas las abría con las tijeras y vaciaba todo el líquido y luego lo limpiaba con agua del mar. Esa era la única cura que tenían en el campo.

Los franceses no les dieron nada, ni mantas, ni nada para dormir o abrigarse.

En cuanto a la comida, al principio la población de los alrededores se acercaba para ayudar a los internados y darles algo de pan o queso o una fruta. Pronto la orden dada a los carceleros de que impidieran todo contacto con la gente del lugar, los disuadió.

En el campo se cocinaban unos guisantes horadados por gusanos en unos grandes tachos que les habían traído. Por la mañana les daban un café negruzco y una rodaja de pan. A mediodía esa sopa de guisantes con agua y otra rodaja de pan y por la noche, lo mismo.

Los pedazos de pan se lanzaban desde los camiones de reparto, por encima de la alambrada y se disputaban por la ley de la fuerza y de la habilidad, que no reconoce escrúpulos morales.

Un día Víctor alcanzó un mendrugo grande de pan y, ansioso de volver a probar ese manjar, comió un cacho, dejando el resto para el día siguiente. Por la noche era tanto el miedo a que se lo robaran o que se le perdiera, que tomó la decisión de levantarse y sentado en la arena al borde del mar, mirando cómo la luna se reflejaba en las olas, comió despacio el resto, volviendo a dormir tranquilo y sin pensar en lo que pasaría al día siguiente.

Contaba que un día bajaba por el arroyo que hacía las veces de frontera del campo, un caballo nadando. Lo atraparon entre unos cuantos y lo asaron en la arena para alegría de todos los que pudieron comer un trozo de carne, después de tantos días de no probarla.

Pero pagaron caro la fechoría, la carne del caballo poco cocinada les provocó unas diarreas que les hizo recordar el famoso animal por mucho tiempo. Él nunca pudo volver a probar una carne poco cocida.

Recuerdos de la vida en un campo de concentración. Recuerdos de la vida en una playa maldita. Muchísimos murieron, algunos enloquecieron, los días estaban vacíos y delante sólo tenían el mar y la desesperación. El frío, el hambre, las enfermedades, la miseria, los abusos. No comprendían el comportamiento por parte del gobierno francés y de una parte de la población francesa, que los trataron no como a los defensores de la República frente al fascismo, no como refugiados, sino como criminales de la peor especie.

Víctor recordaba que un año, el día de Navidad, un prisionero en su armónica tocó una canción de cuna vasca. Aquella melodía, llena de nostalgia y dulzura, sintiéndose tan solo y lejos de toda la familia, elevándose por encima del rumor de las olas y el viento en medio del silencio y las lágrimas de hombres y mujeres, con la mirada fija en el suelo, fue uno de los peores momentos que vivió en la francesa playa de Argèles-sur-mer.

La patria perdida, la causa perdida, las vidas perdidas.



VadeReto, El Acervo de los Cuenta Cuentos
En el blog “Acervo de letras” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema

cada mes que puedes desarrollar como más te guste.
Para este VadeReto, Jose nos propone:
El único requisito será el escenario. La trama del relato se ha de desarrollar

en una PLAYA.
Vosotras/os planteáis la época: Veranito, lleno de turistas; Invierno, solano y lluvioso, entretiempo, disfrutando de los paseítos por la arena o haciendo ejercicios milagrosos; domingo de camping y tortilla arenosa…
El que más os guste, pero lleno de agua salobre y arena.
No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

22 comentarios sobre “La playa de Argèles-sur-mer

  1. Hola Marlem , lo que pasó en la playa de Argeles con los españoles que llegaron huyendo del franquismo fue indigno. He estado en esa playa donde hicimos un homenaje a esas personas con algunos de los familiares y de varias supervivientes que aún contaban por aquel entonces 94 y 96 años. Una historia cruel lo que sucedió, la humillación, el frío y el hambre. Un abrazo

    1. Hola Nuria.
      Mi padre, el Victor del relato, estuvo internado en Argèles-sur-mer y luego en el campo de Gurs y le mandaron a Hamburgo (en lugar de los franceses) a cumplir con la cuota que exigían los alemanes. Muy dura su vida de refugiado republicano, la suya y la de toda su familia.
      ¿En el homenaje de qué año estuvisteis allí?
      Gracias por comentar. Un abrazo.

        1. Claro, teníamos intención de ir en la reunión que nos enteramos, en el 2004, porque
          papá todavía estaba vivo, pero al final se nos complicó y no pudimos ir. No me acordaba el año exacto.

