Tantaka-tantaka

En la aldea de Feldbruck, donde los inviernos parecían eternos y los veranos duraban lo que un suspiro, vivía el viejo relojero Markus Jüngling. Tenía manos finas, mirada tranquila y un oficio tan meticuloso que algunos juraban que podía escuchar el latido de un reloj desde la otra punta de la plaza.

Su casa estaba justo detrás del taller, y junto a ella se extendía un pequeño jardín que era la envidia de los vecinos: flores que parecían pintadas a mano, arbustos redondeados con precisión matemática y un manzano tan perfecto que los niños del pueblo creían que debía ser obra de brujería.

Markus, sin embargo, siempre decía la misma frase cuando le preguntaban cómo hacía para mantener aquel paraíso:

.- Gota a gota y día a día, como todo lo que vale la pena.

La única persona que encontraba profundamente desesperante esa filosofía era su nieto, Klaus.

Klaus tenía doce años, entusiasmo excesivo y una relación tensa con cualquier cosa que tardara más de cinco minutos en funcionar. Si a él le parecía lento, debía haber una forma de acelerarlo. Y si no la había, pues se inventaba.

Una tarde de primavera, el niño apareció corriendo en el taller con una maceta en las manos. Dentro, un diminuto brote apenas asomaba de la tierra.

.- ¡Abuelo! —dijo, con los ojos brillantes—. ¡En la escuela nos dieron semillas! Voy a hacer crecer el árbol más grande del pueblo.

Markus dejó la lupa y la rueda dentada, y sonrió con una serenidad que a Klaus le resultaba sospechosa.

.- Los árboles crecen despacio —advirtió.

.- Sí, sí, pero este será distinto —respondió él—. Voy a cuidarlo muchísimo. Todo el tiempo. Sin descanso.

El abuelo frunció el ceño, como quien escucha a alguien anunciar que va a mover las agujas del reloj a mano.

.- Klaus, un árbol necesita paciencia. Agua en su justa medida. Luz. Tiempo.

.- ¡Tiempo! —refunfuñó él—. Todo el mundo siempre dice “tiempo”. ¿Y si yo no tengo tiempo para el tiempo?

Markus suspiró.

.- Entonces tendrás que aprender a fabricarlo.

Los días siguientes fueron un espectáculo que toda la aldea habría pagado por ver.

Klaus se levantaba al amanecer para regar su planta. Lo hacía tan rápido que el agua salpicaba más al perro del vecino que a la maceta.

El primer día decidió hablar al brote con tono de entrenador deportivo:

.- ¡Vamos! ¡Crecimiento, crecimiento! ¡Ramas arriba!

Al caer la tarde, intentó acelerar el proceso usando “técnicas científicas” aprendidas de un libro de experimentos caseros.

Otro día enterró un pequeño reloj de arena junto a la raíz “para que el árbol entendiera que había que apurarse”.

También instaló una campanita que sonaba cada vez que el brote se inclinaba milimétricamente, lo cual ocurría a cada ráfaga de viento, alarmando a los gallos, a los gatos y al propio alcalde.

Pero el árbol, terco como todos los árboles que se respetan, seguía creciendo con la lentitud propia de la vida que no conoce el apuro.

.- No funciona, abuelo —se quejó Klaus un día, exhausto—. ¡No cambia! ¡No avanza!

.- Claro que avanza —contestó Markus, señalando el brotecito—. Pero avanza a su manera.

.- ¿Y cuál es “su manera”?

.- La misma que la de los relojes que reparo. Un clic pequeño, otro al día siguiente. Tantaka-tantaka— comentó recordando a su madre vasca—. Si los fuerzo, se rompen. Si los respeto, duran para siempre.

Klaus no parecía convencido.

.- Pero yo quiero verlo crecer ahora.

.- Entonces tendrás que estar muy atento —dijo Markus—. A veces, lo más lento se nos escapa porque miramos demasiado rápido.

Aquella frase quedó rondando la cabeza del niño. Y como Klaus tenía muchas ideas, pero no siempre excelentes, decidió poner una a prueba de la forma más literal posible.

A la mañana siguiente, se quedó de pie frente a la maceta… mirando fijamente… sin parpadear… ¡hasta que los ojos comenzaron a llorarle solos!

.- ¿Ya creciste? —preguntó entre lágrimas.

El árbol, naturalmente, se mantuvo igual de tranquilo y pequeño que siempre.

Klaus se sentó frustrado… hasta que notó algo insólito: una hojita microscópica que no estaba antes allí. Una hoja diminuta, tímida, casi ridícula… pero nueva.

.- ¡Abuelo! —gritó, corriendo al taller—. ¡Lo vi! ¡De verdad lo vi!

Markus levantó la vista y sonrió, orgulloso.

.- Eso es lo que pasa con lo que crece de verdad: avanzan tanto los detalles que uno debe aprender a verlos.

A partir de ese día, Klaus bajó el ritmo. Permitió que el árbol creciera sin su programa intensivo de desarrollo botánico. Lo regaba sin prisa, lo observaba sin exigirle milagros y, de vez en cuando, celebraba pequeñas victorias: un tallo más firme, una hoja nueva, un milímetro de altura que sólo él notaba.

