La ciudad no está hecha para mí

Esta es la crónica de una mujer con scooter, setenta y tantos años y una paciencia que no figura en ningún censo. Sí, tengo setenta y seis años, un scooter de movilidad y una vida que todavía me interesa disfrutar.

Lo aclaro porque, a cierta edad, y más aún si una se desplaza sentada, hay quien supone que ya sólo queda esperar. Esperar en casa. Esperar ayuda. Esperar turno. Esperar que alguien venga. Esperar que el cuerpo se porte bien. Esperar que el mundo sea amable. Esperar, en definitiva, a que la vida se reduzca a una rutina doméstica y una bata.

¡Pues no! Yo salgo. Voy a hacer la compra, al mercado, a Correos, al médico, a la farmacia. Cojo el tren. Paseo por la ciudad. Me tomo una cerveza con amigos. Hago recados. Miro escaparates. Pregunto precios. Me enfado con los tomates de invierno. Comento el tiempo con desconocidos. Sigo, en resumen, participando en el viejo oficio de estar viva.

Y sin embargo, cada vez que salgo de casa, la ciudad me recuerda que no fue diseñada para alguien como yo. No lo hace con maldad. Lo hace con esa forma moderna, eficaz y perfectamente educada de la exclusión, que consiste en no haberte tenido en cuenta.

No hay insulto. No hay portazo. No hay un guardia que me diga: “Usted no puede entrar”.

Es peor. Hay un escalón o unas largas escaleras. Hay una puerta demasiado pesada. Hay una puerta giratoria. Hay un ascensor pequeño o averiado o escondido al final de un pasillo que parece conducir a un cuarto de limpieza y no a la ciudadanía, o directamente no existe.

Hay un andén y un tren que no se encuentran y el desnivel provoca caídas.

Hay un baño “adaptado” que está cerrado, o cuya llave está en otro edificio, o se usa como almacén de cubos y papel higiénico.

Hay un autobús cuya rampa funciona, en teoría, como funcionan tantas cosas en teoría.

Hay una estación de metro que aún no ha sido reformada o que está impecablemente reformada, pero para llegar al ascensor, hay que recorrer una distancia que una persona sin problemas de movilidad nunca recorrería, porque nadie le ha obligado jamás a pensar la ciudad en círculos.

Y así, sin necesidad de declararlo, el mundo me dice lo mismo una y otra vez: usted puede estar aquí, siempre que esté dispuesta a pagar el sobrecoste.

Piso sin ascensor

Mi scooter no es una derrota. Es mi manera de seguir perteneciendo al mundo.

Hay quien mira mi scooter con una mezcla de ternura, curiosidad y alivio. Ternura porque ya me ven mayor. Curiosidad porque siempre parece que una mujer con ruedas debe de tener una historia edificante. Alivio porque, gracias al scooter, no les tocará sostenerme del brazo.

Pero mi scooter no es un símbolo triste. No es un último recurso. No es una renuncia. Es una máquina de autonomía. Es mi forma de seguir decidiendo yo cuándo salgo, adónde voy, cuánto me quedo, qué compro, con quién me encuentro y a qué hora vuelvo.

Mi scooter no me encierra. Me abre las puertas de cada día.

Lo que me encierra es una ciudad que todavía considera la accesibilidad como una cortesía, no una obligación. Un gesto simpático. Un añadido. Un apartado en letra pequeña. Una concesión a minorías exóticas que aparecen en los discursos institucionales cada 3 de diciembre y desaparecen el resto del año.

Mi scooter me permite vivir. La ciudad, a menudo, me obliga a negociar ese permiso. Salir de casa no es salir: es planificar una campaña militar.

Hay personas que salen a comprar pan. Yo salgo a calcular. Calculo si la acera tendrá rebaje o si me tocará dar media vuelta y bordear la manzana. Calculo si el ascensor de la estación estará operativo o si hoy le ha dado por ser una pieza de arqueología vertical. Calculo si la farmacia tiene una puerta automática o una de esas puertas como la del banco que me permiten convertirme en funambulista para abrirla hacia mí, mientras retrocedo sin golpear nada y sin que se me escape la puerta en el intento. Calculo si en Correos habrá poca gente para girar sin hacer maniobras de camión articulado. 

