Alejandro Casona me regaló el «TACHADO»

Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido como Alejandro Casona nació en Asturias, en una aldea de montaña, en marzo de 1903. Sus padres fueron maestros. En Murcia, estudió en la Escuela Normal de Magisterio, en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Conservatorio de Música y Declamación. También se inició como obrero en una carpintería, fue aprendiz de cómicos de la legua y trabajó de actor en una compañía de teatro. Fue un dramaturgo y maestro español de la Generación del 27. Su producción dramática guarda cierto paralelismo con la de Federico García Lorca.

Su vocación didáctica, le valió ser nombrado por el Patronato de las Misiones Pedagógicas creadas durante la Segunda República Española, director del Coro y Teatro del Pueblo. Este grupo, de 1932 a 1935, recorrió gran parte de la España profunda llevando a escena piezas breves del teatro clásico español. Para este proyecto el propio Casona escribió versiones dramáticas de cuentos y relatos famosos de la literatura española como Sancho Panza en la Ínsula y Entremés del mancebo que casó con mujer brava. También adaptó al teatro obras representativas de la literatura mundial, tanto para adultos como para niños y jóvenes.

En 1932 puso en escena una de sus principales creaciones: La sirena varada, pieza que definía ya su estilo poético, a la par que misterioso. Sin embargo, el estallido de la guerra civil española rompió toda expectativa de futuro para Casona. Su compromiso con el gobierno de la República fue firme, pero pronto se dio cuenta de que la guerra iba para largo. Estuvo en un hospital de Madrid montando representaciones para heridos de guerra con el Teatro del Pueblo, antes de dejar España en febrero de 1937.

Exiliado en Buenos Aires, Argentina, en 1939, estrenó el cuerpo central de su obra, en el que Casona desarrolló en profundidad su estilo teatral, movido siempre por lo que podría definirse como el conflicto entre la realidad y la fantasía, la evasión a un mundo poético mejor, la búsqueda de la felicidad, y la fuerza redentora del amor.​ De ese periodo son, entre otras: Prohibido suicidarse en primaveraLa dama del albaLa barca sin pescadorLos árboles mueren de pieLa tercera palabra y La casa de los siete balcones.

En 1982, formando parte del grupo de teatro El caserío del Centro Navarro de Buenos Aires, con los que hacíamos obras de teatro clásico español, tuve la oportunidad de representar La casa de los siete balcones en diferentes teatros de la capital y la provincia. Lo que llamaba la atención es que, siendo un grupo de vocacionales, allí se trabajaba muchísimo, porque además de ensayar las obras y aprender los papeles que cada uno tenía que representar, era la misma gente quien diseñaba y hacía la escenografía, quien se ocupaba del equipo de sonido, y quien preparaba la utilería para las diferentes obras. La directora y actriz era Alba Serrano, la iluminación estaba a cargo de Esteban Crcek y Nelson Sabaté, la escenografía a cargo de Kurt Sturm Jüngling, que además también actuaba. Formábamos parte del grupo: el ayudante de dirección Arturo Navarro, Betty Mattiángeli, Carmen Rodríguez, Miguel Rodríguez, Eduardo Capdevila, Felisa de la Puente, María Cecilia Calandria, Cecilia Estela Incarnato, Carlos Báez, Juan Carlos Ibarrola, Mary Macías y yo misma.

La acción de la obra se sitúa en 1890, en una mansión solariega rural del norte de España. En ella reside Genoveva, la heredera de la casa, una mujer que sigue esperando una carta de amor de su amado, que partió a América con la intención de mandarla llamar y casarse, y a cargo de quien se encuentra su sobrino Uriel, un chico que tiene un impedimento para hablar y el no ser sano es una deshonra para su padre. La relación con Ramón, padre de Uriel, y Amanda su ama de llaves y amante, trastocará la vida de la casa. La obra expresa la necesidad de escapar de la cruel realidad buscando alcanzar la felicidad, aunque sea a través de la fantasía. Es una apuesta por la esperanza, la inocencia y el amor y puede ser interpretada como una metáfora de nuestra sociedad, donde se rechazan a los que son diferentes, sólo por serlo.

