Querer a alguien es sentirse vulnerable

En San Sebastián, la Navidad no empieza cuando lo dice el calendario. Empieza cuando la ciudad se enciende. Una tarde de diciembre específicamente anunciada, de pronto, las calles dejan de ser calles y se convierten en algo parecido a un decorado: las farolas llevan estrellas colgadas, las guirnaldas de luces de lado a lado de las calles cada año se mejoran un poco más, aunque eso parece imposible, los escaparates parecen pequeños teatros y el aire entero huele a azúcar, a castañas, a lluvia fría y a mar. Sobre todo a mar. En Donostia, incluso la Navidad huele un poco a sal.

Aquella tarde el cielo tenía ese color azul oscuro que sólo existe en el norte, entre las cinco y las seis, cuando aún no es de noche del todo pero ya se ha rendido la tarde. Las nubes eran largas y bajas, y por detrás del Monte Urgull el horizonte parecía pintado con tinta. El Cantábrico golpeaba abajo, contra las rocas del Paseo Nuevo, con ese rumor constante, profundo, casi orgulloso, como si no le importaran ni las luces ni los villancicos ni la gente envuelta en bufandas que se hacía fotos fingiendo que no tenía frío.

La feria se levantaba allí cada Navidad como una pequeña invasión luminosa. No era enorme, pero sí suficiente para parecer un mundo. Casetas de madera con techos húmedos, bombillas amarillas, altavoces que escupían villancicos medio desafinados, un puesto de algodón de azúcar rosa como una insolencia en mitad del invierno, manzanas caramelizadas brillando como planetas rojos, las castañas, los infaltables talos, la sidra y, por encima de todo, las atracciones: metal, luces, pintura gastada, música demasiado alta y esa promesa dudosa de felicidad que tienen siempre los aparatos que giran.

Malen tenía dieciséis años y la edad exacta en la que una ya no es niña, pero tampoco es, ni de lejos, una persona razonable.

Llevaba una bufanda rojísima enrollada tres veces al cuello, un abrigo camel heredado de su prima y unas botas negras que hacían un ruido seco sobre el suelo mojado. A su lado iba Aitzi, cinco años recién cumplidos, gorro de lana rojo con dos orejas ridículas, un abrigo acolchado azul marino, medias gruesas, botas de agua amarillas y una energía tan salvaje que parecía que la hubieran enchufado a la iluminación navideña de toda la ciudad.

Aitzi no caminaba: saltaba, tiraba, se detenía en seco, señalaba cosas con los dos brazos, hablaba sin respirar y, cada treinta segundos, soltaba un “¡mira, mira, mira!” que no daba opción a ignorar nada.

.- Ya estoy mirando —dijo Malen por cuarta vez en menos de un minuto—. Si miro más, se me van a salir los ojos por las orejas.

Aitzi soltó una carcajada que hizo girarse a una señora con un perro.

Habían salido solas porque su madre había ido a Tolosa y su padre había prometido llegar “en un rato”, una expresión adulta que no significa absolutamente nada. Malen había insistido en que no pasaba nada, que podían ir ellas adelantando, dar una vuelta, comprar unas castañas, quizás un globo, quizás una vuelta en el tiovivo.

Sólo el tiovivo. Eso había dicho. Más tarde pensaría en esa frase con la misma rabia con la que se recuerdan las estupideces previas a una catástrofe.

La feria brillaba. La humedad del suelo duplicaba las luces, de modo que todo parecía encendido dos veces: arriba y abajo. Los reflejos de las bombillas temblaban en los charcos. La música del carrusel se mezclaba con el ruido del mar. El olor a talos recién hechos competía con el del viento salado que llegaba desde las rocas. Todo era hermoso de esa manera absurda en que a veces lo son las ciudades cuando uno todavía no sabe que está a punto de asustarse de verdad.

Fue Aitzi quien lo vio primero.

.- ¡Malen!