    1. Sí lady_p.
      Verdaderamente vergonzoso y digno de ser recordado y enseñado a las nuevas generaciones.
      Pero la memoria es débil y, sobre todo los intereses fuertes.
      Gracias por comentar.
      Marlen

  2. Hola, Marlen.

    Difícil comentar esta entrada. No salen las palabras ante tanto sufrimiento y humillación.

    ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué se pierde la empatía hacia los demás por el simple hecho de pertenecer a otro pueblo o hablar otra lengua? ¿Cómo se puede volver la cara ante la situación extrema de alguien que necesita ayuda?

    Esto, que les pasó a nuestros paisanos, a nuestros hermanos, ahora les pasa a otros con distinto color de piel, con distinta lengua, pero con la misma mirada que implora humanidad. Y, a pesar de los años, a pesar de decirnos avanzados y civilizados, seguimos actuando igual. Unos en un bando, otros en otro, los mismos en el medio, sufriendo y padeciendo por los intereses de unos pocos.

    Hemos hablado mucho de las guerras, de los refugiados, de los odios y de la falta de empatía; nunca será suficiente.

    Ojalá historias como esta pudieran llegar a los ojos y odios de esos jóvenes que gritan ¡guerra!, a la menor de cambio. Que piensan que la violencia es algún tipo de solución. Ellos tienen la excusa de no haberlo vivido o no haberlo leído.

    Ojalá también abriera las mentes de los que han olvidado o han preferido olvidar estas escenas.

    Ojalá se sintieran como propias las injusticias, el dolor y la humillación de los demás, sin importar las diferencias. ¡Ojalá!

    Muchas gracias por traernos siempre estas historias que nunca deberían de olvidarse, amiga.

    Abrazo grande.

    1. Hola Jose.
      Tienes razón, hemos hablado mucho de las guerras, de los refugiados, de los odios y de la falta de empatía. Y tienes razón, nunca será suficiente. Porque cuando el odio se mete por medio, surgen otros sentimientos destructivos: el rencor, la envidia, el miedo, la rabia, la venganza. Y entonces, es difícil parar la espiral de violencia. ¡Ojalá pudiéramos llegar a las nuevas generaciones, ojalá pudieran oír las voces de quienes vivieron estas situaciones, sentir la desesperación de quienes lo sufrieron! Pero es lógico, quienes lo vivieron no quisieron transmitir a sus hijos, sus nietos lo que ellos tuvieron que sufrir. Quisieron protegerlos del pasado. Sin darse cuenta que el pasado no aceptado, está condenado a repetirse.
      A mí me parece importante que no se olvide, que podamos aprender también de lo doloroso, para que nuestra actitud ante el presente sea diferente a esa falta de empatía que pulula entre nosotros.
      Por eso insisto, por eso, en lugar de contaros un día de playa disfrutando el sol y las olas, mi mente me llevó a esas otras playas tan tristemente recordadas. Por eso hacía hincapié en que este relato no es un cuento, una ficción. Este, a pesar de que alguno de los amigos lectores no lo conociera, es la triste realidad que se vivió aquí y de la cual poco hemos aprendido.
      Gracias a ti, Jose, por tu comentario. Un abrazo grande.

  3. Hola Marlen, como adivinarás tu entrada toca fibras profundas en mí. Mi abuelo también estuvo ahí, en esa playa convertida en campo de refugiados, y de alguna forma pudo escapar y embarcarse en el Sinaia, un buque que trajo a muchos españoles a México. Un pasaje de la historia vergonzoso tanto para Francia como para España. ¡Cuántas personas habrán muerto en esas condiciones! Te mando un abrazo y gracias por compartir.

    1. Hola Ana,
      Sí, sabía que esta entrada te llegaría especialmente. Ya me habías comentado que tu abuelo vivió ese infierno, como mi padre. Los dos, por suerte se salvaron. Mi padre, después de Argèles-sur-mer, estuvo internado en el campo de Gurs y después lo deportaron a Hamburgo a cumplir el «Servicio de Trabajo Obligatorio» que los alemanes obligaban a los franceses a cumplir y los franceses mandaban a los españolitos en su lugar. Pero pudo escapar y acabó en Argentina.
      Dices muy bien: «Un pasaje de la historia vergonzoso tanto para Francia como para España.» Y que, en ambos países se ha «olvidado» muy convenientemente. Por eso, para recordar lo que no debe olvidarse, para que nunca más se repita, yo sigo recordando y sigo contando.
      Muchas gracias por comentar. Un abrazo muy fuerte.
      Marlen

  4. Una guerra civil es lo peor que le puede suceder a los ciudadanos de un país. Se rompen afectos, se crea odio constantemente, se destruye el tejido social y la persona en particular. Nada es lo que era y la muerte, la depravación y las torturas se imponen desterrando cualquier atisbo de piedad. Hubo episodios de la vergüenza verdaderamente atroces, como el que describes, pero es justo recordar que el sufrimiento se extendió a toda la población española. Fusilamientos, reclusiones, torturas y terror fueron repartidos por igual por el demonio de una guerra entre hermanos.

