“Golfas endófobas”, advierte con pintura negra sobre el cristal del local de la sede de la Cruz Roja en Ferrol. “Traidores. Ceuta no está sola”, remata el grafiti, a más de mil kilómetros de la ciudad autónoma. En pocos metros, en lo que caben dichas pintadas, se resume la campaña que se está llevando a cabo a propósito de los acontecimientos que, desde finales de julio, tienen a Ceuta como escenario.
Hoy todo se mide allí, aunque los laboratorios estén lejos y la onda expansiva alcance a todo el país y más allá. El enclave es perfecto, en distancia y opacidad, por los relatos imperantes que cada vez más excluyen la humanidad de todo este asunto. Por el caos, el miedo y la ansiedad generado por la mala gestión, por el boicot intencionado de la oposición para que el problema se enquiste y el espectáculo del miedo que algunos medios explotan de manera obscena para ganar audiencia e instaurar, dicho sea de paso, los marcos ideológicos que les interesan.
El asunto en sí ya ha trascendido más allá de los propios migrantes, sujetos y objetos de escarnio, de mercadeo político y estigma, y como siempre, se advierte en los discursos de odio y en las campañas de deshumanización, que acaban saliéndose del margen y salpicando e interpelando mucho más allá.


“Endófobas”. Lo tuve que buscar porque nunca había escuchado esa palabra. Viene de “endofobia”, un concepto político y social que significa lo contrario a la “xenofobia”. Mientras la xenofobia es el odio al extranjero, la endofobia es la aversión, desprecio o rechazo hacia la propia cultura, su propio pueblo, su nación o grupo étnico, su raza.
Y en su perversa interpretación, en el discurso de los grupos radicales, se acusa falsamente de endofobia a las organizaciones que asisten a personas migrantes, bajo el argumento de que «priorizan a los de fuera» y actúan en contra de los intereses de su propio país.
Endófobas llaman a las ONG que se ocupan de los migrantes (no sólo de ellos, pero también de ellos) en situación precaria. Traidores porque atienden a los vulnerables sin filtros raciales o nacionales.
Y “golfas”, un descalificativo machista y degradante dirigido hacia las mujeres, porque lo hacen, según su interpretación, por puro deseo sexual hacia el salvaje, cuya más preciada conquista es el cuerpo de “nuestras mujeres” (no olvidemos la posesión, por encima de todo).
La expresión «Golfas endófobas» es un insulto de tintes machistas y xenófobos que se utiliza desde sectores de extrema derecha para descalificar a mujeres y organizaciones que trabajan en la ayuda humanitaria y la acogida de inmigrantes.
Recientemente, este término ha cobrado relevancia pública tras aparecer en septiembre de 2026 en una serie de pintadas vandálicas contra la sede y los vehículos de la Cruz Roja en Ferrol, Galicia. El ataque se produjo en el contexto de tensiones por la crisis migratoria de Ceuta.
A diferencia de otros conceptos de las ciencias sociales, la trayectoria y uso del término “endofobia” tienen matices muy particulares.
El origen del término se sitúa a finales del siglo XX. Sus primeros usos no nacieron en la sociología académica tradicional, sino en la antropología cultural y los estudios poscoloniales, así como en debates de psicología social.
En un enfoque inicial, se utilizaba para describir el fenómeno psicológico que sufrían algunas comunidades colonizadas o minorías étnicas. Debido a la presión de la cultura dominante, estas personas internalizaban el racismo o los prejuicios recibidos, llegando a despreciar sus propias raíces y a idealizar la cultura opresora.
A partir de los años 90 y principios de los 2000, el concepto fue adoptado por politólogos y ensayistas en Europa para describir una supuesta corriente de pensamiento occidental caracterizada por la culpa histórica y el rechazo a los valores tradicionales locales.
En la sociología contemporánea el término, haciendo un uso sociológico e intelectual se analiza bajo fenómenos complejos de identidad colectiva. El “etnomasoquismo”, por ejemplo, es un concepto muy cercano acuñado por el escritor francés Guillaume Faye. Describe la tendencia de una sociedad a culpabilizarse de los males históricos (como el colonialismo o el racismo) hasta el punto de celebrar su propio declive cultural o demográfico.
“Vergangenheitsbewältigung” es la palabra alemana que define el proceso de «superación del pasado». Aunque la sociología valora positivamente que un país examine sus crímenes históricos (como hizo Alemania tras el nazismo), los críticos de este proceso señalan que, si se lleva al extremo, puede derivar en un rechazo patológico hacia la propia nación.

