Extranjera en Oriente

El afán de coleccionar ciudades de todo el mundo y dedicarles miles de pasos, puebla las listas de los eternos viajeros. Sueñan, soñamos despiertos y dormidos con pasear tranquilos por calles y rincones de lugares que amamos aún antes de conocerlas en vivo y en directo.

En El Cairo sentarse a tomar un café al caer la tarde en uno de los bares del zoco Khan el Khalil parece un privilegio exclusivamente masculino. Las guías de viajes y los reportajes que han puesto en el mapa la bohemia del bar El Fishawy, “El Café de los Espejos” donde el premio nobel Naguib Mahfuz escribió sus primeras novelas, van salpicando de extranjeros (entre ellos alguna que otra mujer) su terraza. Nadie le va a pedir que abandone el local, pero, si viaja sola, en la cultura musulmana y en determinados lugares, una mujer siempre sentirá que probablemente esté recibiendo una cantidad de atención no deseada.

El Fishawy El bar de los espejos -El Cairo

En Tetuán, en las calles de la medina, se abren de vez en cuando plazoletas bañadas de sol donde los ancianos se sientan a fumar pipas de kif y ver pasar la vida. Hace años que Leonor, con pelo corto y pantalones, se sienta entre ellos. Los locales le permiten, divertidos, lo que reprobarían a una mujer local y charlan con ella, en el floreado español que conservan, de fútbol y política. Lo he visto muchas veces en distintos países musulmanes: la mujer extranjera es un ente híbrido no sujeto del todo a las normas sociales. Un ser transfronterizo al que, a veces, se le permite navegar entre dos mundos.

En Marrakech o en Ammán, lugares más turísticos y en los que la mujer lleva décadas posicionándose en el mundo laboral, es fácil ver mujeres con el cabello suelto y pantalones, sentadas en modernas cafeterías. Pero aun así, las mujeres locales no ocupan los lugares que tradicionalmente “pertenecen” a los hombres. Conquistan los suyos propios y aunque a los ojos de la viajera, su comportamiento resulte transgresor, ellas saben perfectamente dónde está una frontera que a una extranjera le resulta mucho más difícil ubicar.

El contacto físico entre personas de distinto sexo en los países musulmanes sigue sin ser el que la mujer occidental entiende. Un abrazo, unos inocentes dos besos a modo de saludo, una actitud amigable o incluso una sonrisa, pueden ser fácilmente malinterpretados. Un look que la cultura local considere atrevido puede atraer miradas innecesarias. No se trata de ponerse un burka, ni de justificar el acoso sexual, sino de entender que nos movemos en otros códigos y tratar de acceder al país desde el respeto. Creo que el papel de la viajera no es el de imponer lecciones de feminismo a nadie, ni reducir años de lucha y avances al cuestionable placer de llevar unos minúsculos shorts y un top de tirantes en mitad de un zoco musulmán. De hecho, los pantalones cortos ni siquiera están bien vistos en los hombres.

Las medinas, como centros históricos y por supuesto, el interior de las mezquitas son lugares que conservan sus propios usos. Y la tradición suele ser conservadora. En algunas, como en las de Estambul y El Cairo, piden que la mujer lleve las piernas, el pelo y los hombros cubiertos, e incluso disponen de pashminas para ofrecer a las visitantes. En otras, como las de Damasco o Amman, la viajera tendrá que enfundarse en una chilaba gris con capucha que recuerda al hábito de un monje.

En Marruecos no existe ni siquiera esa posibilidad. Hace muchos años que las mezquitas son lugares de culto y el acceso no está permitido a los no musulmanes. Sólo la gran Mezquita de Casablanca puede ser visitada por turistas (tanto hombres, como mujeres). Ellas deben llevar pañuelo, ellos, pantalón largo.

La cuestión de lo que cada cultura o religión permite frente a la otra nos llevaría aquí a un debate largo y vacío. En Irán, desde el momento en que aterriza, por ley, una mujer, aunque sea extranjera, debe adoptar el código de vestimenta local: un pañuelo sobre el pelo y vestidos o camisas que no revelen sus formas. La policía de la moral se encargará de advertir a las transgresoras, si bien es cierto que con un código algo más relajado que el que usarían con una mujer local. 