.- ¿Qué?

.- ¡Eso!

Y lo señaló con los dos guantes. Malen levantó la vista.

La atracción estaba al final del paseo, casi asomándose al borde, montada sobre la explanada del Paseo Nuevo como si alguien hubiera pensado: ¿y si además de girar en el aire, lo hacemos encima del mar para añadir una experiencia completa?

Era una de esas atracciones de sillas voladoras, pero no de las pequeñas para niños. Esta era alta. Mucho más alta de lo que parecía desde lejos.

Un mástil central iluminado con franjas azules y blancas, una corona giratoria y, colgando de cadenas largas, decenas de sillas dobles que se elevaban y se abrían al coger velocidad, hasta formar un círculo enorme en el aire. Cuando giraban, las parejas de asientos se inclinaban hacia fuera y, por la posición de la atracción, en la parte más abierta del giro quedaban suspendidas justo sobre el vacío del Paseo Nuevo, con el mar negro golpeando abajo.

Era bellísima. Y, como casi todo lo bellísimo que da miedo, parecía una idea malísima.

.- No —dijo Malen inmediatamente.

.- ¡Sí! —dijo Aitzi con la misma rapidez.

.- No.

.- ¡Sí!

.- Ni de coña.

.- ¡Por favooooor!

Malen se cruzó de brazos.

.- Tienes cinco años.

.- ¡Cinco y medio!

.- Eso no te hace más pesada. Bueno, sí. Pero no más mayor.

Aitzi se agarró a la manga de su abrigo.

.- Por favor, por favor, por favor. Sólo una vez. Sólo una. Mira, hay niños.

Malen miró. Había niños, sí. También había adolescentes, parejas, dos señoras con gorros de lana y un señor que claramente se arrepentiría de sus decisiones en menos de un minuto. La atracción subía y giraba con un zumbido constante, y las sillas volaban alrededor como pétalos arrastrados por el viento. Desde abajo, las cadenas brillaban. Las luces azules se reflejaban en la humedad. Al fondo, el mar parecía una sábana de metal oscuro. No parecía tan terrible. Ese fue el primer engaño. No parecía.

.- Aitzi, eso no es para ti.

.- ¡Sí es! ¡Mira! ¡Esa niña es más pequeña que yo!

.- Eso es imposible. Nadie es más pequeña que tú. Tú eres una concentración portátil de terquedad.

Aitzi puso la cara exacta con la que desarmaba a medio mundo.

.- Por favoooor, Malen… no me va a dar miedo.

.- Claro. Como cuando dijiste que el pulpo de la pescadería era “monísimo” y luego lloraste diez minutos.

.- Eso era diferente.

.- ¿Por qué?

.- Porque estaba muerto.

Malen la miró un segundo. Luego, contra todo criterio, se rio. Y ahí perdió. Porque en cuanto se rio, Aitzi supo que la muralla se había agrietado.

.- Una vez —dijo Malen, levantando un dedo—. Una sola. Y si lloras, le digo a ama que fue idea tuya.

Aitzi chilló de felicidad y se abrazó a su cintura.

.- ¡Eres la mejor hermana del mundo!

.- La competencia tampoco es altísima.

Hicieron cola. Delante de ellas, una pareja se besaba como si fuera a subir a una góndola en Venecia y no a una máquina diseñada por personas con un extraño sentido de la diversión. Detrás, un niño decía que quería “más fuerte” con una seguridad que sólo tienen quienes aún no han desarrollado una imaginación trágica.

Cuando llegó su turno, el operario, un hombre con barba, gorro de lana y manos rojas por el frío, miró a Aitzi con cierta duda.

.- ¿Va con la hermana?

.- Sí —dijo Malen demasiado deprisa.

.- Tiene que ir bien sentada. Y agarrada.

.- Sí, sí, claro.

