Me llamo Ixchel, como la diosa antigua del maíz y la luna. Mi abuela decía que los nombres guardan destino, pero el mío, a veces, me pesa como una piedra. Vivo en Alta Verapaz, en Guatemala, en una casita de adobe que huele a humo y tierra mojada, con la música del canto de los gallos que se mezcla con el susurro lejano del río Cahabón, entre montañas que amanecen cubiertas de neblina. Aquí, el sol tarda en llegar, y las mujeres aprendemos desde niñas a caminar en silencio.
Yo aprendí a hacerlo muy bien: a callar el hambre, el cansancio, la tristeza, a sonreír con la cara hinchada.
No había ido más allá del tercer grado de escuela, pero sabía leer el cielo, reconocer el tiempo por el vuelo de los pájaros y medir la temperatura del maíz con la palma de la mano.
Cuando conocí a Utzil, un albañil que trabajaba en la carretera, pensé que el mundo me sonreía. Era fuerte, con manos que parecían saber proteger y su nombre significa “bueno”. Decía que quería casarse conmigo, que yo era distinta. Me prometió una casa, una vida mejor. Él era el hombre ideal, me casé por amor, porque era el hombre de mi vida. Nos casamos en la iglesia del pueblo, con música de marimba y flores de albahaca.
Durante un tiempo fue tierno, bondadoso. Me compraba telas para mis blusas bordadas, me ayudaba a vender tamales en el mercado de Cobán. Hasta que, como si algo dentro de él se hubiera roto, empezó a cambiar.
La primera vez que me pegó, fue por una tontería. El atole estaba caliente. No dijo nada, sólo levantó la mano. Yo me quedé quieta, sin entender. Pensé que no volvería a hacerlo. Pero volvió.
Un día que él estaba apurado, el subanik no terminaba de estar listo porque el gas que no habíamos pagado, se estaba acabando y el vapor no era suficiente. Y su furia estalló. Le dio una patada a la mesa, tiró la cazuela con el subanik contra la pared y me pegó un golpe que me dejó desmayada. Cuando desperté, me quedé un rato sentada en el suelo agarrándome la cabeza, porque no recordaba lo que había pasado. Mi corazón se negaba a creer la realidad. Más cuando él, al volver, me pidió perdón, me dio besos y me juró que sólo había sido un mal momento, que no se repetiría. Pero se repitió, ¡claro que se repitió!
Cada golpe tenía su excusa. Cada insulto, su momento. A veces, me pedía perdón. Otras, me decía que me lo merecía.
Cuando quedé embarazada, pensé que el niño lo cambiaría. Pero lo cambió para peor. Decía que el hijo era suyo, que yo era suya, que todo lo mío le pertenecía. Mi mundo se desmoronó. Me vi transportada a un mundo paralelo, a una película de terror de la televisión, donde una bestia humana ataca a la protagonista con toda la saña del peor ser humano.
Había días en que me encerraba en el baño con llave, para que no me alcanzara. Hasta que rompió la cerradura con el hacha.
El día que él me perseguía con un cuchillo, corrí a casa de Don Manuel y no logró lastimarme. Pero al día siguiente, su amigo el comisario se llevó preso al vecino y no lo soltó en dos fechas.
Había días en que no podía dejar de llorar, había días en que estaba tan cansada que me costaba mucho levantarme, había días en que lo único que quería era morir. Y sobre todo, no quería ver nacer a mi hijo. Sabía que iba a venir a este mundo sólo a sufrir, que no lo iba a poder proteger.
Nunca me pude acostumbrar, con el tiempo me fui muriendo por dentro. Al principio creía que la muerte era la solución, después me di cuenta que todo tiene solución, menos la muerte.
Una mañana, me vi en el espejo de agua del río y no me reconocí. Tenía los labios partidos, los brazos llenos de moretones. Mi madre, muerta hacía años, una vez me había dicho: “Cuando el hombre golpea una vez, el río ya sabe que volverá a hacerlo.” Y el niño, dentro de mí, se movía como si también quisiera escapar.
Caminé hasta la comisaría de Cobán. Fueron tres horas bajo el sol. Llevaba mi pancita grande, el corazón ardiendo de miedo y esperanza y una hoja escrita con ayuda del maestro del pueblo: mi denuncia.
Los policías estaban jugando a las cartas.
.- Mi marido… me pega.—dije con voz temblorosa.
Uno me miró de arriba abajo y se rió.
.- ¿Y vos qué hiciste pa’ que te pegue? —me dijo.
Otro agregó:
.- Regresate a tu casa, india. Aquí tenemos cosas más importantes. Eso es cosa de marido y mujer.
Intenté hablar, pero el miedo se me atragantó. El agente rompió mi papel.
.- Si volvés, te metemos presa por mentirosa.
Regresé al caserío con la cabeza baja y el alma hecha polvo. Esa noche, Utzil me golpeó hasta dejarme tirada en el suelo.
El niño nació al día siguiente, demasiado pronto.
No lloró.
No respiró.
Lo envolví en una manta blanca y lo enterré detrás de la casa, bajo el árbol de níspero.
Utzil ni siquiera miró. Dijo que era mi culpa.
Y en ese momento, entendí que algo dentro de mí, había muerto también.

