Nunca había experimentado la sensación de leer mis propios pensamientos escritos en un libro con mis propias palabras. Y eso que estaba acostumbrada a leer mucho desde pequeña. Mis padres, mis abuelos, mi tío Paco, me regalaron libros desde que tengo recuerdos de estar viva. Desafiaba las normas de mi madre de terminar la lectura antes de irme a la cama e interpretaba el papel de bella durmiente hasta que ella comprobaba que todo estaba bien con el beso de buenas noches. Pero luego, pasada la revista, me escabullía bajo las sábanas con mi maravillosa linterna que no me abandonaba ni de día ni de noche y el libro del momento, para disfrutarlo en el silencio nocturno.
No era pues que no estuviera acostumbrada a leer libros de diferentes tipos, de aventuras, de risa, de viajes por el mundo y el tiempo… Pero lo que me estaba pasando con este era algo que nunca me había pasado.
Se acercaban las vacaciones y, este año más que ningún otro, ansiaba que llegara el momento de las vacaciones en San Ignacio. Mis días eran los de una niña normal que iba a la escuela, estudiaba y jugaba con sus amigas en los recreos y después de ellos a las figuritas, a la cuerda, a las escondidas…
Llegar a casa era estudiar con mi madre que se convertía en la Superwoman para estar en todos lados al mismo tiempo, jugar con mi pequeño hermano que más que un niño era un muñeco, mi muñeco preferido a quien hacía reír contándole cuentos y, cuando llegaba papá del trabajo, sentarme con él para explicarle todo lo nuevo que había aprendido.
Porque con papá tenía un pacto especial. Como él me había contado que no había podido ir nunca a la escuela porque había tenido que trabajar desde que era un niño en su Navarra natal, yo me había comprometido a explicarle todo lo que aprendía para que él también pudiera graduarse el mismo día que lo hiciera yo.
Así que una tarde nos podías escuchar hablando de los faraones de Egipto y del Nilo o de Sebastián Elcano surcando los océanos, y otra hacíamos cuentas en nuestra pizarra o descubríamos las reglas de ortografía.
Los fines de semana me llevaban a la casa de mis abuelos y allí exprimía cada momento con los tres seres más diferentes y queribles que una pudiera encontrar: mi abuela Memé me tomaba de la mano y me llevaba al mercado programando las recetas que luego cocinaríamos, mi abuelo me llevaba al Laurak Bat, el centro vasco de la ciudad, donde charlaba y jugábamos a las cartas con sus amigos y mi tío me explicaba en su pequeña habitación/taller el inmenso mundo de las nuevas tecnologías, donde entre válvulas y circuitos creábamos lo que se transformaría en una radio o en un aparato increíble donde íbamos a ver y escuchar cosas que pasaban muy muy lejos de la casa.
Pero en mi mundo también había otro mundo al que accedía no a través de un agujero junto a un árbol sino a través de un tren lleno de compartimentos donde me convertía en mi querida Alicia para llegar a descubrir el país de las maravillas de San Ignacio. Una estancia en plena Patagonia donde los personajes y los hechos que allí sucedían rivalizaban con los de Alicia.
Mi Conejo Blanco era mi tía Trini, siempre corriendo de aquí para allí, la querida Adela nos preparaba el té (aunque sin sombrero), mi tío Pepe aparecía y desaparecía mientras hablaba con mi abuela en conversaciones filosóficas y los demás protagonistas: tíos, primos, peones de la estancia, amigos de la familia, conformaban ese país multicolor donde hasta los animales y los árboles me hablaban y compartíamos conversaciones.
Y hablando de árboles, no puedo dejar de nombrar a “Mi Amigo”, el cuarto de la hilera pasando la tranquera de la Calle Larga, el que me regalaba sus flores amarillas en primavera, el que me permitía subir a sus ramas y recostarme en él para leer, reflexionar, volar por otros cielos y hasta contarle mis más profundos secretos y sueños.
Era en ese privilegiado rincón del mundo donde descubrí el mejor libro de mi vida, o mejor dicho, el “libro de los libros” porque seguramente no sea el mejor, sino que fue el primero en el que descubrí, como os decía al comienzo, la sensación de leer mis propios pensamientos escritos en un libro con mis propias palabras.
