La memoria del aparador de mis abuelos

Yo sigo aquí. Siempre he estado aquí. Mis patas firmes se asientan sobre las baldosas rojas y frías, marcadas por años de pasos, de carreras de niños, de zapatos lustrados y pantuflas gastadas. Mi madera huele todavía a cera tibia, a vino derramado, a tardes de verano donde las ventanas abiertas dejaban entrar el sonido del piano de la casa de Pepa.

Llegué a esta casa cuando María Pilar me eligió, en la sala de aquella subasta. Ella, seria como buena vasca, pero con una ternura inmensa para los suyos, entró a esa sala de remates con decisión y me miró con la determinación de quien sabe lo que quiere, aunque no supiera aún por qué. “Serás mío”, parecían decir. Yo lo supe. Yo lo sentí. Y cuando el martillo cayó, sonrió satisfecha.

El vendedor, como si le leyera el alma, le ofreció un juego de copas que no había logrado vender. Era un gasto extra, sí, y durante meses las chuletas en esta casa se hicieron más pequeñas, las alubias más frecuentes. Pero ella repetía que ese año, las alubias “estaban saliendo especialmente buenas”.

Así comencé mi vida con ellos. Hacía apenas un año que habían llegado a Buenos Aires. Habían dejado atrás las guerras, las huidas, las noches interminables en Bayonne, cargando apenas con lo imprescindible.

Sigo aquí, testigo silencioso que guarda cada detalle, cada secreto y cada aroma de la historia de la familia, firme contra la pared blanca, como un guardián silencioso del tiempo.

A través del techo de cristal se proyecta una luz espolvoreada de niebla. La luz de la tarde acaricia mi madera cálida, revelando las vetas que parecen caminos, mapas de un mundo que ya sólo existe en los recuerdos. Los tiradores gastados conservan el tacto de las manos que lo abrieron miles de veces, y en mi interior, alineadas con mimo, las copas de cristal descansan en mi estante de vidrio y en el otro, como joyas antiguas, esperando otra celebración. Yo las he protegido siempre, como un cofre guarda sus tesoros.

En estas copas había algo más que cristal: había promesas. Por eso ella sólo las sacaba en ocasiones especiales, como quien abre el joyero de un orfebre. Bodas, bautizos, cumpleaños, las fiestas de fin de año, el día de San Sebastián … y siempre con el mismo ritual. “Venancio, tráeme las de arriba primero… ahora las de abajo.” Él, hombre de principios, recto y honesto, obedecía con gusto, pero nunca tocaba más que eso: las copas. Yo era territorio sagrado de María Pilar. Ella mandaba en mí. Desde que se instalaron en esta casa de la Avenida Garay, todos los almuerzos y cenas de familia se hacían en esa mesa. 

Las copas de cristal de mi abuela

María Pilar… ¡qué mujer! Sus manos firmes, sus dedos pequeños pero incansables. Su risa… ¡ah, su risa! Fuerte, inesperada, como un estallido de campanas. La escuché tantas veces rebotar contra estas paredes, mezclada con el tintinear del cristal de las copas, el olor a salsa verde de la merluza, el del bacalao a la vizcaína con su pimiento choricero, el del bacalao al pil-pil o el de la cazuela de txipirones en su tinta, negros como el carbón.

Los domingos eran un festín: el aroma de la salsa espesando en la olla, el pan recién comprado en el mercado, los pasos veloces de los nietos, los brindis del buen vino tinto que hacían vibrar mis estantes, el sonido de las voces que se superponían, las risas, los cantos, las discusiones que siempre acababan en brindis. La casa olía a jazmines frescos, porque siempre había flores en los rincones. Era un olor que se mezclaba con todo: con el vino, con las canciones, con las carcajadas de toda la familia.

Y Venancio, el disfrutón de la vida, el que siempre procuraba hacer el bien y evitar el mal, sin justificar acciones aunque le resultaran ventajosas, pero contrarias a los principios verdaderos.. Nunca se atrevió a abrir mis cajones ni a tocar mis secretos. Sólo obedecía cuando Pilar le pedía las copas: primero las de arriba, luego las de abajo. Sus dedos grandes y cuidadosos rozaban el cristal, y yo temblaba un poco, como si sintiera el respeto que me tenía.

Una vez, lo recuerdo tan claro como si hubiera ocurrido ayer, una pequeña mancha cambió mi piel para siempre. Tú, con apenas seis o siete años, te sentaste a la mesa, como siempre para hacer los deberes de la escuela. El tintero, buscando espacio, reposaba sobre mí, ligero, confiado… hasta que no lo fue más. El hilo oscuro se deslizó, se expandió lento al principio y manchó mi madera. Sentí el frío de tu desesperación, el temblor de tu llanto. María Pilar se acercó, te abrazó fuerte, y con esa voz que todo lo contenía, te susurró:

.- Esos accidentes pasan, mi niña. Ahora esta mancha será parte de nuestra historia.