Calculo si en la megatienda donde me gusta comprar algún cuaderno, boli o un par de gafas de lectura, habrá objetos en los pasillos que no me dejan avanzar ni retroceder. Calculo si en la tienda donde me arreglan el ordenador me atenderán en la planta accesible o en esa otra planta donde, casualmente hay tres escalones “muy pequeños”. Un escalón “muy pequeño” sigue siendo una frontera. ¡Y tres, ni te cuento!

Calculo si en el supermercado estarán reponiendo mercadería, porque la última vez que intenté cruzar un pasillo y en las maniobras se cayó una botella de vino de la estantería baja y se rompió, me la cobraron mientras escuchaba detrás, en la cola, los susurros.

Lo que para otros es una nimiedad, para mí es una interrupción del derecho a estar ahí.

Pero el detalle verdaderamente agotador no es sólo el obstáculo físico. Es el trabajo previo. La anticipación. La vigilancia. La administración minuciosa de energía.

La gente ve a una mujer en scooter atravesando una plaza. Yo sé que lo que están viendo es apenas el resultado final de una coreografía de cálculos, dudas, rutas alternativas, llamadas, comprobaciones, planes B, y esa intuición afilada que desarrollamos quienes vivimos sabiendo que cualquier imprevisto puede convertir un recado en una odisea.

Ese esfuerzo no se ve. Y precisamente por eso resulta tan fácil ignorarlo. La fatiga no siempre está en las piernas: a veces está en la dignidad.

Con los años una aprende algo: el cansancio no siempre duele donde debería. Hay días en que no me agotan tanto las pendientes, ni las puertas pesadas, ni la maniobra imposible en un ascensor estrecho.

Lo que me agota es la sucesión de pequeñas humillaciones que el mundo considera normales.

Tener que pedir ayuda para abrir una puerta de un edificio público. Esperar delante de una puerta giratoria, como quien contempla una instalación artística hostil, hasta que alguien repare en ti.

Entrar por la “entrada accesible”, que casi siempre está detrás, al lado de la carga y descarga, junto a los cubos de basura, como si la inclusión fuera un asunto que debe resolverse discretamente por la puerta de servicio.

Puerta giratoria

Tener que agradecer con entusiasmo soluciones ridículas: “Señora, si quiere, entre por el garaje.”

Gracias. Siempre soñé con acceder al banco como si fuera una furgoneta.

La accesibilidad mal resuelta tiene una estética muy reconocible: no te prohíbe entrar, pero te recuerda que no eras la invitada prevista. Y entonces aparece otra fatiga, más sutil, más persistente: la fatiga de la compostura. La de no querer parecer antipática. La de no querer parecer exigente. La de no querer convertir cada recado en una reclamación. La de sonreír cuando en realidad una querría preguntar si alguien ha probado a cruzar este edificio sentado.

Hay un trabajo físico en moverse por una ciudad no preparada. Pero hay también un trabajo emocional, diplomático, casi teatral: pedir lo obvio sin molestar demasiado.

Hablemos del transporte público: una aventura de riesgo con tarifa ordinaria. Yo sigo cogiendo el tren para ir del pueblo a la ciudad. Lo sigo cogiendo porque me resulta más cómodo que el autobús, porque me gusta, porque me lleva donde quiero ir, porque me niego a aceptar que cierta edad y cierta movilidad impliquen renunciar al placer elemental de desplazarse.

Pero subir o bajar de un tren siendo una mujer mayor en scooter tiene a veces el suspense de una película de acción mal financiada. El hueco entre el andén y el vagón no es una metáfora. Es un problema. El desnivel no es una cuestión estética. Es un peligro.

Y sí, me he caído. Me he caído al intentar bajar porque el tren y el andén no estaban a la misma altura, porque el acceso no estaba bien resuelto, porque el sistema, en definitiva, seguía pensado para cuerpos que se adaptan y no para infraestructuras que deberían hacerlo.

Cuando una mujer de mi edad se cae en público, el decorado social se activa de inmediato.

Aparecen manos. Exclamaciones. Un “ay, pobrecita”. Un “¿está bien?”. Una agitación general.

Y sin embargo, rara vez aparece la pregunta correcta. Que no es: “¿Se ha hecho daño?”, aunque también. La pregunta correcta es: “¿Cómo es posible que esto siga ocurriendo?”