Las sentaron en una silla doble roja, con pintura algo saltada en los bordes. Una barra metálica les bajó por delante, más decorativa que tranquilizadora. Las cadenas tintinearon al moverse. El asiento estaba frío como una piedra. Malen sentó a Aitzi en la parte interior, hacia ella, y la rodeó de inmediato con un brazo.

.- No te muevas —le dijo.

.- No me muevo.

.- Ni un milímetro.

.- Ni un milímetro.

.- Ni saques los pies.

.- No, prometido.

Aitzi se rió.

La atracción arrancó. Al principio, fue casi divertida. Subieron despacio, girando en círculos amplios y todavía bajos. El suelo pasaba cerca. Las luces de la feria se movían en bandas de color. El aire frío golpeaba la cara. Aitzi soltó una carcajada limpia, cristalina.

.- ¡Mira! ¡Mira! ¡Estoy volando!

.- Todavía no —dijo Malen—. De momento estamos… ensayando.

Pero la velocidad aumentó. Y aumentó. Y aumentó otra vez. Las cadenas empezaron a tensarse, las sillas a abrirse hacia fuera, y de pronto el mundo cambió de posición.

El suelo se alejó. La feria se inclinó. El aire dejó de ser aire y se convirtió en un golpe helado. Y ellas empezaron a volar de verdad.

No “como si”. No “un poco”. No “qué divertido”. Volaban. En círculo. A una altura espantosa. Sobre el borde del Paseo Nuevo.

Y cada vez que la atracción completaba la parte exterior del giro, la silla se proyectaba hacia el mar con una inclinación que le dio a Malen la certeza instantánea, salvaje, brutal, de que aquello era un error monumental.

El Cantábrico estaba debajo. No cerca. Debajo. Negro, enorme, rugiendo entre las rocas con espuma blanca que brillaba a ratos como dientes. El viento era mucho más fuerte allí arriba, y olía a sal y a frío y a metal. Las luces de la feria, vistas en movimiento, se convertían en una corona borrosa de colores: azul, dorado, rojo, verde, blanco. San Sebastián se extendía detrás como una maqueta de lujo: balcones iluminados, árboles envueltos en bombillas, el perfil oscuro del Ayuntamiento, las calles brillando por la humedad, y al fondo la bahía como una curva de plata oscura.

Todo era precioso. Todo era insoportable. Aitzi soltó un grito. No uno de risa. Uno agudo, verdadero.

.- ¡Malen!

Y entonces Malen lo vio. Lo vio con una claridad enfermiza. La niña, tan pequeña dentro de aquella silla demasiado grande. El abrigo abultado. Las piernas cortas. El cuerpo menudo sacudido por la velocidad. La sensación terrible de que, a cada giro, a cada inclinación, Aitzi podía deslizarse por debajo de la barra como una gota de agua.

El miedo nunca pide permiso a la lógica. En un segundo, Malen dejó de ver la feria, la ciudad, la belleza. Sólo vio el hueco. El espacio entre la barra y el asiento. La cadena vibrando. El mar abajo.

Y la frase que se formó sola en su cabeza, con una nitidez insoportable: “Si se cae, es por mi culpa.”

No porque la atracción fuera peligrosa. No porque el operario fuera negligente. No porque el metal crujiera. Por ella. Por haber dicho que sí. Por haber querido ser la hermana divertida. Por no haber esperado a sus padres. Por haber cedido ante unos ojos enormes y una súplica infantil. Por haber sentado a una niña de cinco años en una silla que volaba sobre el mar en diciembre.

El corazón le golpeó el pecho con tanta fuerza que creyó que iba a vomitar. Sin pensar, rodeó a Aitzi con los dos brazos y la apretó contra sí con toda la fuerza de su cuerpo. ¡Toda! Aitzi chilló.

.- ¡Ay! ¡Ay, Malen! ¡Me haces daño! ¡Me haces daño!

Pero Malen no pudo aflojar. No pudo. Cada vez que la silla se inclinaba sobre el vacío, apretaba más.