Y así fue. Yo la guardo aún, esa sombra azulada que ni el tiempo ni el alcohol pudieron borrar. Desde entonces, cada vez que la veo, la escucho, la siento, pienso en su abrazo, en su paciencia, en la forma en que María Pilar convertía los problemas en recuerdos. Es un pedazo de amor tatuado en mí.

Los años han pasado. La casa sigue oliendo a jazmines y a flores frescas, las reuniones siguen llenándome de risas y canciones. Pero hay algo distinto en el aire. María Pilar ya no está, aunque su espíritu sigue habitando los rincones.

Lo sentimos en cada almuerzo familiar, cuando los biznietos corretean entre las sillas, cuando los jazmines perfuman el aire, cuando alguien me abre y las copas tintinean suavemente, como si despertaran ecos.

María Pilar ya no está. Y Venancio Venancio me confunde con el tiempo, empieza a perder las orillas de su memoria. A veces no recuerda qué día es. A veces se detiene a mitad de una frase, buscando una palabra que se le escapa. Hay días en los que su memoria es un hilo frágil que se enreda y se corta.

Y hay días, los más extraños y tiernos, en los que caminando despacio, se acerca a mí como antes, abre mi puerta superior y saca las copas, una por una. Las lleva a la cocina y las deja sobre la mesada, con esa misma ceremonia que compartían.

.- Para que Pilar las lave —dice, con esa media sonrisa que usaba cuando sabía que estaba haciendo lo correcto.

Nadie lo corrige. Nadie se atreve. Porque en esos momentos, en su mundo, ella sigue aquí, en el mercado, con los puesteros que le dedican un respetuoso “Buen día, Doña Pilar”; sigue en la cocina, riendo fuerte mientras prepara la comida, mientras les da de comer a sus canarios y les habla para que estén contentos y canten fuerte, sigue con su delantal, secando las copas con un paño, canturreando bajito en euskera.

El Alzheimer no ha borrado su amor. Sólo ha difuminado las fronteras del tiempo. Y quizá eso sea lo que mantiene viva la casa, porque cada vez que él lleva las copas, aunque su cuerpo tiemble y su voz se quiebre, todo parece volver a empezar.

Y mientras las manos de Venancio sigan buscándome, mientras las copas tintineen como un eco antiguo, mientras el perfume de jazmines se una al de madera encerada para seguir llenando el aire, mientras Venancio siga llamando a Pilar desde la cocina … María Pilar nunca se habrá ido del todo, seguirá viva aquí dentro, en nosotros.

Los jazmines de mi abuela

Porque yo soy más que un aparador, guardo más que madera y cristal, guardo memorias, guardo el sonido del cristal, los ecos de las risas, los pasos, los crujidos de las puertas, canciones antiguas coreadas por grandes y chicos, aromas, los brindis que todavía resuenan. Guardo el alma de quienes lo vivieron.
Soy un cofre que preservo la memoria.
Y la memoria… la memoria no se pierde nunca del todo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “La memoria del aparador de mis abuelos

  1. Buenos días, Marlen. Has escrito una elegía conmovedora y nostálgica narrada desde la perspectiva de un aparador de madera, nada menos, testigo de la vida de una familia vasca en Buenos Aires. Con una prosa poética y cargada de ternura, describes la llegada del mueble a manos de María Pilar, una mujer fuerte y amorosa, y su papel como guardián de las copas de cristal y los recuerdos familiares. Los detalles –el tintineo de las copas, el aroma a jazmines, la mancha de tinta de una niña– tejen una atmósfera cálida y viva, contrastada por la ausencia de María Pilar y el Alzheimer de Venancio, quien aún la busca en rituales cotidianos. El relato llama la atención por su capacidad de transformar un objeto inanimado en un narrador lleno de alma. Además, valoras la memoria como un tesoro imperecedero.
    Gracias por compartirlo.
    Un abrazo

    1. Hola Marcos
      Muchas gracias por tus palabras. Has sabido captar lo que he querido transmitir a través de este cuento: la memoria de los seres queridos y de lo que con ellos disfrutamos es una riqueza perpetua que merece ser atesorada y recordada. Y me alegro que tú también lo valores.
      Un abrazo.

  2. Qué relato tan hermoso y lleno de vida. Se siente como si uno pudiera oler los jazmines, escuchar el tintinear de las copas y sentir la presencia de María Pilar en cada rincón. La forma en que el aparador guarda memorias, emociones y amor es conmovedora. Gracias por compartir algo tan tierno y profundo; realmente toca el corazón.

    1. Hola Lincol
      Me alegro mucho que te haya llegado la voz del viejo aparador. Tiene tanto que contar que tuve que pedirle que se contuviera un poco porque las emociones se disparaban. Gracias a ti por acercarte a mi rincón y comentar. Es un placer saber que has disfrutado del relato. Un abrazo fuerte.
      Marlen

      1. Hola Marlen. Qué bonito mensaje. Gracias por compartirlo y por dar vida a ese viejo aparador con tanta sensibilidad. Se nota el cariño que pones en cada historia. Para mí ha sido un gusto leerte y dejarme llevar por tus palabras.

        Un abrazo grande.
        Lincol.

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