La última nevada en Hiroshima

Hiroshima, invierno de 1945. La nieve llegó una semana después del estallido.

No la esperábamos. Creíamos que tras esa luz que borró los árboles, las casas y los nombres, no volvería a caer nada más del cielo que no fuera miedo. Pero un amanecer, cuando aún el humo dormía entre los escombros, los primeros copos comenzaron a descender.

Fue entonces cuando lo vimos por primera vez.

Un niño de unos ocho años, delgado como un suspiro, caminaba entre las ruinas con una campanita oxidada colgando del cuello. Su silueta se dibujaba entre la nieve y las cenizas, con paso lento, casi ritual. Iba cantando. No palabras, sino una especie de lamento melódico, susurrando, como si hablara con los que ya no estaban. 

Los soldados lo ignoraban. Los médicos no lo miraban. Pero nosotros —los niños que aún quedábamos— lo seguíamos con los ojos cada día.

.- ¿Quién es ese? —me preguntó Yasashi una tarde.

.- No lo sé —respondí—. Pero su sombra no aparece en el suelo.

Ese detalle nos dejó en silencio. En Hiroshima, cuando alguien no tenía sombra, era porque se había evaporado con la bomba. Y sin embargo él seguía allí, caminando, cantando, con una cajita de madera que abría cada tanto para dejar dentro una hoja, un botón, un papel, un trocito de tela.

.- ¿Es un fantasma? —susurró Takehito.

.- No. Es un recuerdo que camina —dijo una mujer, detrás nuestro.

Esa noche, aceptamos que no sabíamos nada. Que ya no éramos niños normales. Que vivíamos en una ciudad donde los relojes se detuvieron a las 8:15, donde las madres hablaban con fotografías, y donde un niño sin sombra podía ser lo más real que nos quedaba.

Pasaron los días. Cada vez que caía la nieve, él aparecía. Cada vez que alguien moría, él cantaba susurrando.

Una tarde lo seguimos en secreto. Caminó hasta lo que quedaba de un puente, se arrodilló y enterró la cajita bajo la nieve. Luego se quedó quieto mucho rato, como esperando una señal.

.- ¿Por qué haces eso? —me atreví a preguntarle.

Él giró la cabeza lentamente. Tenía los ojos más tristes que he visto jamás. Y sin embargo, su voz fue clara:

.- Guardo lo que la bomba no pudo destruir: los gestos, los juegos, los nombres que aún duelen. Si nadie los guarda, se pierden.

Volvió a su canto y se alejó.

Esa fue la última vez que lo vimos.

Algunos dicen que murió días después por la radiación. Otros creen que nunca estuvo vivo. Que fue un eco, un testigo, una forma de la memoria.

Pero para nosotros, fue algo distinto, especial.

Porque en un mundo que lo había perdido todo, él guardó lo esencial. Lo que no podía verse. Lo que no podía borrarse.

Fue nuestro héroe. No por pelear. Sino por recordar.

Para los sobrevivientes, los “hibakusha” (que en japonés significa “persona afectada por la bomba atómica”), fue sólo el comienzo de años de dolorosas heridas, enfermedades, miedo, sentimiento de culpa y discriminación. Pero aún hoy, cuando nieva en Hiroshima, muchos ancianos dicen ver pequeñas cajas de madera flotando en el río, con recuerdos y nombres escritos dentro.


Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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