Se llama “Señor Dios, soy Anna” y fue escrito por Fynn (seudónimo de Sydney Hopkins). Lomo azul, letras grandes y blancas en cursiva y estrellitas. En la contraportada puedes ver una niña de perfil, de rodillas en el suelo dibujando con acuarelas, con el pelo y unas enormes gafas de sol que le tapan el rostro.
"Anna puede desarmar a cualquiera
con sus interminables preguntas.
Y conocerla significa tener que
volver a plantearse de nuevo
todas esas interrogantes para las
que creíamos tener ya respuesta."
Fynn encuentra una noche deambulando por las calles del East End de Londres y muerta de hambre a Anna, una niña muy especial que plantea preguntas de difícil respuesta y con ellas hace reflexionar a su interlocutor. Fynn conversa y se encariña con Anna, que está sola y no tiene a nadie, así que se la lleva a su casa en la que vive con su madre y en la que transcurrirán tres apasionantes años. Allí la niña se integra como una más, convirtiéndose en un personaje especial en el barrio, con sus dudas, sus preguntas, inquisidora perpetua a la que le gusta encontrar una razón para todo, sus salidas de tono y la lógica con la que se mueve. Anna cree en Dios por sobre todas las cosas y Él siempre está con ella.
Debo decir que en aquella primera lectura yo renegaba de Dios y de todo lo que tuviera que ver con la religión. Tras las enseñanzas de la catequesis para tomar la primera comunión, y el nefasto contacto con mis primeras maestras, me había declarado “Atea y no se hable más”.
Un hecho fortuito ha pasado al anecdotario familiar y lo confirma. Tenía yo seis años cuando llegó a la escuela el eco del problema político suscitado en el gobierno por el cual se debatía si firmar la ley de que la enseñanza religiosa no debía ser administrada en las escuelas públicas. La gente tomaba partido por una u otra opción y esto llegó a mi escuela que era pública. Mi maestra de primer grado se tomó con celo desmedido la tarea que se había autoasignado de preguntar en clase a cada niña de seis años si era católica, judía o atea. Cada una iba contestando y la maestra, beata a ultranza, tomaba buena cuenta de cada catalogación. Cuando me llegó el turno mi respuesta fue: “Yo soy María Elena.” Y no pudo sacarme de ella, ante las risas de mis compañeritas y mi tozudez.
Así que leer un libro que tenía ese título, aunque yo ya tuviera casi veinte años más desde aquella humillación pública, no tenía mucha lógica. O tal vez sí, tal vez era lo que necesitaba para plantearme de nuevo ese interrogante para el que ya creía tener respuesta. Ni siquiera recuerdo dónde lo compré, pero sí que lo guardé para leer con Mi Amigo. Y debo aclarar que las ilustraciones son del libro, pero los colores fueron apareciendo a medida que lo leí la primera vez.




Anna no es sólo una niña creyente. Anna es una pequeña filósofa, antropóloga, mística, teóloga, matemática y socióloga con una inteligencia fuera de lo común. O tal vez (Y ya vuelvo otra vez a mis “tal vez” que me permiten entrar a los senderos de las reflexiones), tal vez es una niña como cualquier otra niña a la cual se le permite pensar y preguntar sin trampas ni prejuicios cualquier cosa importante que suena tonta en los labios de un niño.
«Es fácil darse cuenta de la diferencia que hay entre un ángel y una persona. La mayor parte de un ángel está por dentro y la mayor parte de una persona está por fuera.» Así comienza el primer capítulo. Es un libro que hace sonreír y reír, también llorar, mostrarse escéptico, pensar y meditar… y volver a releer. En sus páginas uno toma conciencia de la cantidad de puntos de vista e ideas contradictorias que tenemos a cada momento y que precisamente es lo que nos hace ser quienes somos, seres vivos, con opiniones formadas pero con el arte de saber dejar espacio para que otras ideas nos hagan abandonar ciertas creencias y encontrar otros puntos de vista, otras perspectivas sin ser inflexibles.
