Los faroles de ámbar

En un tranquilo rincón del antiguo pueblo chino de Jīnguāng (金光), donde las montañas se vestían con nubes algodonosas y los ríos serpenteaban como cintas de jade, vivía una anciana llamada Méi Xiù (梅秀). Su nombre la describía perfectamente, ya que significa “Flor del ciruelo elegante” y el ciruelo simboliza la resistencia, pureza y la belleza que florece incluso en invierno.

Jīnguāng (金光), con sus casas de tejados curvados, puertas de madera tallada y callejones adoquinados, parecía detenido en el tiempo. Las mañanas traían consigo el murmullo de comerciantes en el mercado, el repiquetear de campanas de los templos y el dulce aroma del té de jazmín que se servía en las esquinas. Por las noches, el pueblo se envolvía en silencio, iluminado únicamente por el suave resplandor de faroles que pendían como estrellas entre las casas y puentes de piedra.

Méi Xiù (梅秀), con su espalda encorvada por los años y su cabello blanco como las flores de durazno, era un símbolo de sabiduría y bondad. Su pequeño hogar, rodeado por un jardín donde florecían lirios, lotos y sauces que se inclinaban con gracia, era un refugio para quienes necesitaban consuelo o guía. Méi Xiù (梅秀) pasaba las tardes sentada en una mecedora de bambú, con sus manos arrugadas trabajando delicadamente en faroles de ámbar, un arte que había heredado de generaciones pasadas.

Los faroles de Méi Xiù (梅秀) no eran simples objetos decorativos. Estaban hechos de finas láminas de ámbar dorado, talladas con paciencia y amor. Su arte especial consistía en que cada farol contenía en su base una pequeña cápsula de jade en la que se podía escribir un deseo, una bendición o un pensamiento profundo.

Méi Xiù (梅秀) creía que la verdadera luz de un farol no era su llama, sino el sentimiento que guardaba en su interior. Decía a quienes la visitaban:

.- Un farol de ámbar es un puente. Un puente entre el corazón de quien lo enciende y el corazón del mundo. En él no hay lugar para egoísmos, sólo para deseos compartidos y promesas sinceras.

A menudo, los vecinos del pueblo, jóvenes y ancianos, acudían a Méi Xiù (梅秀) con papelitos donde escribían sus pensamientos. Algunos deseaban salud para un ser querido, otros prometían ser mejores personas o ayudar a alguien que estaba viviendo un momento difícil. Los faroles, al encenderse, parecían no sólo iluminar las calles, sino también las almas de quienes los observaban y disfrutaban.

Un año, justo antes del “Festival del Otoño” de ese año, una tormenta azotó Jīnguāng (金光) con furia. El río, que normalmente fluía sereno, se desbordó, arrasando campos y puentes. Muchas casas quedaron dañadas y, aunque la gente del pueblo era fuerte y trabajadora, el desastre dejó un ambiente sombrío y lleno de preocupación.

Méi Xiù (梅秀) observaba a sus vecinos desde su jardín. Los hombres reparaban techos, las mujeres intentaban salvar sus cosechas, pero en sus rostros se veía el peso de la desesperanza. El pueblo, que siempre había sido un lugar de alegría y solidaridad, parecía ahora abatido.

Una tarde, un grupo de niños llegó a casa de Méi Xiù (梅秀). Entre ellos estaba Chén Lóng (晨龙), un niño aprendiz de carpintero que hacía honor a su nombre, ya que el “Dragón del amanecer” representa la fuerza, nobleza y el comienzo de algo nuevo. Y él era sumamente creativo en sus ideas y se valía de su fuerza para llevarlas a cabo.

.- Abuela Méi Xiù (梅秀), el pueblo necesita luz. ¿Nos enseñarías a hacer faroles de ámbar?,  preguntó Chén Lóng (晨龙) con ojos llenos de esperanza.

Méi Xiù (梅秀), sorprendida pero feliz, asintió. Por primera vez, abriría su taller no sólo para enseñar el arte de los faroles, sino también para compartir su sabiduría.