Pero Genoveva tiene una triquiñuela, cuando no le gusta algo: los años que han pasado desde que se fue su amor, los nombres de los árboles, la presencia de Amanda que manda en su casa, los tacha y así, como por arte de magia, dejan de existir.

“.- ¿Tacharlo? ¿Cómo?, le pregunta Rosina (la joven criada) y Genoveva responde: .- Como yo. Todo lo feo, lo sucio, lo grosero, se tacha, y en paz. ¿Ves las palabras brutas del señor cuando me insulta? Tachados los insultos. ¿Ves que las comadres se guiñan el ojo cuando yo paso? Tachados los ojos. Y aquí dentro, a esa mujer…. a esa mala mujer…. ¡a esa la tengo tachada entera! ¿Comprendes ahora?”

Esa es la enseñanza que me regaló Alejandro Casona, a través de Genoveva: la existencia del poder de hacer desaparecer de nuestro día a día, todo lo que sea demasiado feo, sucio, grosero, hiriente para ser aceptado. Cosas y personas, situaciones y momentos, TACHADOS y dejan de existir.

Ese sencillo gesto me ha servido en la vida para no cargar con mochilas agraviantes, que no ayudan a nada.

Presentamos la obra en teatros a veces pequeños y otras grandes y majestuosos, los públicos variaban. Pero siempre sentíamos las emociones a flor de piel en aquellos que, desde las butacas, disfrutaban del espectáculo y sufrían con los personajes. Los aplausos nos calentaban el alma. Desde luego, es muy difícil explicar la sensación de hacer teatro sobre un escenario, meterse en la piel del personaje y sentir la respiración del público, sus risas o sus lágrimas.

Os voy a contar lo que me pasó con esta obra, en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Habíamos ido un fin de semana y hacíamos función sábado y domingo. Al llegar, armamos la escenografía, preparamos todo: ropa, utilería y después de un pequeño descanso, actuamos el sábado. La función salió muy bien y los espectadores quedaron muy contentos. Cenamos, dormimos en el pueblo y, como todo estaba preparado para la matiné del domingo, nos fuimos a pasear y conocer el centro y sus atractivos. No sin antes enterarnos que las entradas se habían agotado. Parece que los comentarios sobre la función del día anterior, entusiasmaron a la población.

Nos habíamos sentado algunos de los integrantes del grupo, en el parque central y charlábamos animados al sol invernal. Una familia que estaba sentada en un banco próximo nos miraba y nos señalaba, comentando entre grandes y niños. La sorpresa fue cuando vinieron, supusimos que a saludar a “los artistas”, y los padres avergonzados nos dijeron que las niñas (9 y 12 años) tenían algo que decirnos, pero que no nos enfadáramos. Acto seguido, las dos con sus vestidos primorosos de domingo se acercaron a mí y me dijeron muy enfadadas: “¡Mala, eres malísima! ¡No te queremos! ¿Por qué eres tan mala? ¡No vengas más al pueblo!”

Yo me quedé de piedra, como una de las estatuas del parque, mientras los padres pedían disculpas y aclaraban que habían visto la función y que mi personaje de Amanda había indignado a las dos crías, mientras mis compañeros se partían de risa y me felicitaban. ¡Gajes del oficio!

Para que podáis entender la anécdota, os traigo un video de la obra emitida en el programa “Estudio 1” de Radio Televisión Española de 1967. (Aclaro que no es la obra completa, faltan unas escenas en las que Uriel habla con su madre, su abuelo y su amiga muertos).

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

12 comentarios sobre “Alejandro Casona me regaló el «TACHADO»

  1. Me encanta que hayas recordado a Alejandro Casona. Mi única intervención teatral fue en un grupo juvenil con una participación mínima (haciendo de señor) en una obra de Alejandro Casona. No recuerdo el título. Pero me has animado a buscar algunos de los que mencionas y volver a leerlos. En aquellos tiempos leímos varias de sus obras en grupo y las comentábamos.
    Gracias de nuevo. 🙂

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  2. Buenas noches AlmaLeonor.
    ¡Qué bien que la entrada te haya permitido recordar a Casona y su obra! ¡Y tu incursión en el mundo teatral!
    Subir a un escenario, meterse en la piel del personaje y sentir al público que te acompaña en el viaje, es una experiencia única que creo que todos debiéramos realizar, por lo menos una vez en la vida.
    Gracias a ti, por tu comentario. Un abrazo.

