VadeReto, ¿Jugamos a Inventar Historias? En el blog “Acervo de letras” de Jose Ant. Sánchez, existe este juego que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes que puedes desarrollar como más te guste. Así que, aceptando el desafío de Jose, aquí os presento mi relato que este mes va de «El tatuaje«.
El barco de la esperanza
.- Aitona ¡me tienes que ayudar!
.- Aitona, buenas noches. ¿Cómo estás?
.- Sí, perdona, buenas noches. Es que vengo de los nervios, por el Aita. Hemos discutido.
.- ¿Otra vez? ¡No puede ser! Y esta vez ha sido…
.- Porque me quiero hacer un tatuaje.
.- ¿Un tatuaje?
.- Sí, como el tuyo. Bueno, no como el tuyo. Tú tienes un barco y yo me quiero tatuar una avioneta.
.- ¿Pero tú sabes que los tatuajes son para toda la vida? Y tú recién tienes los 14. ¿te imaginas si algún día te arrepientes?
.- ¿Tú te arrepientes de tu tatuaje?
.- Nunca me he arrepentido.
.- ¡Ves, ves! Me tienes que ayudar a convencer a mi padre.
.-¿Y él qué te ha dicho?
.- Que hable contigo. Pero si se cree que me vas a convencer de que no me lo haga, ¡va listo! ¡Mira qué chulada!
.- Un momento. Vayamos por partes, dijo Jack.
.- ¿Qué Jack?
.- ¡Jack el Destripador! ¿Pero qué os enseñan en la escuela?
.- A destripar gente no, desde luego.
.- ¡Ja Ja! Bueno, creo que ya es hora de que te cuente esta historia, dice el Aitona acariciando su brazo tatuado. Te acordarás, Paulotxo, que te he contado que yo fui como miliciano a luchar por la República. Mis hermanos eran socialistas y yo, con apenas unos años más que tú, me presenté en la Casa del Pueblo y firmé.
.- Sí Aitona, eso ya lo sé y también sé que tus dos hermanos murieron en el frente y que tú, herido, tuviste que escapar a Francia.
.- Pero lo que no sabes, porque no me gusta recordar lo que allí vivimos, es que al pasar a Francia, pasé a formar parte de los “extranjeros indeseables” a quienes los franceses encerraron en campos de concentración.
.-¿En Alemania?
.- No sólo hubo campos de concentración en Alemania. También en Francia, y con un trato durísimo.
.- ¡Cuenta, cuenta!
.- No, eso ya lo hablaremos en otro momento. Pero lo que yo te iba a contar era la historia de mi Winnipeg.
.- ¿Así se llama este barco?
.- Sí, así se llamaba. ¿Sabes quién era Pablo Neruda?
.- Claro, Aitona, que no soy tan tonto. El poeta chileno amigo de Federico García Lorca y de Rafael Alberti que estuvo a favor de los republicanos y escribió un montón de poemas, algunos de los cuales los leímos en la escuela.
.- ¿Poesía en la escuela? No todo está perdido en este mundo.
.- No me vaciles, Aitona. También sé que está enterrado en Isla Negra y algún día iré a conocer el lugar.
.- Chaval, estás subiendo en la lista de mis personas inteligentes preferidas. Cuando vayas, iré contigo a rendirle homenaje. Sigamos con lo que te contaba, la cuestión es que a Saint-Cyprien, el campo donde estábamos, nos llegó el dato de que Pablo Neruda estaba haciendo una lista de republicanos españoles que estaban en los campos, para ir a instalarse en Chile. ¡Tú no te imaginas la que se armó! De pronto, todos eran chilenos o tenían un primo o un amigo, amigo del amigo de su padre que vivía o había vivido en Chile. Y en un pis pas estábamos todos escribiendo a Pablo, para pedirle que nos incluyera en las famosas listas. Como había muchos compañeros que no sabían leer ni escribir, tres amigos y yo nos pusimos a escribir cartas en nombre de Fulanito o Menganito. Creo que fue el único momento en el campo en el que la esperanza se adueñó de todos, o casi todos. Porque también estaban los pesimistas que decían que, si no eras del partido comunista, ni te molestaras en escribir.