Cada vez que veía abajo las rocas negras y la espuma estallando, apretaba más. Cada vez que la cadena temblaba, apretaba más. Aitzi lloraba ya, no del miedo de caer, sino del abrazo feroz de su hermana mayor, de esos brazos duros, desesperados, que la sujetaban como si fueran un salvavidas y una trampa al mismo tiempo.

.- ¡Me haces daño! ¡Suéltame! ¡Malen!

Pero ella no soltaba. No podía. La culpa le había entrado en el cuerpo antes incluso de que ocurriera nada. Eso era lo más horrible. No había pasado nada.

No se había roto ninguna cadena. No se había abierto ninguna barra. No había tragedia.

Y, sin embargo, Malen ya estaba viviendo el miedo exacto de haberla causado. Un miedo anticipado. Una culpa preventiva. Una película atroz proyectándose en su cabeza: la silla vacía, el gorro rojo cayendo, el agua, el grito, su madre, su padre, la palabra ¿cómo? repitiéndose para siempre. El aire le cortaba la cara. Tenía los ojos llenos de lágrimas que el viento le arrancaba enseguida. Aitzi seguía llorando.

La silla pasó otra vez sobre el mar. Por un segundo, el mundo fue sólo eso: oscuridad debajo, luces girando alrededor, cadenas tensas y el cuerpo diminuto de su hermana apretado contra el suyo. Entonces Malen hizo lo único que podía hacer. Lo mismo que hacen los mayores cuando el miedo les llega hasta los huesos y aun así tienen a alguien pequeño mirándolos. Mintió. Con amor. Con urgencia. Con una voz rota por el viento y el pánico, pegó la boca al gorro de Aitzi y gritó:

.- ¡Mira las luces, Aitzi! ¡Mira las luces! ¡Estamos volando! ¡Mira, mira, parece que somos estrellas!

La niña lloró otro segundo. Luego, entre hipidos, levantó apenas la cabeza. Y vio.

Debajo de ellas, San Sebastián entera parecía un pesebre encendido. Las bombillas de la feria formaban círculos de colores. Las luces navideñas de los árboles parecían hilos de oro. La ciudad se curvaba suave hacia la bahía. El mar era una plancha negra con reflejos de oro y plata. Todo giraba. Todo brillaba. Todo era irreal. Aitzi tragó saliva.

.- Quiero bajar…

.- Ya bajamos —dijo Malen, apretándola menos sólo un poco, lo justo para no hacerle daño y no volverse loca—. Ya casi. Ya casi.

No sabía si quedaban diez segundos o un siglo. La atracción siguió girando. Una vuelta más. Otra.

La música llegaba distorsionada desde abajo, como si sonara dentro del agua. Un villancico absurdo y alegre acompañando la escena como una broma pesada del universo. El metal vibraba. Las cadenas silbaban. El viento olía a sal fría y a pintura vieja.

Cuando por fin la velocidad empezó a bajar, Malen sintió las piernas vacías. La silla descendió poco a poco, perdiendo inclinación, acercándose al suelo como un pájaro cansado. El círculo se cerró. El ruido del mar quedó otra vez más lejos, o quizás sólo más abajo. La feria recuperó sus proporciones humanas. Las caras de la gente volvieron a ser caras. El suelo apareció bajo sus pies como una revelación. La atracción se detuvo. La barra subió. El operario dijo algo que ninguna de las dos entendió.

Malen bajó primero, torpe, con las piernas temblando. Luego levantó a Aitzi, casi arrancándola del asiento. La niña tenía la cara colorada, los ojos llenos de lágrimas y el gorro torcido. En cuanto tocó el suelo, se echó a llorar de verdad. Y esa fue la peor parte. No el aire. No el mar. No la altura. El llanto.

Porque Malen sintió, con una precisión insoportable, que aquella criatura estaba llorando por algo que ella había permitido. Se agachó de inmediato.