En un libro que habla de Dios, lo importante es aclarar sobre lo que hablamos. Y Anna iba averiguando todo hasta lograr que le quedara claro: “La religión era para hacer cosas, no para leer sobre hacer cosas… Y Dios dijo ámame, ámalos, ámalo y no te olvides de amarte a ti mismo también. A Anna, toda la historia de que los adultos fueran a la iglesia le parecía muy sospechosa. La idea de una adoración colectiva chocaba con su necesidad de mantener conversaciones privadas con el Señor Dios. Y en cuanto a eso de ir a la iglesia para encontrarse con el Señor Dios, le parecía ridículo. Después de todo, si el Señor Dios no estaba en todas partes, no estaba en ningún lado… Si uno seguía yendo a la iglesia era porque no había recibido el mensaje o porque no lo entendía o simplemente por hacer alarde.” “¡La cruz! Si estás lleno, no la necesitas porque la cruz está dentro de ti. Si no estás lleno, tienes la cruz fuera de ti y entonces la conviertes en una cosa de magia.”
Y cuenta Fynn: “Yo había sido enseñado con el honesto método tradicional en que la pregunta era lo primero y la respuesta lo que seguía… Con mucha delicadeza fui iniciado en el método de caminar hacia atrás… Cuantas más preguntas permitía resolver una respuesta, tanto más importante era esta…”. Me resultaba (y me sigue resultando) sorprendente seguir el hilo de pensamiento de la niña.
“El acto creativo más grande de Dios fue el séptimo día porque descansó… pero no porque estuviera cansado sino porque ya había deshecho el lío por completo…”. “Estar muerto es un descanso. Al estar muerto uno puede mirar hacia atrás y enderezarlo todo antes de seguir… La muerte exigía cierta preparación y la única preparación adecuada era vivir de verdad…”.
“En algunas ocasiones, la respuesta se retrasaba durante semanas o meses; pero eventualmente, en su propio buen momento, la respuesta llegaría: directa, simple y muy directa». Preguntas, respuestas, cavilaciones en medio de ese paisaje desolado, en medio de ese frondoso árbol, en medio de mí.




El final del libro (siento el spoiler) describe la muerte de Anna a los siete años después de caer de un árbol. Ella murió con una sonrisa en su hermoso rostro, diciendo: «Apuesto a que el Señor Dios me deja entrar en el cielo por esto».
Yo seguía sobre mi árbol mientras las lágrimas bañaban mi cara. Mi abuela Memé acababa de fallecer y habíamos venido a San Ignacio para enterrarla. El puzzle se había resuelto. Entendí por qué estaba ese libro en mis manos. La respuesta era sencilla: Anna estaba en el medio de Fynn y Memé estaba en el medio de mí. Y estará siempre ahí.

En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema
cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
El VadeReto de este mes se lo dedicamos a… EL LIBRO
En el relato ha de aparecer un libro real, con su título y autor.
Puede relatar o versionar la historia en él contenida o solo aparecer como un elemento importante de la trama.
También tenéis que elegir un personaje destacado de una historia literaria que os guste. No tiene por qué estar relacionado con ese libro
(por ejemplo: Peter Pan y Cien Años de Soledad).
Y, por último, algún detalle del relato tiene que dar a entender que se desarrolla en Primavera.
No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:
Hola, Marlen.
A pesar de que todos decíais que el VadeReto de este mes parecía difícil, ya sabía yo que la familia acervolense nos iba a regalar cuentos preciosos, emotivos, llenos de reflexiones y, magnífico plus, un buen puñado de libros para leer o releer. ¡Qué maravilloso mes este y qué regalo de familia!
Has encauzado el relato desde el punto de vista de tus propias emociones; esas que llegan en la niñez y se hacen tan profundas como las cicatrices de la misma vida. Y nos has relatado el encuentro con ese primer libro que nos hizo amar la lectura, sus personajes y esos mundos en los que disfrutamos y ansiamos perdernos.
Es maravilloso encontrar una historia y un personaje que parece nuestro espejo. Conforme vamos avanzando en el camino de la edad, lo vamos intercambiando, pero el que descubrimos cuando somos niños siempre se quedará en un lugar especial de nuestro corazón y de nuestra mente.
¡Qué decir de tu forma de narrar este cuento tan emotivo! Ya nos tienes acostumbrados a hablarnos directamente desde tus escritos, hacernos partícipes de tus experiencias y llevarnos de la mano entre las letras. Más que leer, se sienten.