  5. Hola Marlen, es muy triste lo que cuentas, no conocía esa parte de la historia, todas las guerras son terribles, pero una guerra civil, entre propios hermanos es más tremenda aún y ni que hablar de ese exilio obligado y terminar en un campo de concentración en esas pésimas condiciones, realmente es muy triste.

    Mi suegro que si viviera tendría alrededor de 108 años tuvo que pelear en la guerra civil, lo reclutaron siendo muy jovencito, fue herido por las esquirlas de una granada y estuvo tres meses internado, cuando salió del hospital fue mandado nuevamente al frente, pero a él no le gustaba hablar de eso ni que le pregunten, fue mucho el sufrimiento.

    Con los años emigró a sud América, y con el tiempo se radicó aquí en Argentina y aquí murió.

    Te mando un abrazo, es muy conmovedor tu relato, justamente porque no es ficción.

    PATRICIA F.

    1. Hola Patricia.
      Sí, tienes razón, una guerra civil es terrible porque quedan, para siempre, cicatrices muy difíciles de borrar. Pero este episodio, los campos de concentración en Francia, es una realidad que tiene que ver con gobiernos, autoridades y, por lo tanto, con personas con cargos. Y se supone que deberían rendir cuentas ante la población. Sin embargo, no se ha hablado nunca de responsabilidades. Es más, muy poca gente aquí en España sabe de estos hechos. El afán por olvidar y seguir adelante, ha hecho que se borrara de la memoria colectiva.
      Los protagonistas han ido muriendo sin tener la posibilidad de contar lo que vivieron. En su tiempo, como tu suegro, tampoco querían hablar. Algunos por no recordar sufrimientos, otros por miedo a represalias. Y las nuevas generaciones, españolas y francesas, lo desconocen en su gran mayoría. Por eso, porque soy hija y nieta de refugiados republicanos, trato de que no se olvide lo que un día se vivió. Trato de que no nos olvidemos de aquellos que no tuvieron la posibilidad de contar lo que vivieron y sufrieron.
      Gracias por tu comentario. Me alegro que por este relato hayas descubierto una realidad que desconocías de un pasado que nos afecta. Un abrazo grande.
      Marlen

  6. Me dejas sin palabras, Marlen. Un relato impresionante y tan sentido que eriza la piel. Un abrazo grande para ti y para Núria, que he leido que también sabe mucho de lo que cuentas aquí.

    Alma_Leonor_LP

    1. Hola Alma Leonor
      Muchas gracias por tus palabras. Hay mucha gente que no conoce una realidad que se vivió, hace no tanto tiempo en Francia, el país de la libertad, igualdad y fraternidad. Experiencias atroces que vivieron republicanos como mi padre y el abuelo de Ana Piera y de cuyos homenajes participó Nuria. Y si se desconoce el pasado, estamos destinados a repetirlo. Por eso, por quienes no pudieron contarlo y por los que aún desconocen estos hechos, me empeño en seguir recordando. Un abrazo.

  7. La verdad es que sí. Hay partes de nuestra historia que no nos enseñan desgraciadamente. Por «suerte» mi familia no ha pasado por eso. La «suerte» de no declararse nada (republicanos) y simplemente, vivir y obedecer. Porque desde entonces hasta 1975 era mejor el «oir, ver y callar».

    1. Hola Noelia.
      Pues sí, el no involucrarse en política es, muchas veces, un seguro de no ser «molestado» ni represaliado. Recuerdo entrar en casa de unos familiares y, antes de sentarnos, cerrar todas las ventanas (aunque hiciera calor) para que los vecinos no escucharan las conversaciones. Y eso que allí no se planeaba nada. Era simplemente para que las opiniones no salieran de esas paredes.
      Gracias por tu comentario.

  8. Hola, Marlen, uuuffff qué duro lo que cuentas, la Guerra Civil española fue una guerra sin sentido, injusta y como este que narras hubo muchos episodios, por desgracia. Aunque son duros, deberían recordarse y ser leídos siempre para no olvidar y volver a cometer los mismos errores.

    Un abrazo. 🙂

    1. Hola Merche
      Sí, el olvido es lo peor que se puede hacer. Y aquí se empeñaron en olvidar, no permitiendo que las nuevas generaciones reflexionaran y aprendieran de lo vivido, para intentar no revivir los mismos errores.
      Gracias por comentar. Un abrazo.
      Marlen

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