.- Aitzi. Aitzi. Mírame. Perdón. Perdón, cariño. Perdón.

La niña se tocó los brazos con los guantes.

.- ¡Me has apretado mucho!

Aquello le atravesó el pecho.

No “tenía miedo”. No “no quiero más”. No “qué horror”. “Me has apretado mucho.”

La prueba física del pánico. La huella. Malen le cogió las manos.

.- Lo sé. Lo sé. Perdón. Es que… pensé que…

No pudo terminar. No sabía cómo explicarle a una niña de cinco años que durante dos minutos había sentido el miedo más feroz de su vida. No miedo a morir. No miedo a caerse ella. Miedo a que Aitzi desapareciera por un gesto suyo, por una concesión suya, por un error de hermana mayor que luego tendría que cargar dentro para siempre.

La abrazó, esta vez despacio. Con cuidado. Como si se abrazara algo frágil después de haber comprendido de verdad cuánto lo era.

.- Perdón —repitió—. Me he asustado muchísimo.

Aitzi sollozó un poco más, con esa dignidad trágica que tienen los niños cuando el mundo los ha ofendido personalmente.

.- Yo también.

Malen apoyó la frente en la suya. El viento les movía los flequillos. Detrás, la atracción volvía a arrancar con otras personas dentro, como si nada. Como si no acabara de ocurrir un desastre interior.

.- ¿Sabes una cosa? —dijo Malen, todavía con la voz temblando—. Ya no nos vamos a subir nunca jamás a nada que esté más alto que un taburete.

Aitzi la miró entre lágrimas.

.- ¿Ni al tiovivo?

Malen cerró los ojos un segundo. Luego soltó una risa histérica, pequeña, rendida.

.- Bueno… al tiovivo quizás sí. Pero a nada que pueda lanzarnos a Francia.

Eso hizo reír a Aitzi. Una risa mojada, entrecortada, pero risa al fin. Y en ese momento Malen sintió una oleada tan violenta de alivio que casi le fallaron las piernas otra vez.

Seguían ahí. Las dos. Enteras. En tierra firme. El mar rugía abajo como si se hubiera quedado con las ganas. La feria seguía encendida con una alegría incomprensible.

Fueron a un puesto de chocolate caliente casi sin hablar. La mujer que atendía llevaba gorro blanco, delantal y unas mejillas rosadas por el vapor. Les sirvió dos vasos humeantes y una ración de churros largos, dorados, espolvoreados de azúcar. El olor era tan denso, tan dulce, tan humano, que parecía imposible que el miedo hubiera existido dos minutos antes.

Se sentaron en un banco algo húmedo, bajo una hilera de luces blancas en forma de estrellas.

Aitzi sorbía chocolate muy despacio. Tenía aún las pestañas mojadas. Malen le subió bien la bufanda, le recolocó el gorro, le frotó las manos.

Y al hacerlo notó algo raro, casi doloroso: una ternura tan grande que daba miedo. Porque ese era el verdadero centro de todo. No la atracción. No la altura. No el mar.

Sino el descubrimiento brutal de cuánto puede doler imaginar la pérdida de alguien que te ha sido confiado, aunque sea por una tarde, aunque sólo tengas dieciséis años, aunque aún no sepas ni llevar del todo tu propia vida.

Su padre apareció al cabo de veinte minutos, agitado, con el abrigo mal abrochado y cara de “no he llegado en un rato, he llegado en una eternidad”.

.- Perdón, perdón —dijo—. ¿Qué tal?

Aitzi, ya recompuesta por el chocolate y la capacidad infantil de resucitar, levantó la mano como quien informa de una hazaña épica.

.- ¡Nos hemos subido a unas sillas que vuelan sobre el mar!

Su padre abrió mucho los ojos.

.- ¿Cómo?

Malen cerró los suyos. Exactamente la palabra que había temido.