Porque yo no me caí por imprudente. No me caí por torpe. No me caí por vieja. Me caí porque un servicio público no estaba a la altura —nunca mejor dicho— de su propia promesa de accesibilidad.

Los baños públicos son el gran test moral de una ciudad Las ciudades hacen congresos sobre innovación, sostenibilidad, digitalización y movilidad inteligente. Yo propongo una prueba más sencilla: enséñenme sus baños públicos. No hay urbanismo más sincero que un baño.

Si una ciudad presume de inclusiva pero una mujer en scooter no puede entrar, girar, cerrar la puerta, alcanzar el lavabo y salir sin necesitar auxilio, esa ciudad no es inclusiva: es vanidosa.

Los baños “adaptados” merecen un género literario propio. A veces existen, pero están cerrados.

A veces existen, pero la llave está en recepción, la recepción está en otro piso y el otro piso no tiene ascensor.

A veces existen, pero la puerta pesa como la tapa de un búnker. A veces existen, pero el espacio de giro es una fantasía dibujada por alguien que jamás ha visto una silla de ruedas o un scooter de verdad.

A veces existen, sí, pero se usan como trastero, que es una forma muy gráfica de explicar qué lugar ocupamos todavía en la jerarquía del diseño urbano.

La accesibilidad siempre se defiende en abstracto. Pero la vida ocurre en concreto.

Y en concreto, una ciudad que no resuelve un baño está diciendo algo muy preciso sobre quién imagina dentro de sus espacios.

La puerta: ese objeto cotidiano que puede arruinarte el día. A cierta edad, una desarrolla un conocimiento íntimo de las puertas. Las puertas dicen mucho de una sociedad. Las hay ligeras, automáticas, sensatas, casi democráticas. Y luego están las otras: las puertas pesadas, nobles, imponentes, solemnes, magníficas… e imposibles.

Puertas de bancos. Puertas de edificios oficiales. Puertas de centros culturales donde se celebran charlas sobre inclusión. Puertas con muelles tan potentes que una sospecha que están preparadas para resistir el fin del mundo.

Para quien camina, una puerta es un gesto. Para mí, puede ser una escena completa. Calcular el ángulo. Alargar el brazo. Tirar. Retroceder sin perder el control y sin atropellar a nadie. Evitar que la hoja me golpee. Intentar mantener el hueco suficiente para pasar. No quedarme atrapada. No pedir ayuda. O pedirla. Y encima sonreír.

Todo eso para entrar en un edificio público. Lo repito porque conviene repetirlo: público.

No estoy intentando colarme en una fortaleza privada. Estoy tratando de acceder a lugares que también son míos.

Escalera en el metro

La ciudad moderna adora la accesibilidad… en los folletos. Hoy todo el mundo ama la palabra inclusión. Es una palabra preciosa. Redonda. Fotogénica. Da muy bien en campañas institucionales, en memorias anuales, en planes estratégicos, en paneles de expertos y en discursos con aplauso final.

El problema es que la inclusión declarada y la inclusión real se parecen menos de lo que convendría.

La ciudad contemporánea ha perfeccionado una forma sofisticada de hipocresía: se emociona con la diversidad mientras mantiene intactas muchas de las barreras que la expulsan.

Hay edificios accesibles en la entrada principal, salvo por un par de escalones. Hay ascensores accesibles, salvo cuando no cabes. Hay transporte accesible, salvo cuando no funciona. Hay baños accesibles, salvo cuando están cerrados o no logras entrar. Hay personal sensibilizado, salvo cuando no sabe qué hacer contigo. Hay voluntad, salvo cuando cuesta dinero. Hay derechos, salvo cuando requieren incomodar a alguien.

Y ahí está el verdadero núcleo del asunto. No se trata sólo de rampas, ascensores o rebajes.

Se trata de cuánto esfuerzo se considera razonable que siga recayendo sobre nosotros. El trabajo invisible de existir en un mundo que no te esperaba.

Hay una expresión que me parece exacta: el trabajo invisible. Es el trabajo que no se ve, no se nombra, no se remunera y, por tanto, se considera natural. En mi caso, es el trabajo añadido de existir en una ciudad que no había previsto que yo podía existir.