El uso político actual nos lleva a una utilización del término «endofobia» por parte de la extrema derecha. En la última década, la endofobia ha saltado de los textos teóricos al discurso político de partidos de derecha radical y movimientos identitarios en Europa.
Arma retórica que se utiliza como una etiqueta para descalificar a gobiernos progresistas, ONGs, activistas y cualquiera que pretenda ir a aliviar la situación ante el abandono y la insuficiencia institucional.
Estos sectores acusan de endófobos a quienes defienden el multiculturalismo, la acogida de inmigrantes o el globalismo. Según su narrativa, estas acciones demuestran que las élites políticas y sociales prefieren proteger las culturas ajenas antes que la identidad, la seguridad o la economía de sus propios ciudadanos.
Pero digamos que no es el primer ataque de este tipo, ni será el último. Hace unos años, una trabajadora de la Cruz Roja abrazaba a un joven migrante que había sobrevivido al naufragio de una patera en nuestras costas. El odio que se desató hacia ella, a la que expusieron con nombres y apellidos, a la que acusaron de entregarse a la animalidad extranjera de piel oscura por pura obscenidad, era un aviso de lo que estaba por venir: la instrumentalización del cuerpo y el alma de la mujer como arma arrojadiza contra el diferente.
Era una advertencia de todo ese odio amoral que empezaba a brotar en redes y cuya peste alcanza hoy a todas partes.


Redes sociales, llamamientos ultras y desinformación. El cóctel perfecto para que en Ceuta se haya vivido otro episodio dantesco, que ha acabado en daños materiales
La última experiencia es lo vivido por la ONG navarra “Negu Gorriak”, contra la que el entramado desinformador habitual añadió la etiqueta de “proetarras”. Si comunican en euskera y llevan el nombre de un grupo de rock vasco, mucho más fácil que cuele el fantasma de ETA en esta historia.
Negu Gorriak es una iniciativa que lleva tres años acogiendo a personas migrantes en situación de calle. “Nació para atender una situación que vive Iruñea (Pamplona) y que no es una crisis migratoria, sino que la gente se encuentra en situación de calle debido a la especulación con la vivienda.”
Comenzó su actividad por el desalojo del antiguo convento de Aranzadi, un recinto donde pernoctaban personas sin hogar, alojando a 16 personas de origen magrebí en locales de la librería Katakrak para protegerles de los rigores invernales, de ahí su nombre: “Inviernos rigurosos”. Su proyecto actual: un albergue que dispondrá de 24 camas.
En cuanto a la confusión con el grupo de música “Negu Gorriak” que, de alguna forma, explica aunque no justifica la salvaje agresión, han trasladado su solidaridad con Fermín Muguruza y el resto de excomponentes: “Lamentamos el acoso y las dificultades que pueda estar sufriendo por una confusión de nombres y por el odio que, aparentemente, el fascismo les tiene desde siempre”.
Algunos medios como el periódico “ABC” o “El Español” confundieron a la banda musical y a la ONG, quien sabe si por ignorancia o por interés. El daño iba a ser el mismo, y así fue. Una cacería en el puerto contra los sospechosos, que se saldó con un intento de linchamiento ante las cámaras contra una diputada y dos activistas ajenos a dicha ONG.