Aitzi siguió, entusiasmada ya por el relato:

.- Y yo he gritado un montón. Y el mar estaba abajo. Y las luces parecían estrellas. Y…

Se giró hacia su hermana, muy seria.

.- … Malen me apretó muchísimo porque pensó que me iba a caer.

Su padre miró a Malen. No dijo nada durante un segundo. Luego la observó mejor: la cara pálida, las manos aún temblando, la forma en que seguía teniendo un brazo detrás de Aitzi, casi sin darse cuenta. Y entonces entendió.

.- ¡Ah! —dijo sólo.

Nada más. Pero en ese “ah” había algo extraño y exacto: un poco de susto, un poco de compasión, un poco de “bienvenida al club de los que cuidan y sufren por adelantado”.

Caminaron de vuelta por el Paseo Nuevo con el viento pegándoles en las mejillas.

Aitzi iba en medio, agarrada de las dos manos, saltando otra vez como si la experiencia hubiera sido, en esencia, maravillosa. Ya hablaba de otra cosa. Del chocolate. De un peluche de foca que había visto. De que desde arriba casi se veía “el fin del mundo”. De que quizás el año que viene podrían repetir.

.- Ni se te ocurra —murmuró Malen.

Aitzi se rió. Y siguió saltando.

Malen, en cambio, llevaba todavía dentro el eco de aquellos segundos suspendidos. La silla inclinada. El hueco bajo la barra. El mar negro. El grito. Los brazos apretando demasiado. El pensamiento atroz, instantáneo y definitivo: si le pasa algo, es por mi culpa.

Años después, cuando intentara explicarlo, no sabría hacerlo del todo. Porque no era sólo miedo. Era otra cosa.

Era el descubrimiento repentino, salvaje, de que querer a alguien también significa volverse vulnerable a una forma nueva de terror: la de imaginar que una decisión tonta, un descuido, un “sí” dicho por cariño, podría romper para siempre a quien más quieres.

Y quizás crecer empezó allí, en aquella feria de Navidad de San Sebastián, entre luces reflejadas en el suelo mojado, olor a churros y sal, música ridícula y el mar golpeando abajo. No cuando se subieron. No cuando bajaron. Sino en el instante exacto en que Malen comprendió que ya nunca volvería a tener un miedo puramente suyo.

Porque desde entonces existiría siempre otro más profundo. El miedo de quienes sostienen una mano pequeña. El miedo de quienes dicen “tranquila” mientras por dentro se están desmoronando. El miedo de quienes, aun muertos de terror, sonríen para que el otro no vea el abismo. Aitzi tiró de su mano.

.- Malen.

.- ¿Qué?

.- ¿Sabes qué?

.- Me temo lo peor.

.- Aunque me has apretado mucho…

Malen puso cara de culpa automática.

.- Lo sé.

.- …me gustó volar.

Malen la miró con un horror tan sincero que Aitzi estalló en carcajadas. Y entonces ella también acabó riéndose.

Porque así son las hermanas pequeñas. Porque el miedo pasa antes en ellas. Porque a veces una sale viva de algo no cuando termina, sino cuando el otro vuelve a reír.

Siguieron caminando juntas, con las luces de Navidad temblando en los charcos y el rumor del Cantábrico detrás, mientras la feria seguía girando a lo lejos como una corona encendida sobre el borde del mar.Y, por primera vez en su vida, Malen entendió que hay amores que pesan justo así: Como una niña de cinco años en una silla voladora. Como dos brazos apretando demasiado. Como el terror de perderla. Como el alivio de sentir, al fin, que sigue ahí. 

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Querer a alguien es sentirse vulnerable

    1. Hola Enrique.
      Tienes razón, la realidad se cuela, algunas veces, muchas veces, en nuestros cuentos, reflejando miedos y alegrías, reflejando pasados que aún nos enternecen. Los sentimientos siempre presentes, aunque pasen los años.
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

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