Sí, me has destripado el final, porque me lo estaba apuntando para leer, pero como lo has hecho con esa maravillosa reflexión filosófica, te lo perdono. 😉😅
Muchas gracias por esta emotiva vivencia que, además, viene ilustrada y coloreada. Ya me contaste que tus libros siempre llevan aportaciones con subrayados, anotaciones y demás, pero en este caso, el color le da, todavía, más riqueza.
Abrazo Grande, amiga Ipuin kontalaria.
Hola Jose
Es que nos tienes mal acostumbrados, tanto dejarnos libertad al final crea hábito. Por eso creo que, de vez en cuando (no te entusiasmes, sólo de vez en cuando), puedes complicarnos un poco la existencia y hacer que nuestras neuronas se espabilen un poco. Eso también es divertido. A mí me encantó meter a mi querida Alicia en medio del mundo de Anna.
Sí, esta vez mis propias emociones han tomado el timón y ha salido un cuento muy personal. Aunque «Señor Dios, soy Anna» no fue el primer libro que me hizo amar la lectura, a esa altura ya tenía unos cuantos «Imprescindibles» que invariablemente viajan conmigo en mis mudanzas. Pero fue el primero que me permitió atravesar un momento muy difícil, la muerte de mi abuela y reflexionar sobre la muerte de nuestros seres queridos y sobre la propia.
Me alegro que te haya gustado y lamento haberte destripado el final, pero era el motivo de haberse convertido en «un libro especial». No podía obviarlo.
¿Así que te gustaron mis colorinches? Ya ves que era cierta mi personalización de los «Imprescindibles». Muchas gracias por tus palabras. Te mando un abrazo grandote.
¡Hola, Marlen!
Tu relato es un abrazo cálido envuelto en las hojas de los libros que nos acompañan a lo largo de la vida. Me ha conmovido especialmente cómo consigues entrelazar con tanta naturalidad los recuerdos familiares, las primeras lecturas y ese hallazgo mágico de “Señor Dios, soy Anna”, que llega justo en el momento vital en que más necesitabas un faro.
Has logrado algo precioso: que el lector no solo te lea, sino que se sienta sentado contigo bajo ese árbol amigo, con el libro abierto sobre las rodillas, dejando que las páginas cobren color al ritmo de tus emociones.
Me parece maravillosa esa figura del pacto con tu padre para compartir el aprendizaje, la energía vital de tu madre y tu abuela Memé, tan presentes y llenas de vida. Los libros, en tu relato, no son solo objetos; son puentes que conectan generaciones, refugios en los momentos difíciles, ventanas a nuevas formas de entender la existencia.
Y qué decir del final… Nos dejas con ese nudo en la garganta, pero también con una sensación serena de comprensión profunda. Porque, como dices, Anna se sitúa entre Fynn y tú, y tu abuela Memé queda para siempre entre tus recuerdos y tu presente, como la luz de esa linterna de infancia que nunca se apaga del todo.
Has construido un relato que no solo cuenta una historia: acompaña, reconforta y nos recuerda por qué los libros que tocan nuestra alma nunca nos abandonan. Un texto que se queda dentro.
Gracias por este viaje tan íntimo y universal. Ha sido un auténtico placer leerte.
¡Un abrazo!
Hola Miguel
Tu comentario sí que es un auténtico placer para ser leído y releído. Me ha emocionado porque has analizado cada parte del relato de estos recuerdos infantiles donde intenté que tuvieran cabida todas las emociones que iban surgiendo al abrir la puerta. Y me alegra de haber llegado con ellas hasta ti y hasta todos quienes se acercan a mi txoko, mi rincón de placer por escribir y volcar recuerdos y vivencias, además de aplaudir y gritar por las vivencias cotidianas.
Los libros siempre han sido, son y serán fieles compañeros, algunos tienen el don de tocar muy profundo y de acompañar de forma muy especial el camino de la vida. Y escribir en el genial VadeReto de Jose es un privilegio que nos podemos permitir disfrutar porque elige temas que nos resultan esenciales.
Muchas gracias a tí. Un abrazo fuertote
Marlen
Hola Marlen, ¡qué buen aporte! ¡Y tan personal! Gracias por compartirnos tus experiencias y recuerdos. Me identifico contigo porque también fui una niña muy lectora y de noche igual, con una linterna, seguía leyendo a pesar de las reglas.
Cuando uno es joven, la desaparición física de la gente que amamos nos pega duro, son quizá, los primeros contactos que tenemos con la muerte, y nos llena de interrogantes. Me alegra que hayas encontrado soporte en ese libro que mencionas.