Pasaron los meses. Yo ya no hablaba con nadie. Las vecinas me evitaban. Decían que “entre marido y mujer nadie se mete”.
Pero un día llegó una camioneta blanca al pueblo. Bajó una mujer de cabello corto, con una libreta en la mano y una mirada limpia. Dijo que venía de una organización de derechos humanos. Preguntaba por mujeres golpeadas.
Al principio no quise hablar. Pero ella me escuchó sin interrumpir, sin mirar el reloj. Y entonces conté.
Todo.
Le hablé del primer golpe, del miedo, de la comisaría, del niño, del silencio de mis vecinos, del olor a sangre y humo. Le hablé del río donde lloraba escondida, de cómo el agua parecía entenderme cuando nadie más lo hacía.
Cuando terminé, me temblaban las manos.
Ella lloró. Me dijo que no estaba sola, que mi historia podía ayudar a otras. Me dio un papel con un número y me prometió volver.
No sé si soy valiente. No sé si el miedo se cura. Pero ahora sé que el silencio también mata y que yo ya morí una vez.
A veces, cuando cae la tarde, voy al árbol de níspero y le hablo a mi hijo. Le cuento que estoy aprendiendo a vivir sin miedo, que una mujer me dijo que tengo derechos y que tal vez, algún día, otras mujeres se animen a hablar también.
El río sigue corriendo. A su vera se escucha un canto suave en idioma q’eqchi:
“El río no se calla.
El río recuerda.
El río lleva los nombres
de las que ya no pueden hablar.”
En el mundo, una de cada tres mujeres sufre violencia sexual o física. Y en la mayoría de los casos, los ataques son perpetrados por su entorno cercano, en general por su pareja.
En algunas zonas del mundo esa estadística es aún mayor, como en América Latina, donde el 80% de las mujeres son víctimas de una violencia que Naciones Unidas calificó como una “pandemia en la sombra”.
La normalización de “la violencia” ha empeorado mucho estos últimos años. La violencia no es “destino” sino “crimen”. Cuando se aceptan y toleran comportamientos violentos como si fueran parte de la vida cotidiana, se genera insensibilidad ante ellos y dificulta la identificación y denuncia de la violencia.
Esto se debe a factores como el sistema patriarcal, un sistema de dominio que perpetúa la desigualdad y se mantiene esencialmente a través de la educación y la religión; la influencia de los medios; los estereotipos en la educación; la socialización en roles de género desiguales y la falta de sanciones para comportamientos violentos. Como consecuencia, las víctimas pueden tardar años en darse cuenta de la gravedad de su situación, lo que perpetúa un ciclo destructivo y tiene graves secuelas emocionales.
¿Cómo combatirla? Cambiando los patrones culturales mediante la educación a través del estado y las instituciones, desafiando estereotipos en películas, chistes y en la vida cotidiana, apoyando a las víctimas, expresando nuestra postura y participando en la movilización social para crear conciencia y exigir justicia.
Hola Marlen, este relato tuyo inspirado en la terrible realidad que se vive en algunos lugares es una joya. Tocas con mucho cuidado este tema, desde la perspectiva de la víctima. Hay ternura en la forma en que lo narras. Al final, hay un atisbo de esperanza para tu protagonista. Normalizar la violencia es una aberración que solo lleva a la degradación del tejido social. Sin duda la educación es la mejor arma para combatir estas cosas. Muy buena entrada. Abrazo fuerte.
Hola Ana
Hace rato que quería escribir sobre el tema en América Latina, y me costó informarme. Pero finalmente logré datos y ubicarme en Guatemala. Estamos acostumbrados aquí, en Europa a una utilización del tema con fines políticos y creo que merece el respeto debido a las víctimas. Por eso me alegra que digas que lo toco con cuidado.
Como bien dices, «normalizar la violencia es una aberración que lleva a la degradación del tejido social», pero tratarlo de manera equivocada dando más importancia a las consecuencias para uno u otro partido político es más aberrante si cabe, porque entonces las víctimas sólo son números sin otro valor ni importancia. Me parece asqueroso.
Sin ninguna duda, la educación es la mejor arma, pero lamentablemente en ámbitos como el que describo están muy lejos de poder solucionar nada. Aunque me alegro muchísimo que surjan iniciativas como la que comento y se está llevando a cabo. De todas formas, participar, de la forma que cada uno pueda y sea capaz, es una forma importante de crear conciencia no sólo en la sociedad en general, sino también en las propias víctimas. Y exigir justicia es el segundo paso.
Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.
los maltratadores nunca dejan de serlo , son personas que pagan con los suyos todas sus frustraciones y cobardias , ademas por desgracia dañan tanto a los niños que pueden hacer que se vuelvan maltratadores a su vez. No se pude perdonar ni una sola agresión una vez empiezan no terminan.
Hola Manuel. Tienes razón, los maltratadores nunca dejan de serlo y además, con sus actos crían nuevos maltratadores en los hijos, que suelen ser a la vez víctimas o espectadores desde niños del maltrato a sus madres o hermanas. Es un tema difícil de solucionar y que debería ser hablado con más seriedad, haciendo hincapié en las víctimas y su apoyo. ¡Educación para hombres y mujeres, porque muchas veces, la o el maltratado ni siquiera es consciente de su situación, sólo siente vergüenza.
Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.