El día 9 de septiembre de 2019 Sahar Khodayari enfrentaba la justicia iraní por haber intentado asistir a un partido de fútbol. Se inmoló en forma de protesta. La mujer de 30 años desafió la estricta ley iraní que prohíbía a las mujeres compartir esos espacios con los hombres y su historia resultó en una escena impensada en Teherán.

El 10 de octubre de 2019 mujeres iraníes asistieron al clasificatorio asiático de la Copa Mundial de Fútbol de Irán contra Camboya, en el estadio Azadi en Teherán, Irán. ¿Gestos heroicos dentro de la misma sociedad? ¿Presiones internacionales?

Las mujeres en Irán asisten por primera vez masivamente a un partido de fútbol

En Arabia Saudí, el guardián de los lugares más sagrados del islam, el país donde el 90% de las mujeres visten túnicas negras de la cabeza a los pies y velan sus rostros, la extranjera sin embargo no tiene obligación de hacerlo. 

En Arabia Saudita (oficialmente se usan los dos nombres), tradicionalmente, las mujeres usan una “abaya” (una túnica larga hasta los pies que se pone sobre la vestimenta). La abaya se debe siempre, según las normas del Islam, completar con un “hiyab”, un pañuelo para cubrir la cabeza.  Una viajera podrá llevar sandalias y el pelo y el rostro al descubierto, pero no mostrar sus piernas, sus brazos por encima del codo ni por supuesto, prendas ajustadas y escotes.

Una mujer debe ir vestida con lo que la mutawa, la policía religiosa que vela por el cumplimiento de la sharía o ley islámica, denomina “ropa modesta”. Las pocas extranjeras que se aventuran a recorrer el país destacan, por el colorido de sus vestimentas, entre las mujeres locales.

A decir verdad, la monarquía saudí advirtió, en 2018, que el uso de la abaya, el hiyab y el niqab, la túnica negra, el pañuelo y el velo que sólo deja a la vista los ojos, ya no eran obligatorios. Pero aun así, la costumbre tiene más peso que la ley, y salvo en muy contados lugares u ocasiones, en público, nadie parece atreverse a dar el primer paso.

El sistema represivo ha experimentado algunos avances en los últimos años, como otorgar a las mujeres el derecho a votar en 2015, a crear una empresa sin el permiso de su “guardián” y a conducir en 2018 o acudir a eventos deportivos o culturales sin segregación por sexo. Actualmente, también se permite a las mujeres saudíes mayores de 21 años solicitar su pasaporte y viajar al extranjero sin la autorización de su “tutor” varón. Avances que resultan aún insuficientes en uno de los países con mayor desigualdad de género del mundo

Las propias mujeres musulmanas enfrentan diferentes hábitos también. Salma lleva en su Egipto natal vaqueros y velo. Cuando va a visitar a su padre, gerente de un hotel en la costa saudí, adopta la vestimenta tradicional del país que visita, de la cabeza a los pies. “Es sólo unos días”, afirma. “Sólo quiero sentirme aceptada”. Ella, al fin y al cabo, también es una viajera en el país vecino.

Nadie quiere sentir miradas indeseadas, piropos incómodos ni ofertas de compañía no solicitada cuando está tratando de descubrir la esencia de un país. Conozco mujeres que prefieren llevar una vestimenta transgresora en el país al que viajan, porque no desean cambiar sus hábitos y quieren mandarle un mensaje a las mujeres locales de que “se puede”. Se puede, sí, pero los cambios tienen que venir desde dentro.

Cumplir determinados usos sociales no garantiza cien por cien la seguridad de nadie, pero, en cierto sentido es como aprender unas palabras en un idioma extranjero, un esfuerzo que habla de respeto ante otra cultura y otras costumbres (aunque no estemos de acuerdo con ellas), y que permitirá que las relaciones fluyan con mayor facilidad. Adoptar determinada vestimenta o recordar la manera en que hombres y mujeres interrelacionan en las sociedades musulmanas ayudará a la viajera a sentirse momentáneamente integrada en la sociedad que desea conocer.

Porque, al fin y al cabo, ¿no es para eso para lo que viajamos?

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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