Me ha gustado mucho cómo describes todo y cómo narras todo, de un modo muy entrañable. Te felicito y te mando un abrazo fuerte.
Hola Ana
Sí, el tema de este mes abre una puerta muy especial. Creo que quienes hemos tenido el privilegio de que nos regalaran libros desde pequeños, hemos aprendido muy pronto que no sólo nos podían servir para vivir aventuras y divertirnos, también podían acompañarnos, cobijarnos, hacernos reflexionar y enriquecernos con un mundo inmenso. Así que al abrir esa puerta, los recuerdos y vivencias se agolpaban para salir y quedó un cuento muy personal.
Me alegro mucho que te haya gustado. Muchas gracias por tu comentario y un abrazo fuerte para ti también.
Hola Marlen, tu relato, «Los mundos de mi niñez,» es un viaje emotivo y nostálgico que logra transportar al lector a través de los recuerdos de la infancia, las conexiones familiares y el descubrimiento literario, y la forma en que enlazas tus experiencias personales, como el pacto de aprendizaje con tu padre y la complicidad con tu «Amigo» árbol, con el impacto del libro Señor Dios, soy Anna, demuestra una habilidad narrativa excepcional. Tus letras están impregnado de sensibilidad y reflexiones profundas, logrando transmitir cómo la literatura puede ser un puente hacia la sanación y el entendimiento en momentos difíciles, no solo nos cuenta una historia, sino que también nos permite al lector compartir tus emociones y reflexiones, dejándole una sensación de calidez y conexión. ¡Un trabajo auténtico y conmovedor! Abrazos desde Venezuela.
Hola Raquel
Me alegra que te haya gustado el relato y que te hayas fijado en esos detalles que creo le dan emotividad sin darle demasiada importancia (el pacto con mi padre, cómo cada uno de la familia aporta algo especial a la niñez y la amistad con la naturaleza, personificada en el «Amigo».
El descubrimiento de que esos libros que disfrutaba podían, en ocasiones, traerme algo más, como una ayuda al desarrollo, una enseñanza de vida, un aprendizaje esencial, es lo que he intentado transmitir. Y me alegro que así te haya llegado.
Muchas gracias por tus palabras. Un abrazo grandote desde el País Vasco hasta Venezuela.
Marlen
Hola, Marlen, qué bonito relato y tocas tantos temas… El libro me ha parecido precioso, parece hecho artesanalmente, como si fuera una única edición. Creo que, al igual que tu protagonista, todos recordamos un libro que nos regalaron cuando éramos pequeños y siempre de alguien especial como Memé. Qué pena el final, tanto la muerte de Anna, como la de Memé, pero es ley de vida.
Muy bonito, te felicito.
Un abrazo. 🤗
Hola Merche
El libro parece artesanal porque, además de tener acotaciones propias, en su momento lo fui pintando con mis rotuladores y lo fui haciendo mío. Es mi marca de «por aquí pasé yo en esta fecha». No fue un libro regalado, lo compré en una tienda de libros usados que me gustaba visitar porque siempre encontraba algo.
La muerte es continuación de la vida, todos pasamos por ello, por la nuestra y por la de nuestros seres queridos. Pero tener la ayuda de un libro así, lo hace más soportable.
Gracias por tu comentario. Un abrazo para ti también.
Marlen
Hola Marlen, un relato muy emotivo por lo personal. Comprendo que aquel libro te marcara al atravesar una coyuntura personal difícil. A mi me ocurrió igual con uno de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte. Creo que le dediqué una entrada. Y es que las emociones escritas por otra persona eran las mías, me identificaba y me reconfortaban. Gracias por esta aportación tan íntima y personal.
Un abrazo!
Hola lady_p
Fue exactamente como dices, «las emociones escritas por otra persona eran las mías, me identificaba y me reconfortaban». Lo curioso es que el libro llegara a mis manos en el momento justo en el que lo necesitaba. A ti te pasó lo mismo. Hay veces en que eso de las casualidades te deja pensando. Hay quien dice que las «casualidades» no existen, sino que son «causalidades».
Gracias a ti por tus palabras. Un abrazo fuerte
Marlen
Yo tampoco creo que las casualidades. Un abrazo!