Durante días, Méi Xiù (梅秀) enseñó a los niños y jóvenes del pueblo cómo trabajar el ámbar, cómo tallar las cápsulas de jade y, lo más importante, cómo escribir deseos sinceros. Les recordaba con paciencia:

.- No escriban sólo lo que necesitan. Escriban lo que pueden ofrecer. La verdadera luz de un farol brilla más cuando ofrece algo a los demás.

Chén Lóng (晨龙), por ejemplo, escribió: «Prometo ayudar a los ancianos a reconstruir sus casas.»

Una niña llamada Huīyīng (辉莹), compartiendo su luz interior y la esperanza de la nueva generación, escribió: «Deseo que mi madre deje de preocuparse tanto. Yo aprenderé y cuidaré del huerto para que ella no deba trabajar tan duramente.»

Ese año, el “Festival del Otoño” se convirtió en el “Festival de la Luz”. Llegada la noche, las calles de Jīnguāng (金光) se llenaron de faroles. Aunque no eran sólo los faroles dorados los que iluminaban la oscuridad, sino también las promesas y oraciones que cada uno de ellos guardaba.

Méi Xiù (梅秀), sentada en su jardín, miraba cómo su pequeño pueblo recuperaba la esperanza.

Los faroles creaban un ambiente mágico, suspendidos en el aire. Y sus luces danzaban como estrellas vivas. Los ancianos del pueblo sonreían con ternura, recordando que las épocas difíciles no se superan solos. Los niños, los jóvenes y los mayores, todos habían colaborado, encontrando en la creatividad y la empatía una forma de sanar su comunidad.

Cuando la última luz del festival se extinguió, Chén Lóng (晨龙) se acercó a Méi Xiù (梅秀) y le dijo:

.- Gracias, abuela Méi Xiù (梅秀). Ahora entiendo lo que querías enseñarnos. No es la luz del farol lo que importa, sino lo que somos capaces de dar a los demás.

Méi Xiù (梅秀) sonrió y le respondió con voz suave:

.- Recuerda siempre, pequeño Chén Lóng (晨龙), que en la vida somos como faroles. Nuestra verdadera luz brilla cuando iluminamos el camino de alguien más.

Desde aquella noche, el pueblo de Jīnguāng (金光) nunca volvió a ser el mismo. No porque la tormenta hubiera desaparecido, sino porque en cada corazón, como en cada farol, se había encendido una llama de colaboración, empatía y creatividad.

Los años pasaron, pero la historia de los faroles de ámbar y la anciana Méi Xiù (梅秀) seguía contándose en Jīnguāng (金光). Los niños crecían y enseñaban a otros, y el pueblo, sin importar las tormentas que llegaran, siempre encontraba la manera de iluminarse con su luz interior.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Los faroles de ámbar

  1. Hola Marlen, una historia muy pero muy bonita. Ahora te fuiste un poco lejos del país Vasco jejeje. Se ve que te documentaste muy bien de aspectos de la cultura china, se nota en los detalles y en la historia en sí. El mensaje que transmite tu relato es muy importante, sobre todo en estos tiempos en los que pareciera a veces que vivimos en una selva sin ley. Me gustó mucho y lo disfruté, es inspirador. Te mando un abrazo.

    1. Hola Ana.
      Sí, viajar siempre me ha gustado!!! 😂🤣😂 Y me gusta leer sobre culturas tan diferentes de la nuestra. Siempre se aprende algo y mis lecturas y reflexiones, ya sabes, aparecen en sueños o cavilaciones que terminan en el blog. Es un camino divertido para salir a la luz.
      En este cuento, la idea de que un farol que es el símbolo de dar claridad a las cosas, incluso a los problemas, no fuera importante por su llama, sino por el sentimiento que guarda en su interior, me pareció preciosa. Creo que te hace reflexionar y eso es algo que suelo intentar expresar en mis cuentos. Así que me gustó mucho escribirlo y me encanta que te haya gustado a ti también. Así que gracias por comentarlo.
      Un abrazo grande.

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