Los gauchos vascos

El campo de mi padre era de forma rectangular, estrecho y alargado. Hacia el poniente limitaba con una fracción de 500 hectáreas que arrendaba un vasco de apellido Mugarra, y hacia el este con otra de doble superficie que la anterior, explotada por dos viejos solterones, también vascos, que nosotros habitualmente llamábamos por su nombre de pila: don Pedro, y don José. Los tres eran muy amigos de mi padre, vecinos de muchos años y a mí me trataban con especial consideración. Yo les había cobrado sumo aprecio, porque de ellos había aprendido muchas cosas del campo y no perdía la oportunidad de visitarlos.

Mugarra tenía su pasado similar al de otros tantos coterráneos, historia había oído yo relatar muchas veces. Muy joven había venido a la Argentina atraído por la magia que el solo nombre de nuestro país producía a los gizones de Euskalerría. Había abandonado el país para eludir servir al rey, vale decir hacer el servicio militar, máxime que en aquellos tiempos, España guerreaba en Marruecos y cabía la posibilidad de ser destinado al ejército combatiente en África.

Llegado al país fue a trabajar de peón en la zona de General Lamadrid, donde tenía muchos paisanos, y ancló definitivamente en aquel pago. Empezó con un modesto sueldo y al cabo de pocos años con sus ahorros y la ayuda de un amigo, se constituyó también en patrón, arrendando la fracción lindera a la nuestra. En los comienzos procuraba aumentar sus ingresos, cazando nutrias y zorros, cuyas pieles vendía a los mercachifles, casi todos libaneses, impropiamente llamados turcos, que con sus carromatos visitaban las estancias comprando cerda, plumas de avestruz y cueros de bicherío.

A veces, en el tiempo de la cosecha, no conseguía peones para trabajar por día, porque todos estaban ocupados en las trillas; el trabajo se le acumulaba y le quedaban tareas rezagadas. Entonces nos solicitaba a mi padre en préstamo, a mi primo y a mí, para que lo ayudásemos en las tareas más simples.

Esto nos llenaba de júbilo e íbamos a pasar una semana en su compañía. Ensillábamos dos buenos caballos y ya con la sensación de tener la responsabilidad de ser útiles a nuestro vecino, nos mudábamos a su rancho. Podíamos ir por la calle, pero so pretexto de ahorrar dos leguas, lo hacíamos saltando el alambrado divisorio. Esto constituía la iniciación de nuestra vida de gaucho.

Mugarra, solterón y solitario, habitaba un rancho carente de las más indispensables comodidades. Esta falta de confort, este primitivismo, lejos de amilanarnos, nos hacía sentir pichones de gaucho.

Al lado del rancho había una enramada protectora para desensillar a la sombra. En la cocina había varios bancos y una pequeña mesa de madera. El menaje consistía en la olla, la cacerola, la pava, algunos platos de lata, tazas del mismo material, el asador y algunos otros cacharros. No faltaba la bota para el vino. Dormíamos en catres de tijera, usando como ropa de cama las matras o jergas componentes de nuestros recados. Después de cabalgar todo el día, no notábamos la falta de colchón y dormíamos como potrillo blanco.

Para el alumbrado, en la pieza en que dormíamos, teníamos velas fabricadas por Mugarra mismo, con sebo de oveja. En la cocina la iluminación la daba un candil construido con una lata de galletitas, en cuyo interior se quemaba una mecha de arpillera, impregnada en grasa.

Comíamos en la cocina después de agotar una cebadura de mate amargo, sin más cubierto que el cuchillito usado en la cintura. El menú tenía pocas variaciones al mediodía, puchero de oveja, y por la noche, un costillar de paleta al asador; el asado lo hacía en el fogón, y ya listo, clavaba el hierro en el centro de la cocina, cuyo piso era de tierra, con un agujero en el medio, practicado exprofeso, con ese fin. Aquel solitario solterón sentía ansias de extravertirse y aprovechaba la oportunidad de la sobremesa para inquirirnos sobre política, fútbol y carreras. Se reía a carcajadas cuando nosotros imitábamos al gran actor Saseaux, que en aquellos tiempos representaba en Buenos Aires «El Vasco de Olavarría».

Nos sentábamos en pequeños bancos de madera, o en cabezas de vacas cubiertas con un cuero, lo más bajo posible, para evitar la acción irritante del humo que invadía el ambiente antes de escaparse por una chimenea de deficiente tiraje. Durante la cena, planeábamos el trabajo del día siguiente. A nosotros nos encomendaba las tareas más sencillas, pero de ese modo, el patrón podía dedicarse a otras de mayor responsabilidad.

Recorríamos el campo. A los borregos muertos los cueréabamos; si encontrábamos ovejas echadas patas arriba por no poderse dar vuelta, las levantábamos (las ovejas muy gordas si al echarse quedan con el lomo en contacto con el suelo y las patas hacia arriba, no pueden incorporarse; si no se las auxilia, mueren en esa posición). Si veíamos un vacuno muerto, o un alambre cortado, fijábamos bien el lugar y transmitíamos el informe. En un potrerito junto al rancho, pastoreaban las lecheras y los caballos; era necesario sacar agua de un jagüel, porque no había molino. Esta tarea también nos estaba encomendada. El procedimiento había caído en desuso.