A los pocos meses, el brote era un pequeño árbol joven. No enorme, no prodigioso, pero suyo… y hermoso.

Una tarde, mientras lo contemplaban juntos, Markus le dijo:

.- ¿Ves? Así crecen también las ideas, los proyectos, las personas. Gota a gota. Paso a paso. Tantaka-tantaka.

.- ¿Tan qué?

.- Otro día hablaremos de tu bisabuela. Nadie construye nada valioso de un sólo golpe.

.- Ni los relojes —añadió Klaus con una sonrisa traviesa.

.- Ni los relojes —repitió el abuelo—. Ni los jardines. Ni los sueños.

El niño apoyó la cabeza en su hombro, orgulloso de su pequeño árbol y, más aún, de su descubrimiento.

.- Entonces… —preguntó—, ¿crees que algún día será el árbol más grande del pueblo?

Markus pensó un momento.

.- Quizás —dijo—. Pero lo importante es que será tuyo, y que habrá crecido contigo, gota a gota.

Y en Feldbruck, la aldea de los inviernos largos y los veranos breves, donde el tiempo parecía estirarse como una goma vieja, todos juraban que nunca habían visto a Klaus tan feliz como aquel día: abrazado a su futuro árbol, paciente por primera vez… y, según algunos, sospechosamente parecido a un reloj que finalmente había encontrado su ritmo.


“Tantaka-tantaka” es una expresión en euskera que significa “Gota a gota”. El agua cae tantaka-tantaka, de a poco y termina horadando la piedra. Es el nombre del “Banco de Tiempo Solidario” de la Universidad de Navarra, proyecto que nació en 2012 para dar cabida a la comunidad universitaria (alumnos y profesores) en su aporte de voluntariado acompañando a personas mayores, enfermos o prestando apoyo escolar.

Durante estos años, personas de los campus de Pamplona, San Sebastián y Madrid han puesto su tiempo y sus conocimientos al servicio de distintas instituciones sociales, generando un impacto positivo en diversas zonas a nivel nacional e internacional. “Tenemos tiempo para cambiar las cosas”.

Canción “Tantaka” escrita por María Teresa Pardo, graduada de la “Escuela de Ingeniería-Tecnun” de la Universidad de Navarra.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Tantaka-tantaka

  1. ¡¡¡Patatumba!!!
    Otro fantástico cuento para los peques sin edad, directito al corazón.
    Como supongo tus intenciones, este relato es ideal para los jóvenes y niños de hoy en día que lo quieren todo para ayer. Los medios* y redes sociales nos imponen la prontitud, la cortedad y la necesidad de ir saltando de una cosa a otra. La paciencia se perdió en el bosque del tiempo.
    Ojalá poder disponer de un jardín en cada casa, un abuelo con sabiduría y un árbol o un reloj para cautivar la enseñanza de esa Paciencia.
    Muchísimas gracias, Tita Marlen.
    Abrazo Grande, Grande, tanto como tu imaginación, dulzura y sabiduría para contar.
    PD.
    * Escribí, inconscientemente, y tal vez por mi dislexia, miedos, ¿por qué será? 🫣😂
    Y con respecto al título, leí «Tatanka, tatanka». Creo que me vinieron los recuerdos de las pelis de Tarzán. 🤦🏻‍♂️😝

    1. ¡Patapumba! ¡¡Hace cuánto que no escuchaba esta preciosa palabra!! Gracias por recordármela.
      Mis intenciones me las adivinas muy rápidamente. Sí, claro, los jóvenes y niños de hoy no tienen paciencia ni para chupar el caramelo, lo muerden directamente. Con lo emocionante que es darse el tiempo para cada cosa, con lo maravilloso que es leer y volver atrás a releer antes de seguir, intentar resolver el sudoku sin mirar la respuesta en la última página, tomarte el tiempo para analizar las pistas y decidir quién es el asesino sin que te lo diga el Poirot de turno…
      ¿Qué era eso de la paciencia? Por favor, volvamos a enseñarla o perderán ese sabor delicioso en la boca del estómago. No es tan difícil, «enseñar» también requiere paciencia, pero también complicidad y el tiempo que tiene un abuelo o abuela que ama a sus niños y entiende la importancia de respetar los tiempos. Porque, ¿de verdad, los padres de hoy en día, tienen paciencia? O ellos también se han contagiado y son los primeros que saltan de tema en tema sin darse tiempo a ir «tantaka-tantaka?
      PD. Eso de que «los miedos y las redes sociales nos imponen la prontitud, la cortedad y la necesidad de ir saltando de una cosa a otra», da para otra entrada de blog. Porque estoy segura de que los miedos tienen una implicancia importante en la necesidad de correr sin detenerse a reflexionar, a disfrutar: miedo a que se nos acabe el tiempo, a que se nos acabe la vida sin haber hecho tal o cual cosa imprescindible para sentir que hemos triunfado, que somos alguien. ¡Qué tristeza no!
      Como a mí aún me sobra la paciencia para leer todos los comentarios que nos dedicamos, quería agradecerte tus palabras que siempre ayudan y nos hacen sentirnos acompañados y entendidos. Muchas gracias, Jose. Y no busques más el traje de Tarzán en el trastero, mejor ponte el de Spider-Man. 🤣😂😂

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