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  3. Vaya, vaya, vaya, Marlen.
    Tú has sido desde cocinera hasta fraile. ¡Qué maravilla!
    La verdad es que siempre he pensado que un actor que se hace odiar por su papel, es un grandísimo actor. Creo que es mucho más difícil llegar al público desde el villano y, todavía más difícil, dejar de lado al personaje y valorar al actor. Si la obra es buena, tendemos a meternos tanto en la trama que equivocamos las emociones. Creo que esto es algo que he ganado, desde que me dedico a escribir cuentos. Ahora valoro mucho más la creación de personajes «odiosos» y me distancio más, también, de la trama.
    Felicidades, porque les hiciste creer el personaje a los niños y, a los niños, es difícil de engañar.
    Me quito el sombrero ante tu arte. Otro título el que añadir a los que ya te he dedicado, cómica 😜 (como definición de comediante).
    Con respecto al mensaje de la entrada, sería muy interesante ser capaz de tachar todo lo malo y tóxico que nos rodea. En mi caso es bastante difícil, aunque lo trabajo. Esas cosas son las que más vueltas da en mi cabeza y luego no me dejan dormir. Pero es un buen método para inculcar a nuestros niños.
    Un Abrazo

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    1. Buenos días, Jose.
      Es la ventaja que tiene acumular años, que te da la opción de meterte en diferentes papeles e intentar divertirte en cada uno. La verdad es que fraile no lo he intentado, y ya no creo que lo intente. Aunque ya sabes: nunca digas nunca.
      Yo siempre he pensado que es más difícil hacer reír que hacer llorar sobre un escenario. Creo que el espectador empatiza más con el que sufre que con el que disfruta. No sé por qué y tampoco me pasa con la lectura. Cuando hacía un papel cómico, sólo tenía que poner cara de: ¿Quién, yo? Y la risa estaba asegurada. Pero cuando tocaba una malvada, por ejemplo la Amanda de esta obra, sentir la reprobación del público me afectaba, me hacía sentir mala persona. Y me costaba interpretarla. Pero evidentemente, por estas niñas y por otros comentarios, no lo hacía mal. Ahora recuerdo, por ejemplo, de una amiga que, al terminar la función, me dijo: ahora no puedo darte un beso, después hablamos. Y se fue de mi lado.
      En cuanto al «tachado», yo lo logro muy bien, hasta que me meto en la cama. Entonces aparecen los fantasmas y ¡adiós muy buenas! Pero tienes razón, es una buena enseñanza para los niños. Me pasó con mi sobrino Uhaitz y la experiencia dio pie a esta entrada. Hace un poco más de un mes se enfadó con un compañero, se escapó de la escuela y vino a mi casa a buscar refugio. Con toda mi paciencia y dulzura lo consolé y le conté mi «secreto». Dos días después me llamó por teléfono: «Tita, tu secreto funciona.» Me hizo feliz.
      Un abrazo grande.

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        1. ¡Ja Ja, ya lo siento! Pero los payasos no me gustan. Me inspiran una tristeza horrible. Prefiero el de «Cómica» o «Comediante», me recuerda a los «Cómicos de la legua».
          Lo de mi sobrino también me emocionó a mí. Además, según me ha contado después, los dos niños se han hecho amigos. El otro pobre no entendía por qué este no le plantaba cara ni le hablaba. ¡No puede ser tan fácil!
          En cuanto a los Reyes, como no les festejo, no me traen nada, ni carbón siquiera. Pero el día me ha cundido, mañana ya verás por qué lo digo.
          Gracias por lo de «artistaza». No me eches tantos piropos, que al final me lo voy a creer.
          Un abrazo grandote y ¡Cuidado con el Roscón!

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