Ellos sabían lo que pasaba cuando el Aitona descolgaba el zurrón marrón que siempre pendía del clavo al lado de su cama. Como en un ritual mágico, aparecía en el salón, y se sentaba silencioso en la silla de la cabecera de la mesa, esa que era su trono desde el cual manejaba toda la casa con apenas unos gestos.
Los niños entonces se apresuraban a realizar cada uno su tarea. Aintzane, la mayor, tomaba el jarrón de cristal de la Amoña del centro de la mesa y con muchísimo cuidado lo sostenía mientras sus hermanos hacían el resto, sabiendo que era la tarea más peligrosa. Era el recuerdo del viaje de boda de sus abuelos, el que con muchísimo esfuerzo y la ayuda de toda la familia, habían emprendido para ir a Alemania y comenzar una nueva vida lejos del caserío, lejos de la tierra amada y lejos de todos quienes desde siempre habían velado por ellos.
Luego llegó el empeño por abrirse camino, los tiempos amargos de soledad, el trabajo duro. Pero a eso estaban acostumbrados. A lo que no pudieron acostumbrarse fue a la mezquindad, a la avaricia y el egoísmo de aquellos vecinos que de pronto, después de años, después de compartir trabajo, sueños y esperanzas, se convirtieron en enemigos de los extranjeros como ellos. Una voz, una imperiosa y aterradora voz obró el desastre e inició uno de los genocidios más horrorosos de la historia humana.
Y ellos, que habían aprendido cantos, costumbres, recetas de comidas nuevas y el idioma en el que se compartían, tuvieron que olvidar, dejar todo otra vez, cerrar la puerta con llave para no volver y desandar el camino. Lo único que decidieron llevarse fue el jarrón de cristal de Bohemia tallado, de color rubí, ese que les vendió el señor Václav que lo había fabricado en su tierra natal, el que les costó varios meses de pagos, el que disfrutaban viendo la luz jugar con sus transparencias y sus maravillosos rojos. Ese que era el objeto más complicado de transportar por su fragilidad. Y que, a pesar de todo, estaba entre ellos a miles de kilómetros y de años, orgulloso de haber sobrevivido.
Habían ido dos y volvían cuatro. La guerra les perseguía, la guerra y esa voz potente, amenazadora de un pequeño hombre poderoso. El viaje fue infernal, recorriendo media Europa, huyendo de las desgracias y los terrores, con dos hijos pequeños que se hicieron mayores antes de tiempo. Pero aquí estaban ellos, sus hijos y los hijos de los hijos. Y en el centro de la mesa, el jarrón de cristal de Bohemia tallado, de color rubí.
Josu, el segundo nieto, levantaba el tapete de la mesa, lo doblaba cuidadosamente y lo colocaba en el respaldo del sillón. Y Martintxo, el pequeño de la familia, corría a buscar el mantel a la cocina y ayudaba a extenderlo sobre la mesa para que el Aitona obrara su magia. Que, como toda magia, empezaba con una fórmula: “No sé si os he contado alguna vez…”
A continuación, sacaba del zurrón las hojas de tabaco y separaba algunas que estaban bien enteras y sin roturas y las colocaba sobre una parte del mantel, alisándolas con cuidado. Luego, con una navaja que también tenía en el zurrón y una maderita para apoyar, iba cortando las hojas más estropeadas, quitándoles la nervadura central y colocando el picadillo sobre las hojas buenas. Después, con infinito cuidado, las enrollaba cortando lo que sobresalía y presionando para hacer 2 o 3 cigarros de cada una. La operación, que mantenía en vilo y en silencio a los niños, acababa ordenando los cigarros en una caja de madera de la que luego se serviría el cigarro de la sobremesa y el de la «yapa» fumado en cualquier momento del día, normalmente escuchando música frente a la chimenea, o, como en este caso, cuando acababa de hacer los ocho o diez puros para los próximos días.
.- No sé si os he contado alguna vez…, dijo aspirando el cigarro elegido y ahumando a sus nietos… cuáles eran las diversiones y los juegos de aquel niño que era, al que le gustaba recorrer con sus amigos las calles de la Parte Vieja donostiarra.
.- Nos has contado de cuando empezaste en la escuela como párvulo, dijo Martintxo. Me acuerdo de esa palabra, porque yo no la conocía.