No es sólo desplazarme. Es prever. Es llamar antes. Es comprobar. Es buscar rutas alternativas. Es memorizar qué estación tiene ascensor y cuál lo tiene, pero rara vez funciona. Es saber qué cafetería tiene un baño donde realmente entro. Es recordar qué farmacia me abre la puerta sin que tenga que pedirlo. Es medir mi energía como quien administra una pequeña herencia. Es decidir si hoy tengo fuerzas para una reclamación o si prefiero reservarlas para comprar carne. Es también el trabajo de la cortesía forzada: pedir ayuda con tono amable, agradecer con entusiasmo, minimizar la incomodidad ajena, no parecer enfadada aunque a veces haya motivos de sobra.

Ese trabajo invisible sostiene mi autonomía. Y sin embargo, no debería ser tan grande.

No pido privilegios. Pido proporcionalidad. Pido que el simple hecho de hacer la compra no me exija más estrategia que una operación logística. Pido que ir al médico no sea un entrenamiento previo para sobrevivir al edificio del médico. Pido que una mujer mayor con scooter no tenga que merecer cada metro de ciudad.

No quiero compasión. Quiero precisión moral. Lo diré con claridad: no escribo esto para dar pena.

La pena es una emoción cómoda. Dura poco y no cambia nada. Yo no necesito conmiseración. Necesito precisión moral. Necesito que la gente entienda que la accesibilidad no es una cortesía para “casos especiales”. Es una definición de civilización.

Porque no hablamos sólo de “los discapacitados”, esa categoría que algunos pronuncian como si se refirieran a una especie aparte, lejana, excepcional. Hablamos de personas mayores. De quienes empujan carritos. De quienes usan bastón. De quienes van con muletas. De quienes arrastran maletas.

De quienes un día se rompen una cadera. De quienes envejecen. De quienes cuidan a otros. De quienes, tarde o temprano, descubren que el cuerpo no es un contrato fijo.

La accesibilidad no beneficia a una minoría. Beneficia a cualquiera que tenga la honestidad de aceptar que la autosuficiencia absoluta es una fantasía de juventud. No me he retirado de la vida. La vida, a veces, intenta retirarme a mí.

Hay algo que me irrita especialmente: la idea, muy extendida y muy silenciosa, de que a cierta edad una debería reducir expectativas. Como si envejecer fuera aceptar la desaparición gradual del espacio público. Como si la ciudad perteneciera de verdad a quienes la atraviesan deprisa. Como si a las personas mayores se nos concediera una especie de permiso provisional para salir, siempre y cuando no demos demasiada guerra, no tardemos mucho, no ocupemos demasiado, no necesitemos demasiado.

Y mi scooter, con su batería, su mochila y su dignidad mecánica, es una forma de resistencia. Cada trayecto que hago sola es una pequeña afirmación de ciudadanía. No épica. No heroica. No inspiradora. Simple. Normal. Radicalmente normal.

Acceso al metro

La ciudad justa no es una utopía. Es una decisión.

A veces me preguntan cómo sería una ciudad verdaderamente accesible. No hace falta imaginar una utopía futurista ni un prodigio tecnológico. Basta con sentido común y voluntad política. Aceras amplias y continuas. Rebajes donde deben estar. Ascensores que funcionen y donde se necesitan. Puertas que se abran automáticamente al acercarse. Baños que sirvan. Autobuses que arrimen. Andenes y trenes que se encuentren sin poner en juego la integridad física de nadie. Edificios públicos donde entrar por la puerta principal no sea un privilegio atlético.

No es tan difícil. Lo difícil, sospecho, no es construir la accesibilidad. Lo difícil es asumir de una vez por todas que no somos una nota al margen del diseño, sino parte central de la vida urbana.

Que no somos visitantes de excepción. Que no somos un problema técnico. Que no somos “un caso”.

Somos la prueba de si una ciudad cree de verdad en lo que dice.

Así que, por favor, la próxima vez que vean a una mujer como yo maniobrando con un scooter frente a una puerta imposible, no me miren con pena. No me regalen esa expresión entre compasiva y paternal que convierte cualquier obstáculo en una tragedia privada. Miren la puerta. Miren el escalón. Miren la rampa que no está. No me miren a mí, miren el escalón.