.- ¿Y Neruda os contestaba?
.- Pues no y empezábamos a creer que no le llegaban las cartas o que todo era un bulo. La situación de los refugiados empeoraba por momentos. La desesperación ante la ausencia de horizontes empezaba a adueñarse del ánimo de las familias, sobre todo de quienes tenían niños. Un día llegó una carta para el catalán Juan Vélez González Soriano. “Guan Veles Soguiano, acuda a oficinas” dijo por megafonía una voz con acento francés. Me parece escucharla todavía hoy. El pobre Juan no podía ni levantarse. Estaba muy débil en huelga de hambre por lo nauseabunda que era la comida. Le ayudamos a ponerse en pie y a llegar al barracón de oficinas. Otro refugiado que salía, nos dijo que estaban llamando a los seleccionados para emigrar a Chile. Muchos refugiados recibimos la noticia por correo. El SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles que se creó en marzo de 1939 entre el gobierno de Negrín y el gobierno mexicano de Lázaro Cárdenas) nos comunicaba la partida y los seleccionados podrían llevar a sus familiares más próximos. Me fui a un rincón a llorar angustiado. Los franceses nos habían separado al cruzar la frontera. A mí me habían llevado a Saint Cyprien y a tu abuela, embarazada de tu padre, a otro sitio que yo desconocía. Perdimos todo contacto.
.- ¿Y no podías averiguarlo?
.- No logré nada en mis infructuosos intentos. Pero ansioso y angustiado al mismo tiempo, seguí los pasos del plan de Neruda, un plan tan complejo como ambicioso. Todo estaba contemplado y mejor organizado de lo que nos imaginábamos. Yo pensaba que, en una organización como esa, lograría que encontraran a mi Pili y que pudiéramos viajar juntos. Me aferraba a esa ilusión, como si en ella fuera mi vida. Hubo críticas, discusiones acaloradas y hasta violentas. Algunos buscaban explicaciones políticas al hecho de no estar entre los escogidos. La realidad es que la selección se hacía en función de cupos profesionales. En esos días se veía a muchas personas corriendo por el campo, agitando un papel en la mano y gritando: “¡Nos vamos a Chile!”, “¡Nos vamos a Chile!”. La última noche en el campo nadie durmió. Todos nos felicitaban por nuestra suerte y lo que más se escuchaba era: “No nos olvides”. Recordaré esa noche toda mi vida. A las 12 de la noche, comenzó a sonar un violín y un acordeón. Todos nos levantamos y comenzamos a escuchar la serenata, en silencio, como si de una misa se tratara. Después, algunos refugiados hablaron para desearnos suerte, que cuando llegáramos nos incorporáramos a la lucha social y que pensáramos en quienes quedaban en los campos de concentración en Francia. Antes de las 5 de la mañana, estábamos todos esperando en las puertas del campo. Tres horas después llegaron unos camiones que nos llevaron a la estación de ferrocarril de Olorón. Subimos al tren y unos gendarmes nos repartieron pan y queso. Llegamos a Bordeaux y de allí a Pauillac, en el estuario de la Gironde. Me quedé extasiado contemplando la silueta alargada del Winnipeg. Estaba anclado en el muelle de Trompeloup, con las chimeneas echando humo y el casco oscuro recién calafateado y pintado, listo para cruzar el Atlántico.
.- ¡El barco!