El jagüel es un pozo rectangular de 8 a 10 metros de largo por 3 de ancho. La profundidad varía entre 5 y 10 metros y depende del nivel de la napa subterránea. El agua se extrae con un gran balde de metal o un cajón de madera unido por una canaleta, también de madera, que conduce el agua al tanque. En una de las extremidades del jagüel, junto al borde, hay un soporte hecho con dos palos cruzados sosteniendo una roldana. Una fuerte soga está unida por uno de los extremos al cajón o balde, y luego de pasar por la roldana, se ata a la cincha del caballo. De esta manera, el equino, constituido en fuerza motriz, recorriendo siempre la misma huella, cuando se aproxima al jagüel, el recipiente se sumerge en el agua y se llena; cuando el caballo se aleja, el recipiente se eleva, el agua corre por la canaleta del tanque. El caballo debe repetir, dirigido por el jinete este monótono recorrido de ir y venir en una distancia de 10 a 12 metros.

Mugarra se sentía muy aliviado cuando lo reemplazábamos en esa tarea poco atractiva. Pero nosotros la tornábamos más interesante. El tanque era amplio, circular, de 25 a 30 metros de diámetro; se los llamaba tanques australianos y servían, al mismo tiempo, de tanque y de bebedero. Tenían un alambrado en su interior paralelo al borde; en ese espacio bebía la hacienda. En el resto, en la parte interior quedaba un amplio círculo donde crecía un nutrido juncal que mantenía fresca el agua. Allí anidaban gallaretas, patos y otras aves acuáticas. En los intervalos de nuestra tarea nos despojábamos de la ropa y nos introducíamos en medio de los juncos buscando nidos con huevos y pichones. Cuando salíamos debíamos desprendernos de unos gusanos adheridos a la piel de las piernas, que los paisanos llamaban sagueipés.

En otra tarea éramos también útiles; lo ayudábamos a hacer una parva. Al lado del rancho había un potrerito sembrado de alfalfa. Si el tiempo había sido propicio, Mugarra efectuaba un corte con una máquina de cortar pasto, a la cual se ataban dos caballos. Después pasaba el rastrillo y nosotros lo ayudábamos haciendo montones con la hierba ya seca. Transportábamos el pasto en una rastra hecha con un lienzo del corral de los lanares, atado a la cincha de un manso caballo. Mugarra, estratégicamente colocado en un rincón del potrerito, acondicionaba el pasto llevado por nosotros y hacía una pequeña parva destinada a servir de forraje a las lecheras durante el invierno.

De todas estas tareas, la más atractiva e interesante era participar de una pequeña yerra, efectuada con 20 o 30 terneros, que por diversos motivos habían quedado sin castrar. Encerrado en un amplio corral, Mugarra, montado en un caballo muy baqueano para esa operación, enlazaba el ternero y lo volteaba, dejaba el caballo tirando, descendía prestamente de la cabalgadura y con sus potentes brazos inmovilizaba y maneaba al ternero. Extraía el cuchillo de su cintura y en unos instantes procedía a castrarlo, señalarlo y marcarlo.

Nuestra cooperación consistía en mantener el hierro al rojo en una hoguera encendida de huesos secos en un rincón del corral y alcanzárselo rápidamente cuando lo solicitaba. En la misma hoguera asábamos las criadillas recién extraídas y nos dábamos un banquete.

Mugarra se levantaba de madrugada y ordeñaba 5 o 6 vacas; además de procurarse leche, cuando tenía tiempo, en su deseo de autoabastecerse, hacía algunos quesos. Los fabricaba con un procedimiento primitivo. Coagulaba la leche con un polvo que llamaba cuajo. Separado el suero, colocaba la crema en un recipiente agujereado de forma circular, la quesera, y haciendo presión con sus robustas manos, les daba consistencia y forma escurriendo el líquido. Después de orearlos a la sombra, tenía su postre favorito.

Después de la cena, siguiendo una costumbre de Mugarra, tomábamos un gran jarro de té, servido con bombilla, como el mate. Chupábamos una serie de sorbos por turno, haciendo circular de mano a mano el jarro con la infusión.

Las imágenes que ilustran esta entrada son de Florencio Molina Campos, dibujante y pintor argentino, del que, algún día os contaré su historia.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Los gauchos vascos

    1. Hola buenas tardes.
      A mí también me parece muy importante no olvidar cómo se fue poblando la Argentina, los esfuerzos que afrontaron aquellos pioneros y de qué orígenes provienen los actuales pobladores. Es bonito recordar aquello que podemos aportar.
      Gracias a ti por comentar. Un saludo desde Euskadi.
      Marlen

Responder a AlmaLeonor_LPCancelar respuesta

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo