Siempre hay alguien al otro lado del viento

El mar rugía como un animal antiguo, golpeando con fuerza. La espuma blanca aporreaba las rocas negras de Ondarreta y se deshacía en miles de fragmentos que volaban con el viento. El Peine del viento, enorme, oxidado, clavado en la piedra, parecía un monstruo, los tres aceros curvados de Eduardo Chillida arañando el cielo gris, como si también quisieran aferrarse a la vida.

Mirentxu cerró los ojos y aspiró el aire salado. El mar estaba embravecido, perfecto para lo que había decidido. El lugar perfecto. El final perfecto. Llevaba días viniendo aquí. Observaba el horizonte, contaba las olas, buscaba valor. Hoy lo tenía. Hoy sí.
Había dejado las persianas abiertas en casa, como quien no piensa volver. No había dejado ninguna carta, porque ¿para quién iba a escribir? Nadie la leería. Nadie tenía tiempo para leer nada que viniera de ella. Se lo había dado todo a la vida. Todo.

En la mesa del salón, la foto de boda con Iñaki. Los dos sonriendo, jóvenes, invencibles.
Él murió hacía seis meses, devorado por un cáncer lento y cruel. Seis años de hospitales, de madrugadas de miedo, de sujetar su mano temblorosa mientras la morfina lo adormecía. Mirentxu lo acompañó hasta el final, sin una queja. Sin una lágrima delante de él. Toda su fuerza la gastó en sostenerlo. La cama vacía seguía oliendo a desinfectante y miedo.

Y ahora, cuando por fin estaba libre… no quedaba nada.

Los hijos. Tres. Tan lejos como sus ciudades: Bilbao, Barcelona, Londres.
.- Ama, te llamo cuando pueda, ¿vale? —decían.
Las llamadas llegaban cada dos semanas, a veces menos. Rápidas, superficiales. Correos de voz, mensajes cortos, llamadas cuando se acordaban. Ninguno la necesitaba. Y ella no quería molestar.
“¿Estás bien? Yo también. Te quiero. Tengo que colgar”.
Los nietos… esos ya eran casi extraños. Tenían sus pantallas, sus amigos, sus vidas. Ninguno preguntaba por la abuela que les contaba cuentos cuando eran pequeños, la que les guardaba galletas y les hacía reír.

“Todo lo que di, todo lo que cuidé… y ahora soy invisible”, pensó, sintiendo cómo la palabra “invisible” le arañaba por dentro.

Las amigas… algunas muertas, otras recluidas en sus casas.
Los días, iguales.

Las noches, infinitas.
El mundo seguía girando, pero ella se había quedado atrás.

El viento le azotó el rostro. Cerró los puños. Dio un paso hacia el borde húmedo de la roca. El mar rugía abajo, como si la llamara. El viento olía a sal y a despedida.
Mirentxu dio un paso más, sintiendo la humedad de la roca bajo los pies. El mar bramaba abajo, implacable, casi invitándola.

Y entonces oyó algo.
Una respiración entrecortada, un sollozo. Se giró.

Detrás de una roca, una figura encogida.
Cabello largo, oscuro, pegado a la cara por el viento. Sudadera negra. Los ojos hinchados de llorar, las manos le temblaban.

Mirentxu parpadeó, incrédula.
.- ¿Alaia?

La muchacha levantó la cabeza, sorprendida. Alaia, su nieta de diecisiete años, la que hacía meses que no veía
.- Abuela…

No hubo abrazo. Sólo un silencio pesado, como si el mar también esperara.
Mirentxu se acercó despacio. La chica tragó saliva.

.- ¿Qué haces aquí? —preguntó, aunque la respuesta ya ardía en el aire.

Alaia apretó los labios. Tardó unos segundos en contestar.
.- No quiero seguir —susurró—. No puedo más.

El tiempo se detuvo. El viento, el mar, las gaviotas… todo se volvió un zumbido lejano.

La voz de Mirentxu se rompió por dentro. Sintió que las rodillas le fallaban y se dejó caer sobre la roca húmeda. Alaia se sentó a su lado, sin mirarla, con la vista clavada en el mar.

El viento les azotaba el pelo, pero ninguna dijo nada durante un largo rato.

.- No entiendo nada, abuela —dijo al fin, con la voz rota—. No quiero seguir. No encajo en ningún lado. Nadie me escucha. Mamá está siempre ocupada, papá no entiende nada. Me siento… como si no existiera.

.- ¿Sabes qué pensaba, abuela? —murmuró Alaia—. Que a nadie le importa nada de mí. Mis padres siempre ocupados. Mis amigos, falsos. Todo es ruido. Y yo… yo no sé quién soy.

Mirentxu cerró los ojos. Las mismas palabras que tenía en su pecho, pero saliendo de una boca joven. Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien sí la veía.
.- Yo también pensaba eso —dijo, con un hilo de voz—. Que ya no importo. Que di todo lo que tenía: mi juventud, mi fuerza, mis manos… y ahora… ahora soy invisible.

Alaia la miró, sorprendida. Por primera vez, alguien ponía en palabras lo que ella sentía.
La nieta giró la cabeza, sorprendida. Mirentxu tomó su mano, fría, temblorosa.
Se miraron largo rato. Dos soledades reflejándose. Dos generaciones distintas, el mismo vacío.

Mirentxu suspiró hondo.

.- Mira el mar, Alaia. Parece infinito, ¿verdad? Pero incluso el mar retrocede con cada ola. Y vuelve. Siempre vuelve.