.- ¡El barco más hermoso que había visto en mi vida! Y eso que ya había visto muchos. Un grupo de estibadores convertidos en una cadena humana descargaban cajas de mercancías de los camiones que hacían cola ante sus escalerillas y las metían en las bodegas. El ajetreo en torno al barco era muy intenso. De un coche que llegaba en ese momento, bajó Pablo Neruda con un sombrero blanco en la mano. Con su pierna que se veía que le dolía, tuvo que sortear montones de cascotes, maderas y máquinas. En medio de una nube de polvo y serrín, subió al barco, bajó a las bodegas donde se alineaban las improvisadas literas, listas para los pasajeros. Y escuchó pacientemente las explicaciones de un oficial que se extendió en la descripción de las obras de acondicionamiento que habían tenido que efectuar y los obstáculos insalvables con que iba a encontrarse el pasaje. Pablo sólo podía paladear mentalmente el milagro con el que concluían tantos esfuerzos. Al fin los sueños se estaban volviendo realidad y cerca de 2000 refugiados españoles estarían navegando a bordo, en dirección a Chile. Alrededor de 300 pasajeros serían niños, niños que llegarían de los campos mal nutridos y en condiciones de salud precaria. En ese momento se alegraba de haber podido reforzar el personal sanitario con 2 médicos más, varias enfermeras y una jefa de enfermería. Pablo Neruda y sus colaboradores tenían que multiplicar su esfuerzo para hacer oídos sordos a las críticas y no desmayar en la búsqueda de soluciones para los problemas de todo tipo que surgían a último momento. Pero lo cierto es que en Trompeloup todo estaba listo para que el Winnipeg pudiese levar anclas hacia la esperanza.
.- ¿Y cómo encontraste a la abuela, en medio de esa locura humana?
.- Hasta el embarcadero llegaban los trenes donde hombres y mujeres de diferentes campos de concentración se asomaban a las ventanillas para intentar reconocer a sus familiares. A pesar de vestir la mejor ropa que disponíamos, nuestra flaqueza, nuestro aspecto desmejorado era un espejo en el que se reflejaban los sufrimientos que acumulábamos. Habíamos estado separados desde el fin de la guerra civil. Y allí nos veíamos por primera vez frente al barco que nos esperaba. Abrazos, sollozos, besos, carcajadas, gritos. Era delirante que, en medio de esas escenas, esa locura de felicidad por tanto tiempo contenida, alguien se pudiera reconocer. Y sin embargo…
.- ¿Qué te pasa Aitona, estás bien?
.- Sí, tráeme un vaso de agua fresca. Está haciendo calor.
.- ¿Quieres que paremos y seguimos hablando después?
.- No, cuando se revuelve un jarabe, lo mejor es tomarlo cuanto antes. Te estaba contando que yo deambulaba de un lado a otro, por el muelle, buscando la cara y la manera de andar, con la esperanza de encontrar a mi mujer. Habíamos estado separados seis larguísimos meses. ¿Cómo habría cambiado su bello rostro con las penurias de ese tiempo? ¿Habría logrado tener al niño o niña que esperábamos? Y si no, ¿quién la habría atendido, quién la habría cuidado? A cada tren que llegaba, me precipitaba entre la multitud de los que esperábamos. Entre carreras, lágrimas y gritos, intentaba reconocer a mi ser más amado. No había querido ir a una de las pensiones reservadas por el SERE. ¡Tenía que encontrarla! Alguno que sabía francés, leía las noticias de un periódico viejo, otro que había escuchado algo sobre Chile, comentaba sus riquezas y las posibilidades de trabajo. Las conversaciones volvían enseguida a los recuerdos del fin de la guerra. Y yo quería y no quería escucharlos. Alguien tocó mi hombro para que le hiciera caso. Yo me di vuelta y me encontré con un niño muy pequeño sentado en el suelo, levantando la mano hacia mí, muy delgado, de ojos muy grandes, negros como los de mi madre y la sonrisa de su Amatxo, la sonrisa de mi Pili. Aitortxo había entrado en mi vida y se instaló para siempre, volviendo a encender un fuego que las tristezas de un campo de concentración habían pisoteado. A partir de ese instante los 3 fuimos 1, fundidos en un halo de felicidad absoluta que nadie más lograría quitarme, subidos a una nube a la que no alcanzaban las dificultades ni los miedos. El viaje se desarrolló sin problemas y llegamos a Valparaíso, en Chile, el 3 de setiembre de 1939. Un día después me hice este tatuaje, para recordar toda la vida a Pablo Neruda y a su barco, el Winnipeg. No se trataba sólo de salvarnos de la derrota de una guerra, de la persecución y represión franquistas, que es lo que suele pensarse y repetirse, sino también del destino inhumano que Francia y Europa habían reservado a los republicanos españoles. Este no es simplemente el tatuaje de un barco, un dibujo divertido, el nombre de una chica. Este es el barco de la esperanza, el que me devolvió la vida, todo un símbolo. Por eso jamás se me ocurriría borrarlo ni podría olvidarlo. Por eso te aconsejo, si me lo permites, que esperes unos años para hacerte un tatoo. Y que, antes de hacerlo, pienses muy bien si vas a querer tener ese símbolo toda la vida contigo.