.- Si, acotó Josu, que el maestro se sentaba frente a la clase, con un cartel sobre las piernas, señalando con un puntero las letras del alfabeto.
.- Dejar que cuente el Aitona, reprendió Aintzane a sus hermanos.
.- Comenzaré por contaros lo que en nuestra jerga llamábamos “Sokamuturra”. Dado que este espectáculo fue prohibido unos años después, deduzco que mis recuerdos son de cuando yo tenía entre siete y ocho años. Se traían reses bravas de Lastur, pequeñas, de pelo colorado, muy vivas, de las que se revuelven con facilidad. Se ataba al cuello de una res una soga de unos cincuenta metros de largo, con un grosor de unos tres o cuatro centímetros. En la extremidad opuesta, es decir, en la otra punta de la soga, se dejaba un trozo de un metro, que era manejado por un matarife, experto en abrirse camino y buen conocedor de las mañas de los animales. Haciendo girar dicha extremidad, le era fácil tener libre el paso, pues si alguien intentaba ponerse delante, la soga hacía las veces de látigo.
El juego consistía en que algunos muchachones se tomaban de la soga y otros, diestros y vigorosos, corrían a sólo pocos metros delante del animal, dejando ese espacio de cuerda libre para que maniobrara. He dicho que las reses solían ser bastante bravas y por consiguiente se pegaban sus buenas carreras. De igual modo, toda la pandilla que corría delante debía ser muy ágil para mantenerse alejada de los arranques del animal.
Las más de las veces nosotros veíamos el espectáculo desde nuestros balcones, ya que viniendo por la Calle Mayor doblaban por la de Embeltrán, para continuar hasta la Brecha y entrar a la Plaza de la Constitución, en cuya parte central había una sólida argolla de hierro sujeta al suelo. El hombre que llevaba el extremo de la soga terminaba su cometido atando con suma destreza la cuerda a la argolla, con lo cual finalizaba la actuación de la muchachada que había corrido a lo largo de todo el trayecto y empezaba la de aquellos que citaban a la res en la plaza.
En el recorrido solían producirse las escenas más inesperadas, porque de pronto se plantaba la res o se introducía por alguna de las calles laterales y ahí era el tirar de la soga para obligarla a continuar la marcha, lo que se veía facilitado por la gran cantidad de jóvenes que intervenían en la tracción. No faltaba alguno que tropezara y cayera, exponiéndose a ser pisado por los que venían detrás o a recibir una cornada del animal. A propósito, os diré que las reses no eran emboladas. No debía ser muy agradable recibir un topetazo.
.- ¡Como en los encierros de San Fermín que vemos contigo!, dijo Martintxo excitado.
.- Sí, así es. Una vez en la plaza, atado a la argolla y con el cuadrilátero lleno de jóvenes, el animal, con la libertad de acción que le permitía la larga soga, se encabritaba y arrollaba con ella a los improvisados toreros, haciéndolos rodar por el suelo. El espectáculo, si bien era divertido, no dejaba de ser salvaje y recuerdo que cierta vez uno de los participantes recibió heridas que le causaron la muerte.
.- ¡La muerte! exclamó Aintzane sorprendida.
.- Bueno, sólo recuerdo que pasó una vez. Pero a nosotros, chavales como éramos, también nos impresionó y empezamos a entender que los juegos, a veces, no son tan divertidos. El hecho es que, no recuerdo si fue por este caso, pero finalmente, las autoridades decidieron prohibir la sokamuturra. En aquellos tiempos la juventud adulta era muy tradicionalista, pero en estos entretenimientos se mezclaba la gente del pueblo con los “señoritos”, lo que aquí llamaríamos “niños bien”.
.- O sea pijos, explicó Josu.
.- La prohibición dio motivo a grandes protestas por parte de esa juventud, exteriorizadas ante las autoridades con bullangueras manifestaciones. Pero tanto el alcalde como los concejales no transigieron y muchos de los manifestantes, que en su mayoría eran “señoritos”, fueron a parar a la cárcel.
Debo aclararos que el castigo impuesto a aquellos muchachos fue una fiesta más y no una penitencia, porque siendo en su mayoría hijos de familias acomodadas, durante los ocho o diez días en que estuvieron encarcelados, fueron atendidos en sus comidas por los mejores restaurantes, convidándoles además a los otros detenidos, que carecían de medios. ¡Menuda juerga se armó en la cárcel! exclamó el Aitona recordando y riendo con ganas.
