Donald Trump invoca la normativa responsable de uno de los capítulos más oscuros de la historia de Estados Unidos de Norteamérica: la ley de extranjeros enemigos (Alien Enemies Act), promulgada en 1798, y que el presidente demócrata Franklin D. Roosevelt usó para encarcelar a familias enteras de inmigrantes de origen italiano, alemán y principalmente japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Mientras nuevas órdenes ejecutivas de Donald Trump acaparan los titulares, resulta fácil restar importancia o dejar al margen las decisiones, decretos y hechos de la semana anterior. Cada medida que toma es una exhibición de poder, un experimento para ver hasta dónde puede llegar, probando los límites del sistema, tanteando el terreno. Aunque los tribunales pueden bloquear algunas de estas órdenes, la deportación de inmigrantes ya ha comenzado, al igual que la reapertura de los campos de Guantánamo.
Trump desafía las restricciones legales como un acto de afirmación, demostrando que puede hacerlo. Y con ello, alienta a otros a celebrar una versión de masculinidad que no sólo desafía las normas y principios democráticos (libertad, igualdad, justicia), sino que los presenta como obstáculos que hay que superar, como barreras impuestas por falsas ideologías, como limitaciones exigidas por obligaciones legales.
El odio desbocado se disfraza de libertad, mientras que las libertades por las que tantos han luchado durante décadas, son caricaturizadas y desacreditadas como parte del “wokismo”, ese término que recién empezamos a conocer y que según sus críticos, resulta moralmente represivo.

Pero sería muy tonto limitarse a las actuaciones del presidente norteamericano. Su impacto se amplifica porque es retransmitido constantemente en las noticias a nivel global. La cobertura mediática no sólo informa, sino que también alimenta el juego sádico. Este constante ciclo de indignación y provocación sólo funciona si es visto, escuchado y compartido.
Por eso ya no tiene sentido denunciar su hipocresía: no hay máscara que quitar, porque el engaño no es parte del juego. No se le exige una apariencia de moralidad, al contrario: sus seguidores se entusiasman con su desprecio abierto por ella y lo celebran.
Esta exhibición sin tapujos del odio, el desdén por la justicia y la voluntad de arrebatar derechos a ciertos grupos, reflejan ideas fascistas que creíamos confinadas a los libros de historia.
Ahora, más que nunca, es crucial no quedar atrapados en la provocación y enfocarnos en entender las conexiones entre estas estrategias. Si nos quedamos estancados en la incredulidad y la indignación, paralizados por la estupefacción ante las nuevas declaraciones de cada día, seremos incapaces de discernir qué las conecta.
Porque ese es precisamente el objetivo: atraparnos en el torbellino de declaraciones impactantes. En cierto sentido, caemos en su juego cada vez que nos dejamos absorber por la controversia, sin analizar sus raíces. Aunque hay razones de sobra para indignarse, no podemos permitir que esa emoción nos consuma hasta el punto de nublar nuestro juicio. Es el momento de examinar qué impulsa este avance del autoritarismo sin vergüenza y cómo enfrentarlo.
Quienes celebran su desafío y su sadismo están tan acorralados por su lógica como quienes se paralizan de indignación. Quizás haya llegado el momento de apartarse de estas pasiones para ver cómo funcionan, pero también el momento de encontrar pasiones propias: el deseo de una libertad igualmente compartida, de una igualdad que haga realidad las promesas democráticas, de reparar y regenerar los procesos naturales de la tierra, de aceptar y afirmar la complejidad de nuestras vidas, de imaginar un mundo en el que el gobierno apoye la salud y la educación para todos, en el que vivamos sin miedo, sabiendo que nuestras vidas son interdependientes e igualmente valiosas.
Esta entrada del blog y sus imágenes están basadas en columnas de opinión de “The Guardian” y “BBC”
Comparto tus opiniones y realmente parece que los tiempos actuales son los de una auténtica revolución, mundial en este caso por la desmesurada influencia que tienen los EEUU. Ese país tan grande y poderoso es a menudo un problema para la paz de todos y hay que esperar que los propios norteamericanos eliminen de una forma u otra esta especie de temerario golpe de estado de oligarcas que asombra al mundo. Las resistencias y oposiciones serán fuertes y múltiples en todo el mundo civilizado. Veremos si son capaces de ganar la partida a miserables que valoran tan sólo el dinero y proponen establecer poco menos que la ley de la selva para organizar las sociedades.
Hola Veset
Ante todo, gracias por pasarte y por comentar. No suelo tener muchos comentarios en entradas de este tipo.
Sí, estamos viviendo en una época en la que son tantos los bombardeos (y no me refiero ahora a los reales, sino a aquello de lo que nos vamos enterando) que como decía el título, no logramos reaccionar. ¿Qué es lo que está fallando? ¿Cómo estamos eligiendo a quienes nos representan? ¿Es la educación? Pero entonces ¿por qué una gran parte de las nuevas generaciones no participa de las elecciones? ¿Es la frustración? Pero ¿cómo inspirar confianza y ganas de cambiar un mundo que deriva hacia la oligarquía más miserable? Demasiadas preguntas.
Dices que «Las resistencias y oposiciones serán fuertes y múltiples en todo el mundo civilizado». ¡Ojalá tengas razón! ¡Ojalá los habitantes de este hermoso planeta tomen conciencia y reaccionen eligiendo otra forma más sana de vivir!
Un abrazo fuerte
Marlen