.- Ya entendí, Aitona.
.- ¿Qué entendiste?
.- Que el Aita tenía razón. Tenía que hablar contigo.

Pablo Neruda 
A bordo 
Algunos pasajeros del Winnipeg 
Grupo de niños que formaban parte de los pasajeros del Winnipeg 
Llegada del Winnipeg a Valparaíso, con un mural del presidente chileno, Pedro Aguirre Cerda
La piel como soporte para la memoria. Aunque alguna teoría ahora defiende que contenía la historia clínica. Un salido
Hola Carlos.
Sí, la piel como soporte del recuerdo de lo vivido. Gracias por tu comentario.
Un saludo.
Que historia más emotiva. Aitá tenía razón… el final emociona mucho. Un placer leer tan gran aporte. Un abrazo
Hola Nuria.
Sí, el Aitá tenía razón, pero a veces los chicos necesitan hablar con alguien que no sea el padre o la madre para darse cuenta de lo que le están diciendo. Y un abuelo/abuela es la persona indicada.
Me alegro que te haya gustado. Gracias por tu comentario.
Un abrazo.
Hola, Marlen.
Os habéis empeñado este mes en lubricar bien mis ojillos.
¡Vaya tres relatos más preciosos para empezar el VadeReto!
Una maravillosa historia que nos recuerda que en momentos como estos todavía queda esperanza. Y que hay personas, como Neruda, que se empeñan en cumplir los sueños imposibles de esas víctimas inocentes.
No me salen más palabras, pero me quedo con esa frase final: «Que el Aita tenía razón. Tenía que hablar contigo». Para terminar con una sonrisa esta preciosa historia.
Muchas gracias, Marlen.
Abrazazo.
Hola Jose.
Sí, cuando leí el tema de este reto me dije ¡Uy uy uy! Porque somos unos cuantos los que, aunque respetamos lo que cada cual hace con su cuerpo y su vida, no somos muy proclives a los tatoos. ¿Y ahora sobre qué escribo? Esto sí me va a resultar difícil. Y ya ves, no fue tan difícil la faena. Sólo tenía que tomar un hecho real que me emocionó mucho en su momento, cuando estaba escribiendo el libro sobre mi familia, y darle una vuelta con unos personajes ficticios. ¡Y luego, no podía parar de escribir!
Al final, los dos últimos VadeReto van de «la esperanza».
Me alegro que te haya gustado el relato. Gracias por tu comentario.
Como siempre, gracias a ti, por organizar estos incentivos para poner en funcionamiento las neuronas,
Un abrazo grande.
Uauh, Marlen!! Aquí sin poder parar de llorar.
¡¡Qué historia tan preciosa!! (Y eso que en el fondo es triste).
¡¡Que razón tenía el aita!! Los aiton-amonak son una gran fuente de sabiduría que hay que escuchar siempre.
Besarkada pottolo bat, Marlen. (un gran abrazo)
Hola Amaia.
No era mi intención haceros llorar, pero de vez en cuando, limpiar los lagrimales no viene mal. ¡Ja Ja Ja!