La nieta bajó la vista, las lágrimas corriéndole por las mejillas.
.- Yo no sé cómo volver, abuela.

Mirentxu le tomó la mano, áspera, temblorosa.
.- Juntas quizás podamos aprender.

El viento parecía menos frío. Las esculturas de hierro ya no parecían monstruos atrapando el aire, sino manos abiertas al cielo.
La espuma salpicó sus tobillos, como si el mar quisiera despertarlas.

.- Alaia… —susurró Mirentxu, con voz firme ahora—. Si saltamos, todo termina. Pero si nos quedamos, tal vez algo cambie.
.- ¿Crees que puede cambiar? —preguntó la nieta, entre incrédula y esperanzada.
.- No lo sé. Pero quiero averiguarlo contigo.

Se quedaron así, juntas, mirando cómo el sol se filtraba entre las nubes.
Por primera vez en mucho tiempo, Mirentxu se sintió cerca de alguien otra vez. Por primera vez, Alaia no se sintió sola.

Hubo un silencio largo, profundo, casi sagrado. Dos generaciones unidas por un mismo dolor, respirando el mismo aire húmedo, al borde del mismo abismo.

Alaia rompió el silencio con un hilo de voz:
.- ¿Y ahora qué hacemos?

Mirentxu apretó su mano con fuerza.
.- Nos vamos a casa. Tomamos un chocolate caliente. Y luego… hablamos. Mucho. Hasta que duela menos.

Se levantaron despacio. Caminaron juntas hasta el borde, sintiendo el viento golpeándoles el rostro. Mirentxu miró una última vez las esculturas de hierro de Chillida. Y pensó que, tal vez, la vida era eso: agarrarse fuerte, aferrarse incluso cuando el viento empuja para soltarse.

Cuando se alejaron, el sol empezaba a asomar entre las nubes.

El mar seguía rugiendo, pero ahora sonaba diferente. Menos grito, más promesa.

La soledad duele menos cuando alguien te escucha.

Siempre hay alguien al otro lado del viento

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

6 comentarios sobre “Siempre hay alguien al otro lado del viento

  1. ¡Qué angustia cuando he comenzado a leer!

    Me gusta mucho que al final una salve a la otra y que se reconcilien desde su propio dolor. ¡Cuánto bien hace el hablar las cosas a tiempo!

    Siempre me emociono cuando te leo, porque consigues plasmar un trasfondo muy real, doloroso o educativo en tus escritos.

    Un relato que me ha puesto la piel de gallina. Tienes un don para contar historias con un toque de realidad y crudeza y ternura a partes iguales. Y ese equilibrio no es fácil en absoluto.

    Un placer leerte.

    1. Lamento la angustia, Rebeca. Pero los cuentos es lo que traen, a veces te emocionan y te enfervorizan. Y a veces, te duelen hasta el fondo del alma.
      Tienes razón en que hace mucho bien hablar todo a tiempo, no dejar pasar nada porque luego se encalla y ya no hay forma.
      En este caso, por lo menos, lograron comunicarse y ayudarse.
      Es bueno saber que, a veces, las charlas inter-generacionales ayudan más de lo que uno se puede imaginar.
      Me alegro mucho de haber logrado emocionarte. Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo fuerte.
      Marlen

  2. ¡Como un cañonazo en el pecho!
    ¡Menudo relato, amiga!
    Empiezas describiendo como los años te van pesando como terribles cadenas que hacen que la pérdida, la soledad, la aparente inutilidad, te lleven a abandonarlo todo. Pero con un giro magistral nos muestras que estos sentimientos no conocen de edad. En estos tiempos que corren, un adolescente puede llevar consigo una depresión igual o mayor que un anciano.
    Qué importante es afrontar la soledad en compañía, aunque suene como la maldición de un oxímoron.
    Decían que las pantallas nos sacarían de la incomunicación, el abandono y la soledad, pero, hoy más que nunca, es vital un contacto físico, que cada vez se evita más y que reconforta tanto como ese chocolatito calentito que comparten las dos protagonistas.
    ¡Ay, cuánta tecnología y qué poca empatía en el mundo!
    Ponerle adjetivos a tu relato sería como quitarle hojas y flores a un precioso árbol. Así que solo me sale decir ¡Brillante!
    Gracias por las lágrimas, amiga.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose.
      Me gustó mucho tu imagen: «Como un cañonazo en el pecho».Ya lo siento, pero eso es exactamente lo que buscaba, porque el suicidio fruto de la desesperación de la soledad es un tema tan importante que merece un buen cañonazo para reaccionar. En ambos extremos de la vida, todo se torna más difícil y a veces, la salida del laberinto no se encuentra por ningún lado. Total, ¿para qué? ¿para qué luchar? ¿para qué seguir? ¿para qué llorar? ¿para qué quejarse? ¿para qué seguir viviendo?
      Afrontar la soledad en compañía, no me suena como una maldición sino como un precioso oxímoron. Lástima que llevarlo a la realidad no resulta tan fácil.
      Yo no pediría menos tecnología, toda mi vida he vivido con ella y sigo amando el momento en el que me sumerjo en ella para descubrir mundos nuevos. Pero pediría más empatía y más chocolates calentitos disfrutados charlando.
      Gracias a ti por compartir mis lágrimas, Amigo. Uno no sale indemne después de escribir ciertos cuentos.
      Un abrazo grandote.

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