¡¡No olvidemos!! No olvidemos porque cada vez que una embarcación se hunde en el Mediterráneo no asistimos a una tragedia inevitable, sino al resultado previsible de una política deliberada. No es el azar. No es el clima. No es una fatalidad histórica. Es una decisión política sostenida en el tiempo: convertir la frontera en un dispositivo de castigo, el mar en una barrera letal y la vida de miles de personas en una variable secundaria dentro del cálculo migratorio europeo.
Mientras Europa se presenta al mundo como garante de derechos humanos, democracia y dignidad, el Mediterráneo sigue tragándose a quienes huyen de la guerra, del hambre, de la persecución, de la violencia, del expolio y de la desesperanza. Y no mueren porque “eligieron una ruta peligrosa”. Mueren porque se les han cerrado las rutas seguras. Mueren porque se les niega el derecho a pedir protección sin jugarse la vida. Mueren porque la Unión Europea ha preferido blindar sus fronteras antes que blindar los derechos.
Las cifras son insoportables. Casi mil personas muertas en el Mediterráneo en lo que va de año. Centenares sólo en la ruta central. Un aumento brutal respecto al mismo periodo del año anterior. Pero incluso esos datos, devastadores por sí mismos, corren el riesgo de anestesiarnos si los repetimos sin nombrar lo esencial: detrás de cada número hay una vida que el sistema consideró prescindible.
Y eso es lo más grave. No estamos ante un fracaso del sistema migratorio europeo. Estamos ante su funcionamiento real.
Porque el actual modelo de control migratorio no busca proteger vidas: busca disuadir mediante el miedo, el riesgo y el castigo. Busca que el mar sea un mensaje. Busca que cada naufragio funcione como advertencia para quienes aún no han partido. Busca externalizar la violencia para que ocurra lejos de nuestras costas, lejos de nuestras cámaras, lejos de nuestras conciencias. Busca que otros países hagan el trabajo sucio, mientras Europa conserva intacto su relato humanitario.
Por eso no basta con lamentar los muertos. Hay que señalar a los responsables.
Son responsables quienes han recortado y obstaculizado las operaciones de rescate, quienes han criminalizado a las ONG que salvan vidas, quienes han firmado acuerdos con países donde se vulneran sistemáticamente los derechos humanos, delegando el control migratorio a autoridades y milicias que operan con impunidad, quienes convierten el derecho de asilo en una carrera de obstáculos, quienes legislan para acelerar deportaciones y levantar centros de internamiento fuera del territorio europeo, como si desplazar el sufrimiento fuera una forma de resolverlo, quienes pactan con la extrema derecha la normalización de políticas de exclusión, expulsión y deshumanización.
Cuando el Parlamento Europeo avala normativas que facilitan la externalización de retornos y la creación de centros en terceros países, no está resolviendo una crisis: la está profundizando. Está consolidando un modelo que entiende a las personas migrantes no como sujetos de derechos, sino como cuerpos gestionables, desplazables y expulsables. Está reforzando una arquitectura política donde la prioridad no es salvar vidas, sino impedir llegadas; no es proteger personas, sino proteger fronteras; no es garantizar derechos, sino administrar rechazos.
Y no, no podemos seguir hablando de esto en términos neutros.
Porque la neutralidad, frente a una fosa común, es complicidad.
El Mediterráneo no se ha convertido en una de las rutas migratorias más mortíferas del mundo por accidente. Se ha convertido así porque Europa ha construido un régimen fronterizo que necesita producir vulnerabilidad para sostenerse. Necesita que cruzar sea casi imposible. Necesita que pedir refugio sea una odisea. Necesita que el precio de moverse sea tan alto que el miedo haga el trabajo que no puede hacer el derecho sin exhibir su crueldad.
Pero incluso así, siguen viniendo.
Y siguen viniendo porque nadie abandona su tierra, su lengua, su familia, su casa, sus muertos y su historia por capricho. Nadie sube a una barca precaria con sus hijos para “buscar una oportunidad” en el sentido banal que a veces se sugiere. Se suben porque quedarse puede significar morir más lentamente. Porque hay guerras que no salen en portada, hambres que no generan cumbres internacionales, dictaduras que sólo importan mientras resultan geopolíticamente útiles, y territorios enteros empobrecidos por un orden global que después criminaliza a quienes huyen de sus consecuencias.
Europa no puede seguir beneficiándose de un mundo profundamente desigual y fingir sorpresa cuando quienes cargan con ese desequilibrio llaman a sus puertas.
No olvidemos tampoco eso.
No olvidemos que detrás de estas travesías hay siglos de colonialismo, de saqueo, de guerras subsidiarias, de comercio injusto, de fronteras heredadas de la violencia y de un sistema económico internacional que expulsa a millones. No olvidemos que la migración no surge en el vacío: es también el reflejo de nuestras decisiones globales, de nuestros privilegios protegidos y de nuestra capacidad para aceptar como “crisis” aquello que para otros es simplemente supervivencia.
Por eso recordar no es un gesto sentimental, es una posición política, es negarse a aceptar que miles de muertos en el mar sean el precio normal de la gobernanza migratoria, es rechazar el lenguaje tecnocrático que esconde el horror bajo palabras como “retorno”, “contención”, “gestión de flujos” o “prioridad nacional”, es romper la narrativa que convierte a las víctimas en amenaza y a las instituciones en meras administradoras de un problema abstracto, es insistir en que no hablamos de flujos, hablamos de personas, de vidas en peligro, de políticas que matan.
Y sí: hay que decirlo muy claro: estas muertes tienen responsables, son evitables y no pueden seguir tratándose como daños colaterales.
Si de verdad Europa quiere defender los derechos humanos, debe demostrarlo donde más cuesta: en la frontera. Debe abrir vías legales y seguras. Debe garantizar el rescate como obligación incuestionable. Debe dejar de perseguir a quienes salvan vidas. Debe poner fin a los acuerdos que subcontratan la violencia. Debe proteger el derecho de asilo en lugar de vaciarlo de contenido. Debe dejar de construir políticas migratorias sobre el sufrimiento ejemplarizante de los más vulnerables.
Todo lo demás es hipocresía institucional.
No olvidemos a quienes murieron sin llegar, a quienes desaparecieron sin tumba, quienes fueron reducidos a estadísticas para que el sistema pudiera seguir funcionando sin escándalo suficiente, a quienes el mar devolvió, ni a quienes nunca devolvió.
Pero no basta con llorarlos. Hay que nombrarlos, denunciarlos, interpelar a quienes legislan.
Hay que desmontar el discurso que criminaliza la migración y normaliza la muerte. Hay que disputar la idea misma de frontera cuando se construye sobre la negación radical de la dignidad humana.
Porque el Mediterráneo no es sólo un mar. Hoy es el espejo más cruel de Europa. Y lo que refleja no es una crisis migratoria, refleja una crisis moral, política y civilizatoria.
¡¡No olvidemos!!
Porque olvidar sería aceptar que hay vidas que valen menos.
Porque olvidar sería permitir que la repetición convierta el horror en rutina.
Porque olvidar sería absolver a quienes han hecho del mar una fosa común y de la indiferencia una política pública.
Y eso no puede seguir ocurriendo en nuestro nombre.