Sin ninguna duda, los aiton-amonak son fuente de sabiduría y reflexión. Y con palabras tranquilas y mucho cariño, hacen entrar en razón al más rebelde.
Besarkada haundi bat, Amaia. Ondo pasa astea.
Hola Marlen, otra vez has tocado mi corazón con este relato tuyo. Debo decirte que me encantó y creo que manejaste muy bien lo del tatuaje incorporándolo en la historia. Me imagino que se trata de parte de la historia de tu familia, fíjate que yo no sabía que Pablo Neruda había ayudado a los republicanos, debo averiguar más. En el caso de mi abuelo lo mandaron a un campo en Argelès-sur-Mer en Francia, donde las condiciones eran espantosas, y de ahí pudo salir a México a bordo del buque Sinaia. Yo esta historia la supe ya no tan joven, pero me hubiera encantado que me pusieran ese nombre o yo haber tenido una hija y ponerle así. Recordar siempre nuestra historia y nuestros orígenes es importante. Te mando un gran abrazo. Me super gustó.
Hola Ana.
Me alegro que lo hayas sentido cercano y te haya gustado el relato. Cuando estaba escribiendo el libro sobre mi familia, descubrí este hecho real que me emocionó mucho en su momento. Admirando como siempre he admirado a Pablo Neruda, desconocía esta actividad que le permitió salvar del horror de los campos de concentración franceses y de todo lo que se vivió en la II Guerra Mundial, a una cantidad impresionante de republicanos, con quienes compartía filosofías y creencias.
Si te interesa, hay un libro «Neruda y el barco de la esperanza» de Diego Carcedo, que trata de esta emocionante epopeya.
Este viaje en particular no tiene que ver con mi familia. Pero mi abuelo materno y mi tío, hermano de mi madre, hicieron un viaje similar escapando de Francia hasta llegar a Argentina, y de él sí que hablé en mi libro, porque siempre me impresionó. El barco, en su caso, fue el Alsina, y tardó 441 días (sí, leíste bien 441 días) en llegar, pasando por campos de concentración en Africa. Hace un tiempo, pensé en escribir una entrada del blog con esta parte de mi pasado familiar. Ya veremos.
En cuanto a tu abuelo, ya me habías comentado que estuvo en el campo de Argelès-sur-Mer y que pudo llegar a México con el barco Sinaia. Y también por ese lado tenemos historias comunes. Mi padre también estuvo internado en este horroroso campo de Argelès-sur-Mer y también lo narro en mi libro. Esta etapa de la historia familiar me costó mucho tiempo para poder escribirla. Pasé más de un año intentando escribir y resultándome imposible porque me imaginaba a mi padre, un chiquilín muy joven y solo, sin nadie de la familia ni amigos, viviendo ese espantoso horror y no podía hacerlo. Ya ves, el mundo es pequeño.
Totalmente de acuerdo contigo en que «recordar nuestra historia y nuestros orígenes es muy importante.» Yo sentía que necesitaba contar la historia de quienes no habían podido contarla y cuando terminé el libro, sentí que había cumplido con una obligación que me había auto-impuesto y me quedé muy satisfecha. No por la calidad literaria del libro, sino por haber logrado escribirlo.
Gracias por tu comentario, Ana. Te mando un gran abrazo.
Fíjate que Pablo Neruda no se me antojaba mucho, había leído cosas bastante desagradables de él (por ejemplo el asunto de que abandonó a su hija). Te confieso que no sabía que ayudó a los republicanos. Fue un gran artista y supongo, como ser humano, alguien con virtudes y defectos, como todos. Voy a echarle un vistazo al libro que mencionas sobre él. Gracias y felicidades por ese logro de escribir tu libro. Saludos.