Miren el ascensor averiado. Miren el hueco entre el tren y el andén. Miren el baño clausurado. Miren la entrada “accesible” junto al cubo de basura. Miren, en definitiva, el lugar exacto donde una ciudad decide a quién considera normal.

Yo seguiré saliendo. Seguiré yendo al mercado, a Correos, al médico, a la farmacia. Seguiré cogiendo el tren. Seguiré viendo a mis amigos. Seguiré recorriendo calles que a veces me reciben y a veces me ponen a prueba.

Seguiré porque quiero seguir perteneciendo al mundo, no observarlo desde la ventana. Pero no confundamos mi perseverancia con una solución. Que yo haya aprendido a moverme entre obstáculos no convierte los obstáculos en razonables. Que haya desarrollado paciencia no absuelve a la arquitectura. Que sonría no significa que el problema sea menor.

Tengo más de setenta años, un scooter de movilidad y todavía muchas cosas que hacer. La ciudad debería estar a la altura. Y si no lo está, el problema no soy yo. El problema es ese mundo tan orgulloso de su progreso que todavía se sorprende cuando una mujer mayor, sentada sobre ruedas, exige algo tan modesto y tan revolucionario como pasar.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

14 comentarios sobre “La ciudad no está hecha para mí”

  1. Hola, Marlen. Me has hecho pensar mucho. Es verdad que quienes aún no tenemos problemas de movilidad no pensamos en esas cosas, no nos ponemos en el lugar de quienes sí los tienen. Por lo mismo, no exigimos ni proponemos cambios en ese sentido. Y deberíamos, porque nadie está exento de en algún momento tener una movilidad limitada. Todos somos ciudadanos y pagamos impuestos y los espacios públicos deberían estar preparados para todos. Abrazo fuerte.

    1. Hola Ana. Deberíamos ser más empáticos, pero eso se ha perdido con el tiempo. Y claro, hasta que no nos toca a nosotros o a alguien a quien queremos, no somos conscientes de la gran cantidad de inconvenientes que dificultan la vida de quienes tienen problemas de movilidad. No nos damos cuenta que cada vez vivimos más años y eso es una maravilla, pero tiene sus consecuencias.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

  2. La vida es cada vez más larga para cada vez más personas. Pero eso tiene un precio y debemos pagarlo, no es fácil transitar las ciudades si tienes algún inconveniente. Seamos empáticos!
    Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  3. Vaya bofetón de realidad nos has pegado. Y estás hablando nada más que de hacer vida normal…
    A veces los baños adaptado son el único baño y, en esas ocasiones, suelen estar sucísimos, yo siempre me pregunto cómo podría usarlo una persona que no tenga más remedio que sentarse.
    Hace muchos años trabajé como conductora de transporte adaptado y ahí me abrieron muchos los ojos, pero sigue habiendo tantísimas cosas de las que no me doy cuenta. Y yo no llevaba a personas mayores.
    Cuánta gente con un carácter diferente del tuyo vivirá enclaustrada en casa. Está claro que es algo de lo que tomar conciencia y ser parte activa del cambio.
    Gracias, Marlen

    1. Hola Uxue. ¡Exactamente, hacer vida normal! Aunque, muchas veces, no nos damos cuenta que lo normal no es tan normal para muuucha gente. Hubo un tiempo en el que llevaba un rollo de papel higiénico en el bolso para forrar el asiento del inodoro. Y aún me daba asco. Afortunadamente, la mente es prodigiosa y recuerda los lugares aptos para ser usados, en los itinerarios que uno hace habitualmente. Teniendo en cuenta tanto la limpieza como la posibilidad de maniobrar dentro del local.
      Espero que hablar de estos temas nos ayude a «tomar conciencia» como bien dices. Gracias a ti por tu comentario. Un abrazo grandote.

        1. Hola Uxue. Muchas gracias por el video. Me pareció excelente y copio aquí el enlace porque creo que todos deberíamos verlo:

          Además, sería un excelente aprendizaje preparar una salida de los niños de la escuela en donde estuviera organizado un pequeño circuito como este, en el que sintieran la impotencia de quienes no tienen las mismas posibilidades que ellos. En realidad, debería ser una excursión obligatoria y no sólo para niños. ¡La mejor forma de entender es vivirlo en primera persona!
          Muchísimas gracias. Me encantó tu aporte.

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