Cuando hablamos de inmigración irregular en España, hablamos de pateras que llegan a Canarias o que cruzan el estrecho. En 2024 ha habido 63.970 entradas de los cuales el 73,22% de inmigrantes accedieron irregularmente al país por Canarias, mientras el resto lo hicieron a través de Ceuta o Melilla. Pero existe otra frontera de la que raramente se habla y que está aquí donde vivo, en el País Vasco.
El río Bidasoa serpentea entre Irún y Hendaya, marcando una frontera que, para muchos migrantes, representa la última barrera hacia una vida mejor. En la oscuridad de la noche, sombras silenciosas se deslizan por sus orillas: jóvenes procedentes de Mali, Guinea y otros países africanos, que tras recorrer miles de kilómetros intentan cruzar a Francia en busca de un futuro mejor.



Aly, un mauritano de 34 años, llegó a Irún tras un largo periplo desde Canarias. Su destino es Niza, donde le esperan sus padres. «Ya no podía estar más en mi país. No es sólo por trabajo, allí hay mucha discriminación, corrupción e inseguridad», confiesa con una serenidad que contrasta con el impacto de su viaje.
Desde los acuerdos de Schengen de 1995, los controles de personas y mercancías en las fronteras interiores de Europa desaparecieron progresivamente y con ellos, las garitas de policía y los edificios de aduanas. Las fronteras, para los europeos, ya sólo existen en los mapas.
Aquí no hay una barrera, ni un muro, ni un puesto de control de las autoridades fronterizas. En el puente de Santiago de Irún no verán un cartel con “Francia” o “España” escrito en letras grandes y banderas que anuncien el país al que están entrando. Sólo hay un río, pequeño y poco profundo, y el húmedo y salado aire del Cantábrico que recuerda la cercanía del océano.
La respuesta institucional ha sido insuficiente. Los controles fronterizos franceses, basados en perfiles raciales se han intensificado en los últimos años, obligando a los migrantes a buscar rutas más peligrosas. Algunos intentan cruzar el río a nado, otros se arriesgan por las vías del tren o por senderos montañosos. Desde 2021, al menos diez migrantes han perdido la vida en esta frontera. Yaya Karamoko, de 28 años y procedente de Costa de Marfil, murió ahogado al intentar cruzar el río. Su acompañante, un menor de 16 años de Burkina Faso, fue rescatado con signos de hipotermia.
El director de Migración del Gobierno Vasco, Xabier Legarreta, denuncia que estos controles «provocan situaciones dramáticas» y reclama «corredores humanitarios seguros».
Lo que sí hay son “Bidasoaren gaineko aingeruak” (Ángeles sobre el Bidasoa), voluntarios en organizaciones locales, como “Irungo Harrera Sarea” (Red de Acogida de Irún, en euskera), que ofrecen ayuda a los migrantes: comida, ropa, orientación y les advierten constantemente sobre los riesgos del cruce. «Les decimos que no se les ocurra pasar por el río», afirma Anaitze Agirre, portavoz de Harrera Sarea. A pesar de las advertencias, muchos migrantes, desesperados, se lanzan al agua sin saber nadar, a veces alentados por personas que les cobran por guiarlos. “Son migrantes como ellos que temporalmente se han quedado en este lado de la frontera y se aprovechan. A alguno ya lo conocemos”, explica Ion Aranguren. “No se trata tanto de una mafia o de traficantes, sino más bien de oportunistas, buscavidas creados por la burocracia de la frontera”. La solidaridad de la comunidad local contrasta con la dureza de las políticas migratorias.


Moviéndose en la noche fría, “los gautxoris” (pájaros nocturnos, en euskera) aguardan la llegada de los últimos autobuses del día a Irún: el de las 9, que viene desde Galicia por la meseta, el de las 10, que cruza el Cantábrico, y el de las 11.15, que sube desde Madrid.
No son agentes turísticos, sino voluntarios que esperan a desconocidos, a los únicos pasajeros que no miran por la ventanilla buscando un rostro conocido, sino la presencia policial, que bajan del autobús mirando el mapa en el teléfono, intentando situar dónde queda la frontera y cuál es el siguiente paso.
“Lo primero que les decimos es que somos voluntarios y que les podemos llevar en coche al albergue de la Cruz Roja” donde pueden pasar la noche, explica Xabi, uno de los gautxoris. “Hay que crear rápidamente una relación de confianza con ellos”, añade, porque, como dice su compañero Aimar, “a algunos les resulta muy extraño que les ayuden sin pedir nada a cambio”.
Dos o tres palabras en bambara, el idioma más extendido en Mali, o en el wolof de Senegal, ayudan, pero sobre todo ayuda hablarles en francés, muy presente en esta localidad fronteriza con Hendaya, ya que la mayoría de migrantes proceden de las antiguas colonias francesas de África Occidental.
Harrera Sarea es el primer eslabón de un movimiento asociativo que se extiende como una red a ambos lados de la frontera occidental entre España y Francia, y continúa hasta Bayona, frontera cultural del País Vasco, 40 kilómetros más al norte. La organización calcula que, desde su creación en 2018, ha ayudado a unas 40.000 personas que, tras cruzar fronteras africanas, navegar el océano y atravesar España, llegaron a Irún.
Ellos creen, erróneamente, que una vez pisen Europa podrán moverse con libertad por las fronteras interiores de la UE. Aquí les explican que la primera etapa del viaje ha sido la física, pero la que les toca ahora está en sus cabezas. Tienen que hacer frente a los controles racistas y las devoluciones en caliente en la frontera, a la frustración de ser atrapados y expulsados cuando pensaban que el viaje tocaba a su fin.
Pero aunque no lo parezca, dentro de Schengen, sí que hay fronteras. En 2015 la frontera francesa volvió a levantarse implacable para algunos. Con controles aleatorios e ininterrumpidos en puentes, carreteras, puertos de montaña y estaciones de tren.


En la mayoría de los casos, dos o tres agentes haciendo tiempo discretamente en el interior de un coche de policía. La frontera sigue ahí, hay una autoridad, hay una policía que, si te para, te puede mandar de vuelta. Otra voluntaria, Garaialde recuerda el caso del joven eritreo Tessfit Temzide, que se ahorcó de un árbol en Irún mirando a Hendaya tras haber sido expulsado por la policía francesa.
Por otra parte, los cooperantes que ayudan a los migrantes enfrentan criminalización. En lugar de ser reconocidos por su labor humanitaria, algunos han sido acusados de facilitar la inmigración ilegal, ignorando que su única intención es salvar vidas y ofrecer apoyo a quienes lo necesitan.
La isla de los Faisanes, situada en medio del Bidasoa, simboliza esta frontera compartida. Su soberanía alterna entre España y Francia cada seis meses, pero para los migrantes, representa una tierra de nadie, un lugar donde la esperanza y la desesperación se entrelazan.
Este relato busca dar voz a quienes cruzan el Bidasoa en busca de una vida digna y a quienes les tienden la mano en el camino. Es un llamado a la humanidad, a la solidaridad y a la justicia en las políticas migratorias.
Nota: Este relato se basa en hechos reales y testimonios documentados en diversas fuentes periodísticas y organizaciones humanitarias.