Saludos Marlen, vaya, que en ese tatuaje habia la historia de varias vidas que se entrecruzaron debido a aconteceres historicos. Yo tambien seria alguien que desaconsejaria hacerse un tatuaje. Aunque veo que hoy cada vez mas y mas la gente se hace tatuajes al pormayor. Buena historia, bien narrada, me ha encantado.
Hola Josef.
Si, es cierto, la gente cada vez se hace más tatuajes. Por eso la reflexión del Aitona me parece adecuada: «¿tú sabes que los tatuajes son para toda la vida? Y tú recién tienes los 14. ¿te imaginas si algún día te arrepientes?»
Me alegro que te haya gustado el relato. Muchas gracias por tu comentario.
Un abrazo.
Una historia impresionante, impresionante de verdad. No solo por el contenido, la historia, el mensaje, también por lo bien contada que está. Enhorabuena <3
Hola Alma Leonor.
Muchas gracias por tu comentario. Me hacéis subir los colores.
Un abrazo de Marlen.
Tremendo el relato y la historia! Me ha encantado! A menudo los tatuajes son huellas de nuestra vida, momentos y personas que pasaron por ella y que merecen ser recordados para el resto de nuestra vida! Un abrazote!
Hola Marifelita.
Sí, tatuajes que duelen, pero no sólo con dolor físico, sino recordando lo que una vez fue presente y nos marcó. Huellas de nuestra vida, como bien dices.
Me alegro que te haya gustado. ¡Gracias por el comentario.
Un abrazo grande.
Hola Marlen, qué bonito el relato, cuanta simbología y verdad encierra, me quedo con la frase final que dije el chico, tenía que hablar con él, nuestros mayores son la sabiduría siempre y en todas las cuestiones, aunque en esta tenía una historia detrás muy grande. Perfecto para el reto. Así como lo has hecho, dialogado, me ha recordado al reto del microteatro, jeje, de repente no sabía si estaba leyendo el aporte del reto de José Antonio o el del mío. Te ha quedado muy bien, hay también narración cuando cuenta la historia.
Hablando de mi reto, no sé si viste que hice una revista-homenaje con todas vuestras participaciones, no te pongo el enlace que parece que está mal y estoy publicitando mi blog, te lo comento por si la quieres ver nada más. Escríbeme y te mando el enlace.
Un abrazo. 🙂
Hola Merche.
Gracias por tu comentario. Me alegra que te haya gustado el relato para el VadeReto. Y sí, me gustan los diálogos, porque me gusta dialogar. Por eso, cuando descubrí tu reto de Microteatro, me puse contenta.
Y a propósito de tu reto, no había visto la revista y me la acabo de bajar. ¡Muy buena idea! Gracias por el trabajo!
Un abrazo fuerte.
Gracias a ti por participar, me anima un montón que te guste, en septiembre volvemos a darle fuerte al microteatro…
Un abrazo, Marlen. 🙂
Una historia impactante respaldada por la cruda realidad. Aqui no resulto tan cruda por el final feliz. solo cruda para los que se quedaron. Me gusta que el chico haga caso al abuelo, porque a partir d e determinada edad, y ronda la del protagonista, no se suele hacer caso a nadie. Aqui el salto generacional tuvo su efecto.
A ver si el chico hace alguna proeza aeronautica y merece tatuarse la avioneta.
abrazzoo, Mrlen
Hola Gabiliante.
Sí, resultó muy dura la vida de quienes perdieron la guerra, los que quedaron aquí y los que vivieron un terrible destierro, del cual la mayoría nunca logró volver.
En cuanto a la relación entre nieto y abuelo, es curioso pero a veces, los chicos de esa edad, se comunican mejor con sus abuelos que con sus padres. A los abuelos no hace falta demostrarles rebeldía porque en general, son permisivos.
¡Qué bonita continuación del cuento! Paulotxo aprende a pilotar aviones, hace alguna proeza aeronáutica salvando a alguna persona (para hacer honor a su nombre) y va acompañado por su abuelo a tatuarse la avioneta. ¡Gracias por el final alternativo!
Un abrazo grande. Marlen.