Y por hoy, voy a dar por terminadas las evocaciones que se refieren a mi niñez.
.- ¡No, Aitona, no pares ahora!, gimió Martintxo.
.- ¡Por favor, cuéntanos a qué jugabas tú en aquellos tiempos!, pidió Josu.
.- Aitona, ¿estás cansado? ¿quieres un vaso de agua?, preguntó Aintzane, siempre pendiente del bienestar de su abuelo.
.- ¿De agua? No maitia (cariño), tráeme un buen vaso de ardoa (vino) que tengo la boca seca de tanto hablar.
Y los cuatro se echaron a reír, felices de compartir esos momentos de disfrute prodigioso, sabiendo que más allá de todo lo que haya pasado o vaya a pasar, el lazo invisible de amor sublime, orgulloso de sobrevivir, los mantendrá unidos y no habrá fuerza que pueda cortarlo.





Hola, Marlen.
¿Crees que estas escenas se seguirán representando hoy en día?
Yo lo dudo mucho. Ahora los viejos estorban hasta para contar cuentos.
Sí, ya sé que siempre me recriminas por ser tan pesimista, perooooooooo
Muchas veces los objetos antiguos estorban, no abunda el espacio y, cuando menos, son necesarios para almacenar cosas nuevas; sin embargo, no es el valor del objeto lo más importante, sino lo que representa, los recuerdos que evoca, las vivencias que contiene.
Hoy en día, todo es virtual. ¿Serán capaces estos falsos «objetos» de conmover nuestras memorias como lo hacían los materiales?
Precisamente, nuestras memorias, al menos la mía, cada vez van teniendo más lagunas y estos objetos son los catalizadores de todas esas «vidas».
Las fotos en papel, una postal, una llave, un anillo, una entrada de un espectáculo… hasta el corcho de una botella de vino pueden ser grandes recuerdos. Lástima no tener un trastero mágico sin fondo.
¡Larga vida a los recuerdos de nuestros antepasados!
Abraso eterno en el tiempo, amiga mía.
Hola Jose.
Este relato surgió a raíz de poner el otro día esas flores en el jarrón de la foto. Y personas, lugares, recuerdos comenzaron a desfilar para regalarme el cuento que os he traído, que de su realidad vivida tiene poca, pero me sirvió para convocar a los duendes. Como siempre.
Perteneció a los abuelos de mi marido Kurt, alemanes que huyeron del régimen nazi cuando comenzaba a gestarse la locura de Hitler. No eran judíos ni comunistas, pero su repulsa a las ideas que comenzaban a expandirse, les hizo abandonar Hamburgo con toda la familia antes de la invasión de Polonia, cruzar el Atlántico y buscar la paz de un pequeño país como es Uruguay. Kurt los amaba, sobre todo a su abuelo, lo acompañaba al puerto cuando llegaban barcos y subían a bordo porque era despachante de aduanas. Como bien dices, el jarrón era un catalizador de su vida de niño y adolescente y yo lo he heredado.
Son muchos los objetos que me rodean y que convocan personas y recuerdos queridos. Entre los más importantes, las fotos en álbumes y en retratos. No he vivido en ninguna casa donde no haya creado mi rincón de retratos. ¡Pobres de aquellos que no resguardan su pasado! Creo que así como pienso que los pueblos que no tienen memoria, están condenados a repetir sus errores. Así también las personas que no tienen recuerdos, vivencias de quienes les precedieron, creo que están condenados a no entender nunca lo que es la vida y sus propósitos.
¡Y que no me diga nadie que desaloje mi trastero! No pienso hacerlo.
No puedo contestar a tu pregunta de si creo que estas escenas se seguirán representando hoy en día. O tal vez no quiero contestármela. Porque no quiero creer que ahora los viejos estorban hasta para contar cuentos. Y no, no te recrimino por ser tan pesimista. Tal vez lo que quiero, lo que necesito es resguardar mi trocito de optimismo y me aferro a él.
Abrazo eterno a través del tiempo para ti también, Amigo.
Reconozco haber pisado inadvertidamente la soga…y no cuento más. Un abrazo.
Hola Carlos.
¿¿Inadvertidamente?? 🤣😂🤣 ¡¡No te lo crees ni tú!!
La adrenalina atrae más que el miedo a un topetazo.
Un abrazo.